Existe un tipo de desgaste que se va formando poco a poco, a medida que una persona se expone de forma constante al dolor de otras. No es un dolor propio, pero se siente cerca… A veces demasiado. Con el tiempo, esa cercanía empieza a dejar huella en la forma de pensar, de sentir y de relacionarse con el mundo.
El trauma vicario habla justamente de eso: del impacto emocional que surge al acompañar, escuchar o sostener experiencias ajenas marcadas por la pérdida, la violencia o el sufrimiento.
Hoy hablaremos exactamente de qué se trata, de dónde viene y cómo se pueden gestionar mejor las situaciones que conducen a la aparición del trauma vicario.
El impacto de absorber el dolor de otras personas
El trauma vicario se refiere a los cambios internos que aparecen tras una exposición repetida al sufrimiento ajeno. No hace falta haber vivido una experiencia traumática en carne propia para que el cuerpo y la mente reaccionen como si algo hubiera dejado marca.
Aunque para algunos pueda parecer una exageración, el hecho de escuchar relatos duros, acompañar procesos complejos o estar presente en situaciones límite genera un impacto real.
Este fenómeno se observa con frecuencia en profesiones de ayuda, como personal sanitario, terapeutas, trabajadores sociales, personal de emergencias o abogados. Sin embargo, no se limita solo al ámbito laboral. También puede aparecer en familiares cuidadores, personas muy empáticas o incluso en quienes consumen de forma constante noticias cargadas de violencia y tragedia.
El problema no es la empatía, sino la acumulación. Cuando no hay espacios para descargar, procesar o tomar distancia, la mente empieza a integrar ese dolor como parte de su propio mapa emocional.
Algunas organizaciones especializadas en trauma señalan que este impacto puede llegar a ser tan intenso como el de una experiencia directa, porque el cerebro no siempre distingue entre lo vivido y lo escuchado de forma reiterada.
¿Cómo se manifiesta en lo cotidiano el trauma vicario?
El trauma vicario no suele dar señales claras desde el inicio. Muchas veces empieza como un cansancio potente o una sensación de saturación que no se alivia con descanso. Poco a poco, aparecen cambios más visibles.
En el plano emocional, es común notar irritabilidad, tristeza persistente, apatía o una sensación de desgaste que perdura. Algunas personas sienten que pierden la esperanza con más facilidad o que su mirada hacia el mundo se vuelve más dura. Pero esto no significa falta de sensibilidad, sino todo lo contrario.
En estos casos, el cuerpo también puede responder con dolores de cabeza frecuentes, problemas digestivos, tensión muscular o dificultades para dormir. El sistema nervioso permanece activado durante demasiado tiempo, como si siempre hubiera algo urgente que atender.
A nivel mental, cuesta concentrarse, aparecen pensamientos repetitivos sobre ciertos casos o historias, y tomar decisiones simples se vuelve más pesado. En algunas ocasiones surge una fuerte necesidad de “hacer más” por la otra persona, incluso cruzando límites. En otras, aparece una desconexión emocional como forma de protección. Ambas respuestas buscan aliviar el impacto, aunque a largo plazo terminan generando más desgaste.
Además, este tipo de exposición constante puede modificar creencias básicas. La sensación de seguridad se reduce, la confianza en las personas cambia y la percepción de justicia se vuelve más frágil. Todo esto termina influyendo en las relaciones personales, porque hay menos disponibilidad emocional y más cambios bruscos de humor.
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Su relación con el estrés postraumático
El trauma vicario no es un diagnóstico clínico, pero comparte varios rasgos con el estrés traumático secundario y con el trastorno de estrés postraumático. Pesadillas, evitación de ciertos temas, hipervigilancia o entumecimiento emocional pueden aparecer en ambos casos.
La diferencia principal está en el origen del impacto. En el trauma vicario, la experiencia es indirecta, pero el efecto puede ser igual de intenso. Cuando estos síntomas se mantienen durante más de un mes y empiezan a interferir de forma clara en la vida diaria, el riesgo de que evolucionen hacia un cuadro más complejo aumenta.
También influye la historia personal. Reacciones muy intensas ante el dolor ajeno pueden estar conectadas con experiencias propias no resueltas. En esos casos, la historia de otra persona actúa como un disparador que reactiva emociones antiguas. No es algo consciente, pero sí muy real, y suele ser una señal de que hay aspectos internos que necesitan atención.
Factores que aumentan la vulnerabilidad
No todas las personas expuestas al sufrimiento ajeno desarrollan trauma vicario. Hay varios factores que influyen y suelen combinarse entre sí. Uno de los más importantes es la carga emocional acumulada, sobre todo cuando no existen pausas reales ni espacios para procesar lo vivido.
La dificultad para poner límites claros entre la vida personal y la profesional también juega un papel importante. Cuando el trabajo emocional se extiende más allá del horario laboral, la mente no encuentra momentos para desconectarse.
A esto se suma el consumo constante de noticias, imágenes o relatos perturbadores, que mantiene al sistema nervioso en un estado de alerta prolongado.
El contexto laboral también pesa. Ambientes donde no se habla de lo emocional, donde el agotamiento se normaliza o donde no hay redes de apoyo facilitan que el desgaste avance sin que nadie lo note. Aquí no solo entra en juego la responsabilidad individual, sino también la forma en que las organizaciones cuidan, o no, a las personas que acompañan el dolor de otros.
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Cómo cuidarse para poder seguir acompañando
Hablar de cuidado no implica sumar más exigencias, sino revisar cómo se está sosteniendo todo lo que se recibe. Antes de entrar en recomendaciones concretas, conviene tener algo claro: proteger el propio bienestar forma parte del trabajo emocional.
Si el desgaste avanza sin freno, la capacidad de acompañar se ve afectada. Por eso es importante tener en cuenta algunas claves:
1. Escuchar las propias señales
Cambios en el sueño, irritabilidad constante, dificultad para desconectar o sensación de saturación son avisos que merecen atención. Detectarlos a tiempo permite intervenir antes de que el desgaste se vuelva crónico.
2. Ajustar el lugar que se ocupa
Acompañar no significa cargar con todo el proceso de la otra persona. El rol consiste en ofrecer presencia y herramientas, no en asumir una responsabilidad total sobre el resultado. Revisar esto reduce mucha presión interna.
3. Definir límites claros
Marcar horarios, reducir el contacto con material sensible fuera del trabajo y crear rituales de cierre ayuda a que la mente entienda cuándo puede bajar la guardia. Esto no implica frialdad, sino cuidado.
4. Apoyarse en otras personas
Compartir lo que impacta con colegas, participar en espacios de supervisión o de intercambio permite ordenar la experiencia. Escuchar otras miradas alivia y evita que todo el peso quede dentro.
5. Regular el cuerpo de forma consciente
Ejercicios de respiración, relajación muscular o movimiento suave ayudan a que el sistema nervioso salga del estado de alerta constante. El cuerpo necesita señales claras de seguridad para recuperarse.
6. Revisar las condiciones del entorno
Cuando es posible, alternar casos complejos con otros menos demandantes protege del exceso. También es importante señalar que las instituciones tienen un rol activo en la prevención, ya que las condiciones estructurales influyen directamente en la salud mental.

Paloma Rey Cardona
Paloma Rey Cardona
Psicóloga General Sanitaria
El trauma vicario aparece porque existe conexión, sensibilidad y compromiso. Comprender cómo funciona y aprender a cuidarse permite seguir acompañando sin que el dolor ajeno lo ocupe todo. Cuidarse, en este contexto, es parte del equilibrio necesario para sostenerse en el tiempo.


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