El motivo de este título es la sorpresa con la que descubrimos en la consulta cómo las personas que nos demandan ayuda están influenciadas por los valores familiares y sociales, en ocasiones haciendo de trinchera o refugio frente al problema que traen, y otras veces reforzando la tortura que sufren.

Aunque el concepto de la moral tenga un tinte religioso, nos apoyaremos en el mismo para ilustrar qué ocurre cuando los valores personales se vuelven rígidos y no admiten segundas oportunidades, marcando una línea roja y explosiva entre lo que está bien y lo que está mal. Y es que las personas que viven en la encrucijada se pueden ver obligadas por el contexto a actuar en contra de sus propios esquemas, generando sufrimiento y crisis que cuestan mucho resolver.

En este artículo expondremos qué ocurre cuando en el interior de una persona se forjan directrices o normas que llevan a la angustia y cómo se puede solucionar para permitirse por fin un respiro y avanzar con tranquilidad. Al fin y al cabo, en eso consiste la resiliencia, en afrontar acontecimientos adversos de manera exitosa.

La importancia de los valores en psicoterapia

Consideramos los valores como aquellas ideas, actitudes, filosofías a las que la persona da valor; y si además es coherente con dichos valores, es la propia persona la que cobra valor a sus propios ojos.

No importa mucho si los valores vienen de normas sociales, familiares o culturales, lo importante es que se afiancen en el ser humano, fortaleciendo su capacidad para resolver los conflictos que la vida le plantea, generando seguridad y motivando la búsqueda de experiencias que sumen al ser humano en su repertorio de recuerdos agradables.

Aunque también puede ocurrir lo contrario, que no afiancen al ser humano sino que lo crucifiquen y lo despojen de su dignidad. Este es el caso de personas que sienten que deben cumplir a rajatabla con sus valores, tener éxito, ser responsables y buenas personas, etc. En estos casos hay un malestar, a veces como un mazo sobre su cabeza que dicta sentencia, otras veces como un cuchillo que se clava en el corazón, y el dolor es insoportable, porque nunca es suficiente hagan lo que hagan: siempre hay errores que señalar, tropiezos que castigar, y fracasos que avisan como un mal augurio.

Asimismo, puede ocurrir también que haya ausencia de valores, obteniendo como resultado una respuesta de indiferencia ante los eventos. En estos casos, psicológicamente, hablaríamos de problemas muy graves que impedirían la introspección o el vínculo sano con otras personas.

La diferencia es crítica dependiendo de si la misma relación de una persona con sus valores la lleva al sufrimiento, a reconfortarse o a la indiferencia, ya que esto determina el modo de caminar hacia lo que se desea, de ver a los demás, de pensar en alternativas, de resolver conflictos, de mirar al pasado, de contemplar el futuro, etc.

Cuando los valores se vuelven en tu contra

Los valores siempre parten de un aprendizaje, el mismo que recibimos de las personas que nos vieron nacer, que nos dieron la vida y nos presentaron al mundo. La Inteligencia Emocional hace mucho hincapié en este aspecto, no tanto en qué enseñar, sino en cómo enseñarlo, desde qué mirada o estado emocional.

Nos encontramos habitualmente personas en consulta que tratan de resolver conflictos consigo mismas, y no únicamente con el acontecimiento que les ha desequilibrado. Mientras les escuchamos, percibimos cuál es el modo de hablarse. Es decir, pueden criticarse por no haber actuado, expresar que nunca serán capaces de expresar lo que sienten, quedarse anclados en “no quiero pensarlo, no, no, no…”. Cuando profundizamos y los pacientes son conscientes de este modo de comunicarse consigo mismos, encontramos esa relación con sus referentes.

Estos problemas son frecuentes al haber vivido con padres y madres que tuvieron miedo cuando su hijo/a sufría y respondían con ansiedad (“no te preocupes, no te preocupes!”), o que creyeron firmemente “la letra con sangre entra” (“si no estudias te apuntaré a una escuela militar para que aprendas a valorar el esfuerzo”), o que debido a la carga económica y la presión del trabajo no pudieron estar pendientes del estado emocional de sus hijos/as (teniendo ellos/as tan pequeños que solucionar conflictos sin querer contárselo a nadie).

Si nadie ha prestado atención a este aprendizaje, estos niños y niñas llegarán a un mundo adulto en el que con toda seguridad replicarán esta forma de relacionarse, aumentando la probabilidad de desarrollar trastornos de ansiedad, depresión y trastornos obsesivos, que son generalmente enfermedades resultado de un sistema que no puede hacer frente a todos los restos que se le plantean.

Cuando los valores se convierten en virtud y resiliencia

Referentes seguros, calmados y atentos, transmiten los mismos valores, pero en este sentido hay una gran diferencia. La seguridad no significa en ningún caso “pase lo que pase podrás con todo”, mensaje estilo Mr. Wonderful que transmite ansiedad más allá de la sobre estimulación que produce una ilusión de control. El verdadero significado de la seguridad, como estado emocional, es el de saber estar presente, vayan bien o mal las cosas, aciertes o te equivoques, ya que lo verdaderamente importante es la relación, no el resultado.

Un adulto que reconoce que se equivoca, aunque joda, es un adulto seguro, ya que a su hijo o hija le mirará con los mismos ojos, que observarán “qué ha ocurrido” cuando ha fallado o se ha hecho daño, y dejará a un lado el “qué has hecho”, ese mensaje tan contraproducente que se carga de culpabilidad.

¿Qué está transmitiendo desde la seguridad? Que siempre hay posibilidad de elegir, que no todo es luchar, que puedes rendirte para lamerte las heridas, que la fuerza se halla en la tranquilidad y no en la agresividad, que disentir de la opinión del adulto es un derecho, que se te quiere tanto en los buenos momentos como en los malos.

Los pacientes que han recibido este tipo de Apego Seguro, son capaces de experimentar aquello que está fuera de sus normas internas para explorar más opciones y no caer en el castigo eterno, aprender del resultado y poder elegir siempre, fundamental para adaptarse al mundo.

¿Qué se puede hacer cuando la batalla del valor te hace sufrir?

Aunque nos hayamos centrado en los padres y madres como referentes, todas las personas podemos ejercer como caer en los errores que hemos visto. Y es que esa es la clave, que los valores se refuerzan cuando funcionan con otras personas. Somos seres sociales, necesitamos a los otros, aunque tengan la capacidad de hacernos daño, de ahí lo beneficioso de ser selectivo.

Cualquier persona que haya crecido con unos mensajes internos que le bloqueen, le hagan daño, le saturen… ha vivido experiencias positivas por su cuenta, parte del proceso de crecimiento (experiencias en la universidad, relacionadas con el trabajo, con el deporte, con el arte, con ser padre o madre, etc), solo que su cerebro hasta ahora solo seleccionaba aquellas memorias que están vinculadas estrechamente con los mensajes internos, de ahí que cuando vienen a consulta expresan que “siempre he estado mal”.

Enseñar a esa mente con recursos sus propias capacidades es parte del trabajo que hacemos en Terapéutica en Alza, transmitiendo seguridad desde la calma y la profesionalidad, siempre respetando lo que la persona que sufre quiere conseguir, mantener sus propios valores, que siempre funcionaron como un látigo que imponía el castigo, y ahora se transformarán en ese compañero que ayuda, con esfuerzo y perseverancia, a labrar el camino hacia un futuro posible.