Actualmente parece existir una campaña de desprestigio contra el amor romántico. En realidad, no es para menos; existen muchos conceptos desarrollados en esta idea del amor que a la larga son contraproducentes y muy nocivos para la autoestima y el bienestar personal.
Ahora bien, lo que nosotros entendemos como amor romántico no siempre ha sido así. De hecho, incluso su denominación ha sufrido un proceso de degeneración y ha perdido su significado primitivo. Entonces ¿qué es exactamente el amor romántico? ¿Se trata de una invención moderna, o es una derivación de una idea ya existente en el pasado? Hoy hacemos un repaso por la historia y el desarrollo del concepto romántico del amor.
¿Qué entendemos por "amor romántico"?
Antes que nada, es necesario definir qué entendemos por amor romántico. Actualmente, y desde la psicología, se define este concepto como un constructo que sostiene que el amor se sustenta en una "fusión total" con la pareja, en detrimento de las necesidades individuales y, a menudo, del propio bienestar. Por tanto, es bastante usual que este tipo de amor conduzca, tarde o temprano, a una dependencia tóxica y a una relación disfuncional que, en lugar de aportarnos bienestar, nos lo arrebate.
Entre otras cosas, esta "adicción" a la pareja se promueve a partir de una idealización absoluta del otro y desde la creencia de que sin esta persona no "somos nada". Es decir, se deja a un lado la propia valía para abrazar la creencia de que dependemos totalmente la otra persona para vivir y salir adelante.
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El concepto de alma gemela y la incapacidad de elección
Por supuesto, las consecuencias de este tipo de amor pueden ser muy destructivas: miedo al abandono, descenso de la autoestima y, en casos muy graves, tolerancia al maltrato. Si partimos de la idea de que no podemos salir adelante sin esa persona, aguantaremos lo que haga falta para que no se vaya de nuestro lado.
En la base de esta percepción está el concepto de alma gemela; es decir, que solo existe una persona que pueda funcionar con nosotros y con la que nos podamos compenetrar al cien por cien. La realidad, en cambio, es muy diferente: son muchas las personas con las que podemos sentirnos bien a lo largo de nuestra vida y, de hecho, no existe una sola persona que pueda darnos absolutamente todo lo que deseamos. Es humanamente imposible.
La psicología actual opta más bien por el principio de la elección: te elijo a tí porque estoy bien contigo y te prefiero por encima de los demás, pero en ningún caso creo que seas la única persona que puede hacerme feliz. De hecho, puedo ser feliz estando solo/a, pero desde mi libre albedrío elijo estar contigo porque me siento más feliz. El amor sano es, en pocas palabras, escoger y decidir de forma adulta con quién quieres pasar tu vida. Es, al fin y al cabo, una elección, no una necesidad.
En el momento en que elegimos, el concepto de alma gemela se desvanece. Porque esta idea contiene un peligroso componente de fatalidad: tengo que estar con esta persona. Si no estoy con ella no podré estar con nadie más y, dado que no puedo ser feliz solo/a, debo resignarme. No importa si la persona me hace sufrir; no tengo otra opción.
En cambio, si decimos ”te elijo a ti porque yo quiero, aunque podría estar perfectamente solo/a”" estamos tomando las riendas de nuestra vida. En otras palabras, ejercemos el papel de sujeto activo, lo que aumenta nuestra autoestima y fortalece nuestra autopercepción. Y todo esto, a fin de cuentas, beneficia a la relación, ya que estamos ante dos adultos funcionales que saben lo que quieren y que están juntos porque así lo han escogido, sin presiones de ningún tipo. Son absolutamente libres, y la libertad garantiza la felicidad.
Ahondando en las raíces del amor romántico
El amor romántico hunde sus raíces en la oscuridad de los tiempos. De hecho, es un concepto habitual y recurrente en la mitología de todas las culturas del mundo. Por tanto, ante la pregunta que nos hacíamos en la introducción (¿es el amor romántico una invención moderna?) debemos decir, a la luz de las fuentes, que no, no lo es. Sin embargo, son necesarios algunos matices.
Profundicemos en la historia del amor romántico. En todos los mitos del mundo encontramos relatos (bellísimos, por otro lado) que nos hablan de amores elevados. En la mitología griega encontramos a Orfeo, el músico sin rival en la tierra que, cuando su esposa Eurídice fallece a causa de la mordedura de una serpiente, desciende al Hades para arrebatársela a la Muerte. De todos es conocido que Orfeo falla en su misión: Eurídice desaparece para siempre entre los muertos y él acaba sus días loco y mutilado.
En otro mito clásico, Pigmalión, uno de los escultores más excelentes de Grecia, realiza la estatua de la mujer más bella que jamás han visto los ojos de los mortales. Tan hermosa es Galatea (pues así la bautiza), que acaba enamorándose perdidamente de ella. El pobre Pigmalión se pasa las noches durmiendo a los pies de su adorada, fría e inmóvil, suspirando por un amor imposible. Compadecida, la diosa Afrodita convierte a Galatea en una mujer de carne y hueso. Una mañana, cuando Pigmalión se despierta, la hermosa joven le abre los brazos con una sonrisa y ambos se entregan finalmente al amor.
