La violencia en el ámbito conyugal es una realidad que durante siglos se ha vivido con normalidad y solo ha llegado a cuestionarse en las últimas décadas. Esto hace que la psicología en general y la psicoterapia en particular hayan incluido este tipo de problemas en una de sus áreas de intervención prioritarias.

Para conocer la perspectiva de un experto acerca de la violencia en el ámbito de la pareja hablamos con el psicólogo Santiago Luque Dalmau, del centro de psicología Barnapsico, ubicado en Barcelona.

Entrevista a Santiago Luque: la violencia en el ámbito conyugal

Santiago Luque es Director del centro Barnapsico, psicólogo en la Fundació Assistència i Gestió Integral y especialista en reinserción de hombres que utilizan la agresión en sus relaciones familiares o de pareja. En esta entrevista habla del modo en el que se desarrolla la violencia en la pareja, y acerca de cómo los aspectos sociales y culturales afectan a este fenómeno.

¿Qué pueden hacer los psicólogos ante la violencia de pareja?

Lo primero es considerar qué causas originan este fenómeno. Uno de los elementos claves a considerar es que cuando se utilizan estrategias violentas que van desde las físicas a las psicológicas, todas ellas persiguen un objetivo común: conseguir controlar, cambiar, anular la voluntad o ideología de la otra parte.

Ello es debido a varios factores, pero el más importante es la incapacidad de aceptar la discrepancia de la otra parte, el que el otro tenga otras maneras de hacer, y/o pensar, y que en muchas ocasiones estas divergencias son vividas como una provocación (sin necesariamente serlo). Quien ataca suele justificar sus acciones desde el razonamiento de "me veo obligado a corregir o castigar a la otra parte por su error”.

A ello se pueden añadir otros factores de habilidades personales, como la falta de estrategias comunicativas y negociadoras, ideas distorsionadas sobre el mundo afectivo y de la pareja, o roles de género aprendidos, entre las más comunes.

Son muchos los recursos que la psicología ofrece a las personas que sufren estas problemáticas, pero en cada caso individual, el profesional que interviene debe dirigir sus esfuerzos a explorar qué valores o creencias mueven al sujeto y desde qué aprendizajes se activa la frustración que supone la discrepancia o la diferencia de actuación u opinión.

Muchas veces se habla de la dependencia del agresor por parte de las víctimas de violencia de pareja como si esta solo consistiese en una especie de “lavado de cerebro”. ¿Estás de acuerdo con esta visión del problema? ¿No hay acaso muchas veces una dependencia material causada por la falta de recursos de gran parte de las mujeres que son maltratadas?

Muchas relaciones tratan de mantenerse a toda costa. Cuando las expectativas e ilusiones chocan con la realidad que demuestra tener, es cuando se trata habitualmente de cambiar al otro o tratar de influir en el otro para transformarlo an aquello que el “yo” esperaba que fuese.

Cuando eso se dilata en el tiempo y no hay cesiones, pues ambas partes pueden pensar que sus ópticas son las únicas posibles, es cuando se crea una relación conflictiva, bien por ambas partes (reproches mutuos, discusiones), o bien mediante una relación de poder, si es más unilateral. Si no se toman decisiones en ningún aspecto y se persevera en mantener la relación es cuando puede generarse una relación de dependencia.

En el caso del agresor, generalmente su incapacidad de flexibilizar sus posturas mantiene su insatisfacción, y ésta a la vez se incrementa más. A partir de ahí surge la violencia hacia la pareja, pues se siente legitimado al considerarla culpable de su malestar y sufrimiento, por entender que no satisface sus expectativas. La fantasía irracional es, en este caso, aguantar hasta que el otro cambie según su ideal.

¿Cuáles son las formas en los que los agresores le quitan importancia a sus ataques y hacen ver que todo entra dentro de la normalidad?

En el ser humano es habitual que cuando se ejerce una conducta que socialmente está inaceptada o va en contra de los propios valores de quien las ejerce, se tienda a desarrollar los llamados mecanismos de defensa, introducidos y desarrollados por diferentes referentes de la psicología. De esta manera se evita ser blanco de las críticas o crear una discordancia con sus propios valores,

Los mecanismos habituales son los siguientes. Por un lado está la negación: se niega directamente que algo malo haya ocurrido. “Pero cómo voy a hacer yo eso”, “Yo no he hecho nada”, “Me acusan de algo que no es cierto”, “Eso lo ha hecho otro”...

En segundo lugar tenemos la coartada, que consiste en buscar cobertura que demuestre que la acción no ha podido ser ejecutada por el sujeto. “Estuve todo el día trabajando”, “Estaba enfermo y no me podía ni mover”, “Si de verdad le hubiera dado, la habría matado”, etc.

