Querer a otra persona implica abrir un espacio para el vínculo, el cuidado y la intimidad. Pero, en ocasiones, ese espacio puede crecer hasta dejar muy poco lugar para las propias necesidades, amistades, decisiones o proyectos. La frontera entre amar y depender no siempre es evidente, especialmente cuando determinadas renuncias se han normalizado con el tiempo. Comprender cómo se construyen estas dinámicas puede ser el primer paso para relacionarnos sin tener que desaparecer dentro de una relación.
Dependencia emocional y vínculos de pareja: hablamos con Estrella Torres de Haro
De esto vamos a hablar con Estrella Torres de Haro, psicóloga sanitaria y forense con enfoque integrador, especializada en el abordaje del trauma, el apego, las heridas emocionales de la infancia, la ansiedad, la autocrítica, la inseguridad y las dificultades en los vínculos.

Estrella Torres De Haro
Estrella Torres De Haro
Psicóloga Sanitaria y Forense
1. ¿Qué entendemos exactamente por dependencia emocional y cómo se diferencia de un vínculo afectivo intenso pero saludable?
Hay una confusión muy extendida: pensar que querer mucho a alguien equivale a depender de esa persona. Y no tiene por qué. Echar de menos, ilusionarse al ver a la pareja o sentir que su presencia importa es lo normal en un vínculo que significa algo. Necesitamos a los demás. Estamos hechos así.
Cuando hablo de dependencia emocional me refiero a otra cosa. No a un diagnóstico, sino a una forma de relacionarse en la que la pareja acaba siendo el lugar desde donde se regula casi todo: la calma, la sensación de valía, la seguridad, incluso las decisiones del día a día. En una relación interdependiente, cada uno se apoya en el otro sin renunciar a lo suyo, es decir, a sus amistades, a sus opiniones y a la libertad de no estar de acuerdo sin que eso se viva como una amenaza. En la dependencia, ese espacio propio se va reduciendo.
Conviene recordar también que la intensidad no garantiza nada. Una relación puede vivirse con muchísima pasión y, al mismo tiempo, no ofrecer ninguna seguridad.
2. ¿Qué señales suelen indicar que una persona está empezando a organizar su bienestar, sus decisiones o su autoestima alrededor de su pareja?
Hay señales que saltan a la vista, como la angustia cuando el otro tarda en contestar, la necesidad de confirmar una y otra vez que todo va bien o el abandono de actividades que antes llenaban.
Las que más me interesan, sin embargo, son las silenciosas. Estar constantemente pendiente del estado de ánimo de la pareja. Interpretar un silencio, un mensaje más escueto de lo habitual o un gesto serio como señal de que algo se está enfriando. En psicología lo llamamos hipervigilancia relacional. Viene a ser vivir con el radar encendido, buscando cualquier indicio de que el vínculo peligra.
Mientras tanto, lo propio queda en segundo plano. Preguntas tan simples como «¿qué me apetece hacer este fin de semana?» o «¿qué pienso yo de esto?» empiezan a costar, porque la respuesta se busca primero en el otro. Las decisiones se toman calculando cómo serán recibidas. Y el día es bueno o malo según cómo haya ido la relación.
Conviene matizar que ninguna de estas señales, por separado, es un problema. Lo preocupante es que se conviertan en la forma habitual de vivir.
3. ¿Qué relación existe entre la dependencia emocional, el miedo al abandono y una autoestima frágil?
Se alimentan entre sí, aunque no funciona igual en todas las personas ni hay una relación de causa y efecto que valga para todos.
Imagina a alguien que, en el fondo, no se siente del todo valioso y tiene la sensación de que podrían reemplazarle con facilidad. En esa persona, el miedo a que el otro se marche pesa muchísimo y, para evitarlo, hace lo que ha aprendido a hacer: complacer, ceder, callar lo que le molesta. Aquí está la trampa. Cada vez que se deja a un lado para no perder al otro, confirma sin quererlo la idea de que vale por lo que da y no por quién es. Y el círculo vuelve a empezar.
Sobre la autoestima quiero hacer un matiz, porque a menudo se reduce a pensar bien de uno mismo. Para mí tiene más que ver con la relación que mantenemos con nosotros mismos. ¿Te hablas con respeto cuando te equivocas? ¿Confías en tu criterio? ¿Sientes que tienes derecho a ocupar un lugar?
Curiosamente, hay personas muy seguras en el trabajo o con sus amistades que, en la pareja, se sienten profundamente inseguras. La intimidad toca heridas que en otros ámbitos ni asoman.
4. ¿Por qué algunas personas permanecen en relaciones que les generan sufrimiento incluso cuando son conscientes de que el vínculo no les hace bien?
