El consumo de benzodiacepinas es un problema de salud pública de dimensiones palpables y cuantificables. A nivel mundial, aproximadamente un 10 % de la población adulta en países desarrollados ha usado benzodiacepinas, fármacos con acción ansiolítica, hipnótica y sedante, que han sido útiles en el manejo de trastornos de ansiedad e insomnio, pero que también conllevan riesgos significativos cuando su uso se prolonga más allá de lo recomendado. Estas cifras globales subrayan que no se trata de un fenómeno marginal o aislado, sino de una tendencia clínica y social que requiere atención por parte de profesionales de la salud, responsables de políticas sanitarias y la sociedad en general.
Entre las benzodiacepinas más prescritas se encuentran el lorazepam (Orfidal), alprazolam (Trankimazin), diazepam (Valium), lormetazepam (Noctamid) y clonazepam (Rivotril), cada una con perfiles farmacológicos distintos pero compartiendo el riesgo de generar dependencia si se utilizan más allá del tiempo recomendado.
En este contexto, España se sitúa a la cabeza del consumo mundial de benzodiacepinas, con datos que la posicionan como el país con mayor consumo reportado por la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFE). En 2020 se estimaron hasta 110 dosis diarias por cada 1 000 habitantes, una proporción muy superior a la registrada en otros países europeos como Alemania.
Además, encuestas recientes indican que alrededor del 9,7 % de la población adulta (15‑64 años) ha utilizado hipnosedantes o ansiolíticos, con o sin receta, en el último año. Aunque estos datos incluyen fármacos relacionados, reflejan la magnitud de un fenómeno que combina prescripción médica masiva, normalización social y riesgos ligados a la dependencia farmacológica.
En este artículo analizaremos de forma rigurosa la adicción y dependencia a benzodiacepinas, sus mecanismos, consecuencias y las claves para su abordaje desde una perspectiva clínica y de salud pública.
¿Cómo se genera adicción a las benzodiacepinas?
Las benzodiacepinas actúan sobre el sistema nervioso central potenciando la acción del ácido gamma-aminobutírico (GABA), el principal neurotransmisor inhibidor del cerebro. Este sistema está implicado en la regulación de la ansiedad, el sueño y otras funciones fisiológicas básicas. Lo que hacen estas pastillas es facilitar la unión del GABA a sus receptores, lo que tiene un efecto sedante, ansiolítico y relajante. En otras palabras: bajan el volumen general del sistema nervioso, y por eso funcionan tan bien (al menos al principio) para personas con ansiedad, insomnio o crisis puntuales de estrés.
El problema viene cuando este mecanismo se mantiene durante semanas o meses. Al recibir una estimulación artificial y constante del sistema GABAérgico, el cerebro se adapta: reduce su propia producción natural de GABA y modifica sus receptores. Es lo que conocemos como tolerancia farmacológica: la persona necesita dosis cada vez mayores para conseguir el mismo efecto que antes lograba con una dosis baja. Y lo que antes era una ayuda puntual para dormir o calmarse, se convierte en una necesidad percibida para funcionar en el día a día. Aquí empieza la dependencia psicológica y fisiológica.
No es casualidad que las guías clínicas internacionales recomienden limitar el uso de benzodiacepinas a un máximo de 2-4 semanas, o como mucho 8 semanas si se justifica clínicamente. Más allá de ese periodo, el riesgo de generar adicción aumenta considerablemente. El cuerpo se acostumbra, y cuando la persona intenta dejar el tratamiento aparecen los síntomas de abstinencia: insomnio de rebote, ansiedad exacerbada, irritabilidad, temblores e incluso crisis convulsivas en casos graves. A pesar de estas recomendaciones, en la práctica clínica es frecuente encontrar a personas que llevan tomando benzodiacepinas durante meses o incluso años, muchas veces por prescripción médica rutinaria, sin una revisión adecuada del tratamiento ni un plan de retirada pautado.
Se recetan para todo: problemas de sueño, ansiedad leve, malestar emocional, incluso en personas mayores o con múltiples comorbilidades, donde los riesgos aumentan. La línea que separa el tratamiento adecuado de una dependencia yatrógena (es decir, causada por el propio sistema sanitario) es demasiado fina, y a menudo se cruza por inercia o falta de seguimiento.
Además, la mayoría de las prescripciones de benzodiacepinas en España se originan en el contexto de la atención primaria, y no en consultas con especialistas en psiquiatría. Según informes de sociedades de medicina familiar, entre el 45 % y el 76 % de las benzodiacepinas están prescritas por médicos del primer nivel asistencial (médicos de familia) en lugar de por especialistas, lo que subraya que estos fármacos se utilizan de forma rutinaria para problemas de insomnio, ansiedad o malestar psicológico leve en consultas corrientes.
