La identidad es un asunto complejo. Supone reconocerse como un ser único y diferenciado, que se mantiene siendo quien es pese a los cambios que se suceden con el tiempo y con la experiencia.

La identidad también tiene un evidente matiz social, e implica cierto grado de asimilación de las características que definen a otros grupos, con los que nos sentimos identificados. Además, se trata de un fenómeno compuesto por muchas dimensiones, que cobran sentido al unirse. Por lo tanto no se puede entender únicamente como el carácter, la orientación o las conductas; sino como la integración más o menos armónica de todas ellas.

En el presente artículo abordaremos qué es la identidad sexual y los correlatos afectivos que de ella se desprenden, al ser un elemento esencial para comprender el cómo y el porqué de nuestras relaciones más íntimas.

Qué es la identidad sexual

La identidad, en términos absolutos, recoge el modo en el que el ser humano se comprende y piensa sobre sí mismo, atribuyéndose una miríada de propiedades mediante las que define su propia individualidad. Implica tanto lo personal como lo social; y contempla aspectos tan diversos como la religión que se profesa, la etnia a la que se pertenece, el lugar en el que se vive y los aspectos relacionales que surgen al tratar con los demás (erigiéndose la sexualidad como una función comunicativa más).

La identidad sexual es un concepto clave para la autodefinición. Una aproximación adecuada precisa contemplar lo fisiológico, lo psicológico y lo social; aspectos que además pueden ser susceptibles de cambio. La percepción de lo que somos no se mantiene inmutable, pese a que los primeros años de la vida sean los más relevantes para construir los cimientos sobre los que se erigirá todo lo demás.

En los últimos años hemos asistido a una notable reinterpretación y revisión del prisma tradicional, rompiéndose la dicotomía sobre la que se erigía la comprensión del ser humano y desplegándose matices muy diversos en los que la unicidad de cada cual puede hallar un mejor espacio de representación.

Seguidamente planteamos conceptos afines al de identidad sexual, los cuales son necesarios para entender en qué consiste.

Identidad sexual: cinco conceptos afines

A continuación definiremos el sexo biológico, la orientación sexual, la conducta sexual, la orientación de género y la expresión de género.

Si bien son conceptos relativamente independientes, todos ellos guardan alguna relación con la identidad sexual, por lo que su conocimiento es muy importante.

1. Sexo biológico

El sexo es un constructo mediante el cual se categoriza las diferencias fenotípicas de un animal, en lo relativo a su dimorfismo sexual. En el ser humano se asumió desde siempre la dicotomía “hombre” o “mujer”; que en general alude a cuestiones anatómicas, hormonales y fisiológicas diferenciales entre unos y otros. Así, ha sido entendida como una variable estrictamente biológica, en la que la genética atribuía los cromosomas XX para la mujer y XY para los hombres.

No obstante, en la actualidad se reconocen discrepancias en la disposición cromosómica básica; distinguiéndose la XXX, XXY, XYY e incluso la XO; así como varones con el patrón XX (síndrome de la Chapelle) y mujeres con el XY (síndrome de Swyer). Todo ello parece ser sugerente de que la realidad sexual no puede reducirse a términos absolutos y lapidarios, sino que existe una variedad genotípica que obliga a replantear la utilidad de esta dualidad.

Hace poco tiempo, el nacimiento de un bebé con caracteres sexuales no diferenciados era motivo de una cirugía casi inmediata, con el fin de elegir cualquiera de las categorías que la sociedad podía aceptar (hombre o mujer). Hoy en día se trata de una práctica mucho menos extendida, pues se reconoce el riesgo de que suponga perjuicios a nivel psicológico. Además, muchas corrientes sociales abogan por el reconocimiento explícito de la condición de intersexualidad como un "tercer sexo".

2. Orientación sexual

La orientación sexual se define en función del sexo de las personas por las que sentimos atracción física y/o romántica. En este sentido, los conceptos de mayor uso en la actualidad son la heterosexualidad (atracción hacia personas de sexo opuesto) la homosexualidad (atracción hacia las personas del mismo sexo) y la bisexualidad (atracción hacia personas de ambos sexos). Pese a ello, es muy importante recordar que la orientación es un fenómeno dimensional, y no una categoría en la que uno pueda inscribirse.

Así pues, la orientación adopta la forma de un continuo o espectro cuyos extremos serían la homosexualidad y la heterosexualidad, y en el que cada persona se ubicaría en algún punto relativo. No existe, por tanto, la posibilidad de clasificar en términos absolutos esta cuestión, sino siempre desde la relatividad y atendiendo a cuestiones de grado. Por este motivo, no se puede asumir ninguna homogeneidad para las personas en función de su identificación como homo, hetero o bisexuales.

También existen individuos que se consideran asexuales, en el sentido de que no perciben interés ni por hombres ni por mujeres. Si bien esta orientación ha sido considerada en algún caso como una "ausencia de orientación", en muchas clasificaciones es referida como una forma más de sexualidad, junto a las clásicas que ya han sido citadas en este mismo texto.

Por último, las personas queer se sentirían atraídas por los demás sin reparar en absoluto en el sexo o el género al que se adscriben, al considerar que estas dimensiones implican un reduccionismo absurdo. El rechazo de estos términos se acompañaría, asimismo, de cierta reivindicación social relativa a la existencia de estructuras de poder patriarcal que constriñen la libertad para amar y sentir.

