Antes no te lo pensabas tanto. Tomabas decisiones, opinabas sin revisar mentalmente cada palabra y afrontabas situaciones nuevas con cierto convencimiento de que, salieran como salieran, podrías manejarlas. Ahora dudas. Repasas conversaciones, necesitas más confirmación de los demás o descartas oportunidades porque aparece una pregunta incómoda: «¿Y si ya no soy capaz?».
Cuando recordamos cómo éramos hace unos años, esa transformación puede resultar difícil de aceptar. Tendemos a imaginar la confianza como una característica personal: hay personas seguras y personas inseguras. Si siempre nos habíamos colocado en el primer grupo, perder esa sensación puede hacernos creer que algo fundamental se ha roto dentro de nosotros. Sin embargo, la psicología ofrece una imagen bastante más flexible. La autoestima y la percepción de nuestra propia capacidad pueden cambiar con las experiencias, las relaciones y las etapas vitales.
Por eso, quizá la pregunta no sea únicamente «¿qué me ha pasado?», sino también «¿qué he vivido últimamente para empezar a mirarme de esta manera?».

Ana Isabel Marin Jodar
Ana Isabel Marin Jodar
Coach Para La Ansiedad
La confianza no es algo que tenemos para siempre
Cuando decimos «antes tenía confianza en mí mismo», podemos estar hablando de varias cosas. Una es la autoestima: la valoración general que hacemos de nosotros mismos. Otra es la autoeficacia, el convencimiento de que somos capaces de afrontar determinadas tareas o situaciones.
No necesariamente evolucionan juntas. Podemos sentirnos valiosos como personas y, después de cambiar de trabajo, empezar a dudar profundamente de nuestra competencia profesional. Podemos seguir sintiéndonos capaces en muchos ámbitos y perder seguridad en las relaciones después de una ruptura dolorosa.
Albert Bandura planteó precisamente que la autoeficacia se construye, en buena medida, a partir de nuestras experiencias. Haber afrontado con éxito situaciones difíciles refuerza la expectativa de que podremos volver a hacerlo; acumular experiencias interpretadas como fracasos puede debilitarla.
Eso explica algo importante: haber sido una persona segura no nos inmuniza frente a la inseguridad futura. La confianza no es una reserva que adquirimos una vez y conservamos intacta. Se actualiza con aquello que vivimos.
A veces no perdemos confianza de golpe: la vamos desgastando
No siempre existe un acontecimiento concreto al que podamos señalar. Tal vez empezó con un jefe que cuestionaba continuamente nuestro trabajo. Después llegaron meses de cansancio, un proyecto que salió mal y varias comparaciones con compañeros que parecían avanzar más rápido. Ninguna experiencia por separado parecía suficiente para cambiar cómo nos veíamos. Pero, poco a poco, empezamos a comprobar cada decisión dos veces.
El ámbito laboral puede influir en este proceso. Un metaanálisis de Samantha Krauss y Ulrich Orth reunió 30 muestras longitudinales con más de 53.000 personas y encontró relaciones recíprocas entre la autoestima y distintas experiencias laborales: nuestra valoración de nosotros mismos puede influir en cómo vivimos el trabajo, pero determinadas experiencias profesionales también se relacionan posteriormente con cambios en la autoestima.
Algo semejante puede ocurrir fuera del trabajo. Una enfermedad, convertirse en padre o madre, cuidar durante mucho tiempo de alguien, sentirse rechazado o atravesar una etapa prolongada de estrés puede modificar los contextos en los que antes nos sentíamos competentes.
No siempre hemos dejado de ser capaces. A veces llevamos demasiado tiempo recibiendo experiencias que nos hacen dudar de que lo seamos.
Una ruptura, un fracaso o una pérdida pueden cambiar temporalmente cómo nos vemos
Hay acontecimientos que afectan directamente a nuestra identidad. Una separación sentimental, por ejemplo, puede hacer que una persona que durante años se sintió atractiva y querida empiece a preguntarse qué tiene de malo. Perder un empleo puede transformar un problema profesional en una conclusión personal: «Quizá nunca fui tan bueno como pensaba».
La investigación muestra que algunas transiciones vitales pueden ir acompañadas de cambios en la autoestima. Eva Luciano y Ulrich Orth estudiaron a más de 9.000 jóvenes adultos y observaron que una ruptura sentimental se asociaba con una disminución de la autoestima. Sin embargo, ese efecto tendía a desaparecer aproximadamente un año después, incluso entre quienes seguían solteros.
Un amplio estudio longitudinal sobre empleo encontró también descensos de autoestima antes de entrar en periodos de desempleo, especialmente cuando estos terminaban siendo más prolongados. Los propios autores insisten en que existe una relación compleja y bidireccional: las circunstancias nos afectan, pero nuestras características previas también influyen en cómo atravesamos esas circunstancias.
