La agresividad es un rasgo básico en muchos de los animales que pueblan la tierra. Lo más común es que se trate de un abanico de actos motivados por el temor y/o la ira, pero también pueden estar implicadas otras realidades cuyo fin conecta con la supervivencia misma (como la dominancia sexual, la territorialidad, etc.).

Se trata, por tanto, de un fenómeno que suele proyectarse al exterior y hacerse muy evidente en el momento en que se expresa. Genera en los demás un daño físico objetivo, o tiene una intención disuasoria respecto a las situaciones que se interpretan de forma hostil o peligrosa (gestos, intenciones, amenazas, etc.).

En el ser humano, no obstante, la agresividad puede adoptar formas mucho más sutiles, que no se detectan con la misma celeridad y cuyo fin es provocar un daño menos evidente (pero igualmente severo) que el señalado hasta este momento.

En estos casos hablamos del comportamiento pasivo-agresivo, un fenómeno que hace uso de nuestras destrezas y habilidades cognitivas para velar actos sociales hostiles cuyas consecuencias inciden dolorosamente sobre la vida emocional. En este artículo abordaremos detalladamente esta interesante cuestión.

¿Qué es el comportamiento pasivo-agresivo?

El comportamiento pasivo-agresivo fue contemplado, algunos años atrás, como parte de un trastorno de personalidad estructurado y con entidad clínica propia. Pese a esto, en las ediciones del DSM posteriores a la tercera, se excluyó para evitar el posible sobrediagnóstico que parecía precipitar. Desde aquel momento, y hasta la actualidad, se ha considerado como un rasgo que acompaña a las psicopatologías de la personalidad del clúster B (sobre todo la narcisista, la límite y la antisocial), pese a que no siempre se presentan juntas.

Se trata de conductas de naturaleza no verbal, aunque en ocasiones pueden adoptar también el peso de palabras explícitas, o preñadas de una ira sórdida y oculta tras la máscara de su frágil ficción.

Así, incluso los silencios pueden expresar un filo agudo, o devenir el arma con la que hurgar en heridas afectivas. El enfado se alza como el estado interno más frecuente, aunque se opta por no revelarlo a los demás, traduciéndose así en una modalidad de abuso psicológico que daña severamente a quienes se encuentran cerca y erosiona la calidad del vínculo.

El comportamiento pasivo-agresivo no aspira a la resolución de los conflictos, sino que tiene como objetivos la expresión ambigua de las emociones y la producción de algún agravio silencioso. No obstante, únicamente se podría considerar realmente patológico en el instante en que se consolidara como la dinámica social más común en las relaciones interpersonales. Veamos, con más detalle, en qué consiste.

Características más importantes del comportamiento pasivo-agresivo

A continuación encontrarás algunas de las características básicas de las personalidades pasivo-agresivas. No todos los individuos que la muestran cumplen su totalidad, sino que se suele presentar un patrón que las combina de un modo particular para cada caso.

1. Resistencia pasiva y ambigüedad

Es común que la actitud pasivo-agresiva curse con lo que se conoce como resistencia pasiva. En este supuesto la persona mostraría un total acuerdo con aquello que le sugieren, e incluso podría aceptar de buena gana tales peticiones de ayuda, pero posteriormente actuaría como si realmente se opusiera a ellas. Puede obviar la correspondiente responsabilidad o proceder de un modo deliberadamente torpe, por lo que el resultado definitivo devendría insuficiente o contraproducente. De tal manera, mostraría su desacuerdo con la solicitud original que se le hizo, pero sin comunicarlo abiertamente.

Esta ambigüedad tiene un carácter intencional y busca arrastrar al otro a un terreno en el que reine la imprevisibilidad o la ausencia absoluta de control, extendiéndose un velo opaco sobre las verdaderas intenciones. Es por ello que las quejas sobre tal situación quedan sujetas a la réplica retorcida, pues el sujeto pasivo-agresivo recurre al desprendimiento de responsabilidad con excusas tales como: "lo intenté con todas mis energías, pero no pudo ser".

