El aprendizaje de cualquier materia o habilidad puede ser un largo camino, dificultoso y lleno de obstáculos. Ya sea adquirir un grado universitario, hablar un idioma nuevo o saber cocinar todos ellos son aprendizajes que implican muchos pasos, todos ellos esenciales.

Suele pasar que a medida que nos vamos volviendo más habilidosos en unos determinados conocimientos y habilidades vamos “olvidándonos” de lo mucho que nos costó aprender, pensando que los novatos en estos conocimientos pueden omitir algunos pasos en los que no caemos en la cuenta que son fundamentales para su aprendizaje.

Toda esta idea viene a ser lo que se conoce como punto ciego del experto, un sesgo cognitivo que se da en aquellas personas que han conseguido adquirir un amplio conocimiento en un determinado conocimiento. Veámoslo más a fondo.

¿Qué es el punto ciego del experto?

Pensemos en la siguiente situación: vamos por la calle y un hombre nos para, resultando ser un estudiante de intercambio procedente de Estados Unidos. El chico nos pide que le enseñemos a hablar español, a lo que nosotros le contestamos que sí. Nos hacemos su amigo y concretamos unos días en la semana para darle “clases”. Tras varias semanas intentándole enseñar cosas vemos que solo ha aprendido las frases más básicas y alguna que otra palabra y es entonces cuando nos preguntamos ¿en qué hemos fallado?

Hacemos un repaso de nuestras “lecciones”. Empezamos por algo suave, las frases y vocabulario básico que sí ha aprendido pero, después, vemos que hemos saltado a los tiempos verbales, pensando que el chaval americano los captaría a la primera. Hemos pensado que su adquisición se podría hacer por el método natural, simplemente “captando” en qué situaciones es apropiado usar una forma verbal u otra. Le insistimos en ello y vemos que nos hemos quedado atascados, que no aprende más.

Uno de los problemas más comunes a la hora de aprender idiomas (y cualquier otro tema) es confiar en que los hablantes nativos del idioma objetivo son expertos enseñando su propia lengua. Realmente sí que podemos asegurar que los hablantes de español son expertos hablándolo: saben cuándo usar los tiempos verbales, el vocabulario apropiado para cada registro y situación, mantener una conversación fluida y rica en temáticas… pero lo que no todos saben es cómo enseñar su propio idioma, puesto que carecen de las herramientas pedagógicas para enseñárselo a un hablante nativo de otro idioma.

Toda esta situación hipotética describe un ejemplo de lo que sería el punto ciego del experto, el cual es el sesgo cognitivo que se da cuando una persona que posee conocimientos amplios de una determinada temática o habilidad ha perdido la noción de lo difícil que le resultó adquirir esa habilidad. En este caso la persona que ha intentado enseñarle español al americano ha ignorado que aprendió su idioma materno tras muchos años de estar inmerso en él, oyéndolo en casa y estudiándolo más a fondo en la escuela. A diferencia de un profesor de español, el hablante nativo, aunque sepa hablar, no sabe cómo enseñar.

El modelo de la expertez

Es una obviedad que no se puede enseñar lo que uno no sabe, es decir, de aquello de loq eu no se tienen conocimientos profundos. No obstante, y cómo introducíamos con el ejemplo anterior, el hecho de tener un amplio dominio en un determinado tema o habilidad no es garantía de que seamos capaces de enseñarlo en condiciones, de hecho, es hasta posible que nos dificulte la tarea de enseñar si no sabemos exactamente cómo hacerlo.

La idea del punto ciego del experto que, como hemos mencionado, es la situación en que una persona sabe mucho pero no sabe cómo enseñarlo, es una idea que de primeras puede parecer contraintuitiva pero, tanto tomando el ejemplo anterior como cosas que nos pasan en nuestra vida diaria, es bastante probable que más de uno se sienta identificado con esta situación. Seguro que nos ha pasado en más de una ocasión que nos han preguntado cómo hacer un plato, llegar antes a un sitio o practicar un deporte que se nos da muy bien y no hemos sido capaces de explicárselo bien. Es una situación muy común.

