En una relación de pareja no solo se encuentran dos personas. También se encuentran dos maneras de entender la familia, la intimidad, la crianza, el dinero, las celebraciones, los límites o aquello que consideramos una muestra de amor. Cuando, además, cada miembro procede de una cultura diferente, muchas de esas reglas invisibles pueden hacerse especialmente visibles. Lo cotidiano se convierte entonces en un espacio donde negociar no solo preferencias individuales, sino formas distintas de interpretar el mundo.
Construir una relación cuando cada uno viene de un mundo diferente
De esto hablamos con Camila Jaramillo Arciniegas, psicóloga clínica especializada en adultos y parejas, con experiencia entre Nueva York y Bogotá y atención en español e inglés. Su práctica incluye específicamente el acompañamiento a parejas biculturales y binacionales, así como a colombianos que viven en el exterior y atraviesan procesos de duelo migratorio, desarraigo o conflictos relacionados con la familia de origen. Su formación integra el psicoanálisis contemporáneo y el trabajo psicodinámico y de pareja.

Camila Jaramillo Arciniegas
Camila Jaramillo Arciniegas
Psicóloga Clínica | Adultos-Parejas | Colombianos en el País y Exterior | Bogotá-Online ES/EN
1. ¿Por qué dos personas de culturas distintas que forman una pareja terminan chocando por cosas que cada una considera, simplemente, «lo normal»?
Porque la normalidad tiene gafas culturales. Lo que cada uno llama «normal» no es evidente ni universal: es algo que aprendió tan temprano que se volvió invisible. Y lo invisible no se discute, se da por sentado. Por eso, cuando chocan, no lo viven como una diferencia cultural, sino como una discusión sobre quién tiene la razón: cada uno siente que su manera es la correcta y la del otro, un error.
Pienso en una pareja donde uno es estadounidense y el otro latino, viviendo en Estados Unidos, frente al daycare. Allá es normal que un bebé entre a los dos meses, en parte porque no existen las licencias prolongadas que sí hay en Europa o, hasta cierto punto, en Latinoamérica. Para el miembro que creció rodeado de familia —la mamá, la abuela, los primos en el jardín—, dejar a su hijo tan pequeño con un extraño no es un detalle logístico: duele y, muchas veces, reactiva el duelo migratorio. «Si estuviéramos en mi país, mi mamá lo cuidaría». Lo que para uno es lo esperable, para el otro es casi una pérdida.
El trabajo, entonces, no es que uno le gane al otro. Es aprender a leer esas gafas —las propias y las del otro—, ponerlas en diálogo y construir una tercera normalidad: la de esa pareja. No la de él, no la de ella. La que ellos crean juntos.
2. ¿Es cierto que una pareja bicultural vive «entre dos culturas» o pasa algo distinto?
En parte sí, pero la imagen de estar «entre dos culturas» se queda corta, como si fueran dos bloques fijos y la pareja quedara atrapada en el medio. Lo que ocurre es más vivo que eso.
Hay momentos en que sí toca cruzar del todo hacia el mundo del otro: cuando uno visita el país de su pareja o convive con su familia, entra en una cultura que al principio le resulta ajena y que, con el tiempo, se va volviendo familiar. Pero no siempre esa adaptación es tersa. Hay casos en que trae una fricción real, capaz incluso de romper la pareja. Pienso en culturas donde uno de los dos espera que su madre pase a vivir con ellos, algo que para el otro es sencillamente inaceptable. Ahí se abren renegociaciones de acuerdos que se habían hecho al comienzo y, si eso no se maneja con cuidado, genera conflictos profundos.
Pero en la cotidianidad no se trata de habitar una cultura o la otra, sino de ir armando algo propio: acuerdos donde se incorpora un poco de lo de uno y un poco de lo del otro. Celia Jaes Falicov lo describe bien cuando habla de que estas parejas no viven entre dos mundos, sino que construyen un tercer espacio, uno híbrido, con reglas que son solo de ellos.
Y hay un matiz que se olvida: cuando la pareja vive en un tercer país —digamos, una latina y un europeo en Estados Unidos—, la cultura del lugar de llegada también entra a jugar. Ya no son dos culturas dialogando, son tres: lo que trae uno, lo que trae el otro y lo que impone el país donde están construyendo su vida.
3. ¿Cuándo un conflicto es realmente cultural y cuándo la cultura es solo la excusa?
