Uno de los debates más importantes a la hora de abordar la evolución de la inteligencia humana consiste en si los humanos hemos desarrollado una sola inteligencia general (o g) o, por el contrario, una inteligencia dividida en un conjunto de especializaciones.

Parte de la literatura atribuye la primera a los humanos y la segunda a animales no humanos, pero como siempre en ciencia, no todo es tan sencillo y hay estudios que aportan datos en contra de esta idea.

Sobre este debate, Judith M. Burkart y sus compañeros de la universidad de Zurich elaboraron, en 2017, una revisión en la que evalúan la presencia de g en animales no humanos y exploran las implicaciones de ésta sobre las teorías de la evolución de la cognición.

¿Cómo es la inteligencia de humanos y animales?

En humanos, podemos entender inteligencia por la habilidad de razonar, planear, resolver problemas o pensar de forma abstractiva, entre otras capacidades. En animales se ha definido más bien por la capacidad de adquirir conocimiento del entorno físico o social y usarlo para resolver problemas nuevos.

Pero ¿qué quiere decir que una especie dispone de inteligencia general? A nivel empírico, se habla de inteligencia general cuando los individuos de la especie puntúan de forma parecida en diferentes tipos de tareas cognitivas (como pueden ser tareas de razonamiento causal o aprendizaje social), dando lugar al famoso factor g. O, dicho de otro modo, que haya una correlación significativa entre unas puntuaciones y otras.

Es lo que se conoce como positive manifold, y es el gran argumento a favor de la presencia de g en humanos. Otro es la correlación de g con el tamaño del cerebro, volumen de materia gris y grosor cortical, además de éxito escolar y en el trabajo, entre otros. Resumiendo, la presencia de una inteligencia carácter general en humanos está representada por el factor g y encuentra respaldo tanto en la neurobiología como en características de la vida de los individuos.

La alternativa o, quizá complementaria visión de la inteligencia general es hablar de una inteligencia modular. Una inteligencia basada en módulos especializados para diferentes habilidades cognitivas. La base evolutiva detrás de este concepto consiste en considerar estos módulos como adaptaciones cognitivas a problemas que se han repetido durante un largo período de tiempo en el curso de la evolución de una especie.

Bajo este contexto se habrían canalizado soluciones para estos problemas por selección natural. Un ejemplo sería que una especie desarrollara una gran memoria espacial cuando históricamente ha necesitado encontrar comida en territorios grandes y complejos. Por tanto, según esta visión, las mentes humana y animal pueden considerarse un conjunto de especializaciones que surgieron para dar respuesta a problemas específicos del entorno.

Antiguamente se defendía un concepto de mente modular muy estricto, con módulos, o inteligencias independientes que procesan la información con “canales de entrada” distintos. Esta visión es totalmente incompatible con la presencia de una inteligencia general en un mismo individuo. Sin embargo, recientemente muchos autores proponen la compatibilidad de estos módulos con un “sistema central” de procesamiento de la información y, a su vez, con una inteligencia general.

Pero si este sistema central sólo se ha demostrado en humanos, la pregunta clave referente a la evolución de la inteligencia general sería cómo ésta ha surgido, durante el curso de la evolución humana, por encima del sistema modular previamente existente. Para responder esta pregunta es necesario indagar en las características cognitivas de los animales no humanos.

Inteligencia general en animales no humanos

La gran mayoría de estudios que han tratado de encontrar g en animales no humanos se han llevado a cabo principalmente en roedores y primates, especialmente grandes simios. En roedores la presencia de g parece ser bastante robusta, con estudios que examinan hasta 8 tareas diferentes en ratones y ratas. En cuanto a primates no humanos, los resultados han sido más bien mixtos:

Algunos estudios, principalmente centrados en chimpancés, han encontrado alternativas al factor g para explicar la inteligencia de esta especie. Un ejemplo es el de Esther Herrmann y colaboradores que, aplicando tests de inteligencia parecidos en chimpancés y niños humanos, encuentra que ésta se organiza de manera diferente en las distintas especies. La actuación de los niños se explicó mejor a través de tres distintos módulos, o inteligencias (espacial, física y social). Por otro lado, la “inteligencia chimpancé” se explicaba mejor a través de dos factores: uno espacial y un segundo que agrupaba tanto las tareas físicas como sociales).

