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Riesgos de la autoevaluación con IA: sesgos y daño real

Preguntarle a un chatbot “¿qué me pasa?” se ha vuelto algo común. Y no por es más seguro.

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Son las tres de la madrugada y alguien, incapaz de dormir, abre una aplicación de inteligencia artificial y empieza a describir lo que siente: el insomnio, la irritabilidad, esa sensación de que algo no encaja. En segundos recibe una respuesta ordenada, empática y con nombre propio para lo que le ocurre. No ha hablado con nadie, pero ya tiene un diagnóstico. Esta escena, que hace una década habría sonado a ciencia ficción, se repite hoy de forma silenciosa en casi todos los hogares con un móvil.

No es la primera vez que la tecnología promete resolver la incertidumbre sobre la propia mente: antes fueron los manuales de autoayuda, después los foros y los test virales, y más tarde Google convertido en el “doctor” al que consultábamos antes de pedir cita. Lo distinto ahora es la forma: la IA no devuelve una lista de enlaces para que decidamos, sino una conversación fluida y personalizada, con una autoridad prestada que puede sonar más convincente que la de un profesional real. Ahí aparece la contradicción que este artículo quiere desmontar.

Porque autoevaluarse con IA no es simplemente “buscar información”: es algo más parecido a recibir un veredicto sin que nadie haya hecho la pregunta correcta. De ese matiz dependen decisiones reales, como pedir ayuda a tiempo o retrasarla porque ya se cree tener la respuesta. Vamos a repasar qué dice la psicología sobre este fenómeno, qué sesgos concretos lo alimentan y qué reflexiones aporta alguien que lo ve llegar cada semana a su consulta.

¿Qué significa autoevaluarse con IA?

Autoevaluarse no es nuevo en Psicología: llevamos décadas rellenando cuestionarios sobre ansiedad o estado de ánimo antes de entrar a consulta. Lo que cambia con la IA es que ese cuestionario deja de ser un paso previo al diagnóstico y se confunde con el diagnóstico mismo. Y es imposible autodiagnosticarse un trastorno mental: una etiqueta clínica es el resultado de comparar lo observado con criterios muy concretos, algo que exige entrenamiento y perspectiva externa.

En conversación con 'Psicología y Mente' el psicólogo Víctor Fernando Pérez López es tajante al respecto: “El diagnóstico que hace un psicoterapeuta debe venir principalmente de un recurso que tenemos a nuestro alcance, que es el DSM-5. Un profesional con años de experiencia puede realmente hacer una evaluación con base también a otros test psicométricos. Entonces eso conlleva ya un manejo más amplio”.

“La diferencia no es de grado, sino de naturaleza”: una IA no aplica esos criterios, sino que produce la respuesta más plausible según lo que se le pregunta.

El espejo que confirma lo que ya creías

Para entender por qué esto sale mal con tanta frecuencia, conviene recuperar un concepto clásico de la psicología cognitiva: el sesgo de confirmación, esa tendencia a buscar y aceptar la información que ya encaja con lo que sospechábamos, descartando lo que la contradice. No es un fallo exclusivo de quien consulta a una IA —nos ocurre también frente a un médico o un buscador—, pero un chatbot está diseñado, por su propio funcionamiento conversacional, para dar continuidad a la idea que el usuario ya trae consigo.

“Sabemos muy bien que la IA lo que nos va a responder es aquello a lo que nosotros le pedimos”, resume el terapeuta Pérez López. Quien llega sospechando que tiene ansiedad, TDAH o cualquier otro cuadro suele encontrar una IA que se lo confirma. Una explicación plausible, coherente con el propio funcionamiento de estos modelos, es que la herramienta tiende a seguir el hilo de la pregunta en lugar de contrastarla. La 2026 Chatbots and Mental Health Survey de la American Psychological Association, realizada entre más de 1.200 psicólogos con ejercicio clínico, encontró que el 39% había atendido a pacientes que ya llegaban con un autodiagnóstico elaborado a partir de una IA, y que un 97% de esos profesionales temía que la herramienta reforzara sin querer creencias distorsionadas.