Hay conflictos que son claramente culturales y, por serlo, resultan fáciles de nombrar y de poner sobre la mesa. Pero muchas veces eso cultural se entreteje con algo más íntimo: el modelo relacional que cada persona trae desde su infancia. Cómo fue criada, la relación con su madre y con su padre, el clima emocional de su casa. Y ahí lo cultural y lo familiar dejan de ser separables.
Doy un ejemplo. Una mujer espera un buen regalo al comienzo de la relación y lo vive como algo natural; él responde que no está acostumbrado a ese tipo de peticiones. Suena a diferencia cultural. Pero, al explorar un poco más, aparece que en su casa él sintió que su padre fue explotado por su madre, que no había una cultura de gratitud entre ellos. Entonces, el pedido de un regalo ya no es solo cultural: toca una herida de su historia familiar.
Ahí entra la escucha clínica. Buena parte del trabajo es hacer las preguntas que permitan distinguir en qué terreno se está jugando el conflicto —el cultural, el individual— o, como suele ocurrir, cómo se combinan ambos.
4. ¿Cuáles son esos puntos de inflexión donde las parejas biculturales tienden a tener más conflictos?
Hay varios, pero uno de los más fuertes es la crianza: las pautas que se van a establecer con el hijo. Ahí las diferencias culturales, que quizás se habían podido negociar antes, de pronto se vuelven muy concretas.
Otro terreno delicado es la relación con las familias de origen. Muchas veces, uno de los dos —o los dos— no ha hecho el duelo necesario para separarse de su propia familia y poder fundar la suya. Entonces, la familia de origen sigue teniendo una influencia muy grande o viene a quedarse largas temporadas en la misma casa, y eso genera fricción.
Y hay un punto que llega más tarde y pesa mucho: el envejecimiento de los padres. Cuando los padres de uno empiezan a no estar bien, se abre un conflicto interno difícil. Hay que decidir si viajar, con qué frecuencia, si mudarse, si quedarse. Porque la persona ya tiene una vida y una pareja que también son su familia, y no puede simplemente abandonarla. Ese tironeo entre la familia de origen y la familia que se construyó es una de las tensiones más hondas que acompaño en consulta.
5. ¿Qué pasa con la familia extendida? ¿Cómo influyen los suegros o la familia de origen en la dinámica de una pareja bicultural?
La influencia es muy grande. Cuando la familia de origen viene a visitar a su hijo o hija, casi siempre se queda en la casa de la pareja, y esa convivencia suele pasar de dos semanas. Eso es un desafío no solo para la relación, sino también para el propio hijo o hija, que queda en medio.
Muchas veces, los suegros no entienden los códigos culturales del otro y rechazan esa terceridad que la pareja está construyendo. Es como si esa cultura nueva, la de los dos, no tuviera lugar para ellos.
Y hay algo que conviene nombrar: los suegros también tienen un duelo que hacer. Su hijo no se casó con alguien de su misma ciudad, de su misma cultura, de su mismo entorno. Se unió a un tercero que, además, muchas veces se lleva a su hijo a vivir lejos. Para ellos eso no es fácil, y parte de la fricción viene de ahí: de una pérdida que no siempre logran elaborar.
6. El idioma también entra en juego cuando uno de los dos no habla en su lengua materna con su pareja. ¿Qué se pierde o qué cambia cuando amamos en un idioma que no es el nuestro?
Como terapeuta, veo constantemente que comunicarse en una segunda lengua es emocionalmente mucho más complejo. Nada reemplaza a la lengua materna para expresar lo más profundo, lo más íntimo, eso que viene de la infancia. Aunque uno lleve veinte años viviendo en otro país y hable el otro idioma con fluidez, nunca será igual.
La investigación va en la misma dirección. La lingüista Aneta Pavlenko, que ha estudiado a fondo la relación entre bilingüismo y emoción, describe que la segunda lengua suele tener una carga afectiva menor que la materna. En quienes la aprenden más tarde, en contextos formales como el colegio o el trabajo, ese idioma queda asociado a una mayor distancia emocional, porque le faltaron las mismas oportunidades de condicionamiento afectivo que sí tuvo la lengua de la infancia. Dicho de otro modo: la lengua materna es la del cuerpo y del afecto temprano; la segunda, muchas veces, es la de la cabeza.
