Una adolescente empieza a restringir lo que come. A medida que pierde peso, su familia concentra cada vez más atención en ella: qué ha comido, cuánto pesa, qué hace después de las comidas. Las discusiones aumentan. Su madre intenta controlarla porque está aterrorizada; ella interpreta ese control como otra prueba de que nadie confía en ella. Meses después, resulta difícil saber qué apareció primero. ¿La tensión familiar contribuyó al problema o el trastorno alimentario transformó la relación?
Esta pregunta ha acompañado durante décadas al estudio de los trastornos de la conducta alimentaria (TCA). En algunos momentos históricos se llegó a responsabilizar excesivamente a las familias, especialmente a las madres. Hoy sabemos que esa explicación resulta insostenible. Anorexia nerviosa, bulimia nerviosa, trastorno por atracones y otros TCA son problemas complejos en los que pueden intervenir vulnerabilidades biológicas, psicológicas, familiares, culturales y sociales.
Ahora bien, abandonar la culpabilización familiar tampoco significa ignorar las relaciones. Una historia de críticas sobre el cuerpo, exigencia, dificultades para expresar emociones, inseguridad en el vínculo o conflictos sobre control y autonomía puede formar parte de la experiencia de algunas personas con TCA. Y, una vez desarrollado el trastorno, determinadas dinámicas familiares también pueden contribuir involuntariamente a mantenerlo.

Blanca Ruiz Múzquiz
Blanca Ruiz Múzquiz
Psicoterapeuta de Familia y Pareja. Psicóloga experta en TCA.
La familia no «causa» un TCA, pero la relación familiar puede importar
Uno de los mayores errores sería buscar una familia «típica» detrás de los trastornos alimentarios. Una revisión sistemática publicada en Clinical Psychology Review en 2024 analizó la investigación sobre funcionamiento familiar y TCA y no encontró un único patrón de familia disfuncional capaz de explicar estos trastornos. Sí observó que un peor funcionamiento familiar tendía a relacionarse con una sintomatología alimentaria más grave, aunque la dirección de esa relación no siempre puede determinarse.
Este último matiz resulta esencial. Un ambiente familiar conflictivo puede aumentar determinadas vulnerabilidades, pero convivir con un hijo o una hija que atraviesa un TCA grave también puede transformar profundamente el funcionamiento de cualquier familia. Aparecen miedo, vigilancia, discusiones en torno a la comida, frustración y agotamiento. La relación es bidireccional.
Precisamente por eso, las guías actuales de tratamiento familiar para adolescentes insisten explícitamente en no culpabilizar ni al paciente ni a sus padres. De hecho, los familiares pueden convertirse en uno de los principales recursos para la recuperación.
Cuando el cuerpo se convierte en un territorio de aprobación y rechazo
Las palabras con las que una familia habla del cuerpo pueden adquirir un peso especialmente importante durante la infancia y la adolescencia. Comentarios como «te estás poniendo gordita», «deberías cuidarte más», «con unos kilos menos estarías mucho mejor» o comparaciones constantes con hermanos y otras personas pueden parecer triviales para quien los realiza y dejar una huella muy diferente en quien los recibe.
Una revisión sistemática de Claudia Díaz de León Vázquez y Claudia Unikel Santoncini encontró asociaciones entre los comentarios parentales negativos sobre peso y forma corporal y diferentes conductas alimentarias de riesgo. Investigaciones longitudinales posteriores también han mostrado relaciones entre determinados comentarios sobre comida, peso o cuerpo y cogniciones relacionadas con los TCA, aunque los resultados son complejos y no permiten afirmar que un comentario concreto provoque por sí mismo un trastorno.
El problema puede ir más allá de las críticas explícitas. Si una persona siente que obtiene reconocimiento cuando adelgaza, cuando controla lo que come o cuando se aproxima a determinado ideal corporal, puede empezar a asociar el cuerpo con aceptación y valor personal. En otros casos, la exigencia familiar puede no estar relacionada inicialmente con la apariencia —buenas notas, disciplina, rendimiento o perfección—, pero la persona puede trasladar esa lógica al único territorio que siente completamente controlable: su alimentación y su cuerpo.
Apego, emociones y miedo a necesitar al otro
La relación entre apego y trastornos alimentarios también ha generado un interés creciente. Una revisión sistemática y metaanálisis dirigido por Tom Jewell en 2023 reunió 35 estudios y encontró mayores niveles de inseguridad de apego entre personas con TCA que entre participantes de la población general.
Esto no significa que un apego inseguro provoque anorexia o bulimia. Los propios autores destacan una heterogeneidad considerable y advierten que otros problemas psicológicos podrían explicar parte de esta asociación. Sin embargo, el hallazgo abre una vía útil para comprender por qué las relaciones pueden adquirir tanta importancia en determinados casos.
