La violencia de en ámbito familiar puede afectar seriamente al desarrollo cerebral y psicológico de los niños y niñas. Public domain pictures

Los hijos e hijas de las familias en las que hay violencia de género son también víctimas de estas dinámicas destructivas. De hecho, las experiencias que viven en sus hogares afectan a su desarrollo neurobiológico, y la marca del trauma psicológico queda imprimida en su cerebro.

Por ello, entrevistamos al neuropsicólogo Javier Elcarte y la psicóloga Cristina Cortés, del centro de psicología Vitaliza, para conocer este fenómeno dañino que vincula violencia de género y maltrato infantil.

Entrevista a Vitaliza: el trauma infantil por violencia de género y su impacto en el cerebro

Javier Elcarte es psicólogo especializado en psicoterapia y neuropsicología, y Director del centro de Psicología Vitaliza, ubicado en Pamplona. Cristina Cortés es psicóloga especializada en terapia infanto-juvenil y psicología perinatal. En estas líneas les preguntamos acerca de la relación entre la exposición de los niños y niñas a la violencia de género en sus familias y el impacto que esto tiene en su desarrollo neurobiológico.

Muchas veces se habla de la violencia de género como si sus efectos no fuesen más allá del impacto que el agresor tiene en la víctima directa. ¿Qué supone para un hijo o hija de esta relación experimentar estos ataques en el momento en el que ocurren?

J.E.: En su informe del 2010, la ONU incluye en su definición de maltrato infantil los supuestos de maltrato físico o psicológico, abuso sexual, desatención, negligencia, exposición a violencia de la pareja, y explotación comercial o de otro tipo. Convenimos por tanto con Naciones Unidas que la violencia de género es una forma de maltrato infantil.

En el mismo sentido, la Academia Americana de Pediatría afirmaba en 1998 que ser testigo de violencia doméstica puede ser tan traumático como ser víctima de abusos físicos y sexuales, dado que los patrones de alteraciones de los niños y niñas expuestos a violencia son superponibles.

La exposición a la violencia en el núcleo familiar durante la infancia rompe la percepción de seguridad en las figuras de apego y se vive el contagio emocional tanto del agresor como de la víctima.

Javier Elcarte

¿Cuáles son las secuelas psicológicas más comunes que puede dejar en los más jóvenes la violencia de género?

C.C.: A falta de un modelo teórico sobre el impacto de la violencia de género en el desarrollo del cerebro y la personalidad del niño o niña, asumimos que este impacto no difiere del que presenta un niño o niña expuesto a maltrato o cualquier otro tipo de abuso o violencia.

En un interesante estudio, Berman compara el impacto en menores expuestos a violencia de género con respecto a menores expuestos a conflictos bélicos. Algunas de las conclusiones son muy significativas.

Entre los expuestos a violencia bélica había un “antes de”, feliz y normal, interrumpido por guerra. Los expuestos a violencia de género no conocían el “antes de”. Habían crecido en atmósfera de terror, no conocían la seguridad.

Los primeros presentaban un relato optimista, se sentían los afortunados por haber sobrevivido. En los segundos el relato era un compendio de dolor, tristeza y vergüenza. Para muchos los mejores momentos de su vida fueron en Casas de Acogida.

Para los primeros el enemigo estaba claramente definido. Mientras que los menores expuestos a violencia de genero presentaban una enorme ambivalencia con respecto al maltratador. Hay una desconfianza generalizada en las relaciones.

Además, en los primeros el dolor era compartido y público, y en los segundos el dolor era “silenciado”, vivido en aislamiento, ante la imposibilidad compartir el dolor con nadie.

Cristina Bernal

¿Este impacto psicológico se plasma solo en las emociones y en el comportamiento de los pequeños, o también altera físicamente el desarrollo de su cerebro?

J.E.: Un equipo de investigadores de la Escuela Politécnica Federal de Lausana dirigido por la profesora Carmen Sandi ha demostrado una correlación entre el trauma psicológico y cambios concretos en el cerebro, a su vez vinculados con el comportamiento agresivo, lo cual demuestra que las personas expuestas a trauma en la niñez no solo sufren psicológicamente, sino que además padecen alteraciones cerebrales.

Teicher afirma que el trauma crónico temprano parece afectar al neurodesarrollo si este ocurre durante el periodo crítico de formación cuando el cerebro está físicamente esculpido por la experiencia, dejando una marca indeleble sobre su estructura y funcionalidad.

Varios trabajos mediante resonancia magnética nuclear (MRI) confirmaron la existencia de una asociación entre maltrato temprano y la reducción del tamaño del hipocampo adulto. También la amígdala puede ser más pequeña.