Porque saber algo racionalmente y poder actuar en consecuencia son dos cosas muy distintas. La razón tiene su ritmo y las emociones tienen el suyo. El apego, el miedo a perder o la esperanza no desaparecen solo porque comprendamos lo que está ocurriendo.
Ocurre a menudo con los recuerdos del principio o con esos días buenos que, de repente, devuelven la ilusión de que todo puede volver a ser como antes. Esa esperanza es muy humana y también puede retener a alguien donde sufre. A ello se suman el miedo a la soledad, a un dolor que se anticipa insoportable, y ciertas formas de protegerse, como quitar importancia a lo que ocurre o asumir la culpa de los problemas para sentir que algo se puede controlar.
Dicho esto, hay algo en lo que quiero ser muy clara: no todo se explica por la dependencia. Cuando hay maltrato o violencia psicológica, quedarse puede estar relacionado con el miedo a las represalias, la dependencia económica, el aislamiento, los hijos, la falta de apoyo o el agotamiento que provoca la propia violencia. Preguntar «¿por qué no se va?» pone el foco en la víctima. Me parece más justo preguntar qué le impide salir con seguridad y qué ayuda necesita.
5. ¿Qué papel pueden desempeñar las experiencias afectivas de la infancia y los estilos de apego en la forma en que nos vinculamos durante la vida adulta?
Un papel importante, aunque no lo explican todo. En la infancia aprendemos cómo funcionan los vínculos casi sin darnos cuenta. Aprendemos si podemos mostrar lo que sentimos y alguien responde, si el cariño es estable o hay que ganárselo, si enfadarse o llorar acerca a los demás o los aleja.
Con esas experiencias vamos formando lo que la teoría del apego llama modelos internos. Son una especie de mapa, en gran parte inconsciente, de cuánto valemos para los otros y hasta qué punto podemos confiar en ellos. Y ese mapa nos acompaña en la pareja. Quien creció con un afecto que aparecía y desaparecía sin previo aviso puede vivir con auténtica alarma una distancia que a otra persona apenas le inquietaría.
Eso sí, quiero alejarme de dos ideas. La primera es la de buscar culpables: muchos padres y madres hicieron lo que pudieron con su propia historia a cuestas. La segunda es la de que estamos condenados a repetir. Las amistades, las relaciones posteriores, la terapia… todo eso también nos transforma. Los estilos de apego describen tendencias. No son una sentencia y pueden cambiar.
6. ¿Cómo puede manifestarse la dependencia emocional sin que existan conductas evidentes de control, celos o conflictos constantes?
Es la forma más difícil de reconocer, precisamente porque no hace ruido. Vista desde fuera, la relación puede parecer tranquila, incluso ideal.
Por dentro es otra historia. Uno de los dos se ha ido amoldando, poco a poco, a lo que cree que el otro espera. Evita llevarle la contraria. Renuncia a planes sin mencionarlo. Se anticipa a lo que el otro va a necesitar y siente que es responsabilidad suya que esté bien.
Hay personas que aprendieron muy pronto que, para ser queridas, tenían que agradar, no causar problemas y no ser una carga. Esa complacencia se vive como generosidad y, en parte, lo es. El coste aparece cuando deja de ser una elección, cuando decir que no se vuelve prácticamente imposible.
El precio más alto es desconectarse de uno mismo. Es habitual que alguien en esta situación no sepa decir qué quiere, qué le molesta o qué le haría bien. Lleva tanto tiempo mirando hacia fuera que ha dejado de escucharse. A veces lo único que queda es cansancio, una irritabilidad sin motivo claro o una tristeza a la que no sabe poner nombre.
7. ¿Por qué poner límites o pedir espacio puede generar tanta culpa y ansiedad en una persona emocionalmente dependiente?
Pensemos en alguien que aprendió que discrepar significa arriesgarse a ser rechazado. Para esa persona, poner un límite no es una conversación más entre dos adultos, sino jugarse la relación.
Basta un «esto no me viene bien» o un «necesito un tiempo para mí» para que se active lo que llamamos el sistema de amenaza. El cuerpo reacciona como si hubiera un peligro real, con ansiedad, tensión y una culpa muy intensa. Esa culpa resulta engañosa, porque no indica que la persona esté haciendo algo mal. Muchas veces solo señala que se está saliendo de un guion muy conocido.
En terapia trabajamos qué límites quiere poner la persona y cómo expresarlos, por supuesto. Pero dedicamos el mismo cuidado a lo que viene después: aprender a sostener ese malestar sin dar marcha atrás. Se empieza por situaciones pequeñas y se observa qué ocurre realmente. Con la práctica, la persona comprueba que la relación puede sostener un desacuerdo, y esa experiencia repetida es la que va generando el cambio.
Un apunte más: si cada límite recibe a cambio castigo, desprecio o amenazas, eso también aporta información muy valiosa sobre la relación.
