Hay quien sabe adaptarse mejor que el resto a la vida adulta. Unsplash

Aunque se hable mucho acerca de la distinción entre personas maduras y personas inmaduras, a la práctica no se suele saber muy bien a qué nos estamos refiriendo. Intuimos que tiene algo que ver con el hecho de haber dado o no el paso hacia la adultez, pero hay mucha controversia acerca de en qué consiste exactamente madurar.

Por ejemplo, alguien puede pensar que se llega a la madurez al entrar en un estado en el que aprendemos a desprendernos de las cosas y verlo todo desde un cierto distanciamiento, mientras que para otros, significa empezar a comprometerse con el mundo y dejar de lado el individualismo y el egoísmo. En definitiva, cada persona identifica la madurez con el horizonte ético al que aspira llegar algún día.

Además, en la mayoría de conversaciones al respecto tampoco está muy claro que comportarse como personas adultas sea siempre lo más deseable. ¿Acaso no hay aspectos de la infancia y la adolescencia que son muy valorados? Por ejemplo, la espontaneidad, la curiosidad o la relativa falta de prejuicios siempre son vistas como aspectos psicológicos de los más pequeños que deberíamos imitar.

¿Se puede encontrar una concepción de lo que son las personas emocionalmente maduras que sea más consistente de lo que solemos hacer al hablar? En realidad, sí.

¿Cómo son las personas emocionalmente maduras?

Varias investigaciones han mostrado que uno de los rasgos que distinguen más a las personas maduras y a los niños pequeños es la demora de la gratificación, la capacidad para pensar en objetivos que queremos cumplir a medio o largo plazo. Por ejemplo, cuando se es muy joven cuesta mucho más abstenerse de alcanzar un caramelo y comérselo aunque nos hayan informado de que si pasados unos minutos no hemos en la tentación nos darán muchos más premios como ese.

Esto se debe, en parte, a la manera en la que madura nuestro sistema nervioso: al principio, las interconexiones entre las neuronas ubicadas en zonas distantes del cerebro son relativamente poco numerosas, por lo que solo podemos pensar de manera no abstracta, es decir, en metas poco concretas y nada significativas más allá del placer inmediato.

A medida que crecemos, las áreas del encéfalo van conectándose más entre sí mediante la sustancia blanca, de manera que va mejorando nuestra capacidad para pensar de manera abstracta y, con ella, nuestra propensión a tener en cuenta objetivos a largo plazo y de alcance más amplio. Sin embargo, incluso en adultos hay diferencias individuales entre quienes lo apuestan todo a lo efímero y quienes tratan de hacer que su vida se base en algo más trascendente.

A partir de esta información, es posible comprender en qué consiste realmente la madurez emocional aplicada a cómo nos relacionamos con nuestros objetivos y con el resto de personas. De manera aproximada, las personas emocionalmente maduras son así:

1. Aceptan los compromisos emocionales

No es obligatorio hacer que cualquier relación afectiva se rija por las normas que caracterizan a la monogamia. Sin embargo, las personas emocionalmente maduras procuran que sus relaciones más cercanas estén sostenidas por una serie de compromisos que evitarán situaciones de chantaje emocional indirecto. Lo importante para estas personas es rechazar la unilateralidad.

2. No le temen al amor

Las personas emocionalmente maduras son capaces de no obsesionarse con miedos infundados acerca de lo que puede ocurrir a largo plazo, porque aprenden a no sobredimensionar el coste de oportunidad (aquello que supuestamente nos estamos perdiendo por hacer lo que estamos haciendo).

Así pues, no le temen a la posibilidad de implicarse emocionalmente con alguien. A fin de cuentas, tener una visión completa, global y realista sobre lo que nos pasará en el futuro implica no idealizar ni torturarse por no vivir cosas que muy posiblemente tampoco habrían ocurrido.

3. Saben expresar sus prioridades

Una buena parte de lo que significa saber regular las propias emociones y deseos a la hora de establecer prioridades en la vida consiste en saber comunicar al resto de manera consistente lo que se quiere hacer. Quien realmente sabe que su escala de valores y aquello que le motiva son algo legítimo y digno, no lo esconde.

4. Valoran las amistades por sí mismas, no como un instrumento

Para las personas emocionalmente maduras los lazos de amistad que las unen a otros son algo que merece ser cultivado, invirtiendo en ellas tiempo y esfuerzos.

Esto es así porque la amistad es siempre algo más que esos momentos puntuales de charla y diversión con amigos, algo que cualquiera puede apreciar de un modo superficial; son proyectos que se despliegan en el tiempo y que, por consiguiente, significa algo. Un amigo no puede ser sustituido.

Por eso, quien es maduro deja de invertir tiempo en relaciones que no significan nada, aunque el entorno presione para siga al lado de ciertas personas, y se concentran en aquellas que sí llenan.

5. Afrontan las contradicciones emocionales directamente

Las emociones son por definición irracionales, y por eso es frecuente que entren en contradicción entre sí; es algo que también ocurre en las personas maduras. Lo que distingue a estas últimas del resto es que afrontan estas situaciones directamente, reconociendo que sienten algo complejo, en vez de hacer como si el problema no existiese y tratar de dirigir la atención hacia distracciones vanales. De este modo, son capaces de tomar las riendas de la situación antes, lo cual significa que salen beneficiadas a largo plazo.

6. No procrastinan

La procrastinación, que es la tendencia de dejar para otro día lo que puede ser hecho en el presente, es algo frecuente en mucha gente. Las personas emocionalmente maduras, al no ceder ante las tentaciones inmediatas si esto las perjudica a medio y largo plazo, no dejan que estas situaciones se descontrolen y atienden sus responsabilidades y obligaciones cuando toca.