En muchos grupos de adolescentes, el cannabis forma parte del paisaje social. Se comparte en reuniones, se normaliza en redes y se asocia a experiencias de pertenencia. Pero esa normalización no elimina los efectos biológicos, pues el cerebro adolescente todavía está en proceso de maduración y responde de forma distinta al de una persona adulta.
Comprender cómo interactúa el cannabis con ese proceso ayuda a tomar decisiones con más conciencia, ya que los estudios recientes vinculan su consumo temprano con mayores probabilidades de problemas emocionales y psiquiátricos. Por eso hoy hablaremos sobre esto.
El consumo de cannabis en la adolescencia: lo que se sabe hasta ahora
La adolescencia es una etapa de reorganización cerebral intensa. El cerebro continúa su desarrollo hasta alrededor de los 25 años, especialmente en áreas relacionadas con la toma de decisiones, el control de impulsos y la regulación emocional. Debido a que el sistema endocannabinoide participa en estos procesos, introducir cannabis de forma repetida puede alterar ese equilibrio.
Las cifras ayudan a dimensionar el fenómeno. Datos recientes del estudio Monitoring the Future indican que cerca de un tercio de estudiantes de último año de secundaria en Estados Unidos reportaron consumo en el último año, y un porcentaje menor lo hizo de forma diaria. No se trata de un fenómeno aislado, sino extendido.
Entre los riesgos conocidos se encuentra la posibilidad de desarrollar un trastorno por consumo de cannabis. El manual DSM-5 señala que alrededor de 3 de cada 10 personas que consumen pueden desarrollar un patrón problemático. Cuando el inicio ocurre en la adolescencia, la probabilidad de dependencia aumenta, ya que el aprendizaje asociado a la sustancia se consolida en un cerebro todavía plástico.
A nivel cognitivo, organismos como los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades han advertido que el uso regular en jóvenes se asocia con dificultades para mantener la atención, procesar información compleja y retener datos nuevos. Esto podría traducirse en bajo rendimiento académico o abandono escolar, aunque intervienen múltiples factores sociales y familiares.
También existen riesgos inmediatos. El cannabis afecta la coordinación y el tiempo de reacción, lo que incrementa la probabilidad de accidentes si se conduce bajo sus efectos. Pero más allá de estos efectos visibles, la preocupación principal gira en torno a la salud mental.
Diversas investigaciones han vinculado el consumo temprano con mayor probabilidad de presentar síntomas depresivos, ansiedad social y, en ciertos casos, psicosis. No todas las personas desarrollarán un trastorno, pero la evidencia sugiere que el riesgo estadístico aumenta, sobre todo con consumo frecuente y en quienes tienen vulnerabilidad previa. Y aquí es donde la conversación se vuelve más delicada: el impacto no es solo inmediato, sino acumulativo.
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¿Consumir cannabis en la adolescencia aumenta el riesgo de trastornos mentales? Esto dicen los estudios
Cuando se revisa lo que dice la ciencia, el panorama es más claro de lo que suele parecer en redes sociales. Por ejemplo, un informe amplio de las Academias Nacionales de Ciencias, Ingeniería y Medicina de Estados Unidos, que analizó decenas de estudios sobre cannabis y salud mental, concluye que existe evidencia sólida de que el consumo frecuente aumenta el riesgo de desarrollar esquizofrenia y otras psicosis.
Es importante tener en cuenta que el riesgo no es igual para todo el mundo: cuanto más habitual es el consumo, mayor es la probabilidad. Esa relación “a más uso, más riesgo” aparece de forma consistente en distintos trabajos.
Ya antes, investigaciones como las del equipo de Avshalom Caspi habían observado que comenzar a consumir en la adolescencia, sobre todo en personas con ciertas variantes genéticas, se relaciona con más síntomas psicóticos en la adultez. Esto no significa que el cannabis cause por sí solo una esquizofrenia, pero sí que puede funcionar como detonante en quienes ya tenían una vulnerabilidad previa.
Si se mira la depresión, también hay datos que invitan a reflexionar. Una revisión amplia publicada en 2013 en la revista JAMA Psychiatry, que analizó estudios con cerca de 45.000 personas de distintos países, encontró que quienes consumen cannabis tienen un ligero aumento en el riesgo de desarrollar trastornos depresivos.
El incremento no es enorme, pero se vuelve más evidente cuando el consumo es frecuente o sostenido en el tiempo. No significa que toda persona que consuma vaya a sufrir depresión, pero sí muestra una tendencia estadística que se repite en diferentes poblaciones y contextos.
En la misma línea, una serie de estudios publicados en 2016 en revistas internacionales de psiquiatría y salud pública analizaron grandes muestras de población en Estados Unidos y otros países y encontraron un patrón que se repetía: las personas que consumen cannabis presentan mayor probabilidad de ideación suicida y de intentos de suicidio, sobre todo cuando el consumo es regular.