Luego está la culpabilización. Con este mecanismo se desplaza la responsabilidad al otro, al que se considera verdadero culpable de lo acontecido. “Que le pregunten a ella, que tiene la culpa”. “Me anda provocando continuamente”. “Ella lo pide", etc.

También existe la minimización: se pretende restar importancia, trascendencia o gravedad a los hechos. “No es para tanto, exageran”, “Sólo la insulté, nunca le he puesto la mano encima”, “Son peleas como las de cualquier matrimonio”.

Por otro lado tenemos la justificación. Se reconoce el hecho, pero se cree tener una explicación razonable para el mismo. “Fue sin querer”, “Se estaba pasando”, “Es la única manera para que me haga caso”.

A través del desprecio, se desprestigia a la víctima, el sujeto se cree más justificado en su acción negativa. “Sin mí, no sería nadie”, “Es una descuidada y no atiende a la casa”, “se pone como una loca“.

La deshumanización es algo parecido a lo anterior. El desprecio llega al extremo de olvidar cualidades humanas. “Son como animales”, “Viven como perros”, “Aguantan lo que les echen”, “Está loca como una cabra”.

También encontramos el "Sí, pero no tuve más remedio". Hace referencia a la imposibilidad del sujeto a actuar de otro modo, al condicionamiento al que estaba sometido y a la falta de libertad en la elección. “No podía hacer otra cosa”, “Se había puesto en un plan... que era imposible”, “Las palabras no le bastan”.

Finalmente está el "Sí, pero no quería hacerlo". El sujeto se desvincula de su acción en cuanto a su voluntad “Tuve un arrebato”, “No pretendía hacerle daño”, “Sólo quería asustarla para que escarmentara”.

En la violencia en el ámbito doméstico, como no podía ser de otra forma, sucede lo mismo. El individuo que ejerce violencia sobre su pareja, utiliza la mayoría de dichos mecanismos, motivado principalmente para evitar la culpa y evitar tener que afrontar una realidad que el sujeto, en la mayoría de casos, no sabe cómo gestionar.

Por lo que se sabe, ¿es cierto que hay diferencias entre mujeres y hombres a cuando adoptan el rol de agresor o agresora en la violencia de pareja?

Este tema siempre ha generado un amplio debate y polémica. La agresividad, nos guste o no, es común a la especie humana, como modelo de gestionar los conflictos, para defender o imponer en los casos extremos, y cuando fallan el resto de recursos. Lo que sí que las estadísticas sacan en claro, es que la violencia más grave, más extrema, y más frecuente la ejerce mayoritariamente el hombre. Los estudiosos en el tema así lo demuestran en sus investigaciones.

Un simple dato, ¿quién ocupa la mayoría de las prisiones? Cada vez hay más estudios que atribuyen este dato, y otros similares, al llamado machismo. El propio machismo también afecta a las mujeres, porque desde este modelo se les dice cómo han de comportarse. Tanto los hombres como las mujeres que no asuman los roles tradicionales serán criminalizados por el propio sistema machista. El machismo por otro lado no es un concepto estático, también es presa de las modas y de los momentos sociales por los que pasa, pero en esencia reserva los mismos papeles básicos para cada sexo y lo que cambian solo son las formas.

A menudo se percibe la ostentación de la masculinidad como algo admirable desde el mundo masculino, que no es necesario revisar. Pero si se hace un análisis profundo de lo que implica realmente, podemos encontrar verdaderas sorpresas, y descubrir que es un dogma que esclaviza al sujeto en un ideal inalcanzable y poco realista para la mayoría de los hombres y que no conecta con la esencia real de éste.

Es desde este fenómeno y desde estos roles que la violencia es admitida como propia y natural en el rol masculino. Y hasta no hace tanto, era legitimada por la sociedad (que tradicionalmente ha tenido una visión masculinizada en su conjunto), como un método aceptable en último extremo para resolver conflictos (las propias guerras son un ejemplo de ello).

Desde esta realidad social es razonable que un contexto como el hogar se gestionara de forma similar, y con el poder que se le otorgaba al hombre, utilizaba el recurso que desde pequeño ha visto que se reproducía con excesiva naturalidad y que pocos se atrevían a cuestionar, como modelo de resolución para mantener el orden y la autoridad.

En este sentido ha habido en las últimas décadas un cambio de perspectiva, aunque en el mundo masculino se arrastran unas inercias históricas. ¿Cómo puedo mantener “el orden” sin utilizar la fuerza? ¿Qué uso entonces, cómo actúo?