2. Sentimiento de incomprensión y falta de aprecio

Las personas que muestran con frecuencia un comportamiento pasivo-agresivo suelen hacer afirmaciones constantes sobre que se sienten incomprendidas por los demás, o utilizan todo tipo de chantajes emocionales para obtener el beneficio que buscan. Entre ellos, es habitual que se acuse a los demás de falta de cariño, o que se tracen comparaciones gravosas en las que otros están implicados, como "tratas bien a todos excepto a mí" o "¿por qué ya no me quieres?". Con tal actitud, tóxica e intencional, pretenden manipular el afecto del interlocutor.

Quienes son objeto de estas prácticas pueden acabar sintiéndose culpables por cosas de las que no tienen la más mínima responsabilidad, lo que resiente su propia autoestima (hasta que comprenden las verdaderas motivaciones del otro y relativizan su efecto).

3. Hosquedad

La hosquedad es una característica central de las personas pasivo-agresivas. Se erige como una actitud áspera, descortés e insensible que se despliega al percibirse contrariadas durante sus interacciones con los demás. Lo común es que se dispare ante una crítica, y su objetivo es generar una atmósfera incómoda en la que se provoque un "giro de los acontecimientos" que les beneficie o que invierta la carga de las "acusaciones". Esto es, busca que los demás reconozcan haberse excedido al transmitirles su descontento.

A medida que se convive con estas personas, y sobre todo si la proximidad empezó durante la niñez, es muy probable que se vea reducida la capacidad de interactuar de forma asertiva (intercambios mediante los que se defienden los propios derechos a la vez que se respetan los de los demás).

4. Desdén hacia la autoridad

Los sujetos pasivo-agresivos tienen enormes dificultades para reconocer la autoridad en las demás personas, debido a que les resulta muy difícil tolerar la imposición de normas distintas a las eligen para sí mismos y para otros. Este rasgo se agrava durante la adolescencia, una etapa evolutiva en la que concurre a menudo una respuesta de oposición (reactancia) ante las jerarquías y el poder, aunque en este caso se mantiene con idéntica intensidad al llegar a la adultez. De tal manera, no distinguen bien entre el respeto a las reglas mediante las que se rige la vida en común y la pleitesía ante la opresión.

Es muy habitual que esta forma de sentir y de actuar reporte problemas de muy diverso tipo, que oscilan desde la inadaptación al contexto de la vida laboral o académica hasta el riesgo de sanciones por desobediencia a las figuras legítimas de autoridad.

5. Envidia

La envidia es también un rasgo frecuente para el supuesto que nos ocupa, e interactúa de un modo muy estrecho con otros de los descritos en esta lista. Pese a que pueden felicitar a los demás por sus logros y mostrarse pletóricos al conocerlos, albergan dentro de sí mismos una emoción negativa como resultado de estos (y en concreto de no poder adueñarse de ellos o considerarlos propios). En ocasiones, llegan a minimizar la relevancia de tales méritos ajenos y a subrayar los fracasos previos, o incluso los riesgos de que en el futuro puedan diluirse o resultar infructuosos.

También pueden acusar a los demás de que el éxito ha obedecido a factores externos, ajenos a su esfuerzo y capacidad. Por ejemplo suelen enfatizar la contribución del azar, la suerte o la exigencia misma de la tarea ("es que era muy fácil").

6. Quejas sobre la mala suerte

La tendencia lastimera/pesimista es común en las personas con actitud pasivo-agresiva. Una actitud caracterizada por la autocondescencia y la voluntad de que otros se compadezcan de ellas, para lo que no dudan en proclamar toda desgracia que les ha tocado vivir como la raíz de aquello que se les pueda reprochar. Suelen hacer creer a los demás que sus fracasos han sido causados por factores externos, como los hados o la fortuna, e incluso culpan a terceros de haber boicoteado sus esfuerzos por lograr lo que se les resistió.