Y esto tiene dos caras en una pareja. Por un lado, esa distancia a veces protege: hay estudios que muestran que las personas bilingües sienten con menos fuerza las palabras difíciles o los temas incómodos en su segundo idioma. Puede ser más fácil decir algo doloroso en la lengua prestada. Pero, por otro lado, se pierde intimidad: las palabras de amor, de rabia o de ternura en un idioma aprendido a veces no terminan de sentirse propias, no tocan el mismo lugar.
Por eso, cuando acompaño a una pareja que se expresa en dos lenguas, parte del trabajo es reconocer que no siempre están sintiendo lo mismo aunque digan las mismas palabras. Y que la lengua en la que se pelean o se reconcilian no es un detalle: cambia lo que se puede decir y lo que llega de verdad al otro. De hecho, en la terapia bicultural, cuando trabajo en inglés y en español, muchas veces nos movemos entre los dos idiomas dentro de una misma sesión, simplemente porque para cada cosa hay una lengua que la dice mejor.
7. ¿Cómo cambia todo esto cuando llegan los hijos? ¿La crianza suele ser uno de los terrenos donde más chocan las diferencias culturales?
Sí, los hijos son un gran desafío. Cuando el hijo nace en el país de uno de los dos, naturalmente pesan más las prácticas de crianza de ese lugar. El miembro que no es de allí siente que sus propias prácticas quedan excluidas, que no pisa terreno firme para opinar sobre cómo criar. Es una posición incómoda: criar a tu hijo en un código que no es el tuyo.
Ahí entran también las familias de origen, que con frecuencia viajan a ayudar, porque pagar cuidado externo es costosísimo. La llegada de la mamá o la suegra es una gran ayuda, pero implica una convivencia prolongada que no está libre de fricciones, sobre todo en culturas donde es la madre quien dice cómo se hacen las cosas.
Dicho esto, algo que observo es que las parejas biculturales que acompaño suelen ser culturalmente más cercanas de lo que parece: europeos con latinos, angloparlantes o estadounidenses con europeos o con latinos. Hay fricción sobre los hijos, sí, y, sobre todo, una preocupación de fondo: que el hijo no esté bien bajo las prácticas que se están eligiendo.
Pero eso tiende a disminuir con el tiempo. Y baja, sobre todo, cuando los padres se dan cuenta de que están siendo suficientemente buenos padres: que el hijo tiene un vínculo seguro con ellos, que gatea hacia ellos y se pone feliz cuando los ve, que también construyó un apego sano con quien lo cuida durante el día. Todo eso calma las ansiedades que de por sí ya trae cualquier padre primerizo.
8. ¿Hay señales que distingan una diferencia cultural que se puede negociar de una que, en realidad, es incompatible con el proyecto de pareja?
En mi experiencia, cuando se trata de culturas muy distintas o sobre las que uno de los dos sabe muy poco, lo más importante es familiarizarse bien antes de tomar decisiones grandes. Recuerdo el caso de una pareja donde él era de India y ella colombiana; ella se fue a vivir allá y, cuando nació su primer hijo, le sorprendió mucho que fuera la suegra quien prácticamente imponía qué se hacía con el bebé. Quizás ella habría podido observar mejor, antes de mudarse, una sociedad en la que iba a quedar relegada y excluida en su papel de madre. Ese tipo de cosas no son un detalle negociable; tocan el lugar que una persona va a ocupar en su propia vida.
Más que una lista de señales, lo que revela si hay compatibilidad es la cotidianidad, conocer al otro en el día a día. Y ahí aparece una dificultad muy propia de estas parejas: muchas se conocen por internet, por una aplicación, y luego tienen que tomar decisiones muy rápidas —quién se muda, a qué país— para poder, por fin, compartir esa cotidianidad. A veces se comprometen muy pronto.
Eso despierta muchísima ansiedad en ambos, porque no terminan de saber quién es el otro, no solo como individuo, sino dentro de su contexto cultural. En el fondo, no saben del todo con quién se están casando. Son parejas que arman su proyecto de vida contra la marea y, por eso, conviene darle tiempo a ese conocimiento antes de que las decisiones se vuelvan irreversibles.
9. ¿Qué herramientas concretas ayudan a una pareja bicultural a construir «su propia cultura» en lugar de que gane siempre una de las dos?
Más que herramientas en el sentido de técnicas, lo que de verdad ayuda —con terapia o sin ella— es ser capaces de escucharse. Por más sencillo que suene, la gente viene a terapia de pareja a conocerse mejor: a tener un espacio de comunicación real que les permita entender cómo es el otro, ampliar la mirada y actuar de maneras distintas. Ver una óptica que antes no habían logrado ver.
