¿Cómo se viven los museos en el siglo XXI?

Un acercamiento a la experiencia artística en la modernidad.

como-se-viven-museos-siglo-XXI

Todos hemos ido alguna vez a un museo. Hoy en día son muchas las ofertas museísticas disponibles, y la mayor concienciación del patrimonio cultural ha provocado un mayor índice de visitas en los diversos museos del mundo. Los datos hablan por sí solos. Más de 3 millones de personas visitaron el Museo del Prado (Madrid) el pasado año, y el Louvre de París cerró el 2023 con la friolera de 9 millones de personas, lo que, según fuentes del museo parisino, supone un 14% más que durante el 2022.

A primera vista, estos datos son muy positivos. Sin embargo ¿debemos leerlo siempre así? ¿El incremento de visitantes es directamente proporcional a un incremento en el interés por la cultura, o se trata de un tipo de visita, digamos, más “turística”? ¿Y qué papel juegan las redes sociales en todo esto…? En el artículo de hoy proponemos un acercamiento a cómo se viven los museos en el siglo XXI, y si todo son buenas noticias o, por lo contrario, existen factores no tan positivos que hay que tener en cuenta.

Los museos en el siglo XXI: cómo es la experiencia artística de la modernidad

Las colecciones artísticas siempre han existido, pero no siempre han sido públicas. Por lo general, con anterioridad al siglo XVIII los afortunados que poseían obras de arte las conservaban celosamente en sus propiedades. Como mucho, las mostraban con orgullo a visitantes ilustres, pues la posesión de una pintura o escultura de un autor reputado era sinónimo no solo de riqueza, sino también de buen gusto.

Con el advenimiento del siglo XVIII (el denominado Siglo de las Luces) y la consecuente expansión del conocimiento, se empezó a ver el arte como un bien común que era necesario poner al alcance de todos. Uno de los primeros centros en abrir sus colecciones fueron los Museos Capitolinos, en Roma, en 1734. El Louvre de París lo hizo en plena época revolucionaria, en 1793, y el Museo del Prado, recién inaugurado el siglo XIX, en 1819.

De lugar privilegiado a receptáculo de la identidad nacional

A pesar de la apertura al público, en un principio estos museos eran frecuentados por intelectuales y artistas. Esto era debido, en gran parte, al todavía escaso índice de alfabetización existente; a pesar de la Ilustración y de los progresos sociales (que apoyaban, entre otras cosas, la universalización de la educación), los museos siguieron siendo durante muchas décadas los lugares “privilegiados” que siempre habían sido.

A medida que avanza el siglo XIX encontramos una mayor afluencia de visitantes a los distintos museos del mundo. De la mano de las convulsiones políticas y sociales, que instauran regímenes más o menos democráticos por toda Europa, encontramos la idea (en constante auge) de patrimonio, especialmente vinculado con el Romanticismo y los nacientes nacionalismos. El nacionalismo reconoce la idea de comunidad y, por tanto, de herencia cultural de los pueblos, por lo que se empieza a ver a los museos como receptáculos de unos bienes de índole no solo cultural, sino también identificativa.

Un claro ejemplo lo encontramos en el sonado robo de La Gioconda, acaecido en 1911 y que hizo aparecer la obra de Da Vinci en todos los periódicos del mundo. Unos años más tarde, cuando ya nadie confiaba en recuperarla, la Mona Lisa fue encontrada en un destartalado hotel de Florencia. El ladrón, un tal Vincenzo Peruggia, afirmó que la había robado para “devolver a Italia lo que le pertenecía”. Es decir, que Peruggia quería recuperar lo que consideraba patrimonio nacional italiano.

museos-siglo-XXI-percepcion-moderna-arte

La democratización del arte

Sin lugar a dudas, el siglo XX es el siglo de la democratización del arte. Especialmente con el auge de las nuevas tecnologías a partir de mediados de la centuria, las obras artísticas empezaron a colarse en muchos lugares más allá del museo que las cobijaba. La fotografía, por supuesto, facilitó el conocimiento de las obras que no se tenían al alcance, porque, a pesar de que esto ya se hacía anteriormente a través de copias y grabados, el material fotográfico es mucho más fácil de obtener, y también más económico.

La televisión y el cine también contribuyeron a la expansión y, por tanto, a la democratización del arte. A mediados de siglo hacía furor el pop art (literalmente, arte popular) que precisamente daba una vuelta de tuerca más a la experiencia artística y la ponía en manos de todos. Finalmente, la aparición de Internet a finales de siglo propició que cualquier persona que tuviera un ordenador y una conexión pudiera acceder a infinitud de imágenes de obras de arte famosas.

Por otro lado, esta democratización del arte se ha plasmado también en el creciente interés de los museos en acercar las obras al público. Lo que antaño era patrimonio exclusivo de una élite, ahora lo es de todos y, por tanto, los centros de arte diseñan variados e interesantes programas para dar a conocer, de forma sencilla y fácil, el arte al gran público. Especialmente reseñables son las actividades destinadas a los niños, en los que se adapta el lenguaje con el fin de que los más pequeños puedan imbuirse desde su infancia en el mundo artístico. Todo esto, obviamente, es algo muy positivo. Pero volvamos a la fotografía, de la que hablábamos al inicio de este apartado.

