Nuestra perspectiva nos condiciona. Unsplash.

¿Nunca te has planteado por qué las personas reaccionamos de manera diferente ante una misma situación? ¿Por qué algunos afrontamos los problemas cotidianos con una actitud más positiva y otros parece que se les ha caído el mundo encima?

Imaginemos dos compañeros de trabajo que tienen que hacer un proyecto de última hora en un periodo de una semana. Uno de ellos, piensa sin cesar: ¡Vaya, solo tengo 7 días para hacerlo! ¡no voy a ser capaz de terminarlo, con la de cosas que tengo que hacer!” El segundo, por el contrario, manifiesta: “Menos mal que tengo toda una semana por delante; así que voy a planificar la semana para organizarme mejor”.

¿Cómo va a reaccionar cada uno? ¿Van a experimentar la misma emoción? Lo cierto es que no. La respuesta emocional del primero ante esa rumiación de pensamiento será una respuesta de ansiedad, ante la idea asumida de que “solo tiene 7 días” y el hecho de “todo lo que se le viene encima”. Por su parte, el segundo experimentará una emoción de calma, ante la percepción de que dispone de “toda una semana” y “tiene tiempo para organizarse”.

¿Cómo es posible que ante una misma situación cada uno reaccione de una manera diferente? La respuesta está en las gafas desde las que cada uno ve su realidad.

Todo depende de la perspectiva: las gafas con las que vemos la realidad

Aunque pueda parecernos difícil de creer, la forma en como nos sentimos ante determinadas situaciones no depende de la naturaleza del hecho que ocurre. Cuando nos sucede cualquier acontecimiento, la emoción que experimentamos depende de la interpretación que cada uno hace de la situación. Según la interpretación que le demos, esto va a desencadenar que nos sintamos de una determinada manera y, por tanto, que nuestro comportamiento tienda hacia una dirección u otra.

Bajo esta premisa entonces llegamos a la conclusión de que en nuestro cerebro no se produce una reacción directa situación-emoción, sino que interviene algo muy poderoso de por medio que hace que nos sintamos de una forma u otra: el pensamiento.

Situación - Pensamiento - Emoción - Conducta

Si la situación de ambos es la misma, ¿por qué tienen emociones diferentes? El hecho está bien claro: nuestros pensamientos determinan nuestras emociones. Lo importante no es “lo que nos pasa”, si no lo que pensamos en cada momento. El pensamiento es previo a la emoción y ese pensamiento es lo que nos hace sentir mejor o peor.

¿Como podemos entonces controlar nuestras emociones? ¿Qué podemos hacer para cambiar la manera en la que nos sentimos? La respuesta radica en aprender a cambiar la forma que tenemos de interpretar los acontecimientos, es decir, modificar el discurso interno que tenemos con nosotros mismos.

Plantéate las siguientes cuestiones: “eso que estoy pensando, ¿es realmente así?”, “¿todo el mundo lo entendería igual?”, “¿qué pensaría de esa misma situación la persona que más admiro?”, “¿y mi mejor amigo?”

Lo que marca realmente un cambio vital en nuestra vida es cuando pasamos de la reacción a la acción, cuando realmente entendemos que lo que sentimos depende, en gran medida, de lo que pensamos en cada momento, y no de lo que nos sucede. Es entonces cuando asumimos que, gracias a nuestro pensamiento, podemos controlar y provocar nuestras emociones. Podemos ser felices o infelices, poniendo nuestro cerebro a nuestro favor o, por el contrario, en nuestra contra.

Pero ahora vayamos un poco más allá de lo que sentimos y pasemos al siguiente nivel: nuestro comportamiento. ¿Cual va a tener un mejor rendimiento a la hora de trabajar sobre el proyecto? Es altamente probable que el segundo.

La respuesta del primero es ansiedad y, como sabemos, la ansiedad nos bloquea, y nos lleva a entrar en un círculo vicioso de pensamientos negativos que, inclusoa veces, nos impide la acción. La emoción de calma que experimenta el segundo, al percibir que tiene toda una semana para trabajar, es más adaptativa, lo que le ayudará a afrontar con mayor eficacia el proyecto.

Por tanto, nuestros pensamientos no solo determinarán la forma en que nos sentimos, si no también la forma de comportarnos ante las situaciones de nuestra vida.

Cómo modificar nuestra perspectiva

Un método eficaz para cuestionarnos nuestros propios pensamientos es el diálogo socrático. Sigamos con el ejemplo anterior del primer chico: ¡Vaya, solo tengo una semana para hacerlo! ¡no voy a ser capaz de terminarlo, con la de cosas que tengo que hacer!”

  • Evidencia científica (¿qué pruebas hay de no voy a ser capaz de hacerlo en una semana?).
  • La probabilidad de que sea cierto (¿qué probabilidad hay de que sea cierto?).
  • Su utilidad (¿de qué me sirve pensarlo?¿qué emociones me generan?).
  • Gravedad (¿qué es lo peor que podría pasar si realmente no me da tiempo?).

Por ello, tenemos que aprender a identificar nuestras emociones negativas cuando efectivamente aparezcan, para que cuando notemos esa señal de alarma, pararnos un momento y buscar el pensamiento que nos ha llevado a sentirnos de esa determinada forma y, entonces, buscar una alternativa de pensamiento más adaptativa. No es tarea fácil, pues estamos muy arraigados a nuestro sistema de creencias y requiere práctica y esfuerzo modificarlo.

La lección que debemos aprender entonces es… ¡no suframos inútilmente! Tenemos la capacidad de convertir nuestras emociones desagradables (como el enfado o la tristeza)...en emociones más agradables (alegría) y, como consecuencia, tener un comportamiento más adaptativo. La clave está en cambiar de gafas a través de las cuales vemos la realidad.