Ya desde hace bastante tiempo se ha intentado explicar relacionar la conducta animal con el pensamiento propiamente humano. Es decir, no han sido pocas las veces que se han atribuido estados mentales a animales, tanto primates como otros.

El problema de esto es que, a veces, se ha inferido demasiado, viendo en cada acción de algunas especies animales el resultado de un complejo procesamiento mental.

El canon de Lloyd Morgan es un principio que sostiene que, antes de dar explicaciones mentalistas complejas sobre la conducta animal, lo más probable es que una explicación más simple permita comprender su conducta. Entendámoslo un poco mejor a continuación.

¿Qué es el Canon de Lloyd Morgan?

Conocida también como la ley de la parsimonia en conducta y pensamiento animal, el Canon de Lloyd Morgan es un principio que se aplica en investigación animal, especialmente en psicología animal.

Esta ley establece que una acción que haya realizado un animal no tiene por qué interpretarse como si fuera el resultado del ejercicio de una facultad psíquica superior si se puede interpretar como el resultado de una actividad psíquica inferior.

La máxima es no atribuir procesos mentales complejos a los animales a la más mínima que se observa en ellos una conducta similar a la humana. Nuestra conducta y la del resto de especies, a veces, puede parecer similar, pero no por eso quiere decir que detrás de su conducta haya pensamiento complejo, consciencia, planificación o que puedan inferir lo que piensan otros individuos. La premisa básica del canon de Lloyd era tratar siempre de explicar la conducta de otras especies usando la explicación más simple.

El motivo por el que Lloyd Morgan planteó este enunciado tiene mucho que ver con el contexto científico que le tocó vivir, concretamente finales del siglo XIX y principios del XX. En esa época la teoría de la evolución de Darwin se había popularizado mucho, y no eran pocos los que querían ver algún atisbo de conducta humana primitiva en otras especies, especialmente en primates. Había surgido toda una corriente científica que atribuía comportamientos antropomórficos a un amplio repertorio de especies, algunas filogenéticamente bastante alejadas de la humana.

Es por esto que Morgan quiso ser cauteloso y propuso esta máxima. Según él, lo que debía hacer la ciencia de su tiempo era tratar de explicar el comportamiento animal con la explicación menos compleja posible, en caso de que la hubiera. Las teorías demasiado complejas y que no han sido demostradas acaban siendo difíciles de manejar, y lejos de expandir el conocimiento y la investigación, los entorpecen.

Morgan aplica su idea en su libro Habit and Instinct (1896), centrándose en el aprendizaje animal. Lejos de plantear explicaciones mentalistas sobre por qué los animales se comportan de la forma en cómo lo hacen, opta por limitarse a explicar la conducta que pueda ser atribuida a asociaciones del tipo ensayo y error. Morgan hace distinción entre reacciones innatas, que bien podríamos considerar como instintivas, y reacciones adquiridas por medio de la imitación como fuente de adquisición de experiencias.

El propio Morgan consideraba que el estudio psicológico de su tiempo hacía empleo de dos tipos de inducciones. Por un lado, tenemos la introspección retrospectiva, que es la que parte de datos subjetivos, mientras que por el otro, tenemos la inducción más objetiva, basada en la observación de fenómenos externos.

La ciencia de su tiempo partía de ambos métodos, interpretando la conducta animal en términos de la experiencia subjetiva del investigador. Así pues, si el observador atribuye estados mentales al animal observado, puede que cometa el error de pensar que evidentemente hay pensamiento.

La versión psicologista de la navaja de Ockham

El canon de Lloyd Morgan se puede considerar como una especie de versión psicologista de la famosa navaja de Ockham. Este principio formulado en el siglo XIV por el célebre filósofo inglés Guillermo de Okcham sostiene que los entes no deben ser multiplicados si no es necesario. Es decir, si se disponen de suficientes variables para explicar un fenómeno, no hay necesidad de incluir más que esas.