Un selfie con La Gioconda

Bien, estamos de acuerdo en que una cosa es ver una obra en una pantalla y otra muy distinta verla en directo. La experiencia directa permite disfrutar plenamente de la obra en cuestión, puesto que solo estando cerca del original podemos percibir todos sus matices. Ni siquiera una fotografía realizada con la mayor calidad ofrece las mismas posibilidades que contemplar la obra in situ.

Sin embargo, a la luz de lo que vemos diariamente en los museos, podemos preguntarnos ¿importa esto a la gente? Situémonos. Estamos en el Louvre, en la sala de La Gioconda (la misma que debe su enorme fama casi exclusivamente al robo de 1911). Decenas de visitantes se sitúan delante de ella y la enfocan con sus pantallas de móvil. Muchos se incluyen en la toma, en una especie de selfie.

como-son-museos-actualidad

El objetivo es sacar una foto de la Mona Lisa; una foto que, probablemente, y debido a la distancia (está detrás de un cristal de seguridad), el gentío y los reflejos, no saldrá precisamente bien. Si queremos ver a La Gioconda en foto, es mucho más fácil contemplarla a través de los recursos de Internet.

Cualquier museo que se precie tiene, hoy en día, una página web fantástica donde incluso podemos hacer zoom sobre los detalles más interesantes de la obra. Pero no; estas personas quieren tener una foto de la Mona Lisa. Desean obtener su propia foto. Una foto que lo más probable es que se mezcle con las más de doscientas instantáneas del móvil y que nunca, nunca más, volvamos a ver.

Retos museísticos para el futuro

¿Qué conclusión sacamos de esto? Primero, que la idea de posesión es inherente a nuestra cultura capitalista. No podemos limitarnos a ir y ver la obra; tenemos que poseerla, ni que sea mediante una foto mal hecha en la que apenas se distingue nada. Por otro lado, está el concepto del yo estuve aquí, que para nada es algo exclusivo de la modernidad (recordemos el Johannes de Eyck fuit hic del cuadro Matrimonio Arnolfini). Sin embargo, no es menos cierto que la época de las redes sociales (y, por tanto, del tan mencionado postureo) no ha hecho más que potenciar esta idea.

Así pues, parece que una gran mayoría de las personas que acuden a los museos lo hacen simplemente para dar fe de que han estado. Es inconcebible ir a París y no ver el Louvre, ¿verdad? Mejor dicho, es impensable ir y no ver a La Gioconda. El resto del museo es igual, en realidad. Lo que cuenta es lo que pensarán los demás si voy a Louvre y no me fotografío junto a la dama de la enigmática sonrisa.

Vivimos en una época dinámica que no encuentra reposo ni satisfacción plena en prácticamente nada. Guardamos en nuestros móviles millones de fotos de millones de sitios que luego ni siquiera nos acordamos que tenemos. Llenamos nuestro disco duro cerebral de información infinita que lo único que hace es mantenernos en un estrés continuo. Y, sobre todo, el mencionado postureo de las redes, aquel que nos hace colgar una foto borrosa de La Gioconda solo para recibir la cantidad adecuada de likes que necesitamos para pasar el día.

Retomemos la cuestión que planteábamos al principio. ¿El incremento de visitantes en los museos corresponde en realidad a un mayor interés por el arte? Al parecer, no. Es un síntoma de nuestra sociedad de consumo, donde todo hay que hacerlo rápido, más mal que bien. Quizá uno de los desafíos culturales del futuro sea plantearnos las cifras de visitantes no desde un punto de vista de cantidad, sino de motivación de la visita. Porque si la mayoría de estos visitantes van solo a fotografiar a La Gioconda (o a la obra que sea), algo no estamos haciendo bien.

como-seran-museos-futuro
  • ABRAHAM JALIL, B. T., Museos y democracia. Los museos como espacios de experiencias comunitarias, Contribuciones desde Coatepec, 2008, (14), 119-159, https://www.redalyc.org/articulo.oa?id=28101406
  • DELGADO, C., El museo de arte y el no-público. El problema de los estereotipos, Revista Colombiana de Sociología, vol. 35, núm. 2, julio-diciembre de 2012
  • VV.AA., Breve historia de los museos, entrada de https://evemuseografia.com/, mayo de 2022

Periodista

Licenciada en Humanidades y Periodismo por la Universitat Internacional de Catalunya y estudiante de especialización en Cultura e Historia Medieval. Autora de numerosos relatos cortos, artículos sobre historia y arte y de una novela histórica.

Psicólogo/a

¿Eres psicólogo?

Date de alta en nuestro directorio de profesionales

Artículos relacionados

Artículos nuevos

Quizás te interese

Consulta a nuestros especialistas