Las parejas con expectativas sanas son más felices. Unsplash

Día a día somos bombardeados con la idea de que, para ser felices, debemos encontrar una relación de pareja perfecta en todos los sentidos. Son mensajes que en parte funcionan: ya desde la adolescencia es normal fantasear nada menos que con príncipes y princesas, lo que para la mente infantil es la cúspide del éxito social y económico.

Sin embargo, a la hora de la verdad es perfectamente normal ser feliz con personas que no son precisamente el novio o la novia modélicos. Notamos que hay algo en el otro que en teoría nos gustaría cambiar, pero también tenemos la certeza de que a la práctica, si alterásemos eso, el resultado no tendría por qué ser positivo. De hecho, incluso, puede que una de las cosas que nos hace felices en el amor es tener una pareja imperfecta. ¿Por qué ocurre esto?

Razones por las que las parejas imperfectas nos hacen felices

Estos son algunos de los aspectos que explican por qué en el amor la felicidad puede llegar a través de las imperfecciones de nuestra pareja.

1. El amor romántico y los amantes perfectos

Prestemos atención a nuestro alrededor. A través de películas, series, novelas e incluso anuncios de televisión se mezcla el mensaje principal que se quiere transmitir con una especie de propaganda de lo romántico.

La pareja ideal debe ser detallista pero independiente, inteligente y responsable pero que nos haga vivir locuras, atractiva a ojos de todo el mundo, pero con un encanto que solo nosotros encontramos especial. Se trata de una concepción del amor basada en el marketing: el amante tiene que cumplir con ciertas “features”, como un producto, sin que estas sean descritas con precisión en ningún momento, tal y como hace la publicidad hoy en día.

La idea del amor idealizado es juntar un montón de rasgos y características personales e imaginar a la supuesta persona perfecta resultante de esta mezcla. Sin embargo, la vida real no funciona así, y evidentemente las personas perfectas tampoco existen, pero eso no significa exactamente que a la hora de encontrar pareja nos conformemos con poco.

De manera intuitiva, aprendemos a ignorar esas normas que nos dictan cómo debe ser la pareja ideal y, muchas veces, traicionamos por completo esas ideas preconcebidas acerca de qué es lo que nos atrae en una persona.

Aunque no nos demos cuenta, este es seguramente el aspecto más rebelde del amor, lo que rompe nuestros esquemas y, por consiguiente, hace que la experiencia resulte estimulante, porque la historia que tendremos con esa persona no tendrá nada que ver con esas ensoñaciones con el amor perfecto que ya hemos repasado mil veces mentalmente.

2. Un amor centrado en la relación, no en la persona

El amor romántico se basa en la idea de que hay una persona indicada para nosotros, alguien que es la encarnación de todo lo que buscamos en un ser humano. En algunas versiones especialmente delirantes de esta concepción del amor, esa persona está predestinada a conocernos, ya que tanto ella como nosotros estamos incompletos hasta el momento en el que se inicia la relación; se trata del mito de la media naranja.

Es decir, que en el amor romántico todo lo que explica el romance se atribuye a cada una de las personas, su esencia; algo que existe más allá del tiempo y el espacio, encapsulado en el interior de cada individuo.

Sin embargo, el amor que existe en la vida real, fuera de los cuentos de los príncipes y princesas, no se basa en las esencias, sino en lo que ocurre realmente en el día a día. Es totalmente irrelevante que una persona sea muy inteligente si ni siquiera escucha lo que tenemos que decirle, y es igual que sea atractiva si utiliza esa cualidad para traicionarnos seduciendo.

Si todos afrontásemos las relaciones tal y como el amor romántico dicta, nuestra obsesión con las imperfecciones de las potenciales parejas nos haría perder de vista que el hecho de que los vínculos emocionales que de verdad valen la pena se dan a través de las interacciones del día a día: somos lo que hacemos, al fin y al cabo.

3. La vulnerabilidad atrae

Si nuestra pareja ya es perfecta, ¿qué papel cumplimos nosotros en esa relación? Normalmente damos por supuesto que la perfección implica total autosuficiencia, y esto, aplicado al amor, es negativo.

Por supuesto, las relaciones sanas son aquellas en las que no hay relaciones de poder asimétricas ni vínculos basados en la dependencia del otro, pero lo contrario a eso es una persona que simplemente no tiene ninguna motivación para estar con nosotros. Y al fin y al cabo, desear estar con nosotros no es una cualidad personal en el mismo sentido en el que lo es saber hablar en varios idiomas o estar en forma, pero en el amor actuamos como si lo fuese.

Según el filósofo griego Platón, las personas nos caracterizamos por experimentar la belleza y el atractivo a partir del modo en el que experimentamos la perfección, la pureza. Pero esta perfección no la encontramos en el mundo físico, ya que en él todo es cambiante e imperfecto: las personas nunca son exactamente igual que el ideal de belleza, y en ningún momento dejan de envejecer, de acercarse a su muerte.

Esto se plasma en lo que conocemos como amor platónico, un estado sentimental en el que conviven la intuición de que en un mundo ideal la perfección existe y la certeza de que nunca llegaremos a tener acceso a ella… al menos en este mundo, según el pensador griego.

Pero el amor platónico solo tiene sentido si antes damos por buenas algunas de las ideas que propuso este filósofo, y una de ellas es que la realidad no es la materia, sino la teoría, las ideas puras. Muy pocas personas niegan hoy en día que la realidad está compuesta por materia y no por ideas, así que la búsqueda de la perfección pura no funciona si la intentamos aplicar en el día a día. Es por eso que, mientras que unas expectativas poco realistas sobre el amor nos frustran, aceptar de antemano que nuestra pareja es imperfecta permite que disfrutemos realmente de su presencia, en vez de dedicarnos a perseguir quimeras.