No resulta extraño que muchas personas mayores mencionen que se pasan gran parte del día durmiendo. Se trata de una realidad muy frecuente en este grupo de población, y es un fenómeno que no tiene porqué vincularse a ninguna patología sino a variaciones normativas de los ritmos de sueño según van pasando los años.

En este artículo recogemos y explicamos brevemente el fenómeno de la hipersomnia en la vejez.

El concepto de hipersomnia

Se considera hipersomnia la presencia excesiva de somnolencia durante al menos un mes. Esta somnolencia puede verse tanto en periodos extendidos de sueño (como ocurre en el síndrome de Kleine-Levin) como en forma de sueño diurno que provocan una limitación funcional del individuo en su actividad en diversos ámbitos.También es común que las personas con hipersomnia tengan un menor rendimiento intelectual y problemas de concentración, memoria e irritabilidad.

Esta definición coincide en gran medida con lo que ocurre en los sujetos ancianos, que se duermen con frecuencia durante el día. Se podría decir, así pues, que muchos ancianos presentan hipersomnia en la vejez. Sin embargo, hay que tener en cuenta que en la mayoría de casos este hecho tiene su explicación en el cambio en los ciclos de sueño que se producen a lo largo de la vida.

Los ciclos de sueño

Dormirse no es como apagar un interruptor. El paso de sueño a vigilia no se da de una manera brusca en la que de golpe nuestra actividad cerebral cambie para repararse y procesar información. De hecho, como muchos lectores ya sabrán, existen un total de cinco fases por las que pasamos de manera continua a lo largo de todo el período de sueño, repitiéndose de forma cíclica un patrón que dura alrededor de 110 minutos.

Cuatro de dichas fases corresponden al sueño lento o no-REM, siendo los dos primeros fases en los que nos adormecemos y desconectamos del entorno y los dos segundos (que a menudo se aglutinan en una sola fase llamada fase Delta) el sueño lento y reparador. La última fase corresponde al sueño paradójico o fase REM, en el que se procesan las informaciones obtenidas durante la vigía y suceden fenómenos como los sueños.

Estos ciclos van variando en cantidad y calidad a lo largo de la vida, tanto en tiempo total dedicado a dormir como en el número de horas diarias en los que se produce cada fase. Por ejemplo los bebés dedican gran parte del día a dormir, y en ese tiempo destaca la elevada presencia de horas dedicadas al sueño REM.

El envejecimiento y el sueño

Según vamos creciendo los patrones de sueño van cambiando. Si bien el sueño REM permanece más o menos constante (con ligeras disminuciones) a partir de los veinte años, el resto de fases del sueño van variando a lo largo de la vida.

Se ha observado cómo al llegar a la vejez existe una marcada tendencia a la fragmentación del sueño, siendo habitual que existan múltiples despertares nocturnos. Asimismo, se reducen en gran medida el sueño de ondas lentas, el sueño que resulta más reparador para el organismo. La fase del sueño que más tiempo ocupa es el de la fase dos, un sueño ligero y no totalmente reparador del que el sujeto puede despertarse con facilidad.

Con el paso del tiempo los ritmos circadianos van acortándose de forma natural, provocando que el sujeto suela despertarse cada vez antes (si bien también suelen acostarse pronto).

En conclusión, la cantidad y calidad del sueño de los ancianos es menor que la que tenían en otras etapas de la vida. Es por ello por lo que durante los períodos normativos de sueño no terminan de descansar adecuadamente, lo que les provoca un aumento de la fatiga y de la somnolencia diurna. De este modo, surge la hipersomnia en la vejez como un proceso normativo y sin que tenga que referir la presencia de otras alteraciones.

Problemas vinculados a la aparición de sueño diurno

El aumento de la fatiga y la presencia de un ligero aumento del sueño diurno pueden formar parte de un envejecimiento normativo. Pero también puede ser indicativo de la existencia de un trastorno físico o mental, con lo que es necesario tener en cuenta la existencia o no de otros síntomas más allá de la somnolencia.

1. Depresión

Por ejemplo, es común que las personas con depresión padezcan o bien insomnio o bien hipersomnia. Y es que es frecuente que las personas con depresión manifiesten a la larga la pérdida de reforzamiento positivo, anhedonia, desconexión del entorno, pasividad y bajo nivel de energía y motivación. Se trata de una afección que se puede tener a cualquier edad, pero que resulta especialmente frecuente entre la población anciana debido al elevado número de pérdidas y disminuciones propias de la edad.

La pérdida de capacidad física y mental, de roles (como por ejemplo el laboral), el surgimiento de dependencia de ayudas en algunos casos, el fallecimiento de parte del entorno social, o la cada vez mayor soledad que manifiestan las personas mayores resultan ser motivos frecuentes de que quienes llegan a la ancianidad padezcan algún tipo de síndrome depresivo.

2. Consumo de medicamentos

Es habitual que con la edad sea frecuente precisar de diferentes medicamentos para tratar diferentes problemas de salud. Y este consumo es otra de las principales causas de hipersomnia en la vejez. Antihistamínicos, tranquilizantes, analgésicos, antieméticos y antidepresivos son algunos de los fármacos que pueden causar un aumento de la somnolencia.

3. Demencias

Pacientes con diferentes tipos de demencia y enfermedades neurodegenerativas también suelen ver alterados sus patrones de sueño, como por ejemplo en la enfermedad de Alzheimer.

4. Tumores cerebrales o tratamiento del cáncer

Otra causa que puede provocar un aumento de la fatiga y la hipersomnia en la vejez es el padecimiento de algún tipo de tumor que afecte o comprima las áreas cerebrales vinculadas a la gestión del sueño. Asimismo, el propio tratamiento del cáncer mediante la quimioterapia puede provocar hipersomnia diurna.

5. Anemia

La falta de nutrientes esenciales puede causar anemia, en la cual el cuerpo se ve limitado al no disponer de suficientes elementos para funcionar con eficacia. Ello puede causar un aumento de la debilidad y somnolencia del anciano, provocando hipersomnia.

Referencias bibliográficas:

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