Hay amores que persisten no porque funcionen, sino porque sostienen algo del sujeto. Amores que no prometen felicidad, pero sí compañía; que no garantizan reciprocidad, pero ofrecen una escena donde cada quien ocupa un lugar conocido. En la clínica, este tipo de lazos aparece con frecuencia: vínculos atravesados por infidelidades, desencuentros, silencios afectivos o una sexualidad empobrecida, que, sin embargo, se mantienen en el tiempo. ¿Por qué alguien elige quedarse ahí? ¿Qué se sostiene en esos amores que parecen no dar lo que prometen?
Desde el psicoanálisis, el amor no se piensa solo como sentimiento, sino como una forma de lazo que organiza el deseo y el goce. Freud mostró que la elección de pareja no es casual: en ella se juegan marcas inconscientes, modos singulares de amar, de pedir y de sufrir. No se ama “a cualquiera”, ni se ama “como se quiere”: se ama desde una historia que insiste, aun cuando duela.
Lacan radicalizó esta idea al proponer que en el amor se ofrece lo que no se tiene: se ama desde la falta. Esto vuelve al lazo amoroso una experiencia inevitablemente fallida, atravesada por malentendidos. No hay complementariedad perfecta entre dos sujetos; hay encuentros que rozan, que no encajan del todo. Y, sin embargo, el amor… aun con fallas, aun con heridas, aun con la sensación de que algo no cierra.
Amar desde arriba
En la experiencia clínica se observa a veces una posición particular: quien ama se ubica en un lugar de superioridad afectiva. “Yo sé amar”, “Yo entiendo más”, “Yo perdono”. El partenaire aparece entonces como el torpe, el que no llega, el que falla. Esta escena no es solo un malestar; es también una forma de sostener la propia imagen. Amar “mejor” que el otro permite sentirse en ventaja, conservar una identidad que protege del derrumbe narcisista.
El perdón, en este contexto, no es únicamente un gesto ético: puede volverse un modo de sostener el lazo sin interrogar la propia elección. Perdonar una infidelidad o tolerar la falta de compromiso afectivo no implica necesariamente sumisión; a veces implica conservar un lugar privilegiado: el de quien comprende, el de quien aguanta, el de quien “es mejor persona”. El sufrimiento no se reduce al dolor: también produce un beneficio silencioso.
La queja que no pide
Otro rasgo frecuente es la queja que no se articula como demanda de cambio. Se dice “me duele”, “no se esfuerza”, “no me elige lo suficiente”, pero el decir no empuja a una transformación. La palabra funciona como descarga: alivia, pero no modifica la escena.
Aquí aparece una paradoja: decir el malestar puede ser la manera de que nada cambie. La queja mantiene vivo el relato del agravio y, a la vez, preserva el vínculo. No se trata de que la persona “no quiera cambiar”, sino de que el lazo, tal como está, cumple una función en su economía psíquica.
El encuentro evitado
La sexualidad empobrecida o intermitente en algunas parejas no siempre es un problema a corregir; a veces es una solución inconsciente. El encuentro sexual confronta con el cuerpo del otro, con el goce, con la desigualdad de los deseos.
Mantener el vínculo en un registro más afectivo o moral puede preservar una escena idealizada del amor.
Amar desde un lugar “alto” —el de quien da, comprende y perdona— puede ser una manera de evitar la vulnerabilidad del deseo. Desear implica arriesgarse a no ser correspondido, a no ser suficiente, a quedar expuesto. Amar desde arriba reduce ese riesgo: el otro siempre queda en falta.
¿Por qué el amor… aún?
Porque no se sostiene solo por lo que el otro da, sino por lo que cada quien obtiene al ocupar un lugar en el lazo. Hay amores que sostienen identidades: el/la que aguanta, que perdona, que no abandona. Hay amores que permiten no estar solos, aun al precio de estar mal acompañados. Hay amores que conservan una escena conocida, aun cuando esa escena haga sufrir.
El psicoanálisis no propone “salir” del vínculo como consigna. No moraliza la permanencia ni prescribe la ruptura. Propone, más bien, escuchar qué se goza en ese amor que no funciona. ¿Qué lugar me da amar así? ¿Qué pierdo si dejo de ocuparlo? ¿Qué de mi deseo queda desplazado cuando el problema se localiza siempre en el otro?
Una ética de la pregunta
En una época que invita a optimizar la vida afectiva (relaciones sanas, vínculos funcionales, amor propio como consigna), el psicoanálisis introduce una incomodidad: no todo malestar es un error a corregir; a veces es el precio de una elección inconsciente. La pregunta no es “¿debería quedarme o irme?”, sino ¿qué se sostiene de mí en este modo de amar?
El amor no garantiza la felicidad. A veces apenas garantiza una escena donde no caer. Por eso el título insiste: el amor… aún. Aun cuando falla, aun cuando no colma, aun cuando duele. El trabajo subjetivo no consiste en forzar un final feliz, sino en abrir la posibilidad.
de escuchar la propia implicación en lo que se repite. Cuando algo de esa ganancia se vuelve decible, el lazo puede transformarse —o no—, pero el sujeto deja de quedar capturado sin saber por qué.

Laura Migale
Laura Migale
Psicóloga/Psicoanalista especialista en ansiedad, relaciones y autoestima en Barcelona.
Amar no es encontrar el complemento perfecto; es arreglárselas con la falta. A veces, ese arreglo se vuelve rígido y duele. Otras, se vuelve una oportunidad para interrogar lo que nosotros mismos ponemos en juego al amar. El amor… aún: no como promesa de plenitud, sino como escena donde cada quien puede empezar a escucharse.


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