Una reflexión sobre la salud mental animal. Unsplash.

La salud de la mente ha sido tradicionalmente entendida como una realidad antropocéntrica, patrimonio exclusivo de nuestra especie. Los animales, pese a su cualidad de seres vivos, quedarían así desprovistos del intelecto y la sensibilidad necesarios para padecer a nivel emocional.

Lo cierto, no obstante, es que toda emoción que podamos experimentar procede de zonas cerebrales muy antiguas filogenéticamente, compartidas con un sinfín de otros organismos que pueblan este planeta. Por ello, no debería ser extraño que también tuviéramos en común alguna vivencia afectiva, y quizá incluso algún problema de este área.

Desposeer al resto de los animales de todo lo que pudiera aproximarlos a nuestra realidad los posicionaría en un escenario idóneo para ser usados como recurso fungible, en todos los ámbitos en los que fueran susceptibles de ello (ganadería, industria, etc.).

En este artículo abundaremos en la evidencia empírica que nos permita dar respuesta a la sencilla pregunta de: ¿pueden los animales tener enfermedades mentales? El propósito del texto es conocer mejor el modo en el que padecen malestar afectivo y qué situaciones lo precipitan.

¿Pueden los animales tener enfermedades mentales?

En los últimos años la sociedad ha afinado su sensibilidad respecto a la vivencia subjetiva de los animales, de forma que incluso existe una especialidad científica (Psicopatología Animal) dirigida al estudio de este fenómeno. En el presente texto se citarán ocho de los problemas emocionales más comunes que pueden presentar.

1. Depresión

La depresión se describe como un estado de tristeza y de disminución en la capacidad para sentir placer (anhedonia), que resulta de una pérdida percibida como significativa. Se trata de uno de los grandes trastornos de nuestro tiempo, y existen muestras de que también los animales pueden sufrirlo cuando se exponen a situaciones específicas; como una pérdida de control sobre el ambiente, una reducción de incentivos e incluso la muerte de un miembro de su grupo.

Las primeras descripciones científicas sobre la depresión animal provienen de trabajos sobre la indefensión aprendida, en un momento de la historia en el que las garantías éticas de los laboratorios eran más laxas que las actuales. Estas investigaciones trataban de explorar las reacciones afectivas negativas de un ser vivo al experimentar circunstancias adversas sobre las que careciera de control.

Se buscaban modelos que permitieran generalizar cualquier hallazgo al hombre, con el objetivo de extraer factores de riesgo ambientales que pudieran predecir el declive de su estado de ánimo. En estos estudios se solía introducir un perro dentro de una jaula especial, en cuya base se ubicaban dos superficies metálicas separadas, las cuales cubrían la totalidad de su extensión longitudinalmente.

El experimentador procedía a electrificar una de ellas, a lo que el animal respondía cambiando de lugar y ubicándose donde el estímulo no estuviera presente (en la lámina sin electricidad). El perro lo repetía sin problemas en todas las ocasiones en que se administraba la condición experimental, con lo que podía asumir un control efectivo sobre su propio entorno (viviendo un malestar que no se extendía más allá de un breve momento).

Después de varios ensayos, el investigador aplicaría la corriente eléctrica sobre las dos superficies simultáneamente, de manera que el perro no hallara cobijo en ninguno de los lados de la jaula. En este caso, trataría de buscar primero un lugar en el que su malestar finalizara, pero al corroborar la ausencia de opciones viables adoptaría una actitud de abatimiento. Así, se tumbaría a soportar todas las descargas con una apatía muy profunda, desarrollando un progresivo abandono de sus necesidades más básicas.

Con estudios como este no solo se obtuvieron evidencias sobre cómo se desencadena una depresión en humanos, sino que se pudieron inferir estados emocionales similares en otros animales.

2. Duelo

Algunos mamíferos (como los elefantes o los chimpancés) parecen tener una idea precisa sobre qué es la muerte, e incluso desarrollan "rituales" de despedida al fallecer un miembro de su manada. De hecho, existe evidencia de que no solo son conscientes de la finitud de su organismo, sino de que también disponen de reglas respecto a lo que se considera “bueno” o “malo”, adaptando estas nociones al ámbito de la vida y de la muerte (buscando la primera y temiendo a la segunda).

Estos animales atraviesan por un proceso de duelo ante la pérdida de algún ser querido, de modo muy similar al que se ha descrito en los modelos clásicos para el ser humano. Pueden llegar a recurrir a espacios físicos en los que velar por los restos de los que les precedieron ("cementerios" próximos a ríos en los que se acumulan cadáveres de elefantes moribundos que intentaron abrevar en su último estertor), e incluso muestran conductas sugerentes de estar lidiando afectivamente con la ausencia (como reducción en la ingesta de alimentos, alteración del sueño, etc.).

3. Suicidio

Existe evidencia de mamíferos marinos (como los delfines) que pueden tomar la decisión de quitarse la vida en ciertas circunstancias, tanto en libertad como en cautividad.

El mecanismo que suelen usar consiste en varar su cuerpo en las costas o en las orillas, en una superficie terrestre sobre la cual sus tejidos se resienten hasta la muerte. Han sido muchas las causas que se han postulado para este fenómeno tan trágico, hasta hace poco restringido al ámbito de lo humano.

Las investigaciones desarrolladas al respecto arrojan dos conclusiones diferenciadas: que la conducta autolítica del delfín obedece a una desorientación espacial resultante del uso de sonares y otras tecnologías humanas, o que puede ser la consecuencia de un sufrimiento insoportable derivado de una patología física. En el último caso se trataría de una conducta análoga a la que puede observarse en el ser humano, cuando el suicidio está motivado por un estado de dolor orgánico o emocional muy intenso.