Estudios posteriores como el de Herrmann y Call y Amici y colaboradores encuentran resultados parecidos (no presencia de g) en chimpancés y a nivel interespecífico, respectivamente.

Contrariamente, otros autores han defendido la presencia de inteligencia general en chimpancés después de encontrar características compartidas con los humanos. William D. Hopkins y colaboradores de la Georgia State University encontraron que la inteligencia es, en gran medida, hereditaria en chimpancés. Además, el factor g ha sido relacionado con cerebros más grandes y mayor grosor cortical en esta especie, y Beran y Hopkins encontraron una fuerte correlación entre g y puntuaciones en tareas de autocontrol.

Aunque la presencia de g en grandes simios siga siendo discutida, estos estudios plantean la posibilidad de que la inteligencia general no sea exclusiva de la especie humana. A favor de esta idea, la mayoría de los estudios que han investigado la presencia de inteligencia general a nivel interespecífico (o G) encuentra evidencias a favor de ésta.

Entonces, ¿cómo ha evolucionado la inteligencia general?

El hecho de que gran parte de los estudios apoyan la presencia de inteligencia general en roedores y primates nos lleva plantearnos que ésta se ha desarrollado en algunos linajes por encima o, tal vez a la vez, que las capacidades específicas adaptativas, teóricamente más fáciles de moldear por la selección natural.

Aquí entra en juego un componente que se ha visto directamente correlacionado con la inteligencia general: el tamaño del cerebro. Así como capacidades específicas (por muy sofisticadas que puedan llegar a ser) no han requerido de una gran expansión cerebral, parece ser que aquellas especies que poseen más inteligencia general han necesitado un incremento importante de tejido cerebral.

Pero, ¿cuáles son las condiciones que han llevado estas especies a poseer estas capacidades? Una propuesta que trata de responder esta pregunta es la cognitive buffer hypothesis, que considera la innovación y el aprendizaje dos motores principales para desarrollar una inteligencia general. En base a esta idea, especies cuyo ambiente suele cambiar o volverse impredecible habrían requerido una inteligencia general para hacer frente a dificultades ecológicas inusuales o cambiantes. Ejemplos a favor de esta teoría serían la correlación entre especies más innovadoras y con más presencia de G en primates, o el hecho de que se haya encontrado más proporción de “éxito colonizador” en especies con más cerebros más grandes (incluyendo pájaros, mamíferos, anfibios, reptiles y peces).

Si nos creemos esta hipótesis, lo lógico sería preguntarse por qué no todas las especies han acabado desarrollando esta inteligencia que les permitiría adaptarse a todo tipo de ambientes. Pues bien, la respuesta está en los grandes costes que tiene. La expansión cerebral que requiere este tipo de adaptación conlleva un coste energético enorme (recordemos que, en humanos, el cerebro puede llegar a consumir hasta el 20% de energía que requiere todo el organismo) que, además también necesita un ralentizamiento del desarrollo físico y cerebral a nivel ontogenético.

Bajo estas condiciones, sólo especies capaces de proporcionar cuidados especiales y duraderos por parte de adultos a las crías tendrían la capacidad de permitirse tal sacrificio. En este escenario jugarían un papel importante tanto la ausencia de constantes depredadores que amenacen la supervivencia de los adultos como los cuidados alomaternales (cuidados a la cría por parte de, además de la madre, otros individuos del grupo) que presentan muchas especies, especialmente primates.

Esta explicación coincide con la conocida hipótesis de la inteligencia social de Michael Tomasello en darle importancia al aprendizaje social y responsabilizarlo, en buena medida, de la expansión cerebral y las altas capacidades cognitivas de la especie humana.

Concluyendo, esta revisión nos lleva a aceptar (o cuanto menos considerar) la compatibilidad entre capacidades cognitivas especializadas e inteligencia general. Llegados a este punto quizá sería más interesante y acertado preguntarnos qué habilidades emergieron por especializaciones y cuáles son el resultado de una posterior adaptación gracias a la flexibilidad cognitiva que acompaña la inteligencia general. En esta dirección, y como siempre en ciencia, más estudios comparativos son necesarios para comprender cuándo y por qué evolucionó g.