El sexo es disfrutado por muchos, pero también es un mundo ampliamente desconocido. Hay muchos conceptos que son confundidos o que despiertan más dudas que nada.

Hoy vamos a aclarar dos conceptos del ámbito muy escuchados y también muy poco entendidos, además de relacionarlo y ejemplificarlo con la realidad sexual de varios colectivos. Veamos cuáles son las diferencias entre deseo sexual y atracción sexual, vistas de manera resumida.

Principales diferencias entre deseo sexual y atracción sexual

Antes de entrar en más detalle sobre el deseo y la atracción sexual, se hace necesario hablar un poco de dos conceptos que vamos a usar mucho a lo largo de este artículo.

El primero es la orientación sexual, con el cual nos referimos hacia dónde se dirige nuestra atracción sexual, esto es,qué género o géneros nos gustan, o si no nos gusta ninguno. Tenemos heterosexuales, homosexuales, bisexuales y asexuales, aunque, como todo en este mundo, se plantea la existencia de otras sexualidades en función de los datos que se van obteniendo.

Lo que sí se debe comprender es que no hay orientaciones sexuales para absolutamente todo. Que nos gusten las personas inteligentes (llamado popularmente como sapiosexualidad), que nos gusten las mujeres rubias o que nos vayan los hombres tatuados no son orientaciones sexuales. En todos estos casos estaríamos hablando de preferencias hacia una o conjunto de características en concreto, más bien llamado filias, aunque no se debe caer en el error de poner a todas las filias en el mismo saco que la pedofilia, la necrofilia y otras tendencias patológicas.

La expresión de género es un conjunto de comportamientos, tradicionalmente relacionados con lo que se entiende en la sociedad como ser “masculino” o “femenino”. Es la forma en la que nos ajustamos a lo que se entiende por ser un hombre o mujer en su sentido más estereotípico.

¿Qué es la atracción sexual?

Decimos que sentimos atracción sexual hacia alguien cuando esa persona, en sentido coloquial, “nos pone”. Es decir, sentir atracción sexual hacia alguine implica que esa persona tenga ciertas características que nos despiertan algún tipo de interés sexual.

Esta atracción siempre va dirigida a alguien en concreto, y no es posible controlarla a voluntad. Así pues, que nos atraiga sexualmente alguien o que no nos atraiga en lo más absoluto es algo que no podemos controlar, ni tampoco incrementarla o disminuirla.

¿Qué es el deseo sexual?

El deseo sexual se podría entender como las ganas de tener sexo. En este caso, cuando hablamos de “sexo” lo debemos entender en su sentido más extenso, incluyendo toda práctica sexual, tanto con otras personas, como el coito, como de forma individual, como lo sería la masturbación.

Cómo distinguir entre ambas

Si bien es cierto que la atracción sexual y el deseo sexual van muy acompañados cada cosa tiene su espacio en toda relación sana. No siempre se presenta la atracción sexual acompañada de deseo sexual, y el deseo sexual puede aparecer sin necesidad de que haya atracción sexual.

El deseo sexual es algo que no siempre está presente y que no tiene por qué darse en presencia de algo que nos atraiga sexualmente. Es decir, si estamos delante de alguien que resulta ser de nuestro género preferido (p. ej., hombre hetero delante de mujer) no tiene por qué despertarnos deseo sexual al momento. Incluso puede que estemos con nuestro novio o novia, con quien sentimos atracción sexual, pero en este momento no sentimos deseo sexual, no nos lo ha despertado.

El deseo sexual se puede modificar, a diferencia de la atracción sexual y, como hemos comentado con el caso de la masturbación, no tiene por qué dirigirse hacia alguien en concreto (puede ser impersonal). Esto es fácilmente comprensible con el caso de los hombres cis (o mujeres trans que conservan el pene) al despertarse. Es habitual que el pene esté erecto y es durante la mañana en las que más probabilidades hay de que uno acabe masturbándose, sin que haya nadie que nos haya despertado ese deseo sexual.

Al ser el deseo sexual modificable es posible trabajarlo, tanto en contexto de terapia como por cuenta propia. Por ejemplo, puede que en este preciso momento no sintamos deseo sexual, pero si nos ponemos a buscar pornografía quizás se nos despierten las ganas de sexo. También puede ocurrir al revés, que estemos sintiendo un deseo sexual muy fuerte y que no nos conviene manifestarlo ahora. Para rebajarlo, tratamos de imaginarnos cosas que lo “enfríen” (p. ej., pensar en personas del género no preferido, pensar en nuestra abuela, ver un vídeo de algo muy desagradable...)

La atracción sexual no se puede modificar, pese a que esta idea ha estado (y sigue estando) bastante extendida en la cultura general. Se puede pensar que, a lo largo de nuestra vida, nuestra atracción sexual hacia los demás puede cambiar (p. ej., nos empieza a “poner” alguien que antes no nos gustaba), sin embargo, esto no implica una modificación absoluta en nuestra atracción sexual, sino más bien que ésta fluctúa.

Esta fluctuación de la atracción sexual es involuntaria. Que varíe a lo largo del tiempo depende de muchos factores, como puede ser conocer nueva información sobre la persona que ahora nos pone, habituarse a su compañía o un cambio en nuestros gustos que han hecho que nos fijemos en esa persona en concreto. La otra, muy bien diferente, es la idea de que nosotros podemos cambiar esos cambios a voluntad, esto es, hacer que, de forma súbita, nos atraiga sexualmente alguien.