Son investigaciones basadas en datos poblacionales amplios, como encuestas nacionales de salud, lo que permite observar tendencias a gran escala. Por supuesto, en la conducta suicida influyen muchos factores personales, familiares y sociales, pero la asociación con el uso frecuente de cannabis aparece de forma consistente en distintos análisis.
Con la ansiedad el panorama es más matizado. No todos los trastornos de ansiedad muestran la misma relación con el cannabis, aunque sí hay evidencia que apunta a un mayor riesgo de ansiedad social en personas que consumen de forma habitual.
En el caso del trastorno bipolar, el informe de 2017 del National Academies of Sciences, Engineering, and Medicine de Estados Unidos, que revisó cientos de estudios sobre cannabis y salud mental, señala que existe evidencia moderada de que el uso frecuente se asocia con más episodios de manía o hipomanía en personas que ya tienen este diagnóstico.
Además, el consumo regular se relaciona con recaídas más rápidas y con una evolución clínica más inestable. Es decir, no se plantea que el cannabis origine el trastorno bipolar, pero sí que puede intensificar sus síntomas y complicar su curso cuando el uso es habitual.
Un aporte más reciente proviene de una investigación liderada por científicos de la Escuela de Medicina de Yale y publicada en Nature Mental Health. El equipo utilizó grandes estudios genéticos, conocidos como GWAS, para analizar millones de marcadores del ADN. Lo interesante es que encontraron relaciones bidireccionales entre el trastorno por consumo de cannabis y varios problemas psiquiátricos, como depresión mayor, ansiedad y trastorno de estrés postraumático.
Es decir, ciertas vulnerabilidades pueden aumentar el riesgo de consumo problemático, pero al mismo tiempo el propio trastorno por consumo incrementa la probabilidad de desarrollar esos cuadros.
Por su parte, la Administración de Servicios de Salud Mental y Abuso de Sustancias de Estados Unidos (SAMHSA) ha señalado que millones de personas viven con la combinación de un trastorno mental y uno por uso de sustancias. Esta coincidencia complica el tratamiento y suele requerir un enfoque integral que aborde ambos aspectos al mismo tiempo.
Si se juntan todas estas piezas, el mensaje es bastante coherente: el consumo de cannabis en la adolescencia no es neutro para la salud mental. No implica que todas las personas desarrollen un trastorno, pero sí aumenta el riesgo, sobre todo cuando el uso es frecuente y empieza a edades tempranas. Y esa es una información que vale la pena tener en cuenta antes de normalizarlo como si fuera inocuo.
Entonces, ¿qué hacer? Claves para adolescentes y padres
Informarse no implica alarmarse, sino decidir con más conciencia. La adolescencia es una etapa de exploración, pero también de construcción de hábitos que pueden acompañar durante años. Estas recomendaciones buscan ofrecer criterios claros:
Para jóvenes
- Infórmate con fuentes científicas, no solo con opiniones en redes o experiencias de amistades.
- Retrasa lo más posible cualquier contacto con sustancias, ya que el cerebro sigue en desarrollo.
- Observa tus motivos para consumir; si es para aliviar tristeza o ansiedad, conviene buscar apoyo profesional.
- Evita el consumo frecuente, porque el riesgo aumenta con la regularidad.
- No combines cannabis con conducción ni con otras sustancias.
- Si hay antecedentes familiares de psicosis, bipolaridad o depresión severa, el riesgo puede ser mayor.
- Presta atención a cambios en tu estado de ánimo, concentración o percepción de la realidad y consulta si aparecen síntomas nuevos.
Recomendaciones para madres, padres y cuidadores
El diálogo abierto reduce riesgos porque facilita que los adolescentes compartan dudas sin temor a juicios. La prevención no se basa solo en prohibiciones, sino en información clara y vínculos sólidos. Por ejemplo, se puede empezar por:
- Hablar de cannabis con datos concretos y sin dramatizar favorece la confianza.
- Explicar cómo funciona el cerebro adolescente ayuda a contextualizar los riesgos.
- Estar atentos a cambios marcados en conducta, rendimiento escolar o estado de ánimo.
- Evitar mensajes contradictorios sobre el consumo en el hogar.
- Fomentar actividades que refuercen autoestima y pertenencia sin necesidad de sustancias.
- Buscar orientación profesional si se detecta consumo frecuente o señales de malestar psicológico.
- Promover espacios donde hijos e hijas puedan expresar emociones sin miedo a represalias.

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El objetivo de todo esto no es sembrar miedo, sino ofrecer herramientas.
En fin, la adolescencia es una etapa intensa, y el cannabis puede parecer una experiencia más dentro de ese proceso. Pero la evidencia científica invita a mirar más allá del momento inmediato y considerar cómo ciertas decisiones pueden influir en la salud mental a largo plazo.


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