Es el diálogo lo que les permite entenderse y construir su propia forma de relacionarse: una mezcla de las dos culturas, más la del lugar donde están. Pero tiene que ser un diálogo honesto, en el que cada uno pueda ser flexible para dar cabida a lo que el otro necesita, y viceversa.
En el campo terapéutico hay algo más que puede verse. Muchas veces, las personas traen al vínculo de pareja cosas que vienen de su infancia: de la relación con la madre o el padre, de lo que vivieron en su familia. Y quedan tan marcadas por eso que empiezan a ver a su pareja como veían a su mamá, por decirlo de algún modo. Ahí la comunicación se vuelve muy difícil, porque la pareja deja de ser la pareja. Y eso ya no tiene que ver con la cultura: tiene que ver con vivencias tempranas que se proyectan sobre el otro. La pericia del terapeuta está en ayudar a que ambos vean lo que realmente está sucediendo.
Cuando ese tipo de cosas se logran entender y los dos alcanzan a verlo, la forma de relacionarse cambia para siempre. La idea no es que dependan de una técnica, sino que eso movilice los recursos que la pareja ya tiene para tomar decisiones que los lleven a estar más cómodos.
10. ¿Cuándo conviene que una pareja bicultural busque terapia y qué puede trabajarse ahí que no se resuelve solo hablándolo en casa?
Hay una señal que para mí es crítica: cuando aparece la agresión, sea verbal o física. Muchas veces, se detona con la llegada de los hijos, en medio del desgaste y la ansiedad de esa etapa. Ahí es urgente buscar ayuda cuanto antes, porque ya no está en juego solo la pareja: hay un hijo de por medio.
Fuera de esas situaciones graves, hay un escenario muy propicio para la terapia: cuando la pareja lleva mucho tiempo tratando de arreglar las cosas y siente que ya no lo logra con sus propios recursos, pero todavía se aman. Esa mezcla —amor que sigue vivo, junto a un desgaste por conflictos de vieja data— es un buen momento para acudir a un tercero que pueda entrar a mover la situación.
¿Y qué se hace ahí que no se logra hablándolo en casa? Un terapeuta no llega a dar la razón ni a repartir culpas. Entra a aportar elementos de pensamiento, a ayudarles a explorar cómo son realmente sus conflictos: qué los detona, cómo, cuándo y dónde se dan, qué dinámicas se repiten. Es, en el fondo, una investigación sobre la dinámica relacional de la pareja, hecha a seis manos: las de ellos dos y las mías. Lo que se busca es entender esos conflictos para reducirlos, de modo que la pareja pueda volver a disfrutar de su cotidianidad, de su intimidad y concretar el proyecto de vida que quieren construir juntos.
11. Para cerrar, ¿qué le dirías a una pareja que siente que sus diferencias culturales son «demasiado grandes» para seguir juntos?
En primer lugar, que las parejas son libres. Estar en pareja es una elección, y quien quiera irse puede hacerlo; uno sigue mientras las cosas se sientan suficientemente buenas. No estoy ahí para unir ni para separar a nadie.
Dicho eso, hay un factor de fondo que conviene mirar: el proyecto de vida. Es uno de los pilares de ser pareja, poder estar de acuerdo en un proyecto común: dónde van a vivir, cuántos hijos quieren, en qué creencias los van a criar. La pregunta real no es si las diferencias culturales son grandes, sino si son demasiado grandes como para construir ese proyecto compartido.
Ahí lo que pesa es cuánto está dispuesto a ceder cada uno, cuánta flexibilidad hay de lado y lado. Y eso solo lo pueden saber ellos dos, hablándolo con sinceridad. El verdadero indicador de si pueden seguir juntos no es el tamaño de la diferencia, sino los acuerdos a los que logren llegar sin que ninguno tenga que sacrificar su esencia.
Por eso, cuando hay una relación con un tiempo considerable, con sentimientos de por medio, y están frente a decisiones grandes, vale la pena analizar todo esto acompañados. Un terapeuta puede ser ese tercero que les ayude a ver con claridad lo que está en juego antes de concluir que la diferencia es demasiado grande.

Camila Jaramillo Arciniegas
Camila Jaramillo Arciniegas
Psicóloga Clínica | Adultos-Parejas | Colombianos en el País y Exterior | Bogotá-Online ES/EN