Para entender mejor todo esto, imaginémonos a una persona que está siendo infiel a su pareja y que va a consulta para tratar este problema. El terapeuta no podrá reducir la atracción sexual de ese individuo hacia su amante, pero sí que podrá enseñarle formas de reducir el deseo sexual hacia esa mujer y evitar salirse del pacto matrimonial con su cónyuge. No desaparecerá la atracción sexual hacia la amante, pero sí que se podrán adquirir las técnicas adecuadas de control de impulsos para evitar cometer la infidelidad.

La terapia de conversión

Entendidas las diferencias entre deseo sexual y atracción sexual, podemos comprender por qué la terapia de conversión, una pseudoterapia sin ninguna eficacia y que genera más daño que bien, no funciona.

Hasta hace no mucho, la homosexualidad y, prácticamente, cualquier orientación sexual que no fuera la heterosexual, era considerada una desviación grave, en muchos casos una enfermedad mental. Sentir atracción hacia las personas del mismo género era visto un problema y como todo “problema“ se buscaron posibles soluciones, siendo la terapia de conversión la propuesta para ello.

En esta “terapia” se abordaba el problema de sentir atracción sexual por las personas del mismo género. Sin embargo, y como ya hemos comentado, la atracción sexual no es modificable de forma voluntaria, a diferencia del deseo sexual.

No se puede hacer que una persona pase de homosexual a heterosexual mágicamente, y de hecho, la propia APA así lo ha reiterado en varios comunicados al respeto: no existe tratamiento científicamente demostrado que sirva para cambiar la orientación y atracción sexual, ni tampoco se recomienda someterse a ninguno.

Como no es posible cambiar la atracción sexual, los “terapeutas” se centraban en evitar que la persona llevara a cabo conductas homosexuales. Para ello, le producían aversión a las personas de su mismo género, por medio de varias técnicas de dudosa ética.

Es decir, cuando estaba en una situación en la que veía a personas de su mismo género, que le atraían sexualmente, en vez de despertarse deseo sexual se le despertaba un profundo malestar. Esto hacía que en vez de tener sexo con otros hombres o mujeres (según el género que fuera), lo evitara.

Como resultado, la persona mostraba evitación hacia lo que antes le gustaba, una forma disfuncional de enfrentarse a su nueva realidad. Esta evitación sería comparable a la que llevan a cabo las personas quienes tienen miedo a las alturas, que evitan asomarse en balcones o coger aviones, o quien tiene miedo a las cucarachas y no puede ver ninguna sin que le dé un ataque.

En definitiva, lejos de “curarse” les inoculaban un miedo, como le inoculó John B. Watson al pequeño Albert en 1920. Además, las personas quienes eran sometidas a este tipo de tratamientos tenían más posibilidades de sufrir depresión y presentaban ideación suicida.

El caso de la asexualidad

Para acabar de entender las diferencias entre deseo sexual y atracción sexual podemos destacar el caso de la asexualidad. En resumidas cuentas, la asexualidad es la ausencia de atracción sexual hacia los demás, tanto hombres como mujeres u otras realidades de género.

Las personas asexuales se pueden enamorar, es decir, pueden sentir atracción romántica, y también pueden tener relaciones sexuales dado que sienten deseo sexual. En caso de que decidan tener relaciones sexuales no hay nada, ni físico ni psicológico, que les impida disfrutar de su propia sexualidad. Pueden masturbarse tanto como quieran y tener fantasías sexuales en general.

Todo esto puede sorprender dado que, como hemos comentado en su definición, las personas asexuales no tienen atracción sexual. Que no tengan atracción sexual no quiere decir que no puedan disfrutar del sexo. Pueden no sentir atracción sexual hacia un hombre, mujer o persona no binaria pero, si tienen la oportunidad de tener una relación sexual no tienen por qué rechazarla

Sea como sea, se debe entender que la ausencia de atracción sexual hacia otras personas no es un trastorno psicológico que deba ser tratado como un problema de falta de deseo sexual. Que ninguna persona nos atraiga sexualmente no significa que estemos muertos por dentro o no hayamos explorado suficiente nuestra sexualidad. De la misma manera que existen heteros, homosexuales y bis también existen las personas asexuales y, dado que el mundo de la sexología es una ciencia en constante cambio, que encuentra nueva información constantemente, ¿quienes somos para presuponer qué es normal y qué no?

Referencias bibliográficas:

  • Carreño, M. (1991). Aspectos psicosociales de las relaciones amorosas. Facultad de Psicología. Universidad de Santiago de Compostela.
  • Regan, P.C.; Atkins, L. (2006). "Sex Differences and Similarities in Frequency and Intensity of Sexual Desire". Social Behavior & Personality. 34 (1): 95–101. doi:10.2224/sbp.2006.34.1.95.
  • Beck, J.G.; Bozman, A.W.; Qualtrough, T. (1991). "The Experience of Sexual Desire: Psychological Correlates in a College Sample". The Journal of Sex Research. 28 (3): 443–456. doi:10.1080/00224499109551618.