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La paradoja de Fredkin: qué es y qué nos dice sobre la toma de decisiones

La paradoja de Fredkin nos invita a no asumir que todas las decisiones son importantes.

Paradoja de Fredkin

¿Cuántas veces te ha pasado que no te has decidido qué marca de leche comprar en el supermercado? ¿Tienes que escoger entre 50 sabores distintos de helado y no sabes cuál? ¿Quieres un coche nuevo y no te decantas por un modelo u otro?

La vida está llena de decisiones, algunas más importantes y otras más banales. Al margen de si son más o menos trascendentales, a veces se nos hace difícil escoger, sobre todo si no nos parece clara cuál es la opción “correcta” y la que no.

Estas indecisiones tienen mucho que ver con la paradoja de Fredkin, un curioso fenómeno en el que todos los seres humanos nos hemos visto atrapados en más de una ocasión. Profundicemos en ello.

¿Qué es la paradoja de Fredkin?

En su tratado “Sobre el cielo”, Aristóteles (384 a.C.-322 a.C.) plantea una situación hipotética. En ella hay un hombre, tan sediento como hambriento, situado a la misma distancia de una mesa llena de comida y otra llena de bebidas ¿Qué hará primero: calmará su sed o calmará su hambre? La conclusión del filósofo era contundente: el hombre se quedaría quieto al no terminar de decidirse entre las dos opciones y acabaría muriéndose tanto de sed como de hambre.

Quizás este ejemplo sea un tanto extremo, pero viene muy bien para introducir la paradoja de la que vamos a hablar hoy. Sigamos con otro, esta vez uno más cotidiano: Te vas al supermercado a comprar papel higiénico. Te plantas en el estante donde hay diversas marcas y te quedas ahí, mirando cuál escoger: ¿cuál es mejor: el papel de doble capa o el extra suave? Ambos valen lo mismo, tienen la misma cantidad de rollos de papel y son de la misma marca. ¿¡Cuál escoger!? A pesar de que en esencia son lo mismo, te quedas paralizado.

Si a ti también te ha pasado, entonces has vivido en tus propias carnes la paradoja de Fredkin. Llamada así en honor al dr. Edward Fredkin, filósofo y profesor de física digital, la paradoja postula que cuánto más similares son dos o más opciones, más difícil es escoger entre ellas, a pesar de que al ser tan parecidas las consecuencias de tomar una u otra van a ser las mismas.

Ejemplos de paradoja Fredkin

Siguiendo con la misma que con el caso hipotético planteado por Aristóteles hará más de 2000 años, la paradoja de Fredkin destaca que las decisiones aparentemente simples y poco importantes pueden convertirse en verdaderos quebraderos de cabeza y paralizarnos al no saber cuál escoger. Mientras estamos debatiendo sobre cuál es la mejor opción, estamos perdiendo tiempo, energías y oportunidades.

Esto lo podemos ver con otro ejemplo de supermercado. Una decisión como es escoger entre jamón serrano y queso para hacernos un bocadillo implica tener que decidir entre dos cosas diferentes. Son dos embutidos muy distintos, y suponen consecuencias diferentes (p. ej., tomar queso provoca gases y el jamón no). A pesar de ello, escoger entre jamón o queso es una decisión que se toma en segundos, muy rápida de hacer.

En cambio, si tuviéramos que escoger entre dos tipos de jamón o dos tipos de queso, la decisión sería mucho más lenta. Empezaríamos a comparar qué es lo que diferencia un queso o jamón del otro, tomando atención en el precio, valores nutricionales, peso neto, color, marca, frescura… Le daríamos vueltas y vueltas antes de tomar un veredicto. Aquí, la decisión toma más tiempo realizarla. Cuando tenemos que decidir sobre algo, nos pasamos más tiempo teniendo que deliberar sobre las decisiones menos importantes.

No todas las decisiones son lo mismo. A veces invertimos más tiempo en tomar una decisión de lo que deberíamos. La paradoja de Fredkin demuestra que, cuando estamos ante una situación en la que no se nos presenta como evidente cuál es la decisión correcta y cual no, nos quedamos paralizados y nos demoramos más del tiempo necesario para ir por un camino u otro. Tener que tomar estas decisiones, banales y vitalmente poco importantes, nos quitan tiempo para tomar decisiones mucho más importantes y trascendentales en nuestras vidas.

La maldición de tener que escoger

La paradoja de Fredkin tiene más posibilidades de darse en función de si se presentan las siguientes dos variables:

  • Cantidad de opciones a escoger
  • El coste de no decidir

Esto lo podemos ver con un caso ocurrido en una chocolatería en la que se vendían más de 100 tipos de chocolates distintos. A pesar de que los clientes venían de muy lejos, la mayoría de ellos salían de la tienda comprando muy poco chocolate. El dueño del negocio no podía entender cómo, teniendo tantas opciones a la venta y viniendo tantos clientes, apenas vendía nada. Habiendo tantos chocolates distintos, muy difícilmente no podía satisfacer a nadie. ¿Qué estaba pasando?