4. Adicciones

Las adicciones en animales muy raramente se observan cuando viven en libertad, por lo que la evidencia sobre estas procede de estudios de laboratorio. Así, se ha objetivado que las ratas y los ratones muestran una preferencia por el agua mezclada con sustancias como la cocaína, o simplemente con azúcar (el cual es un reforzador natural), y se ha demostrado la existencia de los síntomas fundamentales de cualquier adicción: la tolerancia (necesidad de consumir una mayor cantidad de droga para lograr el mismo efecto) y el síndrome de abstinencia (malestar ante la ausencia de la sustancia).

Y es que las estructuras cerebrales implicadas en la adicción, el núcleo accumbens y el área tegmental ventral, son comunes a una amplia variedad de animales. La dopamina sería el neurotransmisor que orquestaría la red neural; activándose ante los estímulos que facilitan la supervivencia (sexo, comida, etc.), generando placer (tono hedónico elevado) y aumentando la motivación por ellos. El efecto de la droga alteraría su alostasis y reduciría la búsqueda de lo que alguna vez fuera gratificante, por lo que acabaría dominando completamente la conducta del animal.

5. Anorexia de actividad

La anorexia de actividad es un trastorno de la conducta alimentaria que se ha observado en ratas en condiciones de laboratorio, cuando se restringe su acceso a la comida y se permite el uso indiscriminado de una rueda en la que ejercitarse. En condiciones en las que ambos elementos están presentes el animal aprende a hacer un uso adecuado de ellos, pero en la nueva situación recurre al ejercicio físico hasta la extenuación o incluso la muerte.

Cuando el problema se consolida, el animal persiste en este patrón (escasa alimentación e intenso ejercicio físico), incluso tras restablecer el normal acceso a la comida. Las teorías sugieren que se trata de una conducta dirigida a propiciar la búsqueda de un nuevo entorno cuando el anterior ha dejado de proporcionar el sustento material necesario para garantizar el mantenimiento de la vida.

6. Pica

La pica es un trastorno alimentario en el que el sujeto ingiere elementos no nutritivos, como arena o arcilla, pudiendo padecer infecciones parasitarias o daño del sistema digestivo. Esta conducta se ha observado en los animales de granja sometidos a la restricción de nutrientes básicos, como pienso o grano, que desarrollan el hábito de comer elementos inorgánicos (madera, plásticos, etc.) cuya digestión puede ser imposible. Entre estos animales están los gallos, las gallinas y otras aves de corral.

En otras ocasiones, la situación carencial (en fósforo) facilitaría que los animales herbívoros mordisqueen huesos con el fin de compensar su déficit (osteofagia). Si bien se trata de una conducta con fin adaptativo, puede persistir pese a restablecer dietas apropiadas, con lo que su utilidad para la propia supervivencia se diluiría. Por último, el problema también se ha evidenciado en gatos, en los que se aprecia la ingesta de hilos o telas que pueden provocar muy serios problemas en los intestinos.

7. Comportamientos ritualizados

Los comportamientos ritualizados ocurren con frecuencia en animales salvajes que se ven sometidos a estados de cautividad, en los que disponen de un espacio físico muy diferente al que podrían disfrutar en situación de libertad. Se trata de conductas repetitivas que carecen de un propósito claro, y que no contribuyen a la satisfacción de las necesidades esenciales para su supervivencia. Se han descrito en una gran variedad de animales, y suponen una aberración de los hábitos que les incapacita para reintegrarse en la naturaleza.

En aves se han observado alteraciones en el canto y el picoteo, que erosionan la capacidad de comunicación con otros individuos y dañan la estructura de los órganos necesarios para la alimentación y el aseo. También es común en animales usados para el espectáculo o la exposición, como rinocerontes y felinos, que al vivir en espacios reducidos durante mucho tiempo ven alterada su motricidad (limitándose a dar vueltas en círculos de pequeño diámetro incluso cuando son liberados a su entorno de procedencia).

8. Estrés

El estrés es una respuesta fisiológica común a muchas especies, y en absoluto exclusiva del ser humano. Son muchas las situaciones que pueden provocar estrés a un animal: desde su confinación a espacios reducidos al exceso de manipulación (por parte de las personas) o el aislamiento respecto a otros miembros de su especie. Este último factor es clave en ciertas variedades de primate, que viven insertos en comunidades jerárquicas y que pueden tener niveles dispares de estrés en función del lugar que ocupan en ellas (más altos entre machos no dominantes de grado intermedio).

Se ha observado también que el aislamiento social y ambiental puede conducir a acciones autolesivas en muchas especies de animales, sobre todo primates y aves, las cuales pueden dañarse a sí mismas cuando son enjauladas o aisladas del entorno (en espacios socialmente pobres). Las acciones autopunitivas comunes implican arañazos y mordiscos en distintas partes del cuerpo, así como el arrancado del plumaje en los pájaros.

Conclusiones

Los animales son susceptibles de padecer problemas emocionales, sobre todo cuando se extraen de su entorno natural (en zoos, circos, etc.). Las investigaciones sobre esta cuestión están aumentando actualmente, y se espera que en el futuro devenga un área de profundo interés científico.

Referencias bibliográficas:

  • Bielecka, K y Marcinów, M. (2017). Mental Misrepresentation in Non-human Psychopathology. Biosemiotics, 10, 195-210.
  • Laborda, M., Míguez, G., Polack, C.W. y Miller, R.R. (2012). Animal models of psychopathology: Historical models and the Pavlovian contribution. Terapia Psicológica, 30(1), 45-49.