Cuando el vínculo con la máquina sustituye al vínculo humano

El riesgo no se agota en el diagnóstico erróneo. Pérez López asegura que la mayoría de las personas que consulta ya han buscado información en la IA y algunas incluso han acabado por sentirse emocionalmente vinculadas. Cuenta el caso de un paciente que “había empezado estableciendo una especie de relación terapéutica con la IA, pero que al final acabó enamorada de esa IA”. Algo que, obviamente, ningún profesional con código deontológico permitiría en una relación terapéutica real.

Ese desplazamiento hacia la máquina tiene un coste que el psicólogo relaciona con un fenómeno ya observado en otros contextos. “El riesgo es que al estar menos inmersos en una comunicación humana, las personas se empiecen a aislar”, señala, recordando el repunte de ansiedad registrado en adolescentes durante la pandemia, un periodo en el que la interacción social quedó mediada casi por completo por pantallas. Para Pérez López, la dependencia hacia un chatbot no sustituye la regulación emocional que ofrece el contacto humano: simplemente la pospone.

Más allá del vínculo, hay algo estrictamente clínico que una conversación de texto no puede captar. “La observación que un profesional puede hacer en cuanto al lenguaje corporal, esas expresiones, ese lenguaje emocional que solo los seres humanos tenemos no sería posible al día de hoy que una tecnología cubra de manera completa esa necesidad”, explica Pérez López. Una entrevista clínica no se limita a las palabras que alguien elige escribir: incluye silencios, contradicciones entre lo que se dice y cómo se dice, y señales de riesgo que solo se perciben cara a cara.

El atajo que sale caro: retraso y daño real

Quizás el efecto más silencioso de este fenómeno sea el tiempo perdido. Pérez López compara la autoevaluación con IA con otra práctica de riesgo conocida: “Lo delicado, lo riesgoso que puede ser la automedicación. Utilizar este tipo de herramientas es una manera de establecer hipótesis que solo un profesional es quien puede corroborarlas”. El problema no es formular una hipótesis sobre uno mismo, sino tratarla como si ya estuviera confirmada: eso retrasa la consulta real y complica el trabajo de quien finalmente recibe al paciente, ya que antes hay que desmontar la idea asumida antes de abordar el problema real.

¿Puede una máquina decirnos qué nos pasa? La evidencia disponible sugiere que puede ayudarnos a ordenar preguntas, pero no a responderlas con la profundidad que exige un diagnóstico real. Lo que este fenómeno enseña no es tanto sobre la tecnología como sobre nuestra prisa por obtener certezas: preferimos una respuesta inmediata, aunque venga de un sistema que no puede vernos de verdad, a la incomodidad de esperar una evaluación completa. Quizás la lección más útil no sea desconfiar de la IA, sino recordar que ninguna herramienta, por bien diseñada que esté, puede sustituir la mirada de alguien entrenado para verte con matices.

Si este tema te resulta cercano por una situación personal, recuerda que hablar con un profesional de salud mental es el paso más seguro para obtener una evaluación real, y que buscar ese apoyo no es un fracaso frente a la tecnología, sino la forma más fiable de cuidarse.

  • American Psychological Association. (2026). “2026 Chatbots and Mental Health Survey”.
  • McBain, R.K., Cantor, J.H., Breslau, J. et al. (2026). “AI Chatbot Use and Disclosure for Mental Health Among US Adolescents and Young Adults”. JAMA Pediatrics, 180(8), 884-890.
  • Moreno, N. (2024). “¿Por qué no te puedes autodiagnosticar un trastorno mental?”.

Al citar, reconoces el trabajo original, evitas problemas de plagio y permites a tus lectores acceder a las fuentes originales para obtener más información o verificar datos. Asegúrate siempre de dar crédito a los autores y de citar de forma adecuada.

Aitor Sáez. (2026, septiembre 14). Riesgos de la autoevaluación con IA: sesgos y daño real. Portal Psicología y Mente. https://psicologiaymente.com/psicologia/riesgos-de-la-autoevaluacion-con-ia-sesgos-y-dano-real

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