Si tenemos dos modelos científicos que pueden explicar un mismo evento natural, aplicando la navaja, aquel que sea el más sencillo será el digno de consideración.

Naturalmente, tanto la navaja de Ockham como el canon de Lloyd Morgan no están exentos de críticas. La principal es que, a veces, al estudiar un fenómeno complejo, es imposible seleccionar el modelo más simple que lo explique sin incurrir en mala ciencia, sobre todo si el fenómeno no puede ser abordado empíricamente. Es decir, como no se puede falsear la explicación simple dada, puesto que no hay forma de comprobarla, afirmar que esa explicación tiene que ser la más probable es un comportamiento pseudocientífico.

La otra crítica es que la simplicidad no necesariamente tiene que correlacionar con la plausibilidad. El propio Einsein señaló que no es la simplicidad de la explicación lo que hace que esta deba ser tenida en mayor consideración, sino cuán explicativa es para el fenómeno estudiado. Además, hablar de modelos “simples” es algo un tanto ambiguo. ¿Un modelo con una sola variable pero muy compleja es un modelo simple? ¿tener varias variables pero todas ellas fáciles de manipular/comprobar es un modelo complejo?

Utilidad científica

Como comentábamos, el estudio de la conducta animal y, más modernamente, la cognición de las especies humanas ha ido en aumento, planteándose todo tipo de explicaciones mentalistas. Es por esto que, a fin de evitar dar explicaciones demasiado antropocéntricas a la conducta de otras especies, corriendo el riesgo de afirmar que otros seres vivos tienen autoconciencia o pensamientos similares a los nuestros, el canon de Lloyd Morgan se ha convertido en un requisito necesario en investigación.

Hay que comprender que desde que la psicología es ciencia siempre se ha intentado abordar si otras especies pueden pensar como los seres humanos. Esto no es un tema exento de controversia y, de hecho, de demostrarse una conciencia similar a la humana en animales de consumo diario, como vacas, cerdos o pollos, supondría un gran debate ético, alimentado especialmente por asociaciones en defensa de los derechos animales.

En muchas ocasiones, estas mismas asociaciones utilizan supuestos estudios científicos para reafirmar sus posturas, algo que es legítimo. Sin embargo, si la propia investigación ha atribuido rasgos mentales demasiado humanos a especies que, a diferencia de, por ejemplo, los chimpancés, no tienen una inteligencia ni autoconciencia muy sofisticada, sin aplicar el canon de Morgan ni tampoco relativizar sus afirmaciones, muy difícilmente podemos hablar de un artículo científico.

El debate mentalismo y conductismo, si bien ha sido moderado en las últimas décadas, ha sido un clásico en la historia de la psicología. El conductismo fue una corriente que en su versión más radical se nutrió del canon de Morgan, dignificando a la psicología como ciencia. Centrándose solo en lo observable del animal en vez de atribuirle motivos, pensamiento o percepciones de cualquier tipo permitió hacer que la psicología dejara de estar tan dispersa como lo había sido con el psicoanálisis.

Hoy en día no cabe duda que considerar procesos mentales en animales no es algo necesariamente malo ni tampoco pseudocientífico. No obstante, el problema, como decíamos, es exagerar la capacidad mental de ciertos animales, atribuyéndoles un proceso psicológico que, muy probablemente, no puedan albergar en su cerebro. Hay muchos comportamientos animales que pueden parecer motivados, que hay un pensamiento complejo detrás, pero puede ser simplemente casualidad.

Casos en conducta animal

En muchas ocasiones ha ocurrido que se han planteado explicaciones mentalistas a fenómenos que, vistos de forma más crítica, se corresponden a una conducta menos sofisticada. A continuación veremos dos casos que, si bien no son los únicos, explican bastante bien la idea de por qué se debe recurrir a lo más simple a la hora de estudiar la conducta animal.