Estos datos sirven para recordar que cómo nos sentimos hoy acerca de nosotros mismos no tiene por qué representar quiénes seremos dentro de un año.
Cuando equivocarnos empieza a decirnos quiénes somos
Una experiencia difícil puede hacernos dudar. El problema aumenta cuando empezamos a interpretar cada pequeño error como una confirmación.
Nos equivocamos en una reunión y pensamos: «Ya no tengo la seguridad que tenía». Nos ponemos nerviosos durante una cita y concluimos: «He perdido completamente mis habilidades sociales». Una situación deja de ser una situación y se convierte en una prueba sobre nuestra identidad.
Esto puede ser especialmente intenso cuando nuestro valor depende mucho del rendimiento. Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en 2024, que reunió 83 trabajos y más de 32.000 participantes, encontró que las preocupaciones perfeccionistas (como el miedo excesivo al error o la preocupación por no alcanzar determinados estándares) se relacionaban con una autoestima más baja. Al tratarse fundamentalmente de asociaciones, no podemos reducir esa relación a una única causa, pero ayuda a comprender por qué la exigencia puede convertirse en una amenaza para nuestra propia valoración.
Entonces aparece una trampa: para recuperar la confianza creemos que necesitamos volver a hacerlo todo bien. Pero cada error demuestra aparentemente lo contrario.
La confianza se vuelve frágil cuando solo podemos sentirnos seguros mientras nada sale mal.
También conviene preguntarnos cómo estamos emocionalmente
Una pérdida de confianza intensa puede formar parte de una etapa de ansiedad, estrés o bajo estado de ánimo. Eso no significa que dudar de nosotros mismos implique necesariamente un trastorno psicológico, pero merece la pena observar qué más está ocurriendo.
Un conocido metaanálisis de Julia Sowislo y Ulrich Orth reunió 77 estudios longitudinales sobre autoestima y depresión y 18 sobre autoestima y ansiedad. Los resultados apoyaron especialmente la idea de que una autoestima baja puede aumentar la vulnerabilidad posterior a síntomas depresivos, aunque también apareció evidencia de la relación inversa: atravesar síntomas depresivos puede erosionar posteriormente nuestra autoestima. En el caso de la ansiedad, ambas direcciones tuvieron una magnitud más parecida.
Esto puede explicar por qué algunas personas sienten que «han dejado de ser ellas mismas» durante una etapa difícil. Si estamos agotados, ansiosos o deprimidos, nuestra interpretación de las propias capacidades también puede cambiar.
Cuando la pérdida de confianza es intensa, permanece durante meses, nos lleva a evitar oportunidades o aparece acompañada de un malestar psicológico importante, hablar con un profesional puede ayudar a comprender qué está sosteniendo ese cambio.
Recuperar confianza no significa fingir que volvemos a ser invencibles
Intentar convencernos frente al espejo de que somos maravillosos probablemente no solucione aquello que ha ido debilitando nuestra seguridad. Recuperarla suele requerir algo más concreto: volver a tener experiencias en las que comprobemos que podemos actuar, equivocarnos, corregir y continuar.
Puede significar aceptar un reto ligeramente incómodo en lugar de esperar a sentirnos completamente seguros; diferenciar «esto me salió mal» de «yo soy malo haciendo esto»; observar si estamos evaluándonos con criterios mucho más duros que antes; o reconocer capacidades que seguimos utilizando aunque ahora nos parezcan normales.
También puede ayudar modificar la forma en que respondemos a nuestros errores. Una revisión y metaanálisis de Peter Muris y Henry Otgaar, basado en 76 estudios y más de 35.000 participantes para la relación entre autoestima y autocompasión, encontró que ambos conceptos están estrechamente relacionados, aunque no son equivalentes. La autocompasión implica poder tratarnos de manera menos hostil precisamente cuando fallamos o sufrimos.
La seguridad más resistente quizá no sea pensar «sé que todo me saldrá bien», sino poder pensar «aunque algo salga mal, confío en que podré afrontarlo».
Perder confianza después de haber sido una persona segura puede resultar especialmente doloroso porque conocemos perfectamente la diferencia. Pero esa comparación también nos recuerda algo importante: ya hemos tenido experiencias que nos permitieron construir seguridad una vez.
Quizá no se trate de recuperar exactamente a la persona que éramos antes. Después de ciertas experiencias, eso puede ser imposible y tampoco tiene por qué ser el objetivo. Podemos construir una confianza diferente: menos dependiente de hacerlo todo bien, más consciente de nuestras limitaciones y suficientemente sólida como para sobrevivir a un error. A veces, volver a confiar en nosotros mismos empieza cuando dejamos de exigirnos sentirnos seguros antes de volver a vivir.

Ana Isabel Marin Jodar
Ana Isabel Marin Jodar
Coach Para La Ansiedad