Como quería saber por qué la gente no compraba más chocolate, pidió la ayuda de un psicólogo para que averiguara. El psicólogo descubrió que el principal motivo por el que los clientes no compraban tanto era que, al tener que decidir entre tantas opciones de chocolate, se quedaban totalmente desconcertados sin saber cual escoger. ¿Qué sería mejor: chocolate blanco sabor a melocotón o el negro de trufa anaranjada? ¿chocolate de cheesecake o con nueces de macadamia? ¡Demasiada variedad!

Al descubrir el motivo, el psicólogo planteó hacer un experimento al vendedor. En vez de ofrecer tantos chocolates, le propuso que habilitara en una pequeña parte del establecimiento una paradita en donde los clientes pudieran escoger solo entre 5 sabores diferentes. A pesar de que esta reducción drástica de opciones significaba que habían menos posibilidades de encontrar nuestro chocolate favorito, la gente pronto empezó a comprar más.

Este caso particular se puede explicar, en parte, por la paradoja de Fredkin. Al no haber tantas opciones entre las que escoger, ahora la gente tiene que procesar menos información y, por lo tanto, se demoran menos en escoger un chocolate y comprarlo, además de tardar menos tiempo en escoger.

Las consecuencias de no decidir

Como decíamos, tener que estar decidiendo entre dos o más opciones similares supone costos en forma de pérdida de tiempo, energía y, también, oportunidades. Esto nos lo demuestra Dan Ariely, catedrático de psicología y economía conductual americano-israelí en su libro “Predictably Irrational: The Hidden Forces That Shape Our Decisions” (2008), en cuyo libro describe lo que le pasó a un amigo suyo, quien había decidido comprarse una cámara.

Antes de comprarla, el amigo de Dan empezó a comparar todas las marcas, modelos, precios, opiniones y otros aspectos que pudo. Tras un tiempo, llegó al punto de tener que decidir entre si comprar un modelo u otro, ambos prácticamente idénticos. Para cerciorarse de que su decisión era la “correcta”, el amigo de Dan se pasó un tiempo extra analizando cada detalle hasta que, por fin, se decidió en comprar una de las cámaras. Fue entonces cuando Dan Ariely le preguntó cuántas oportunidades para echar fotos había perdido en estos tres meses que llevaba comparando las dichosas cámaras.

Caer en la paradoja de Fredkin no solo nos quita tiempo, sino que nos priva de oportunidades, experiencias y recuerdos. Estar tanto tiempo sin decidirse es peor que coger la “peor” opción, pues siempre es mejor tener algo que no tener nada y, estando decidiendo todavía es, atrapados en esa incertidumbre que nos impide avanzar, no poseer nada. Hasta que no nos decidamos, no podremos saber si hemos obrado bien o mal. Si no nos decidimos, directamente no tenemos nada.

¿Para qué nos sirve saber esto?

Ahora que sabemos qué es la paradoja de Fredkin, es posible que te preguntes “¿Y esto a mí de qué me sirve?” Pues mucho, la verdad. Tenerla en cuenta nos servirá para ahorrarnos perder tiempo, energías y experiencias mientras estamos decidiendo entre dos cosas que son la misma. El aprendizaje que podemos extraer de ella es que tenemos que dejar de preocuparnos sobre las pequeñas decisiones, y dejar que escoger entre ellas sea una resolución más trascendental de lo poco que realmente es.

Debes pararte un momento y pensar en el impacto que tendrán los resultados en tu vida y cómo de poco importante o, mejor dicho, insignificante será la decisión a largo plazo. ¿Realmente vale la pena perder 10 minutos en escoger entre un helado u otro? ¿Entre papel higiénico suave y el de doble capa? ¿Entre un coche con posavasos o uno sin? Incluso si estás deliberando sobre algo realmente importante (p. ej., qué empleo tomar), no debes perderte en los detalles (p. ej., los días de vacaciones). Invierte tu tiempo en pensar sobre cosas que tienen un impacto mayor (p. ej., el tipo de trabajo que harás)

Así que, ya lo sabes, la próxima vez que vayas al supermercado piensa en la paradoja de Fredkin y deja de perder el tiempo en decisiones banales. Da igual qué papel higiénico escojas, si total los dos sirven para lo mismo.

  • Ariely, D. (2008). Predictably Irrational: The Hidden Forces That Shape Our Decisions, HarperCollins
  • Klein, G. (2001). "The Fiction of Optimization". In Gerd Gigerenzer, Reinhard Selten (ed.). Bounded Rationality : The Adaptive Toolbox (1 ed.). London: MIT. pp. 111–112. ISBN 0-262-57164-1.
  • Minsky, M. (1986). The Society of Mind. New York: Simon and Schuster. p. 52. ISBN 0-671-60740-5.
  • Chang, R. (2017). ‘Hard Choices’, Journal of the American Philosophical Association, 3(1), 1–21.

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