Una persona que ha aprendido que expresar necesidad emocional genera rechazo puede tender a silenciarla; otra puede vivir cualquier distancia de un progenitor como una amenaza y desarrollar una intensa dependencia de su aprobación. También pueden aparecer vínculos en los que existe mucho afecto, pero escaso espacio para diferenciarse: decir que no, enfadarse, construir una identidad separada o tomar decisiones propias se vive como una traición.
En algunas personas, el control del cuerpo y de la comida puede llegar a entrelazarse con estas cuestiones de autonomía, regulación emocional e identidad. Esto no convierte el TCA en un simple «problema de apego», pero puede explicar por qué trabajar únicamente sobre la alimentación resulta insuficiente en determinados procesos.
Crítica, sobreprotección y conversaciones que terminan girando siempre alrededor del TCA
Cuando aparece el trastorno, la relación puede reorganizarse completamente alrededor de él. De pronto, una madre deja de preguntar cómo ha ido el día y pregunta cuánto ha comido. Un padre vigila si su hija va al baño después de cenar. La persona con TCA siente que ha dejado de ser vista como hija, hijo o adolescente y se ha convertido únicamente en «el problema».
En terapia sistémica se utiliza el término paciente identificado para referirse al miembro de una familia cuyos síntomas concentran la atención, aunque existan tensiones relacionales que afectan al conjunto. Aplicarlo a los TCA exige prudencia: el trastorno alimentario es real y necesita tratamiento específico, no es simplemente una representación simbólica de un conflicto familiar, pero el concepto puede ayudar a observar qué sucede cuando toda la dinámica empieza a organizarse alrededor de una sola persona.
La investigación sobre «emoción expresada» resulta relevante aquí. Este concepto estudia actitudes familiares como crítica, hostilidad, sobreimplicación emocional y también calidez. Estudios con adolescentes con anorexia han relacionado niveles elevados de crítica parental con peores resultados en algunos aspectos del tratamiento. Sin embargo, esto tampoco permite concluir que los padres sean responsables del trastorno. Muchas de esas reacciones pueden surgir precisamente del miedo y la impotencia que genera convivir con una enfermedad que amenaza potencialmente la vida de quien la padece.
Trabajar la relación no significa buscar quién tuvo la culpa
Una persona puede necesitar explorar cómo afectaron a su relación con el cuerpo determinados comentarios de su madre y, al mismo tiempo, reconocer que aquella madre probablemente no pretendía causarle daño. Puede existir cariño y también heridas. Puede haberse cometido errores importantes sin que exista un «culpable» único del TCA. Entender y repartir la responsabilidad de los errores y el daño ayuda mucho a avanzar en la mejoría de la persona.
En adolescentes, los tratamientos familiares cuentan con un respaldo especialmente importante. Las recomendaciones de NICE para anorexia y bulimia nerviosa incluyen modalidades de terapia familiar en las que padres y cuidadores participan activamente en la recuperación. El enfoque no consiste en investigar quién causó el trastorno, sino en utilizar a la familia como recurso, modificar aquellas dinámicas que dificultan el cambio y devolver progresivamente autonomía a la persona.
Esto puede implicar aprender a hablar del malestar sin convertir todas las conversaciones en discusiones sobre comida; reducir comentarios acerca de cuerpos y peso; diferenciar apoyo de vigilancia; revisar expectativas excesivas; tolerar el desacuerdo y reconstruir formas de relación que no estén organizadas exclusivamente alrededor del síntoma.
En algunos casos también será necesario que padres y madres trabajen su propio miedo, culpa o sensación de fracaso. Es difícil proporcionar calma cuando uno está completamente desbordado.
Recuperarse también puede implicar construir otra forma de relacionarse
Los TCA nos recuerdan por qué las explicaciones psicológicas simples suelen resultar insuficientes. Una relación complicada con un padre o una madre puede formar parte de la historia de una persona y ser clínicamente muy relevante, pero no explica por sí sola por qué apareció el trastorno. Del mismo modo, una familia cálida y estable no inmuniza frente a él.
Lo que sí podemos hacer es preguntarnos qué ocurre dentro de esa relación hoy. ¿Se puede hablar del miedo sin recurrir al control? ¿Hay espacio para la autonomía? ¿El cuerpo continúa siendo objeto de comentarios y evaluación? ¿La persona siente que solo recibe atención cuando está mal? ¿Padres e hijos pueden relacionarse también fuera del TCA?
La recuperación no siempre consiste únicamente en normalizar la alimentación o reducir determinadas conductas. A veces exige que una familia aprenda otra manera de estar cerca: suficientemente presente para acompañar y suficientemente flexible para permitir que la persona vuelva a construir una identidad que sea mucho más grande que su cuerpo y que su trastorno.

Blanca Ruiz Múzquiz
Blanca Ruiz Múzquiz
Psicoterapeuta de Familia y Pareja. Psicóloga experta en TCA.











