¿Por qué se dice que tenemos tres cerebros en uno?

Veamos en qué consiste la hipótesis del cerebro triúnico y si encaja con la realidad.

¿Por qué se dice que tenemos tres cerebros en uno?

La complejidad de la mente humana ha hecho que, a la hora de intentar explicar y comprender su funcionamiento, hayan surgido hipótesis y teorías originadas desde muchas perspectivas diferentes, a veces incluso opuestas entre sí. Esto no es nada raro; de hecho, es parte de la esencia de la generación de conocimiento científico.

A fin de cuentas, la ciencia no es la verdad absoluta y universal, sino una manera muy humilde de ir validando y poniendo a prueba explicaciones acerca de cómo funciona el mundo, sustituyéndolas por otras más cercanas a la realidad cuando quedan desfasadas.

Ahora bien, esta diversidad de teorías e hipótesis es especialmente rica en el caso de la Psicología y las Neurociencias, porque aquello que se encargan de investigar está sujeto a la influencia de muchísimas variables. Así, la mente puede ser abordada desde el estudio de la conducta, que no es ni palpable ni localizable en una zona concreta, o desde el estudio del organismo y, más concretamente, del cerebro. En el caso de esta última clase de investigaciones, hay una hipótesis que se ha vuelto muy famosa: la del cerebro triúnico. Según esta, allí donde parece que el ser humano tiene simplemente un cerebro, hay en realidad tres cerebros interactuando entre sí. Veamos en qué consiste y qué hay de cierto en ella.

¿Qué es la hipótesis del cerebro triúnico?

La idea de que tenemos tres cerebros fue desarrollada fundamentalmente por el neurocientífico estadounidense Paul MacLean en los años 60. Desde su punto de vista, lo que parece ser el cerebro humano es en realidad la superposición de tres cerebros diferentes, que muestran tres etapas cualitativamente distintas en la evolución de nuestro linaje.

En la parte más profunda del encéfalo estaría el cerebro reptiliano, el más primitivo de los tres, cuyas características son una adaptación al modo de vida de los reptiles, los cuales surgieron en una época en la que los mamíferos aún no existían. MacLean lo identificó con lo que se conoce como ganglios basales y sus zonas adyacentes, una serie de núcleos de neuronas ubicados en la zona más profunda del encéfalo, y propuso que este cerebro era el que se encarga de desencadenar los comportamientos ligados a los instintos: el enfrentamiento contra competidores o atacantes, la tendencia a defender el propio territorio, los rituales de apareamiento, etc.

Cerebro reptil ancestral

Por encima del cerebro reptiliano, el paso del tiempo habría dado lugar al cerebro paleomamífero, surgido con los reptiles mamiferoides o los primeros mamíferos. Este incluiría lo que se conoce como sistema límbico, y se encarga de la aparición de las emociones ligadas a la motivación por alimentarse, por aparearse y por asociarse a otros individuos, así como a la crianza. Se trata de comportamientos menos basados en el impulso puro y que no dan lugar a acciones tan previsibles como las del cerebro reptil.

Finalmente, por encima del anterior estaría el cerebro neomamífero, que puede ser visto en las formas más evolucionadas de mamíferos, y sobre todo en los primates. Esta habría dado la posibilidad de re-procesar información ya procesada por otras partes del sistema nervioso, dando lugar a pensamientos más abstractos y, en última instancia, a nuestra capacidad de imaginar experiencias complejas y predecir situaciones futuras.

¿Realmente tenemos tres cerebros?

En la actualidad se considera que la idea de los tres cerebros es, en todo caso, una simplificación que debe ser entendida como una metáfora, y no como una explicación científicamente válida o capaz de escribir con detalle la realidad del funcionamiento de nuestro sistema nervioso.

Si bien es cierto que el cerebro humano está lejos de ser una estructura anatómica totalmente homogénea (de hecho, es más bien un conjunto de órganos), llegar al extremo de considerar que hay tres cerebros físicamente separables y trabajando en paralelo resulta excesivo. La naturaleza del encéfalo hace que en él haya diferentes grupos de células nerviosas encargándose de tareas especializadas, pero a la vez, estas están constantemente coordinándose entre sí de manera constante.