También hay quien tiene la violencia interiorizada como un estilo de gestión de conflictos al no haber aprendido en su bagaje experiencial otros recursos más prosociales. Quien tiene interiorizada y legitimizada esta violencia como justificable es el hombre. De pequeños los hombres absorben el modelo patriarcal como propio, el cual legitimiza la violencia como estrategia última para conseguir los objetivos. En la mujer tradicionalmente ha estado mal visto. Aun y así hay mujeres que pueden usar otras estrategías con matiz más psicológico. En menos frecuente que la mujer emplea la violencia física.

¿Es frecuente que una persona que ha sido víctima de violencia de su pareja se recupere rápidamente y casi sin ayuda una vez que el sujeto agresor ya no forma parte de su vida?

Normalmente este factor depende tanto del grado de violencia vivido, como del tiempo al que ha estado sometido, incluso de qué vivencias se han tenido anteriormente a los episodios de violencia. Muchas veces no es tanto la violencia física (aunque también pesa evidentemente), sino la violencia psicológica ejercida sobre la víctima, o las consecuencias psicológicas que tiene sobre la victima la propia violencia física.

En muchas ocasiones, en los casos más extremos dentro de esas variables, la persona puede quedar afectada de por vida a nivel emocional y de autoestima. No olvidemos que la principal consecuencia sobre la víctima es la alteración de su estado de ánimo y su autoconcepto (autoestima), llegando a sentirse anulada como persona.

La víctima se desdibuja en relación al agresor. Por decirlo así pierde “el norte”, no sabe defender sus criterios porque llega a creer que son equivocados, hasta el punto de quedar anulada la propia voluntad o capacidad de reacción, así como su capacidad de diferenciar lo correcto o lo adecuado, o que sus criterios pueden ser tan válidos como los de otra persona. A menudo este estado anímico es aprovechado por el propio agresor para legitimar sus acciones, sin ser consciente de que probablemente lo ha generado él mismo con los años. Por supuest,o en mayor medida no se llega a esos extremos, pero lo cierto es que de no parar ese proceso, puede llegar a ellos.

En general, y por suerte, en la mayoría de los casos que se tratan con un tratamiento psicoterapéutico adecuado la víctima suele recuperarse. Aunque eso sí, puede darse un proceso lento y requiere por parte de la víctima constancia e implicación, como en la mayoría de afectaciones psicológicas.

¿Crees que la visibilización de la violencia de pareja cono un problema grave ha ayudado a combatir este fenómeno?

Sin lugar a dudas, cualquier aspecto que se visibiliza, permite un debate y posibles soluciones. Lo que no se evidencia, sencillamente se vive como algo que no existe. La sociedad tiende a ignorar lo que no se evidencia que exista, que sea importante, que se entienda y que realmente tenga alguna repercusión sobre las víctimas, y se tienden a crear mitos y leyendas urbanas por falta de suficiente información. Otro tema es que, aunque haya información, la solución sea rápida o suficientemente eficaz.

En lo relativo a los programas de reinserción de maltratadores y maltratadoras, ¿hay algo en especial acerca del funcionamiento del sistema penitenciario que creas que está actuando como un obstáculo, que dificultan que esas personas dejen de atacar a sus parejas?

Es difícil incidir en la mente humana, y más aún cuando los aspectos de la personalidad dependen de tantos factores, personales, sociales, coyunturales y sobre todo por el conjunto de creencias que mueven al individuo y que se interrelacionan para determinar sus acciones. El verdadero cambio (o mejor dicho, “evolución”) de la persona depende de su compromiso consigo misma. A lo largo de mi trayectoria profesional, he visto cambios muy interesantes en personas, pero fundamentalmente porque se han dado cuenta que sufrían ellas mismas y hacían sufrir a los demás, y desde esa realidad han tenido el coraje y la constancia de redescubrirse a sí mismos.

Los programas de rehabilitación siempre se verán condicionados por la implicación de los sujetos que participan. Lo que sí es cierto es que a mayor tiempo y dedicación, mayor es el logro.

¿Y cuáles son las herramientas más potentes que podemos darles a las víctimas para que vean que salir de esa situación es una opción realista?

Hay muchas, aunque una de las que se me ocurre en este momento, es ver testimonios similares con los que la víctima se pueda identificar, y ver que esas personas estaban algún momento de su vida pasando por un proceso similar. Ver también que otras personas sienten cosas similares las ayuda a no sentirse tan “inhábiles”, pues la víctima incluso es víctima de su culpabilización del problema, aún no siéndolo. El hecho de constatar que esas personas salieron “del hoyo”, permite albergar esperanzas.