El vandalismo está muy vinculado a la percepción de la responsabilidad. Pexels.

Pensemos por un momento en la imagen que proyecta un edificio con una ventana rota, que lleva así meses o incluso años. Probablemente, según nos vayamos concentrando en ello, nos vayamos imaginando como al edificio en cuestión lo recubre una capa de polvo, así como el hecho de que está poco atendido. Es probable que incluso nos lo imaginemos totalmente abandonado.

El pensamiento que a muchos nos habrá venido a la cabeza es “ya a nadie le importa”. Y este pensamiento puede ser peligroso: la conducta de muchas personas hacia el edificio en cuestión va a ser modificada por se percepción respecto a él. Ello es lo que propone la teoría de las ventanas rotas, de la cual vamos a hablar a lo largo de este artículo.

La teoría de las ventanas rotas

La teoría de las ventanas es una conocida teoría vinculada a la criminología, que propone principalmente la existencia del surgimiento y contagio de la conducta criminal a partir de la percepción de la relevancia o ausencia de relevancia del estímulo o elemento con el que tratamos. Así, cómo percibimos lo que nos rodea influye en nuestro comportamiento hacia ello, pudiendo incluso llegar a modificar nuestra consideración sobre lo que es moral, legal y legítimo respecto a lo que se está haciendo.

La imagen que sugiere el nombre la teoría es una analogía clara: la existencia de una ventana rota implica un cierto abandono del edificio o vehículo en cuestión, algo que disminuye la responsabilidad hacia lo que le ocurra. Asimismo los desperfectos presenten facilitan que se les pueda añadir, al principio poco a poco pero con el tiempo de manera más pronunciada, otros daños: es lo que ocurre con edificios abandonados, a los que adolescentes y niños suelen tirar adoquines para romper el resto de ventanas. Lo incívico se va contagiando ante la consideración de que lo atacado es poco importante y que no le importa a nadie.

Lo contrario también sería aplicable: un buen cuidado de los elementos que forman parte de un estímulo dificultan que sea considerado poco apreciado y que aparazcan conductas incívicas por mero contagio.

Esta en apariencia sencilla teoría, desarrollada a nivel criminológico por Wilson y Kelling en 1982 a partir de los resultados de un experimento de Philip Zimbardo, tiene profundas implicaciones: es la percepción de lo que nos rodea lo que explica nuestro comportamiento hacia ello. La idea de que algo tiene poco valor o está abandonado facilita la criminalidad, así como el hecho de observar que se han realizado conductas incívicas evidentes sobre las que no se ha realizado ninguna acción (por ejemplo una pared con un grafiti que no se ha borrado facilita que otros también dibujen sobre ella), algo a tener en cuenta a nivel institucional a la hora de prevenir algunas conductas y a la vez revitalizar algunas áreas de las ciudades.

Y no solo a nivel criminal: también en muchos otros sentidos esta teoría puede empujarnos a vigilar nuestra conducta sobre lo que y los que queremos (no olvidemos que la ventana rota, aunque en este caso puede ser un estímulo real, también es utilizable como metáfora).

El experimento de Zimbardo

La teoría de las ventanas rotas surgió a partir de un experimento de psicología social llevado a cabo por Philip Zimbardo, en 1969. Para ello, dispondría de dos coches en perfecto estado de idéntico color, marca y modelo en dos puntos diferentes: el Bronx (barrio neoyorquino con muy pocos recursos conocido por altos índices de delincuencia, especialmente en aquella época) y Palo Alto (área rica californiana con poca delincuencia). Una vez allí les arrancaría las placas de la matrícula y dejaría las puertas abiertas, con el propósito de observar qué sucedía.

Inicialmente, el comportamiento observado en ambos varios fue diferente. El coche aparcado en el Bronx fue rápidamente desvalijado, quedando dicho coche prácticamente destrozado en pocos días. Por contra, el coche aparcado en Palo Alto permaneció incólume durante una semana.

Sin embargo, el experimento continuaba: pasado ese tiempo Zimbardo decidió atacar el vehículo y causarle algunos daños, entre ellos la ruptura de una de sus ventanas, y posteriormente se retiró a observar. A partir de ese momento, viendo indicios claros de abandono del vehículo, los vecinos de Palo Alto tuvieron el mismo comportamiento para con el coche que los del Bronx: lo saquearon y destrozaron.

Las conclusiones del experimento respaldaron la teoría de las ventanas rotas: la percepción de que algo está abandonado y de que su destino no le importa a nadie puede desencadenar comportamientos que incluso pueden contravenir las creencias de quienes las llevan a cabo, pudiendo llegar a la comisión de delitos o a la negligencia o ignorancia respecto a lo que sucede con dicho elemento.

Asimismo, no podemos dejar de ver que lo que a simple vista y un primer momento podría llevar a pensar en la existencia de la pobreza como elemento que elicita el comportamiento delictivo ha demostrado ser falso: los actos cometidos contra el coche de Palo Alto fueron los mismos y en este caso el nivel adquisitivo de quienes los cometieron era elevado. Si bien hoy en día esto es algo que extraña a muy pocas personas, en aquella época aún existía un alto nivel de clasismo en la percepción social que consideraba improbable que gentes con elevadas posiciones socioeconómicas delinquieran.

Una teoría extrapolable a otras realidades

La teoría de las ventanas rotas se ha asociado a la delincuencia y a la criminalidad en forma de robos, hurtos y vandalismo, pero también podemos observar un efecto semejante en pequeñas cosas del día a día de las cuales no nos damos cuenta. Es lo que ocurre por ejemplo en las relaciones de pareja, cuyo descuido puede llevar a la aparición de conflictos y rupturas, la escalada de violencia en una pelea entre dos personas si no se pone en marcha algún mecanismo de control o el hecho de mentir, que puede llevar a la necesidad de elaborar cada vez mentiras más complejas y a la vez a que los demás no nos crean.

Asimismo se ha observado como a nivel urbanístico la presencia de puntos concretos en los que existe abandono y descuido son proclives a generar a su alrededor un aumento de las áreas descuidadas e incluso de la comisión de pequeños delitos. Ejemplo de ello serían los barrios que poco a poco ven reducido su prestigio social, en algunos casos hasta llegar a considerarse marginales.

Pero además de lo anterior también puede asociarse a actos criminales mucho más serios (si bien en estos casos se exige además un cierto componente de falta de empatía, valores y responsabilidad).

Por ejemplo, a día de hoy vemos como los indigentes tienden a ser sistemáticamente ignorados por la mayoría de las personas, e incluso en algunos casos son atacados y vejados. Si bien esto último no es algo común, puede asociarse a la teoría de las ventanas rotas: se trata de alguien a quien socialmente no se ve ni se tiene en cuenta, alguien abandonado por la sociedad, lo que disminuye el nivel de empatía y preocupación hacia esta clase de sujeto. Lo mismo ocurre con alcohólicos y toxicómanos.

También se trata de algo que ha ocurrido con animales abandonados y callejeros (si bien hoy en día no es habitual al estar la sociedad más concienciada con el sufrimiento animal). Pedradas, ataques y persecuciones que incluso han terminado con la vida del pobre animal han sido a lo largo de la historia frecuentes, especialmente si el animal padecía alguna deformidad o discapacidad.

Referencias bibliográficas

  • Wagers, M.; Sousa, W. & Kelling, G. (2008) Broken windows. Environmental Criminology and Crime Analysis. Reino Unido. William Publishing.