Lo que ocurre en el cerebro humano puede ser comparable a lo que ocurre en una orquesta: diferentes músicos se especializan en instrumentos concretos, pero la finalidad última es ofrecer una experiencia unitaria: la música, que no puede ser entendida analizando únicamente sus partes por separado. Por ello, hoy sabemos que un ser humano sin problemas neurológicos tiene un solo cerebro.

Por otro lado, cabe decir que tampoco tendría sentido que los seres humanos tuviésemos un cerebro reptiliano, otro paleomamífero y otro neomamífero. Es cierto que la evolución de las especies muestra que en las formas de vida actuales hay “rastros” o remanentes de otras formas de vida que pertenecieron a etapas ancestrales de su linaje (por ejemplo, el hueso sacro de los humanos, que incluye los restos de una cola). Sin embargo, lo que se conserva debe resultar funcional o, al menos, no entorpecer mucho la posibilidad de sobrevivir.

Esto hace que si bien a veces permanecen órganos vestigiales que han perdido su utilidad anterior, o bien quedan tan atrofiados que dejan de importar, o bien son modificados de manera que puedan desempeñar una nueva función. En el caso del cerebro reptiliano o del paleomamífero, no tendría sentido conservarlos tal cual porque no resulta eficiente tener varios cerebros “compitiendo” entre sí por tomar el control de la conducta; en todo caso, sus características anatómicas permanecerían, pero cambiarían sus características funcionales y pasarían a encargarse de nuevas tareas y a renunciar a otras.

La importancia de las estructuras cerebrales ancestrales

¿Entonces, la hipótesis de los tres cerebros no nos enseña nada? No exactamente, como metáfora hay aspectos que sí nos invita a tener en cuenta. Por ejemplo, los conceptos de “cerebro límbico” y “neocórtex” resultan útiles porque nos ayudan a saber en qué partes del encéfalo se llevan a cabo los procesos más relacionados con las emociones y con el razonamiento y la toma de decisiones conscientes, respectivamente, aunque no se dediquen a estas funciones totalmente en exclusivas sino cooperando con otras estructuras del sistema nervioso.

Y también nos deja entrever que en nuestro linaje, las tareas realizadas por la neocorteza no han sido tan vitales como las de áreas más profundas del cerebro, dado que expandirse “hacia afuera” para adquirir nuevas habilidades genera menos riesgos que modificar mucho el resto de estructuras del encéfalo que ya se encargan de mantenernos con vida en el aquí y ahora.

Esto último, a su vez, revela hasta qué punto las emociones van por delante de la racionalidad. Prácticamente, todas nuestras acciones tienen una serie de elementos afectivos y motivacionales detrás, pero tan solo en algunas de ellas hay una decisión consciente de lograr algo, o un plan a medio o largo plazo.

Mientras que ningún animal puede permitirse el lujo de no tener una parte del cerebro dedicada a desencadenar impulsos y a dar lugar a las emociones, tan solo unas pocas han podido llegar a ser capaces de desarrollar pensamiento abstracto o incluso la aptitud de fabricar herramientas físicas (como lanzas, flechas o trampas para cazar) o no físicas (como el lenguaje). Y, de hecho, la mayoría de las decisiones que realizamos no obedecen a la reflexión, sino a lo que hacemos de manera espontánea dependiendo de cómo nos sentimos, sin pensar mucho.

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  • Barrett, L.F. (2020). You Have One Brain (Not Three). Seven and a half lessons about the brain. Boston: Houghton Mifflin Harcourt.
  • Gardner, Russell; Cory, Gerald A. (2002). The evolutionary neuroethology of Paul MacLean: convergences and frontiers. Nueva York: Praeger.
  • MacLean, Paul D. (1990). The triune brain in evolution: role in paleocerebral functions. New York: Plenum Press.
  • Nomura, T.; Kawaguchi, M.; Ono, K.; Murakami, Y. (2013). Reptiles: A New Model for Brain Evo‐Devo Research. Journal of Experimental Zoology Part B: Molecular and Developmental Evolution. 320 (2): 57–73.

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