A pesar de que está socialmente mal visto, todo el mundo habla solo. Puede que lo hagamos mientras estamos estudiando para los exámenes, o cuando estamos lavando los platos o paseando por el salón, pero todos sin excepción hablamos para nosotros en algún momento del día.

Se supone que cuando hablamos lo hacemos para comunicarnos con otras personas, con lo cual, hablar para nosotros mismos no se consideraría un acto comunicativo verdadero puesto que, en principio, solo estaríamos verbalizando oralmente nuestro pensamiento.

No obstante, teniendo en cuenta que es una práctica común y que, a pesar de los prejuicios, es algo que las personas mentalmente sanas también hacen, es inevitable hacerse esta pregunta: ¿para qué sirve hablar solo? Veámoslo a continuación.

¿Para qué sirve hablar solo? Comprendiendo este fenómeno psicológico

En mayor o menor medida, todo el mundo habla solo. A pesar de que muchos son los que se avergonzarían de afirmar que suelen hablar para sí mismos y otros dirían que solo una persona “loca” puede hablar sola, lo cierto es que todos convertimos nuestro pensamiento en palabras que nos dirigimos a nosotros mismos. No es nada malo y, de hecho, la ciencia y recientes descubrimientos parecen indicar que hablar para uno mismo es una de las mejores formas para mejorar nuestra capacidad discursiva, potenciar la creatividad e, incluso, ayudarnos a pensar mejor.

A pesar de que hablar con uno mismo ha estado muy mal visto a lo largo de la historia, recientemente se han ido revelando más ventajas sobre este comportamiento. Mientras que hasta hace no mucho hablar solo era visto como un rasgo de inmadurez, discapacidad intelectual, trastorno mental o en forma de soliloquio shakespeariano, hoy en día se está dándole cierto renombre al dialogar con uno mismo.

Historia sobre la utilidad de hablar solo

La cuestión de para qué sirve hablar solo no es algo que se haya empezado a abordar hace poco, pese a que sí que es ahora cuando está llegando a tener una mejor consideración sobre este comportamiento. Ya en tiempos muy antiguos se intentó ver y explicar la relación cercana entre hablar en voz alta y pensar mejor.

Autores de la Antigüedad Clásica, como es el caso del gran orador Marco Tulio Cicerón (106 a.C. - 43 a.C.), ya comentaron que una buena forma de preparar un discurso o escribir un libro es hablando solo, especialmente cuando uno se queda en blanco.

Yéndonos a tiempos más recientes, una de las figuras más interesantes que abordó la utilidad de hablar con uno mismo fue el alemán Heinrich von Kleist (1777-1811) en su ensayo “Über die allmähliche Verfertigung der Gedanken beim Reden” (Sobre la formación gradual de los pensamientos mientras se habla, 1805). En este texto indica que no es el pensamiento lo que produce el habla, sino que el habla actúa como un proceso creativo que acaba generando el pensamiento.

En su ensayo describe su hábito de usar el discurso oral como una herramienta de pensamiento, e indica que no si se tienen problemas para descubrir o imaginar algo pensando en silencio, se puede superar este obstáculo por medio del habla libre. Kleist comentó que las personas empezamos a formar un pensamiento de forma abstracta y poco definida pero, cuando empezamos a hablar sobre él, este pensamiento va tomando más forma y da lugar a una brillante idea. Las ideas vienen mientras se habla.

Por último, no es posible hablar de la historia de esta idea sin mencionar a Lev Vygotski y sus estudios en la década de 1920. Este psicólogo ruso observó que los niños hablan consigo mismos, diciéndose qué es lo que hacen y qué van a hacer”. Con el paso del tiempo, esta charla con uno mismo se acaba interiorizando, convirtiéndose en esa vocecilla mental que es el pensamiento “silencioso” o “discurso interno”, propio de los adultos.

En base a lo observado por Vygotski y varios de sus sucesores, hablar con uno mismo adquiere un rol mental fundamental en la infancia. Los niños guían su conducta recordándose en voz alta lo que hacen y tienen que hacer, algo que hizo que el psicólogo ruso considerara el habla privada como un estadio crucial para el desarrollo infantil. No obstante, a medida que se crece, va tomando relevo el discurso interno y se interpretó que quien seguía hablándose a sí mismo en la adultez era un problema.

El discurso interno no sustituye el hecho de hablar solo

Como hablar en voz alta es tradicionalmente visto como algo propio de un niño, que un adulto lo haga se ha interpretado como un problema a pesar de no serlo y ser una práctica muy común. Interiorizar el discurso es propio de la madurez, pero no es un comportamiento que sustituya hablar solo, sino que es una estrategia que es beneficiosa para ciertos aspectos y es más discreta que hablar en voz alta. No decir todo lo que pensamos está claro que puede ahorrarnos más de un problema a nivel social.

