Te acuestas con la idea clara de dormir temprano, pero el teléfono termina en tu mano casi sin darte cuenta. Un mensaje, luego otro, un video corto y después “solo un capítulo” de tu serie del momento. Cuando apagas la pantalla ya es tarde, y aunque el cuerpo está cansado, la cabeza sigue encendida.
Al día siguiente te levantas con esa sensación rara de haber dormido, pero no descansado. Y allí viene también cierta sensación de culpa. Pero hay algo que tienes que saber: las pantallas saben muy bien cómo quedarse contigo más tiempo del que pensabas darles, y es importante prestar atención.
Hablemos, entonces, sobre cómo la adicción a las pantallas afecta negativamente la calidad del sueño. Y exploremos algunas herramientas para ponerle freno.
La adicción a las pantallas y por qué se ha vuelto un problema cotidiano
Las pantallas no solo ofrecen información o entretenimiento, también capturan tiempo. Plataformas de streaming, redes sociales y aplicaciones están diseñadas para que quedarse “un poco más” resulte muy fácil..
Hoy la competencia no está tanto entre marcas o aplicaciones, sino entre el contenido y el descanso. La pregunta real antes de dormir no suele ser qué ver, sino si seguir mirando o apagar todo e ir a la cama. Ese pequeño dilema se repite noche tras noche y va desplazando horas de sueño casi sin notarlo.
Esto supone un refuerzo mental constante. Cada notificación, cada episodio, cada video recomendado activa el sistema de recompensa del cerebro, que pide más estimulación. El problema aparece cuando este patrón se instala justo antes de dormir, porque el cuerpo necesita lo contrario: menos estímulos, menos luz, menos información.
Además, muchas personas usan las pantallas como regulador emocional. Sirven para calmar la ansiedad, para tapar pensamientos o para sentir compañía. Pero ese alivio momentáneo suele pagarse con un descanso más deficiente, lo cual alimenta un círculo difícil de romper.
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Por qué el uso de pantallas afecta tanto la calidad del sueño
Durante mucho tiempo se señaló a la luz azul como la gran responsable del mal dormir. Hoy se sabe que su impacto existe, pero es más limitado de lo que se pensaba. El verdadero problema pasa por dos factores clave: la estimulación mental y la cantidad total de luz.
Cuando miras una serie, revisas redes o respondes mensajes, el cerebro interpreta que aún es momento de estar alerta. Procesa historias, imágenes, emociones y decisiones, debido a que ese contenido activa áreas que deberían ir apagándose poco a poco antes de dormir. Por eso, aunque apagues la pantalla, la mente sigue funcionando a otro ritmo.
La luz, en general, también juega su papel. Los ritmos circadianos, que regulan el sueño, la temperatura corporal y otras funciones, responden a la claridad del entorno. Una habitación iluminada por pantallas envía la señal de que el día no ha terminado. No importa tanto el color exacto, sino la intensidad y la cercanía.
Otro punto importante es el tiempo. Usar pantallas antes de dormir suele recortar minutos valiosos de descanso. Estudios recientes muestran que una hora frente a dispositivos en la cama aumenta notablemente el riesgo de insomnio y reduce el tiempo total de sueño. Da igual si se trata de estudiar, mirar videos o jugar, porque el efecto aparece por el simple hecho de desplazar el descanso.
Cuando este hábito se repite, el sueño se vuelve más liviano y fragmentado. Pueden aparecer despertares nocturnos, dificultad para entrar en fases reparadoras y una sensación de cansancio que se arrastra durante el día.
A largo plazo, esto también se relaciona con cambios en el estado de ánimo, mayor irritabilidad y menor capacidad de concentración.
Cómo usar las pantallas con más criterio y cuidar el descanso
Cambiar la relación con las pantallas no implica eliminarlas, sino darles un lugar más consciente. Puedes aplicar pequeños ajustes que te ayuden a dormir mejor, sin sentir que se pierde todo lo que gusta o entretiene.
1. Establece una hora límite clara
Decidir con antelación cuándo dejarás las pantallas evita negociaciones internas a última hora. No tiene que ser perfecto, pero sí realista, porque el cuerpo agradece la regularidad.
2. Reduce el brillo al mínimo por la noche
Bajar la intensidad de la pantalla ayuda a que el cerebro reciba menos señales de alerta. No soluciona todo, pero reduce parte del impacto cuando aún necesitas usar el dispositivo.
3. Evita la cama como espacio para mirar contenido
Usar la cama solo para dormir y descansar refuerza la asociación entre ese lugar y el sueño. Si miras series o revisas el teléfono ahí, el cerebro aprende que la cama también es para estar activo.
4. Desactiva notificaciones antes de acostarte
Cada sonido o vibración interrumpe el proceso de relajación. Activar el modo “no molestar” crea un espacio más tranquilo para cerrar el día.
5. Cambia estímulos visuales por auditivos
Si necesitas algo para relajarte, prueba con sonidos suaves, música tranquila o podcasts a volumen bajo. Así reduces la carga visual sin quedarte en silencio absoluto.
6. Crea un pequeño ritual sin pantallas
Leer en papel, estirarte suavemente o escribir unas líneas sobre el día ayuda a marcar la transición hacia el descanso. No hace falta que sea largo, solo constante.
7. Observa cómo te sientes al día siguiente
Más que seguir reglas rígidas, conviene notar el efecto real en tu cuerpo y tu ánimo. Dormir mejor se refleja en la energía, el humor y la claridad mental, y eso suele ser el mejor refuerzo para sostener cambios.

Clínicas Cita
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Centro de tratamiento psicológico
Las pantallas no van a desaparecer de tu vida, pero sí pueden dejar de infiltrarse en el momento en que el cuerpo necesita bajar el ritmo. Ajustar ese límite, aunque sea poco a poco, suele traer noches más estables y mañanas menos arrastradas.


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