8. ¿Qué consecuencias puede tener la dependencia sobre la identidad personal, las amistades, los proyectos propios y la capacidad de tomar decisiones de manera autónoma?
Casi nunca ocurre de golpe, y por eso cuesta tanto detectarlo. Primero se deja de quedar con una amiga porque a la pareja no le cae bien. Después se aparca un proyecto porque «no es el momento». Más adelante se abandona esa afición que tanto se disfrutaba. Cada renuncia, por separado, parece poco importante. Juntas, van restando espacio hasta que la relación lo ocupa casi todo.
Las consecuencias se notan en muchos ámbitos. La identidad se difumina y cuesta reconocerse fuera de la pareja. La red de amistades se debilita, lo que paradójicamente aumenta la dependencia, porque quedan menos lugares donde sentirse acompañado. Y la autonomía se resiente: de tanto consultar o anticipar la opinión del otro, uno acaba desconfiando de su propio criterio.
Todo ello suele ir acompañado de más ansiedad, de una sensación de vacío difícil de explicar y de una gran fragilidad ante cualquier conflicto. Es comprensible. Cuando todo el equilibrio emocional descansa en un solo punto, cualquier movimiento ahí se vive como una sacudida.
9. Cuando termina una relación de dependencia, ¿por qué algunas personas experimentan una necesidad muy intensa de volver con su expareja, incluso sabiendo que la relación era perjudicial?
Con la ruptura no se pierde solo a la pareja. A menudo se pierde también lo que servía para calmar la ansiedad, para sentirse valioso y para organizar el día a día. Son muchas pérdidas a la vez.
Además, la teoría del apego explica que separarnos de una figura de apego pone en marcha un sistema muy básico, cuya función es recuperar la cercanía. Aparecen la protesta, la búsqueda y la necesidad urgente de contactar o de ver al otro. Ese sistema no evalúa si la relación era sana o dañina: reacciona ante la pérdida. De ahí que alguien pueda tener clarísimo que no debe volver y, aun así, sentir un impulso muy intenso de hacerlo.
En estos casos se habla mucho de «adicción». Entiendo la comparación, porque la vivencia se parece en algunos aspectos, pero no lo equipararía a una adicción en sentido clínico. Lo que hay es un duelo, que se complica cuando existe ambivalencia, cuando se idealizan los buenos momentos o cuando faltan otros apoyos.
Atravesar esa etapa no depende solo de la fuerza de voluntad. Ayudan las personas cercanas, las rutinas que dan estructura y saber que esa intensidad, aunque ahora duela, suele ir perdiendo fuerza con el tiempo.
10. ¿Cómo se trabaja en terapia para aprender a vincularse desde el afecto y la intimidad sin convertir a la otra persona en la principal fuente de seguridad o valor personal?
Lo primero es escuchar la historia: cómo han sido los vínculos importantes de esa persona, qué aprendió sobre el afecto y qué se repite una y otra vez. Cuando los patrones se observan con cierta distancia, dejan de vivirse como un fallo personal. Muchas de esas formas de relacionarse fueron, en su momento, la mejor manera que se encontró de mantener la conexión o de protegerse. Merece la pena entenderlas antes de intentar cambiarlas.
Después viene un trabajo que parece sencillo y no lo es: reconocer qué se siente y qué se necesita cuando durante años la atención ha estado puesta en el otro. Al mismo tiempo, trabajamos la regulación emocional, que consiste en ganar margen para atravesar la ansiedad, la tristeza o la culpa sin que la única salida sea buscar a la pareja para calmarse. Y cultivamos una forma de tratarse más amable, con menos exigencia y más autocompasión, que sostenga la autoestima desde dentro.
Como trabajo desde un enfoque integrador, las herramientas dependen de la evaluación y de lo que necesita cada persona. Con IFS podemos acercarnos a esas partes que complacen o que se alarman ante la distancia y comprender qué intentan proteger. Si hay recuerdos dolorosos de vínculos que siguen pesando en el presente, puede valorarse el trabajo con EMDR. ACT, por su parte, ayuda a aclarar qué es importante para uno y a avanzar en esa dirección aunque el miedo siga presente. Sobre esa base se practican los límites y se va recuperando la autonomía en lo cotidiano.
Mi intención nunca es que alguien deje de necesitar a los demás, porque necesitarnos es profundamente humano. Lo que busco es que pueda querer a alguien sin dejar de escucharse. No es un camino rápido ni lineal, pero es posible recorrerlo. Y al final del camino se pueden construir relaciones en las que uno se siente acompañado y sigue siendo quien es.

Estrella Torres De Haro
Estrella Torres De Haro
Psicóloga Sanitaria y Forense











