La importancia de las primeras mujeres de la Iglesia

Cómo las ammas y diaconesas marcaron los orígenes del cristianismo

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En general, se ha visto siempre a la Iglesia Católica como una institución altamente patriarcal, en la que las mujeres no poseen las mismas oportunidades que los hombres. Si bien esto es así en la actualidad, no podemos decir lo mismo de los primeros siglos cristianos, durante los cuales la mujer alcanzó dentro de la Iglesia una posición bastante equitativa al varón que, por cierto, nunca más volvió a recuperar.

¿Quiénes eran estas primeras mujeres de la Iglesia? ¿A qué se dedicaban? ¿Cuál fue su importancia para los fieles y para la historia? En el artículo de hoy analizamos el papel de la mujer en los primeros siglos cristianos y revisamos una serie de tópicos que todavía siguen vigentes.

Las primeras mujeres de la Iglesia: ¿unas iguales?

Los primeros grupos cristianos empiezan durante los años inmediatamente posteriores a la muerte de Jesús de Nazaret. Lo que en un principio fue una rama del judaísmo (en la que los gentiles, es decir, los no judíos, no estaban admitidos) fue abriéndose paulatinamente, sobre todo de la mano de Pablo de Tarso, no en vano llamado ‘el apóstol de los gentiles’. Así, en el II siglo de nuestra era, el cristianismo había alcanzado todo el mundo romano.

Tras la gran persecución de Diocleciano, el emperador Constantino (c. 280-337) dio libertad a los cristianos para practicar su culto. Más tarde, con Teodosio (347-395), la religión cristiana fue aprobada por decreto como la religión oficial del imperio. Corría el año 380 y, para entonces, la fe cristiana había calado profundamente en muchas personas, tanto hombres como mujeres.

Y es que, en estos primeros siglos de la historia del cristianismo, parece ser que las mujeres gozaron de una situación bastante equitativa respecto a sus compañeros, situación que iría cambiando con el tiempo hasta formar la institución patriarcal que todos conocemos. Actualmente, las mujeres católicas no pueden ordenarse y sus roles dentro de la Iglesia están situados jerárquicamente por debajo de los de sus homólogos masculinos, a pesar de que, durante algunos momentos de la historia (como el muy expansivo Concilio Vaticano II) todas estas directrices se pusieran sobre la mesa, con intención de debatirlas.

Las ammas y el movimiento ascético

Los primeros años del cristianismo son los años del movimiento ascético, cuyo epicentro fueron las comunidades cristianas de Oriente, especialmente las de Egipto. Estos hombres y estas mujeres pretendían imitar, con su soledad y su evasión del mundo en las áridas arenas del desierto, la vida que había llevado San Juan en su retiro de la isla de Patmos, donde, supuestamente, habría compuesto el Apocalipsis.

El padre del movimiento eremítico fue San Antonio Abad (251-356), famoso por su retiro ascético y las tentaciones que, según la tradición, le envió el demonio. En última instancia, los ascetas o eremitas pretendían emular a Cristo, que, según la Biblia, también se retiró al desierto y también sufrió las tentaciones del diablo. En otras palabras: en estos primeros siglos cristianos, la soledad buscada que promulgaba el ascetismo era una vía directa para acceder a Dios.

Es precisamente en este movimiento donde encontramos a muchas de las mujeres más importantes de la primera era cristiana. Porque estos ascetas no solo eran varones, sino también mujeres, las famosas ammas (madres) del desierto. Estas mujeres, la mayoría de origen noble, abandonaban a su familia y sus riquezas y se entregaban a una vida de privaciones, ayuno y meditación que, en teoría, y según su fe, les permitiría alcanzar el Reino de Dios.

El movimiento eremita femenino fue casi tan importante como el masculino. En su Historia Lausíaca (escrita aprox. en 410), Paladio de Galacia nos habla de más de 2.000 mujeres que habían abrazado la vida ascética en Egipto. Muchas de ellas vivían en pequeñas comunidades para protegerse, pero solo interactuaban para practicar la liturgia. La frontera que las separaba de los eremitas masculinos era el río Nilo, a veces no suficientemente grande para templar la tentación del contacto sexual, tal y como dejó por escrito una de estas ammas, santa Sara (o Sarra, según otras versiones). En opinión de esta asceta, que los hombres vivieran en la otra orilla y pudieran ser vistos a simple vista era una auténtica prueba de continencia.