Así, rara vez reconocen sus errores, aunque sí se preocupan por destacar los de otros. Por ello suelen decir de sí mismos que son gentes sinceras, pese a que obvian (o degradan) todo lo bueno que sus allegados poseen o hacen.

7. Oscilación entre la actitud desafiante y el arrepentimiento

Pese a que la actitud que nos ocupa se suele caracterizar por la expresión de una violencia velada, algunas veces quienes la ostentan se relacionan de forma pendenciera y beligerante (como si disfrutaran navegando en un entorno enturbiado por conflictos).

Frecuentemente se esfuerzan por enzarzar a quienes tienen cerca de ellos en guerras estériles, las cuales avivan sin dudar a través de comentarios nocivos y de la filtración de los secretos que les confían ("voy a contarte algo, pero no digas que te lo he mencionado yo"). A medida que el tiempo pasa, suelen ser consideradas como personas a las que "no se les puede contar nada".

En el momento mismo en que la marejada del conflicto se resuelve, y los implicados analizan su porqué, pueden acabar aliándose contra la persona pasivo-agresiva que motivó tan hostil situación. Cuando se le piden explicaciones, lo más común es que respondan negando todos los hechos y generando versiones alternativas (que incluyen la mentira). Finalmente, cuando se le posiciona en un escenario del que ya no tiene escapatoria, opta por rogar el perdón y por promover sentimientos de lástima.

8. Autosabotaje del trabajo que no le apetece hacer

Algo muy común, íntimamente asociado con el rasgo pasivo-agresivo, es el sabotaje de todas las actividades que responden a una demanda externa. En estos casos, cuando se exige una cosa que en realidad no se quiere hacer, llega a aparecer una actitud de entorpecimiento que desespera al sujeto demandante. Los olvidos, la lentitud, la colaboración deficiente e incluso la procastinación; son respuestas deliberadas que pretenden motivar una forma de agresión sucinta: estorbos en las responsabilidades de tipo laboral/académico, demoras en proyectos compartidos, etc.

En otras ocasiones, lo que el sujeto pretende es generar un perjuicio que le libere de todas las responsabilidades para el futuro, dado que se dejaría de confiar en él y podría dedicar su tiempo a las actividades que le interesan.

9. Protesta de que las demás personas hacen demandas excesivas y tendencia a la sobreargumentación

Con el fin de liberarse de la responsabilidad, a veces llegan a acusar a otros de que exigen demasiadas tareas, hasta el punto mismo de desbordar sus recursos de afrontamiento. Por ello pueden referir que se sienten "estresados" por las actividades que les han encomendado, pese a que no existe evidencia razonable para esta queja. Cuando se ahonda en los motivos que subyacen a tales negativas, aluden a una retahíla de argumentos deshilvanados, tras los que se oculta la realidad: ejercer una forma de agresión encubierta (privarles de la ayuda que necesitan o estimular la dependencia).

10. Obstrucción de los esfuerzos ajenos

Además de no participar en los esfuerzos que se articulan para la consecución de una meta común, las personas pasivo-agresivas pueden ejercer violencia dificultando a los demás que logren el éxito en sus propias tareas.

Todo ello se podría llevar a cabo mediante "acciones" directas (pero sutiles), o a través de ataques a la línea de flotación emocional (desanimando, sembrando inseguridades, incrementando las exigencias de una tarea, promoviendo hechos que entorpezcan la dedicación del esfuerzo o del tiempo necesario, etc.).

El objetivo de todo ello sería evitar el éxito de los demás, generar un perjuicio velado y hasta estimular una situación desgraciada en quien es el objeto de su agresión latente.

Referencias bibliográficas:

  • Hopwood, C. y Wright, A. (2012). A Comparison of Passive-Aggressive and Negativistic Personality Disorders. Journal of personality assessment, 94(3), 296-303.
  • Kaplan, R. y Norton, D. (2005). The passive-aggressive organization. Harvard business review,83(10), 82-92.