Hay infidelidades que encajan perfectamente con una explicación sencilla. Ese tipo de explicaciones que encajan con nuestras ideas preconcebidas: conflictos acumulados, deseo sexual apagado por una de las partes, resentimiento y ganas de venganza... Es una de mas maneras más estereotípicas de representar esta clase de crisis en novelas, series, películas y demás productos culturales de consumo masivo.
Pero hay otras formas de infidelidad que dejan a la pareja (y a veces también a quien ha sido infiel) en un desconcierto más profundo: “¿por qué lo hago, si quiero a mi pareja?”, “¿por qué vuelvo a caer, si no quiero perder lo que tengo?”. En esos casos, la infidelidad no siempre habla de una relación totalmente rota en el sentido de que hay una de las partes que no tiene ningún interés por mantener ese vínculo afectivo. A veces habla de una persona que ha aprendido a regular su deseo, su miedo, su autoestima o su necesidad de libertad de una forma que daña el vínculo.
Las investigaciones recientes apuntan precisamente en esa dirección: la satisfacción de pareja importa, pero no lo explica todo. Hay factores individuales relativamente estables, como el apego, la orientación sociosexual, ciertos rasgos de personalidad o la historia relacional temprana, que pueden aumentar el riesgo de infidelidad incluso en parejas que, desde fuera, parecen felices.
La repetición de la infidelidad como patrón aprendido
Uno de los hallazgos más incómodos de la ciencia psicológica actual es que la infidelidad previa predice la futura. En un estudio longitudinal, Knopp y colaboradores encontraron que las personas que habían sido infieles en una relación tenían más probabilidades de volver a serlo en una relación posterior, incluso con otra pareja y en otro contexto vital. No significa que nadie esté condenado a repetir su conducta, pero sí que la experiencia previa puede rebajar ciertas barreras internas.
La primera infidelidad suele exigir una negociación moral intensa: ocultar, justificar, dividir la vida en compartimentos. Cuando eso ya ha ocurrido, la segunda vez puede resultar psicológicamente más sencilla. La mente humana se acostumbra a casi todo, incluso a aquello que al principio le parecía incompatible con su identidad. Por eso, cambiar no consiste solo en “prometer que no volverá a pasar”, sino en revisar qué permisos internos se han ido construyendo con el tiempo.
No siempre falta amor: a veces sobra evitación
El apego evitativo aparece de forma consistente en la literatura sobre infidelidad. Las personas con este estilo suelen sentirse incómodas ante la dependencia emocional, la vulnerabilidad o la intimidad intensa. Pueden amar a su pareja y, al mismo tiempo, experimentar la cercanía como una amenaza a su autonomía.
En una serie de estudios, DeWall y colaboradores observaron que el apego evitativo se asociaba con más interés por alternativas románticas y mayor riesgo de infidelidad, mediado por un menor compromiso subjetivo, no necesariamente por menor satisfacción.
Esto ayuda a entender una paradoja frecuente: alguien puede decir “mi relación está bien” y, aun así, buscar una salida lateral. Eso no significa que quiera marcharse; más bien se debe a que una parte de sí misma necesita tomar distancia cuando la relación se vuelve demasiado real.
La infidelidad funciona entonces como una puerta de emergencia emocional, aunque acabe incendiando la casa.
La búsqueda de validación y variedad
Los investigadores Selterman, Garcia y Tsapelas identificaron varias motivaciones para la infidelidad: deseo sexual, ira, falta de amor, negligencia, bajo compromiso, factores situacionales, búsqueda de autoestima y deseo de variedad.
Lo importante es que no todas dependen de una mala relación. Algunas personas son infieles para sentirse deseadas, para confirmar que aún resultan atractivas, para escapar de una identidad demasiado estable o para experimentar una versión de sí mismas que no encuentran en la vida cotidiana.
Esto no convierte la infidelidad en algo inocente, pero sí la hace más compleja y matizada, ya que en muchos casos no se explora la posibilidad de tantear posibles nuevas relaciones, por ejemplo; la persona no se plantea "irse con otra". A veces no se busca otra persona, sino otro “yo”: uno más libre, más admirado, más joven, más impulsivo o menos cargado de responsabilidades. El problema es que esa búsqueda, cuando se hace a espaldas de la pareja, transforma una necesidad legítima de renovación personal en una herida relacional.
Deseo sexual, oportunidad y baja culpa
La orientación sociosexual también cuenta. Este concepto describe hasta qué punto una persona se siente cómoda con el sexo sin compromiso emocional. Urganci, Sevi y Sakman encontraron que una orientación sociosexual más desinhibida se relacionaba con mayores intenciones de infidelidad, y que la calidad de la relación solo amortiguaba parcialmente ese efecto. Dicho de otro modo: una buena relación puede reducir el riesgo, pero no siempre neutraliza una fuerte predisposición hacia la variedad sexual.
Además, un estudio con usuarios de Ashley Madison observó que la infidelidad sexual no aparecía claramente vinculada a baja satisfacción relacional o bajo bienestar, lo que cuestiona la idea de que toda aventura sea un síntoma directo de fracaso conyugal.
Rasgos de personalidad y vínculos instrumentales
En algunos casos, la explicación se acerca menos al miedo y más a la falta de empatía. Los rasgos de la llamada Tríada Oscura de la personalidad —narcisismo, maquiavelismo y psicopatía— se han asociado con mayor propensión a la infidelidad. Brewer y colaboradores observaron que estos rasgos predecían experiencias e intenciones de infidelidad, especialmente cuando predominaban la frialdad emocional, la manipulación o la impulsividad.
Aquí conviene no caricaturizar: no toda persona infiel es narcisista, ni toda infidelidad indica psicopatía. Pero cuando la conducta es reiterada, calculada y acompañada de escaso remordimiento, puede existir una forma instrumental de vivir la relación: la pareja aporta estabilidad, imagen o cuidado, mientras otras personas aportan excitación, admiración o poder.
Heridas antiguas en relaciones presentes
La historia infantil también puede dejar huellas. Yumbul, Çavuşoğlu y Geyimci hallaron una relación positiva entre trauma infantil y tendencia a la infidelidad, junto con diferencias en los estilos de apego adulto.
Cuando alguien aprendió en una etapa temprana de su vida que el amor era imprevisible, invasivo o inseguro, ello puede llevarle a reproducir en la adultez dinámicas que no desea conscientemente. A veces se traiciona antes de sentirse abandonado; otras, se busca fuera una reparación imposible de una herida que nació mucho antes de la pareja actual.

Tomas Santa Cecilia
Tomas Santa Cecilia
Psicologo Consultor: Master en Psicología Cognitivo Conductual
Entender no es justificar
Hablar de causas no significa quitar responsabilidad. La infidelidad repetida rompe la confianza y obliga a mirar de frente el daño causado. Pero entender sus raíces evita quedarse atrapados en explicaciones pobres: “no me quería”, “soy un desastre”, “todas las parejas acaban igual”. A veces la pregunta útil no es solo qué fallaba entre dos personas, sino qué patrón interno estaba gobernando a una de ellas.
La buena noticia, si se puede llamar así, es que los patrones no son destinos. Pueden trabajarse cuando hay honestidad, motivación real, terapia individual o de pareja, y una disposición a renunciar al autoengaño. Porque amar no es solo sentir algo intenso por alguien. También es aprender a no usar las propias heridas como excusa para herir.











