Los sentimientos humanos nos permiten adaptarnos a diferentes situaciones. Por ello, toda emoción es necesaria, incluidas las negativas, como la tristeza o la ira.

El enfado es algo que adquiere un papel muy importante en la vida, dado que es una emoción que nos motiva para defendernos de agresiones o situaciones que consideramos injustas. Sin embargo, la ira descontrolada puede ser muy perjudicial, tanto para nosotros como para quienes nos rodean.

Esta emoción básica es especialmente delicada cuando se da en niños, quienes aún no han adquirido todas las reglas sociales que les hace regular este sentimiento. Por ello, la educación emocional enfocada a la ira puede convertirse en una importante herramienta.

Vamos a ver algunas estrategias para poder lidiar y controlar con el enfado en los niños, fomentando su inteligencia emocional y otorgarles de herramientas para que puedan desarrollarse como futuros adultos adaptados.

La ira: una emoción básica

Si los seres humanos no sintiéramos ira, muchas de las situaciones injustas como la esclavitud, la opresión hacia las minorías étnicas y la negación de los derechos de la mujer no se hubieran superado. La ira nos permite movernos hacia aquello que consideramos que no está bien y mostrar nuestro descontento, ya sea discutiendo sobre ello o luchando para evitar que vuelva a ocurrir.

Los factores que hacen que se dé esta emoción en niños pueden ser muy variados. Se podrían clasificar en dos tipos: los internos, que serían los propios del niño, por ejemplo, estar disgustado porque no ha sacado buenas notas, y los externos, que serían debidos a un factor ajeno a él, como que se hubiera caído y hecho daño o que un compañero le haya pegado.

Lo malo de esta emoción no es el hecho de que se dé en los niños. Es algo natural y adaptativo que nos permite enfrentarnos ante una situación que consideramos injusta o en la que se nos a hecho daño. Sin embargo, pese a que es una emoción básica, tiene repercusiones a nivel fisiológico, como cambios en la presión arterial y en la frecuencia cardíaca. Además, dada la todavía prematura socialización y culturalización del niño, no se sabe comportar y puede reaccionar agrediendo e insultando a otras personas.

¿Cómo controlar el enfado de los niños?

Los humanos, por instinto, tendemos a reaccionar de manera agresiva, sin embargo, hacerlo en cada una de las situaciones que nos generan enojo no es sano ni adaptativo.

Puede suponer problemas con amigos, en la escuela o con la propia familia, siendo un sentimiento muy perjudicial para el correcto desarrollo del niño, repercutiendo en la esfera emocional. Es por esto que es tan importante enseñar a los niños a cómo manejar esta emoción.

1. Desarrollar la empatía

Implica hacer comprender al niño que las demás personas también tienen sentimientos, e intentar hacer que se pongan en el lugar del otro.

Para fomentar el pensamiento empático, se puede presentar situaciones al niño, como que hayan pegado a un compañero o que alguien se haya hecho daño, y preguntarle cómo cree que se sentiría en esa situación, qué cree que podría hacer quien se enfada...

2. Reconocer y expresar la ira

Cuando el niño está inmerso en un episodio de enfado es más difícil negociar con él. No nos escucha, sobre todo si está haciendo mucho ruido dando portazos, pegando golpes o, incluso, rompiendo la vajilla.

Lo más recomendable en estos casos es esperar a que la tormenta amaine. Hablar con él cuando se haya calmado para hacerle ver lo que ha hecho o por qué se ha enfadado. Se entienden mejor las cosas cuando uno está más tranquilo.

Como ya hemos dicho, lo instintivo es actuar de forma agresiva cuando uno se enfada. Esto suele acarrear acciones violentas que pueden acabar siendo muy destructivas.

Una opción muy interesante es darle al niño de herramientas que hagan lo contrario, que sean constructivas y promuevan la creatividad. Algunas de ellas son pintar, dibujar o escribir en un papel cómo se siente y, mientras las hace, que vaya diciendo qué significa lo que está pintando o escribiendo.

3. Ejercicios de respiración

Aunque pueda parecer un cliché, el respirar profundamente antes de hacer algo de lo que uno se pueda arrepentir es una buena forma de reducir la ira, aunque no se trate de la panacea.

Mientras hacen esto, se les puede decir que piensen en un lugar bonito, como un bosque, un campo con flores o una tienda llena de caramelos.

Estas imágenes agradables, junto con la respiración profunda, ayudan a que se relaje y a que piense con más claridad.