1. Emparejamiento en pingüinos

Muchas especies llevan a cabo rituales de cortejo y apareamiento. Estas conductas, en principio, son intencionales. Por regla general, los machos se pavonean delante de muchas hembras invitándolas a copular con él. En el caso de las hembras, la mayoría de especies buscan al macho con mejores características y, así, tener descendencia fuerte y sexualmente atractiva cuando llegue a la madurez.

Los pingüinos rey de las islas Kerguelen también tienen rituales de cortejo y en la mayoría de los casos se emparejan para toda la vida. Pero, curiosamente, algunas parejas de pingüinos son homosexuales. Hay pingüinos macho que cortejan a otros machos y se emparejan, pero naturalmente no van a tener descendencia.

Este fenómeno no es extraño en esta especie y, por esto, se intentó dar una sofisticada explicación mentalista. Estas conductas homosexuales se darían cuando la pobalción de pingüinos tuvieran ratios de sexo dispares, como por ejemplo tener muchos más machos que hembras. Los pingüinos machos, siendo conscientes de ello, intentarían equilibrar la balanza sacrificando su reproducción y emparejándose con otros machos.

Sin embargo, esta explicación se encontró con un pequeño problema: los pingüinos de esta especie no parece que sepan en sexo de sus congéneres. De hecho, estas torpes aves son todas iguales, con lo cual resulta difícil a primera vista saber si hay más machos o más hembras.

Aplicando el canon de Lloyd Morgan, en vez de suponer procesos mentales a estas aves, como sería la idea de mayoría y de minoría, lo que pasaría en el emparejamiento homosexual sería o bien que realmente esos pingüinos son homosexuales o un macho a cortejado a otro macho y este “le ha seguido la corriente”.

2. Lucha entre mariposas

La competición entre animales, especialmente machos, es una conducta muy estudiada. Los motivos que empujan a dos individuos a pelearse son, fundamentalmente, defensa del territorio, búsqueda de posibles parejas, una hembra o comida. En algunas especies la lucha cambia en función del motivo que haya detrás. No es lo mismo luchar por una hembra que hacerlo por el territorio o comida, dado que en los combates con finalidad reproductiva se intenta ser lo más atractivo y fuerte posible.

Las mariposas macho también luchan. En muchas especies se han encontrado dos formas de pelear con supuesta finalidad sexual. Una ocurre en el aire, peleando los dos machos mientras vuelan. La otra ocurre cuando hay un capullo todavía inmaduro pero que alberga a una hembra.

Si bien la segunda forma de luchar parece ser una forma de luchar por una hembra, la primera no tiene por qué ser así, y aplicando el canon de Lloyd Morgan otras investigaciones han planteado una tercera opción muy interesante.

Pese a que la mayoría de las mariposas presentan dimorfismo sexual, algunas especies son incapaces de distinguir entre machos y hembras. Parece que, a veces, una mariposa macho se encuentra con otra mariposa macho volando, y como el impulso sexual la empuja a buscar a una pareja desesperadamente, se acerca e intenta copular con ella.

Visto desde fuera, y sabiendo el observador que se trata de dos mariposas macho, puede pensarse que están realmente peleándose pero, lo que podría estar sucediendo en realidad es que están copulando, o una intenta forzar a la otra. Además, la pelea física entre machos suele ser tan suave que se asemeja con la cópula entre machos y hembras.

Referencias bibliográficas:

  • Heyes, C. M. (1998). Theory of mind in nonhuman primates. Behavioral and Brain Sciences, 21(1): pp. 101 - 134
  • Premack, D. & Woodruff, G. (1978) Does the chimpanzee have a theory of mind? Behavioral and Brain Sciences, 4: pp. 515 - 526.
  • Dennett, D. C. (1983) Intentional systems in cognitive ethology: The “Panglossian paradigm” defended. Behavioral and Brain Sciences, 6: pp. 343 - 390.