En la década de los 90, J. Douglas Bremner y colaboradores encontraron que el hipocampo izquierdo de los pacientes abusados con trastorno de estrés postraumático era, de media, un 12% más pequeño que el hipocampo de los sujetos de control sanos, aunque el hipocampo derecho tenía el tamaño normal. Resultados similares encontraron Murray B. Stein de la Universidad San Diego de California y Martin Driessen del Hospital Gilead de Bielefeld, Alemania.

Por otro lado, Teicher, Andersen y Gield encontraron que en los adultos que habían sido abusados o abandonados, las partes medias del cuerpo calloso eran significativamente más pequeñas que las del grupo control. Estos resultados fueron confirmados por una investigación realizada con primates por Mara M. Sanchez de Emory.

La reducción del área o de la integridad del cuerpo calloso es el hallazgo neurobiológico más consistente en niños y adultos con antecedentes de exposición a maltrato, abuso o trauma en la infancia.

¿Qué pueden aportar los psicólogos al abordar en psicoterapia estos casos de niños marcados por la violencia en familias disfuncionales?

C.C.: Lo primero que tenemos que garantizar es la seguridad. Si el menor no se encuentra a salvo y protegido no se puede plantear ninguna intervención. Hay que proteger a los miembros vulnerables de la familia frente al agresor.

La intervención debe enfocarse de una forma sistémica. Hay que intervenir con la madre, ayudarle a recuperarse y a confiar en su capacidad de cuidar adecuadamente a sus hijos. Sacarla del estado de indefensión y que recupere su funcionalidad para que sus hijos puedan llegar a sentir seguridad en ella.

Seguridad en su capacidad de manejar la vida y protegerlos. Esta es la antesala de cualquier intervención.

En cuanto a las técnicas usadas para intervenir en el trauma de estos menores afectados por la violencia en la familia, ¿cuáles son las más utilizadas?

J.E.: El trauma de desarrollo, aquel producido por la falta de sincronicidad en las relaciones de apego básicas, lleva a una falta de regulación crónica tanto del cerebro, como de la mente y del cuerpo. Estos niños se desarrollan en estado de hiper o hipoexcitación y no tienen la capacidad de inhibirse a los estímulos irrelevantes, se mueven en un estado de alerta constante.

Si el aprendizaje de la regulación emocional no se realiza en las primeras fases de la infancia, tal como dice Van der Kolk, hay pocas posibilidades de que la experiencia posterior pueda incorporar la neuroplasticidad necesaria para superar los períodos decisivos del desarrollo.

Terapias como el biofeedback y neurofeedback permiten entrenar la regulación del sistema nervioso. Tal y como explica Sebern Fisher en su libro sobre trauma y neurofeedback: el neurofeedback ensancha el umbral de cerebro y facilita reforzar la resiliencia al estrés.

Un mayor nivel de regulación nos permitirá calmar con mayor facilidad los estados de activación y nos permitirá combinar dicha regulación con terapias específicas para trabajo con trauma, centradas en la experiencia corporal y en la huella dejada por dichas experiencias en el cuerpo. De esta manera podemos abordar con mayores garantías la desensibilización consciente al malestar producido por los sucesos traumáticos.

En nuestro centro de psicología Vitaliza combinamos por un lado el bio y neurofeedback y por otro el mindfulness como herramientas de regulación que nos permiten un procesamiento más eficaz del trauma a través de la intervención con EMDR.

¿De qué manera se produce el proceso de mejora de los niños y niñas? ¿Deben pasar muchos años para recuperar cierto bienestar?

C.C.: Si el crecimiento y el desarrollo se han producido en un entorno devastador, el trauma tiene un efecto acumulativo. Tanto las autopercepciones respecto a uno mismo como las percepciones de los demás son negativas y no se confía en nadie.

La secuencia evolutiva del desarrollo normativo se ve alterado y todo está impregnado por esa desregulación fisiológica.

Esto implica y requiere años de intervención, exigiendo un adecuado vínculo terapéutico, mucha paciencia y mucha destreza por parte del terapeuta.

¿Qué cambios de tipo legal y administrativo deberían producirse más allá del ámbito de la psicoterapia para que estos pequeños lo tengan más fácil para mantener una buena calidad de vida?

C.C.: Lamentablemente, en muchas ocasiones, el sistema de protección social, judicial e incluso terapéutico pueden contribuir a la retraumatización.

Cuando se permiten y se mantienen custodias con el maltratador o abusador, cuando los testimonios de los niños no son tenidos en cuenta y se considera que no hay pruebas suficientes para delimitar dichos contactos, la inseguridad de la víctima pervive en el tiempo.

Así, esa seguridad básica que no se tiene, esa inseguridad de fondo aumenta y muchos de estos niños viven sus vidas de forma autómata sin esperanza en nada ni en nadie.

La sensación de desprotección es lo único que persiste. Debemos escuchar, proteger al menor por encima del adulto. No olvidar jamás sus derechos.