Anécdotas como esta de Santa Sara no hacen sino retratarnos a unos hombres y unas mujeres con las pasiones y las tentaciones propias de cualquier ser humano. Sin embargo, la vida eremítica pretendía superar todo esto a través de la mortificación y la penitencia, algo muy apreciado entre los primeros cristianos, que tenían a estos anacoretas como ejemplos vivos de santidad. En este sentido, no se diferenciaba entre hombres y mujeres: ambos sexos representaban auténticos guías espirituales que muchos peregrinos ansiaban conocer.

La renuncia total y absoluta

Ya hemos dicho que la mayoría de estas ammas eran mujeres de buena posición que decidían acercarse a Cristo a través de esta vía de sufrimiento. Por ejemplo, Melania la Joven, nieta de otra gran asceta, Melania la Mayor, vendió todo su colosal patrimonio y liberó a 8.000 esclavos que habían sido de su propiedad, para después abrazar por completo la renuncia del mundo. Acompañada por su marido, que practicó el eremitismo en una comunidad masculina, Melania la Joven intercambió opiniones con el mismísimo Agustín de Hipona y fundó un monasterio en el Monte de los Olivos, cerca del que había fundado su abuela unos años antes.

Es importante diferenciar el movimiento ascético del movimiento cenobítico. Así, mientras el primero se caracterizaba por la búsqueda de soledad absoluta (para lo cual, el asceta vivía solo), en el segundo se configuraba una comunidad de ascetas que compartían recursos, se ayudaban mutuamente y hacían liturgia común. Si bien estos primeros santos eran ascetas solitarios, paulatinamente empezaron a reunirse en pequeñas comunidades para darse seguridad en un territorio hostil como era el desierto.

A pesar de vivir en pequeños grupos, estos primeros cenobitas solo interactuaban en lo imprescindible, puesto que, al fin y al cabo, la finalidad de sus vidas era acceder a Dios a través de la hesychia, es decir, el retiro y el silencio. En la práctica, empero, esto no era exactamente así, ya que nos han llegado testimonios de peregrinos que acudían a hablar con estos anacoretas para pedirles consejo. Es el caso, por ejemplo, de Egeria, la hispanorromana que viajó desde Gallaecia (actual Galicia) hasta Jerusalén y que conoció a la mismísima Melania la Mayor.

Algunas ammas importantes de la historia del cristianismo

Además de Melania la Mayor y su nieta Melania la Joven, a través de los padres del desierto nos han llegado las historias de estas ammas, enormemente admiradas en vida y cuya fama podía situarse a la par que la de sus compañeros masculinos.

Sinclética de Alejandría (¿? – 350) es una de las más conocidas; como era habitual, pertenecía a una familia acomodada. Tras el fallecimiento de sus padres, se retiró con su hermana a una cripta de las afueras de su ciudad, donde practicó el ascetismo riguroso. Sus apotegmas son quizá los más conocidos: en ellos, Sinclética menciona lo duro que es empezar la vida ascética, pero que luego la recompensa es tan grande que se olvidan todos los pesares.

Sarra o Sara, ya mencionada, es otra de las grandes mujeres de la época. Nacida igualmente en una familia rica, la tradición sostiene que vivió como eremita en una celda al lado del Nilo, y que su sabiduría era tal que muchos peregrinos se acercaban a pedirle consejo.

Teodora es el nombre bajo el que se mezclan las biografías de cuatro mujeres. En todo caso, sabemos que dejó constancia de que el ayuno y la penitencia extremas no agradaban a Dios, y que era mejor abogar por la humildad absoluta. Esta línea ideológica de Teodora coincide con el carácter de estas ammas, mucho más prudentes que sus compañeros a la hora de mortificar el cuerpo.