4. Técnicas de autocontrol

Los niños deben aprender que cualquier sentimiento es válido, pero no así cualquier comportamiento. Han de ver que están en su derecho de sentirse ofendidos cuando alguien les hace algo que no les ha gustado, pero tienen la obligación de responder a ello de forma no violenta.

Patear, golpear, agarrar del pelo, escupir e insultar son conductas que no podemos tolerar en los niños, y debemos reprocharles que lo hayan hecho. Si lo han hecho varias veces y de forma muy violenta, el castigo es una medida necesaria.

Pero la mejor manera de evitar tener que castigarles es enseñándoles técnicas para que las usen cuando se estén enfadando.

Uno de las técnicas que se puede utilizar para empezar con el fomento del autocontrol es la técnica del semáforo. Con unas cartulinas de papel se hace un semáforo, el cual tiene tres luces de colores: una verde, otra roja y otra amarilla.

Con la luz roja le indicamos que debe parar de hacer lo que esté haciendo, porque no está controlando su ira. Con la amarilla, indicamos que debe meditar sobre lo que está haciendo y por qué se siente así. Con la verde le decimos que exprese lo que siente.

5. Liberar tensiones

Los niños que hacen actividades físicamente exigentes, como el fútbol o la natación, llegan a casa relajaditos. El deporte hace que se produzcan endorfinas que contribuyen a un estado general de relajación y bienestar.

Además, actúa como técnica de autocontrol, dado que les permite manejar el enfado de forma más calmada.

Además, los entrenadores de fútbol y otros deportes suelen tener técnicas para enseñarles a los niños a comportarse con deportividad en el partido, sin que se enfaden porque se les haya sacado tarjeta amarilla o un compañero les haya pegado un codazo accidental.

Las técnicas de los entrenadores no son solo útiles en el campo de juego, también repercuten de forma positiva en otros lugares del niño como el hogar o la escuela.

6. No reaccionar ante sus enfados

Que el niño se comporte bien o se comporte mal no depende únicamente de su personalidad. La educación es un factor clave para que el niño acabe siendo de adulto una persona adaptada.

El primer entorno educativo en el que está inmerso el niño es su propio hogar. Unos padres que no saben responder adecuadamente ante los episodios de ira de su hijo son como quien tira gasolina a una chimenea.

Si se les grita, se les regaña muy fuerte o, en los casos más graves y disfuncionales, los padres agreden físicamente a sus propios hijos, no deberíamos esperar que mágicamente se vayan a portar bien.

Si el niño no se comporta como debería, los padres no deberían hacerle caso. En muchas ocasiones buscan ser el centro de atención por cualquier motivo. Si se les hace caso, ellos ganan y siguen comportándose mal sabiendo que con ello consiguen lo que quieren.

Aunque pueda parecer que tienen mucha energía, los niños se acaban cansando y si ven que con lo que están haciendo no logran lo que quieren, lo más probable es que dejen de hacerlo.

¿Cuándo hay que buscar a un profesional?

Normalmente, los niños van aprendiendo a cómo gestionar la ira, ya sea por la disciplina ofrecida por padres y maestros o por recibir las influencias de la cultura con la que tienen contacto.

Sin embargo, a veces, hay niños que no llegan a adquirir el autocontrol suficiente, aunque se haya hecho todo lo posible para que el niño pueda actuar de forma apropiada ante un episodio de enfado.

Antes de que los padres se culpabilicen por pensar que no son buenos educadores o que crean que su hijo no tiene solución, cabe la necesidad de acudir a un profesional de la salud mental, para asegurarse de que realmente el problema no se deba a algún trastorno de conducta o del desarrollo.

El profesional analizará cuales son los desencadenantes de la ira en el niño, si se debe a factores familiares o es que el niño sufre de algún tipo de problema que hace que le cueste controlarse.

Además de disponer de las herramientas terapéuticas para fomentar un correcto desarrollo en el niño, también se tendrá en cuenta la edad en la que se encuentra, para así aplicar el tratamiento más adecuado acorde a su estadio evolutivo.

Referencias bibliográficas:

  • Harris, W., Schoenfeld, C. D., Gwynne, P. W., Weissler, A. M. (1964) Respuestas circulatorias y de ánimo al miedo y la ira. The Physiologist, 7, 155.
  • Di Giuseppe, R.; Raymond Chip Tafrate, Understanding Anger Disorders Oxford University Press, 2006, pp. 133-159.