Pero el amor romántico no solo se encuentra en el campo mítico; también la historia se imbuye de él. A Juana de Castilla la recordamos, tristemente, como Juana la Loca por su ciego y obsesivo amor por su esposo, Felipe el Hermoso. Un amor que, por otro lado, tiene más de leyenda que de realidad.
Entonces, la pregunta es: ¿por qué abundan estas historias, en las que, generalmente, el amor acaba transformándose en locura? ¿Por qué la humanidad ha necesitado durante siglos la presencia de este amor apasionado y arrebatado que puede con todo, incluso con la muerte? ¿Por qué nos seducen las historias de amores que terminan sorbiendo el seso de quienes los padecen?
El amor cortés medieval y la necesidad de "elevación"
Quizá podamos explicar la gran persistencia del amor romántico a lo largo de la historia a través de la necesidad del ser humano de "elevarse". En muchos sentidos, la vida real se nos hace corta; su monotonía y sus problemas nos llenan de un hastío a menudo difícil de sostener. Puede que, por este motivo, todas las culturas humanas han introducido en sus vidas relatos que trascienden la vida cotidiana y la enriquecen con sentimientos que no son para nada cotidianos, ni mucho menos anodinos.
En algunos momentos de la historia el amor romántico ha sido literalmente un modo absoluto de vida. Fijémonos en la Edad Media; en concreto, en el siglo XII, el siglo del amor cortés, de los trovadores y de las cortes del amor. El ideal de vida era el amor idealizado, aquel en que el enamorado se entregaba a una espiral de adoración a su amada; una amada a la que, por cierto, en algunas ocasiones ni siquiera había visto. Se trata de la idealización absoluta: el trovador canta a una mujer (casi) desconocida, que imagina dotada de las mayores perfecciones, tanto terrenales como celestiales.
En el caso medieval, debemos contextualizar este ideal amoroso. La figura femenina era depositaria de una curiosa dicotomía, que ha seguido prácticamente incólume hasta nuestros días: por un lado, la femme fatale, oscura, seductora y sendero de perdición; por otro, la donna angelicata, la mujer-ángel que representa la perfección.
Así pues, cuando en época medieval el trovador canta a su amada, esta es depositaria de todas las virtudes imaginables, y se convierte, de esta forma, en la personificación del ideal femenino por excelencia. Recordemos a Dante Alighieri y su obsesión por Beatrice, a la que canta en su Vita Nuova (1292-1293).
El amor romántico como necesidad de procreación y conservación
Muchas veces se ha querido ver el amor romántico (junto con la desesperación y los celos que muchas veces implica) como una consecuencia de nuestra programación para la reproducción y la supervivencia.
Tal y como recoge un interesante artículo de The Conversation (ver bibliografía), los cambios anatómicos de los seres humanos, causados por el bipedismo (como, por ejemplo, una pelvis femenina mucho más estrecha), tuvieron como consecuencia que las crías nacieran mucho menos desarrolladas que otras especies de mamíferos. Esto conllevó que hombre y mujer se aliaran de forma más profunda para sacar adelante a sus hijos. En otras palabras, apareció la monogamia… y la dependencia.
El artículo también recoge el hecho, todavía pendiente de un estudio más profundo, de que en el reino animal se observan igualmente actitudes celosas y dependientes, especialmente entre las aves, que tienden a establecer lazos de por vida. Todo ello abre un gran debate sobre si el amor romántico alcanza también a los animales y si, por tanto, existe un motivo biológico que lo aliente.
El origen de un término: el Romanticismo
Otro de los momentos en que el amor romántico gozó de una enorme aceptación (y, de hecho, su nombre proviene de ahí) son las primeras décadas del siglo XIX, cuando el Romanticismo hacía estragos en Occidente. Y sí, lo ponemos con mayúscula porque hablamos de un movimiento cultural, artístico, social y político.
Sus ecos ya se percibían a finales de la anterior centuria, especialmente tras la publicación del famoso Werther de Goethe (1774). La historia narra las desventuras de un muchacho que, perdidamente enamorado de Charlotte, a la que considera su alma gemela y único amor posible, se suicida al comprobar que ella nunca accederá a estar con él. La novela, de hecho, tuvo tanto éxito en Europa que en algunos lugares llegó a prohibirse, puesto que se consideró que exaltaba a los jóvenes y promovía el suicidio.
Examinemos un instante el término romántico. Hoy en día puede parecernos sinónimo de cursi, pero su etimología es mucho más interesante y compleja. Romanticismo y romántico provienen en realidad de la palabra francesa roman, que significa novela, relato. A su vez, esta palabra hace referencia a la lengua con la que se escribía en la Edad Media, la lengua romance, o sea, las lenguas derivadas del latín, pero que ya no eran latín. Finalmente, como la literatura de finales del siglo XVIII y principios del XIX empezó a identificarse con lo fantástico, lo irreal y lo sublime, pronto a todo el movimiento se le designó con esta denominación.