La virginidad como igualdad espiritual

Si una cosa tenían en común todos estos anacoretas, hombres y mujeres, era el celibato. Y es que la virginidad (o, en su defecto, la abstinencia de relaciones sexuales) se consideraba la forma más perfecta y directa de acceder a Dios. Y, a diferencia de lo que sucederá en los siglos posteriores, no solo será la mujer la depositaria de esta ‘cualidad’, sino que será algo al que aspirarán hombres y mujeres por igual.

De hecho, esta virginidad será lo que los iguale a nivel espiritual, y también social. En la renuncia ascética ya no existe la diferenciación de sexos: hombres y mujeres se equiparan y trascienden. Como dirá Santa Sara: ‘Mi naturaleza es de mujer, pero mi espíritu no tiene sexo’.

La virginidad en la tierra era entendida como un precedente de la asexualidad que vendrá después del Juicio Final, en el que, según el cristianismo, los cuerpos resucitarán sin sexo, igualados todos ante los ojos de Dios. Este concepto es muy importante, ya que este primer cristianismo prescinde de la diferenciación sexual que, más tarde, tendrá tanta importancia social y espiritualmente.

Nace así el sineisactimismo, la convivencia entre hombres y mujeres a partir de su equiparación espiritual. Para estas primeras comunidades cristianas, ningún sexo está por encima del otro en cuanto a capacidades espirituales y de trascendencia.

¿Igualdad de roles?

En este sentido, todavía es fruto de discusión por parte de los historiadores la igualdad de roles entre los primeros cristianos. Porque, si bien la igualdad espiritual parece estar fuera de duda (hombres y mujeres poseen idénticas almas y, por tanto, idéntica capacidad de trascendencia y de liderazgo espiritual) no es así respecto a los papeles que hombres y mujeres tenían en el seno de la Iglesia.

Una de las grandes dudas la plantean las diaconesas, citadas muy a menudo en estos primeros textos cristianos. ¿Quiénes eran? En principio, eran mujeres que participaban activamente en la liturgia, especialmente a la hora de desnudar a otras mujeres para introducirlas en la piscina bautismal. Recordemos que, en estos primeros siglos cristianos, el bautismo era por inmersión; es decir, el aspirante se sumergía literalmente en el agua. Su desnudez era un símbolo evidente de su nuevo nacimiento.

Ahora bien, ¿estaban estas diaconesas investidas de una categoría especial, al igual que sus compañeros? Algunos historiadores creen que sí, pues encontramos en los textos de la época testimonios de que recibían ‘la imposición de manos’. No parece descabellado suponer que, en los primeros tiempos del cristianismo, las mujeres cumplieran roles parecidos a los de sus compañeros; siglos más tarde, los cátaros harán lo propio y se diferenciarán de los católicos, entre otras cosas, por la equiparación de los roles de ambos sexos.

Conclusiones

Si bien la equiparación de roles sigue estando discutida, es obvio que las mujeres gozaron de una importancia evidente en los primeros siglos del cristianismo. Consideradas unas iguales espirituales respecto a sus compañeros, eran admiradas y seguidas por muchísimos fieles, que veían en ellas, como en sus compañeros masculinos, un ejemplo de fidelidad cristiana.

Es muy posible incluso que en los albores de la era cristiana estas mujeres ejercieran de directoras espirituales, con papeles semejantes a los de los hombres durante la liturgia. Sin embargo, este es un tema que todavía necesita mucha, muchísima investigación.

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  • MASOLIVER, A. (1994), Historia del monacato cristiano, Encuentro Ediciones
  • SERRATO, M. (1993), Ascetismo Femenino en Roma, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cádiz

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Sonia Ruz Comas. (2026, febrero 21). La importancia de las primeras mujeres de la Iglesia. Portal Psicología y Mente. https://psicologiaymente.com/cultura/importancia-primeras-mujeres-iglesia

Periodista

Licenciada en Humanidades y Periodismo por la Universitat Internacional de Catalunya y estudiante de especialización en Cultura e Historia Medieval. Autora de numerosos relatos cortos, artículos sobre historia y arte y de una novela histórica.

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