Desde hace milenios, ciertos tipos de drogas han sido utilizados para experimentar alucinaciones por motivos rituales, religiosos o incluso por simple ocio. Si a esto le sumamos el hecho de que hay varias enfermedades neurológicas capaces de hacernos ver cosas que realmente no están ahí, es fácil creer que una alucinación es, en el fondo, una interferencia causada por algo externo; un elemento que no debería estar en un cerebro en su estado óptimo y que se ha colado en este para alterar el funcionamiento neuronal.
Pero cada vez hay más evidencias de que las alucinaciones están más cerca del estado “natural” del cerebro de lo que puede parecer. Entre otras cosas, porque pueden aparecer a voluntad y sin necesidad de tomar sustancias psicodélicas, al menos en algunos casos. Y hay un ejemplo reciente que muestra este extraño fenómeno con todo detalle.
Se trata del caso de una mujer de 37 años que ha sido documentado científicamente y publicado en la revista NeuroImage. Esta persona, a la que el estudio se refiere como AVP para mantener su anonimato, es capaz de entrar en un estado alterado de consciencia lleno de alucinaciones en cuestión de segundos y sin necesidad de consumir LSD, psilocibina ni otras drogas con efectos similares.
Aunque probablemente no es el único ser humano que puede experimentar algo así, sí que es la primera vez que el fenómeno ha quedado registrado con un gran nivel de detalle mediante técnicas de neuroimagen que monitorizan la actividad cerebral. Esto significa, entre otras cosas, que el estudio muestra evidencias relativamente objetivas de que esta mujer tiene razón cuando dice ser capaz de alucinar a voluntad. Además, la manera en la que esta persona ha llegado a desarrollar esta habilidad tiene particularidades muy interesantes.
Lo que las alucinaciones "a voluntad" le hacen al cerebro
Según informa el artículo científico, AVP ha aprendido por su cuenta a entrar en un estado en el que aparecen patrones visuales muy definidos, motivos geométricos, pulsaciones de color y una vivencia alterada del espacio.
Eso sí, lo que esta persona es capaz de hacer con su cerebro no consiste simplemente en “ver cosas sin sentido”. La experiencia incluye una sensación de expansión mental, una disminución de los límites corporales y una percepción del tiempo descrita como una especie de presente continuo. En otras palabras: no solo cambia lo que ve, sino también la manera en que AVP se siente a nivel espacio-temporal.
Este último detalle es importante, porque muchas veces hablamos de las alucinaciones como si fueran únicamente imágenes falsas superpuestas a la realidad. Pero, en realidad, los estados no ordinarios de conciencia suelen ser más complejos y no tienen por qué incluir una diferencia clara entre lo real y lo que solo existe en la alucinación. Estas vivencias pueden alterar la percepción, la emoción, la identidad, la memoria corporal y la sensación de estar “aquí y ahora”. Algo parecido se ha descrito en experiencias psicodélicas ligadas a drogas como el LSD o la ayahuasca, así como en ciertas vivencias meditativas, místicas o de trance.
Para estudiar este caso, los investigadores recurrieron a neuroimagen funcional, una técnica que permite observar cambios en la actividad y conectividad cerebral mientras la persona realiza una tarea en un contexto de laboratorio.
Lo que los investigadores observaron a lo largo de 20 ensayos fue una reorganización notable en varias etapas: durante la transición hacia el estado visionario, la conectividad cerebral se volvió más variable, como si el sistema estuviera saliendo de su configuración habitual; después, una vez estabilizado el trance, disminuyó la comunicación entre ciertas redes sensoriales, especialmente visuales y somatosensoriales, mientras aumentaba la conectividad en regiones frontoparietales, las cuales están relacionadas con el control de las funciones ejecutivas (planificar, tomar decisiones, reprimir impulsos…).
Dicho de un modo más sencillo: su cerebro no parecía estar “apagándose”, sino cambiando de organización interna. En cuestión de pocos minutos, algunas zonas vinculadas a la relación habitual con el cuerpo y el entorno reducían su acoplamiento, mientras que otras asociadas al control interno ganaban protagonismo. Esto encaja con una idea cada vez más presente en neurociencia: la conciencia no depende de un único “centro”, sino de la coordinación dinámica entre redes cerebrales. Y cuando esa coordinación cambia, también puede transformarse radicalmente nuestra manera de percibir la realidad. Por otro lado, la mujer no parecía quedar atrapada en esas visiones ni confundirlas de manera permanente con la realidad ordinaria. Podía entrar y salir del estado, describirlo y colaborar con los investigadores en tiempo real.
El cerebro construye su propia realidad
Estos resultados encajan muy bien con investigaciones anteriores, en las que se muestra cómo la mente humana genera alucinaciones constantemente, normalmente sin que nos demos cuenta. Son situaciones tan comunes y triviales que no suelen pasar por el umbral de lo que consideramos digno de atención: cuando nos parece haber visto u oído algo que realmente no está ahí, por ejemplo. Y en muchos casos, estos “errores” de la percepción están guiados por la sugestión, o por las ganas de querer ver algo que no existe. Quizás el ejemplo de esta mujer de 37 años muestre tan solo algo normal llevado al extremo, en vez de una habilidad totalmente nueva.
Aunque su caso es especial por otro motivo: AVP es una persona con sinestesia, lo cual significa que, en algunas personas, un estímulo de una modalidad sensorial puede desencadenar una experiencia asociada a otra: un sonido hace que aparezca un color en el campo visual, o un sabor genera un sonido. Es posible que esta predisposición a que se crucen los “cables” de la información sensorial tenga un papel en su habilidad de generar estímulos sensoriales que no están desencadenados por algo externo al cuerpo. Al menos, parece que le dio ventaja al empezar a entrenar esta capacidad a los 24 años, ya que esas impresiones ficticias (por ejemplo, el ver una mancha de color verde cuando suenta una nota musical) le ofrecieron una materia prima con la que empezar a practicar el arte de alucinar figuras y otras sensaciones.
¿Existen más casos así? Los estados alterados de consciencia sin drogas
Es muy probable que AVP no sea el único caso de un ser humano capaz de vivir alucinaciones a voluntad y sin estar en un estado de sueño lúcido. Existen investigaciones previas a esta que profundizan en el tema de los AICT, o “trances cognitivos autoinducidos” (aunque estos estudios no incluyen monitorizaciones a través de neuroimagen).
En esta clase de experiencias, una persona es entrenada para entrar en un estado alterado de consciencia caracterizado por alucinaciones y cambios en la manera de sentir la conexión con el propio cuerpo. Pero mientras que AVP ha aprendido a generar alucinaciones por su propia cuenta, estos casos de AICT son facilitados por un protocolo desarrollado a partir de la artista francesa Corine Sombrun, quien a su vez se inspiró en rituales chamánicos mongoles en los que se usan instrumentos de percusión para facilitar la entrada en trance.
Sombrun ideó una manera de prescindir del uso de instrumentos para, usando solo vocalizaciones y patrones de respiración, llegar a un estado alterado de consciencia con características psicodélicas. Eso sí, la versión “para principiantes” de este protocolo de inducción al trance incluye bucles sonoros grabados y reproducidos mediante auriculares o altavoces, por lo que el proceso no se apoya únicamente en la introspección.
















