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Vivir sin estrés

Veamos las características del estrés y cómo se puede convertir en un problema a gestionar.

Vivir sin estrés

Hoy en día, la palabra “estrés” está en los oídos y la boca de todos. Que mucho tenga que ver con ello el estilo de vida que llevamos, es sin duda una gran verdad.

Pero, ¿es el estrés un producto de este agitado modo de vivir?

Comprendiendo la naturaleza del estrés

No toda presión o apremio es estresante, pero cualquier tipo de presión o apremio que esté involucrado en el espectro del estrés repercutirá negativamente sobre la salud física, mental y anímica.

Este padecimiento, que registra una indudable progresión a nivel mundial, va dejando de manifiesto no solo que cualquier persona puede sufrirlo sin importar la edad, el género o condición económica, sino también que más allá de lo agitada que pueda resultar esta época en particular, muchos responden o han respondido siempre de modo estresado a las exigencias de la vida, ya que el estrés es antes que nada una respuesta del cuerpo a lo que percibe como demanda inevitable e imperiosa.

Así como no es necesario haber vivido un trauma para responder con estrés post-traumático, tampoco es necesario que la vida peligre para desarrollar respuestas de lucha o huida, ni es necesario participar de peligros reales para que el cuerpo libere hormonas, altere su presión arterial, su frecuencia cardíaca y su ritmo respiratorio; todos ellos cambios corporales asociados al estrés y al estado de alerta. Alcanza para padecer de estrés, con desarrollar una mala adaptación al entorno social, desarrollo que además tiende a agravarse con el tiempo.

Pero, qué significa en realidad adaptarse mal al entorno, tendríamos que entender esto cabalmente mediante una mirada global que incluya los aspectos físicos, mentales y anímicos simultáneamente, para que pudiéramos localizar las causas del estrés sobre la base donde se genera.

Aboquémonos hoy aquí a pensar el estrés común (dejemos para otra oportunidad el llamado: estrés post-traumático que requiere un abordaje específico y totalmente distinguido de este), ahondemos en el estrés que parece no haber tenido una causa específica, pero es igualmente causante de alteraciones orgánicas reales y de cuidado, y comencemos pensándolo como algo más que una mera reacción fisiológica continua provocada por situaciones difíciles, con el primer objetivo de concebirnos ya mismo como sujetos activos con potencial de vencerlo.

Sumergidos en los tiempos que corren, no es muy difícil terminar estresados. La gran cantidad de estímulos que dejan caer sobre nosotros los nuevos lazos de comunicación que a veces pareciera que invalidan cualquier distancia, pueden ser productores de confusión y complejidad contribuyendo sin duda a la generación del estrés que suplanta sin aviso y sigilosamente la forma correcta de asimilación de cualquier estímulo. El estrés asume las situaciones de quienes viven en un constante e ignorado estado de shock que, estado que arruina la correcta constitución del sentido de las experiencias necesario para la orientación consciente de la conducta.

Tipos de estrés

El estrés puede ser agudo, episódico o crónico.

Cuando es agudo ha surgido de la coacción de un pasado reciente tanto como de las exigencias anticipadas de un futuro cercano.

Es episódico cuando siendo agudo además es frecuente, y dado que en este caso llama la atención la repetición de sus episodios, es remarcable también la organización de fondo de la vida misma, que seguro es precaria o ninguna. El estrés episódico nos va dejando sedimentos de carácter de donde provienen la irritabilidad, el malhumor y la sensación de impotencia.

Cuando el estrés es crónico es porque además ya se ha convertido en un estado de vigilia permanente, en una manera ignorada de vivir en constante de aprensión, naturalizada además, como si vivir en constante alarma fuera la forma en la que hay que vivir. El estrés crónico también va dejando sus rescoldos, que más tarde más temprano se convierten en afectos de tono depresivo. Está claro que si se cree que vivir es eso, no es raro que la idea de ausencia de sentido de la existencia comience a ganar terreno.

Fases del estrés

El estrés tiene 3 fases: alarma, resistencia y agotamiento.

1. Alarma

En esta fase el cuerpo se prepara huir, produciendo el máximo de energía posible necesario para enfrentar un escenario espinoso. El correlato fisiológico se registra en la activación de la secreción de hormonas mediante una reacción en cadena que provoca distintas reacciones en el organismo como pueden ser la tensión muscular, la agudización repentina de los sentidos, el aumento de la frecuencia cardíaca y la hipertensión arterial, entre otros síntomas.

2. Resistencia

En esta fase, aquel que esté estresado está durando en situación de alerta sin participar de relajación alguna y si bien su organismo procura retornar a su estado normal, no deja de producir respuestas fisiológicas de estrés, hecho que mantiene sus hormonas en situación de alerta decidida.

3. Agotamiento

El estrés ya se ha convertido en crónico por lo que se mantiene durante un período largo de tiempo. La activación, la tensión, los estímulos y las demandas estresantes no disminuyeron, por lo que el nivel de resistencia anterior terminó por agotarse, produciendo que reaparezca la alarma, pero en un estado del cuerpo mucho más inestable que antes. Tanto los problemas físicos como psicológicos se vuelven evidentes, por lo que en esta fase aumenta la sensación de impotencia, de frustración y de debilidad, así mismo no se logra alcanzar el sueño reparador y se presentan la angustia la necesidad radical de huida.

Está demás señalar que un organismo amenazado por tales condiciones se ve totalmente alterado por la activación del hipotálamo, la hipófisis, las glándulas suprarrenales, entre otras cuestiones.

Vivir sin estrés

Pero, si el solo hecho de vivir implica asumir distintos tipos de exigencias, y si el mundo en el que estamos inmersos -siendo cada vez más estimulante- supone ampliar permanentemente la capacidad de adaptación, ¿cómo sería posible vivir sin estrés?

Recordemos lo que decíamos al principio: el estrés es antes que nada un modo de responder a lo que es percibido como demanda inevitable e imperiosa.

Dos factores son sumamente importantes aquí: el tiempo y la forma. El tiempo que importa es el subjetivo y la forma es esa con la que asumimos las exigencias propias de la vida.

Si estas exigencias de la vida son percibidas como demandas apremiantes, es porque no está constituida la “forma correcta de asimilación” de todo aquello que nos exige adaptación, sean: meros estímulos, pedidos concretos o ambiguas exigencias.

Esa “forma correcta” implica una organización estable de fondo, algo así como una logística singular para vivir, que debe poder ejercerse como un “estilo de vida contundente y funcional” aplicable a un mundo cambiante e hiperestimulante en el que vivimos.

Y de conquistar un estilo de vida tal, contaremos seguramente con un plan de contingencias que salga a responder eficazmente ante lo inesperado.

El problema del estrés se resume en que cuando no asimilamos correctamente los estímulos o apremios, éstos tienden a volverse invasivos con poder de arruinar la constelación en la que se sostiene ese sentido -siempre singular- por el que vivimos nuestra vida, hecho que impacta directamente sobre el temperamento que es lo que finalmente afina nuestro cuerpo para vivir en una armonía necesaria.

Licenciada en Psicología

Buenos Aires
Terapia online

Silvia Cossio Alexandre es Licenciada en Psicología y Posgraduada en psicoanálisis (Hospital DR. Arturo Ameghino). Posgraduada en Pareja (UP). Estudios universitarios realizados en Argentina (Bs As UBA, UP ) y Suiza (Uni Zurich)- Trayectoria hospitalaria. Docente de Posgrado clínico y Supervisora de profesionales psicologos y psicoanalistas. Practica en su consultorio privado en Palermo/Bs. As. (presencial y virtual).

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