3. Conducta sexual

La conducta sexual describe la elección libre de otras personas con las que se mantienen encuentros íntimos, en función de intereses y circunstancias concretas de cada cual en cada momento de su vida. De este modo, existen personas que se consideran heterosexuales pero mantienen relaciones con hombres de forma ocasional, y viceversa. Lo mismo puede decirse en sentido contrario, esto es, cuando alguien que se considera homosexual decide acostarse con un individuo del sexo opuesto.

La conducta sexual puede asumir una enorme diversidad, y no siempre se relaciona con la orientación que cada individuo percibe para sí mismo. Más allá de la complejidad del deseo como una etapa fundamental de la respuesta sexual humana, y las infinitas formas en las que este puede expresarse, se han señalado en la literatura sobre la cuestión una serie de condiciones extraordinarias que precipitan una conducta sexual discrepante respecto a la orientación de los implicados.

De este modo, en contextos físicos de gran segregación por sexos y/o que implican una situación de aislamiento prolongada (centros penitenciarios, por ejemplo), es relativamente común que se produzcan encuentros de esta naturaleza entre personas del mismo sexo (sin que ninguna se describa como homosexual). No obstante, no es necesario que este hecho se despliegue en contextos restringidos, sino que es una expresión más de la libertad con la que el ser humano vive su sexualidad.

4. Identidad de género

El género es una realidad condicionada por el momento histórico y social, y por ello no se le puede asignar un conjunto de características definitorias e inamovibles. Se trata de los roles que el entorno atribuye a las personas según sean hombres o mujeres, y que corresponden con la conceptualización de la masculinidad y la feminidad. De forma tradicional, al varón se le asignó un papel masculino y a la mujer uno femenino, limitando sus naturales cualidades únicas no vinculadas al sexo biológico.

En la actualidad se reconoce que el sexo y el género son independientes, por lo que cada persona puede describirse a sí misma como masculina o femenina únicamente, o referir una combinación de ambas en cierto grado. Incluso existen personas que fluyen dentro del espectro, asumiendo una posición intermedia o ubicándose en alguno de sus extremos en distintos momentos de su vida. Todo ello con independencia del sexo que se asignó en el momento del nacimiento.

En el supuesto de que exista una coincidencia entre el sexo atribuido al nacer (en base al reconocimiento de los genitales externos) y el género con el que la persona se identifica, se diría de ella que se ubica en la categoría cisgénero. En el caso opuesto, el término que tiende a utilizarse es el de transgénero.

No obstante, existen estudios que subrayan que el sexo con el que se nace tiene un impacto fundamental sobre las actitudes e intereses. De este modo, se ha indicado que los niños y las niñas muestran orientaciones atencionales diferentes desde el momento del nacimiento (ellas se fijan más en los rostros humanos y ellos en estímulos móviles), y poco después eligen los juguetes de forma diferente (muñecas para ellas y vehículos o dispositivos de construcción para ellos).

Estudios en etapas posteriores del desarrollo también muestran que las niñas, cuando se presenta la instrucción de dibujo libre, tienden a representar motivos naturales (como flores, paisajes, personas, animales, etc.), mientras que los niños garabatean escenas bélicas o medios de transporte (usando además una paleta cromática menos variada). Pese a que los autores postulan un efecto diferencial de la testosterona en el proceso de gestación para explicarlo, a partir de cierta edad puede existir un condicionamiento social que influya en los hábitos y las conductas.

5. Expresión de género

La expresión de género describe los aspectos conductuales que la persona abandera como un elemento más de su forma de ser. En el mundo existen países donde se penaliza la divergencia entre el sexo y el género, por lo que muchas pueden optar por comportarse de un modo socialmente aceptado en detrimento de sus deseos o tendencias naturales.

Así, hombres que se sienten identificados con el género femenino pueden decidir adoptar actitudes y hábitos socialmente atribuidos al masculino (y viceversa). Con ello se evitarían situaciones de conflicto o incluso algún riesgo para la integridad física o la vida. En otros casos, la presión social o el "qué dirán" es un motivo suficiente para inhibir lo que se siente, sin necesidad de que hacerlo pudiera suponer un peligro objetivo.

Impacto de la discriminación por razón de identidad sexual

La presión social puede suponer que muchas personas se enfrenten a un momento de dificultad en el instante en el que desean expresar su orientación sexual o de género, por temor a que pueda suponer un conflicto para terceros o incluso implicar el rechazo de personas que consideran como significativas. Por este motivo es relativamente común que se trate de un proceso que requiere tiempo, y que diste bastante del momento en el que se asumió conciencia de cómo se sentían.

La literatura sobre este tema es abundante, y pueden encontrarse estudios en los que se destaca una mayor prevalencia de diversos trastornos relacionados: depresión, problemas de ansiedad, estrés postraumático, etc. No obstante, estos hallazgos no sugieren mayor vulnerabilidad, sino que son el resultado de las pérdidas que pudieran concurrir durante el proceso de "salir del armario".

La integración de toda orientación sexual y de género como una forma de expresión humana que merece reconocimiento es absolutamente necesaria, puesto que es uno de los baluartes de la libertad sobre el propio cuerpo. Solo así puede lograrse que el amor se exprese de un modo constructivo en el propósito que nos une a todos: la búsqueda de la felicidad.

Referencias bibliográficas:

  • Castellanos, L. y Swaab, D. (2017). Sexual Identity and Sexual Orientation. Hormones, Brain and Behavior, 5, 279-290.
  • Moleiro, C. y Pinto, N. (2015). Sexual Orientation and Gender Identity: Review of concepts, controversies and their relation to psychopathology classification systems. Frontiers in Psychology, 6, e1511.
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