Pero ¿qué era el Romanticismo? Se trata de uno de los movimientos culturales, sociales y políticos más importantes de la historia. El Romanticismo promovía una escapada de la realidad y apostaba por las pasiones y los mundos irreales; por ello, los autores románticos tenían predilección por los castillos en ruinas, los cementerios desolados, las apariciones fantasmales y las relaciones apasionadas e imposibles.
Como podemos ver, la idea abarcaba un espectro mucho más amplio que nuestra propia concepción de romántico: de hecho, incluía el terror, el miedo, los delirios y las alucinaciones. Sin ir más lejos, Edgar Allan Poe es uno de los autores románticos por excelencia… y todos estaremos de acuerdo en que no es, ni mucho menos, un autor cursi.
En el ámbito político y social, el Romanticismo reivindicaba un "regreso a los orígenes", y exaltaba así el nacimiento de las naciones (muy a menudo tergiversando la historia). Por otro lado, y en tanto que su mayor valor era la libertad, tanto individual como comunitaria, los románticos reivindicaban nuevas formas de gobierno que se alejaran del absolutismo del Antiguo Régimen. Nacían, de esta forma, los gobiernos liberales precursores de nuestras democracias.
Historia de una tergiversación
Podemos ver, así, que nuestro concepto actual de lo que es romántico es una tergiversación de su significado original. Cuando ahora hablamos de romanticismo, en ningún momento hacemos referencia a ideales sociales o políticos; más bien lo asociamos con una conducta individual.
Así, despojado de todo significado creativo, artístico y político, lo que nos ha quedado del concepto de romanticismo y romántico (y no son palabras menores) es la exacerbada idealización y las pasiones arrebatadas. Cuando se es romántico, se vive todo a lo grande, incluidas, por supuesto, las relaciones.
Está claro, pues, que el concepto del amor romántico tiene relación con esta antigua costumbre humana de idealizar a personas, situaciones e ideas. De hecho, los nacionalismos, que tan en boga siguen hoy en día, no dejan de ser una idealización de la propia cultura y del propio país, a menudo añadiendo elementos que nada tienen que ver con ello o (y esto es peor) tergiversando los hechos históricos.
Conclusiones
El amor romántico no es una invención moderna, aunque la idea ha sido modificada a lo largo del tiempo. El concepto actual y el antiguo tienen en común la idealización, tanto de personas como de elementos abstractos, así como una pasión exaltada que conduce, en muchos casos, a la (auto) destrucción.
¿De dónde proviene esta necesidad de idealizar? La encontramos en todas las mitologías del mundo, en las leyendas y en los cuentos e, incluso, en la historia, en la que, a menudo, se mezcla realidad con ficción. Al parecer, el ser humano es incapaz de aceptar su existencia anodina y su propia finitud, y ha tenido siempre la necesidad de "elevarse" por encima de lo mundano.
Otros estudios apuntan a una posible causa biológica que, si bien no sería determinante, ayudaría a desarrollar este tipo de "amor". De hecho, se han observado comportamientos celosos y dependientes en animales, especialmente entre las aves. El objetivo sería, en teoría, promover el cuidado mutuo de las crías y, por tanto, su conservación y supervivencia.
Durante el Medioevo, especialmente en la época dorada de los trovadores (siglos XI y XII), la idealización alcanzó cotas muy altas con el amor cortés, que pregonaba la adoración de la dama exaltando sus perfecciones e ignorando sus defectos. El concepto siguió vivo y alcanzó, a finales del siglo XVIII y principios del XIX, la era del Romanticismo, donde este sentimiento apasionado y esta idealización permeabilizaron no solo las relaciones personales, sino también las sociales y la política. Y, por supuesto, dio como fruto obras artísticas de altísima calidad, que deben, como todo en esa vida, estudiarse dentro de su contexto.
Actualmente, de todo esto nos ha quedado la idea de que el amor romántico es aquel que impulsa la dependencia mutua y, por tanto, la anulación de la persona como ser individual. Esto, por supuesto, puede llegar a ser profundamente dañino en nuestras relaciones y para nuestra autoestima. Sin embargo, no debemos olvidar que el ser humano no es un ente aislado y que, para funcionar, necesita de los demás. Es inútil y muy perjudicial confundir dependencia con necesidad humana, porque, de otro modo, llegaremos a creer la falsedad de que podemos vivir sin (absolutamente) nadie.
Nada más lejos de la verdad. El ser humano es un ser social y, como tal, necesita relacionarse. Lo que debemos procurar es que estas relaciones, que serán más o menos dependientes según el momento que estemos viviendo, no anulen nuestra personalidad. En otras palabras: se puede amar a lo grande y, al mismo tiempo, mantener la autoestima alta. Al fin y al cabo, la libertad, que es de lo que hablábamos cuando mencionábamos la capacidad de elección, es uno de los valores más altos del Romanticismo.


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