No obstante, también tiene sus problemas, problemas que son solucionados hablando solo. La principal desventaja del discurso interno, es decir, pensar en silencio, es que lo hacemos más rápido de lo que lo haríamos con un discurso verbal. Cuando pensamos es frecuente que no pensemos en frases completas, nos comamos palabras o incluso pensemos en un montón de ideas a la vez que, ante tamaño desorden mental, nos agobia y frustra. Nuestro pensamiento puede llegar a ser muy inconexo, condensado y parcial, incluso sin padecer un trastorno mental.

En cambio, cuando hablamos para nosotros decimos las frases completas, las ideas vienen una tras otra y pensamos mejor. Somos más conscientes de nuestros pensamientos, hilando con coherencia y sentido las ideas que tenemos en nuestra mente, lo cual se traduce en desarrollo de la metacognición y un mejor razonamiento. Se piensa tal como se habla, con el ritmo y entonación propias de una conversación con otra persona, enfatizando el significado pragmático y argumentativo de lo que se dice.

Es gracias a todo esto que, en caso de que nos hayamos quedado en blanco en alguna cuestión o que no tengamos muy clara una idea, el hecho de verbalizarla oralmente nos permite ver cuál es su punto débil e, incluso, fomenta la creatividad y la imaginación, rellenándose ese hueco mental. Se recuperan ideas preexistentes, se completan las actuales y se crean nuevas, más complejas y mejor formuladas, fomentando la creación de nuevas conexiones mentales y lingüísticas entre ellas.

Hablar con uno simulando una conversación

Hablar con uno mismo también incrementa nuestra capacidad dialógica. Si bien es cierto que hablando solo no interactuamos con otra persona, el hecho de hablarnos a nosotros mismos nos ayuda a construir activamente la imagen de la persona con la que queremos hablar. Este comportamiento activa nuestra teoría de la mente, es decir, nos hace pensar en los estados mentales de la otra persona, imaginándonos cómo reaccionará a lo que le vayamos a decir, qué podría no entender o si nos va a hacer alguna pregunta.

Cierto que esto lo podríamos hacer por medio del discurso interno, imaginándonos una conversación con esa persona sin articular palabra oral alguna. Sin embargo, como hemos comentado antes, pensar sin hablar tiene la desventaja de que nos comemos palabras y frases, además de que algunas ideas pueden venir todas condensadas y de golpe, lo cual dificulta mucho imaginarse una conversación natural. Además, cuando hablamos con otras personas lo hacemos oralmente, y practicarlo hablando es un simulacro mucho más realista que hacerlo de forma silenciosa.

Además, hablar con uno mismo motiva a la acción. Es muy típico ver en películas y series de televisión la escena de una persona que está preparando lo que le va a decir a otra. No lo hace únicamente para prepararse la conversación sino que, también, para motivarse y decirle de una vez lo que le quiere decir que, en la series, suele ser un mensaje duro de oír. En la vida real usamos este recurso tanto para motivarnos a hablar con otra persona como para atrevernos a empezar un proyecto o hacer algo que nos daba miedo, diciéndonos frases en segunda persona como “¡Tú puedes!” o “Venga, que no es tan difícil”.

Resumiendo

A pesar de que muchos siguen creyendo que hablar solo es algo propio de locos y niños pequeños, lo cierto es que es otra conducta que nos ofrece un montón de ventajas a nivel cognitivo y social. Hablando con nosotros mismos podemos organizar nuestro pensamiento, convertir ideas abstractas y poco claras en brillantes y completas, reflexionando mejor diciendo las cosas en voz alta que haciéndolo en silencio. Es muy difícil organizar un pensamiento que nos viene de forma parcial y condensada.

Aunque el hecho de que nos hablemos a nosotros mismos no se puede considerar un acto comunicativo en sí, puede servirnos de simulacro para mantener una conversación con alguien al que le queremos decir algo que es complicado y que no es fácil que se nos ocurra en el transcurso de una conversación espontánea. Además, si lo que le tenemos que decir es duro tanto de decir como de escuchar, hablando con nosotros mismos nos sirve para motivarnos a decírselo a la par que practicamos para que sea suave el golpe.

Independientemente de si solemos hablar mucho con nosotros mismos, está claro que esta práctica no es un signo de inmadurez mental ni sinónimo de trastorno psicológico. Muchas personas hablamos en voz alta cuando estudiamos, hacemos las tareas o simplemente para recordarnos mejor aquello que tenemos que hacer. Nos ayuda a organizar nuestro pensamiento, lo cual mejora nuestro razonamiento y metacognición, ventajas que se complementan con las del discurso interno. Así pues, hablar con uno mismo no es de locos, sino de genios.

Referencias bibliográficas:

  • Ariel, N. (2020). Talking out loud to yourself is a technology for thinking. Psyche. Recuperado de https://psyche.co/ideas/talking-out-loud-to-yourself-is-a-technology-for-thinking
  • Maass, Joachim (1983). Kleist: A Biography. New York: Farrar, Straus, and Giroux
  • Vygotski, L. S., Kozulin, A., & Abadía, P. T. (1995). Pensamiento y lenguaje (pp. 97-115). Barcelona: Paidós.