Este patrón de prescripción, muy extendido entre profesionales de atención primaria, implica que muchos pacientes inician tratamientos que luego se prolongan sin una evaluación periódica por parte de un especialista ni un plan estructurado de revisión o retirada, aumentando así el riesgo de uso prolongado, tolerancia y dependencia.
El síndrome de abstinencia de las benzodiacepinas
Uno de los grandes peligros de las benzodiacepinas es que, cuando la persona lleva un tiempo tomándolas de forma regular, no puede dejarlas de golpe sin arriesgarse a consecuencias muy serias. El síndrome de abstinencia asociado a estos fármacos es una realidad clínica grave, con síntomas físicos y psicológicos que pueden ser intensos, incapacitantes y, en algunos casos, potencialmente mortales.
Entre los síntomas más frecuentes se encuentran ansiedad intensa, insomnio de rebote, irritabilidad, agitación psicomotriz, hipersensibilidad sensorial (ruidos, luz, tacto), temblores, taquicardia, sudoración excesiva, náuseas y cefaleas. En cuadros más graves, especialmente en quienes han consumido dosis altas durante periodos prolongados, pueden aparecer síntomas neurológicos como alucinaciones, despersonalización, convulsiones o delirium.
La gravedad de este síndrome no se debe únicamente a la incomodidad que provoca, sino a que puede llegar a poner en riesgo la vida de la persona. Por eso, nunca debe interrumpirse el tratamiento con benzodiacepinas de forma brusca. Las guías clínicas son claras en esto: la retirada debe hacerse de forma gradual y siempre bajo la supervisión de un psiquiatra, que evalúe la historia clínica, el tipo y dosis de la benzodiacepina usada, y diseñe un plan personalizado de desescalada, que puede durar semanas o incluso meses.
Ignorar este proceso y simplemente "cortar por lo sano" puede resultar en un cuadro agudo que, en lugar de aliviar el problema, lo agrava. Además, un intento fallido de abandono puede reforzar la creencia de que la persona "necesita" esas pastillas para vivir, perpetuando así el círculo de dependencia.
¿Cómo se dejan las benzodiacepinas?
Dejar las benzodiacepinas no es cuestión de fuerza de voluntad, ni de dejar de tomarlas “porque sí” de un día para otro. Es un proceso clínico que requiere planificación, seguimiento médico y apoyo psicológico. El primer paso suele ser una evaluación completa por parte de un psiquiatra: se analiza qué benzodiacepina se está tomando (no todas tienen la misma potencia ni duración), en qué dosis, durante cuánto tiempo, y si hay otras sustancias o fármacos implicados.
La pauta de retirada se personaliza. En general, se recomienda empezar reduciendo la dosis total en un 10 % cada una o dos semanas, dependiendo de la tolerancia de la persona y la aparición de síntomas de abstinencia. Si, por ejemplo, una persona toma 2 mg de alprazolam al día, el psiquiatra puede pautar una reducción progresiva hasta 1,8 mg durante una o dos semanas, luego 1,6 mg, y así sucesivamente. En muchos casos, se sustituye la benzodiacepina de acción corta por una de acción más larga y estable, como el diazepam, que permite una retirada más suave. Esta fase puede durar meses.
Pero no basta con reducir dosis. En paralelo, el trabajo psicológico es fundamental, especialmente en casos donde la persona ha llegado a sentir que “no puede dormir sin pastillas” o que “necesita tomarlas para poder calmarse”.
Aquí entra en juego el papel del psicólogo cognitivo-conductual, que ayuda a la persona a recuperar habilidades que ha delegado en la pastilla: técnicas de relajación, manejo de pensamientos ansiosos, control de preocupaciones antes de dormir, y sobre todo, una buena higiene del sueño.

Luis Miguel Real Kotbani
Luis Miguel Real Kotbani
Psicólogo | Especialista En Adicciones
Esto implica, por ejemplo, enseñarle al paciente a no usar pantallas justo antes de acostarse, mantener horarios regulares, reducir estimulantes como la cafeína, y asociar la cama exclusivamente con dormir (y no con ver series, responder correos o preocuparse). También se entrena a la persona en técnicas de reestructuración cognitiva para detectar pensamientos que alimentan la ansiedad o el insomnio (“si no me duermo en 10 minutos será un desastre”, “mañana estaré fatal”) y reemplazarlos por mensajes más realistas y adaptativos.
Dejar las benzodiacepinas implica reaprender a dormir, y también reaprender a vivir sin depender de un fármaco cada vez que aparece la ansiedad. Es un camino que se puede recorrer, pero con estrategia y acompañamiento profesional. Soy Luis Miguel Real, psicólogo especialista en adicciones. Si tú o algún ser querido necesitáis ayuda para superar algún problema de adicción, poneos en contacto conmigo y empezaremos a trabajar en vuestro caso lo antes posible.


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