Nuestros conocimientos influyen en la forma en cómo percibimos e interpretamos nuestro entorno, determinando la forma en cómo razonamos, imaginamos, aprendemos y recordamos. Tener un extenso sustrato de conocimientos de una determinada temática nos da ventaja, en tanto que sabemos más, pero a la vez nos hace tener la mente como un poco más “revuelta”, con una maraña de hilos que representan los distintos conocimientos que tenemos interiorizados pero que no sabemos cómo deshilar de una forma pedagógica para con una persona que quiere aprender.

Para entender el fenómeno del punto ciego del experto debemos antes entender cómo se da el proceso que va desde la más suma ignorancia a la expertez en un determinado conocimiento, teniendo el modelo propuesto por Jo Sprague, Douglas Stuart y David Bodary. En su modelo de la expertez explican que para llegar a tener un amplio dominio en algo hace falta pasar por 4 fases, las cuales se distinguen en función de la competencia adquirida y el grado de lo consciente que se sea acerca el conocimiento asimilado.

1. Incompetencia inconsciente

La primera fase del modelo es la que se da cuando una persona apenas sabe nada sobre la disciplina o habilidad que acaba de empezar a aprender, encontrándose en una situación de incompetencia inconsciente. La persona sabe muy poco, tan poco que ni siquiera es consciente de todo lo que todavía le queda por adquirir y lo poco que realmente sabe. No tiene conocimiento suficiente como para determinar su interés por el conocimiento que está adquiriendo ni tampoco apreciar la importancia que ésta pueda tener para él a largo plazo.

Su ignorancia lo puede llevar a ser víctima de un curioso fenómeno psicológico: el efecto Dunning-Kruger. Este particular sesgo cognitivo se da cuando la persona, aún teniendo muy escasos conocimientos, se cree toda una experta, ignorando todo lo que no sabe e, incluso, creyéndose en la capacidad para discutir al nivel de un experto en la materia. Es lo que en España se llama coloquialmente “cuñadismo”, es decir, mostrar una actitud de quien aparenta saber de todo, estando seguro de ello, pero que en realidad no sabe nada.

Todo el mundo es víctima del efecto Dunning-Kruger en algún momento de sus vidas, especialmente cuando acaban de iniciar algún tipo de curso y les da la sensación de que es muy fácil lo que les enseñan, infravalorando la dificultad real del aprendizaje.

2. Incompetencia consciente

A medida que se va progresando en el aprendizaje uno se va dando cuenta de que realmente no sabe mucho y que todavía nos queda bastante por aprender. Es aquí cuando entramos en un momento en el que somos conscientes de nuestra incompetencia en esa temática, es decir, que nos damos cuenta de que todavía somos bastante ignorantes. Nos hemos dado cuenta de que lo que nos hemos propuesto aprender es en verdad más complejo y extenso de lo que creíamos en un principio.

Llegados a este punto empezamos a estimar nuestras opciones para llegar a dominar la materia y cuánto esfuerzo vamos a necesitar invertir. Empezamos a plantearnos el valor que tiene ese conocimiento en concreto, lo largo que es el camino y si nos sale a cuenta seguir adelante. Esta evaluación de nuestra propia capacidad para continuar con el progreso y la importancia que le atribuimos a la adquisición de ese conocimiento son los dos factores más importantes que condicionan la motivación para continuar aprendiendo.

3. Competencia consciente

Si decidimos continuar estando en la segunda fase tarde o temprano entramos en la tercera, que se alcanza tras realizarse un importante esfuerzo y dedicación. En esta fase nos hemos vuelto competentes conscientemente, situación en la cual sabemos lo mucho que hemos aprendido, aunque quizás seamos un poco lentos a la hora de explicarlo o muy cuidadosos al poner a prueba nuestras habilidades, teniendo miedo de equivocarnos.

4. Competencia inconsciente

La cuarta y última fase del modelo de la expertez es aquella en la que nos hemos vuelto competentes inconscientemente. ¿Qué quiere decir esto? Significa que nos hemos vuelto expertos en una determinada habilidad o disciplina, siendo muy fluidos y eficientes a la hora de poner en práctica nuestros conocimientos. El problema es que somos tan competentes que vamos perdiendo nuestra capacidad para “explicar” todo lo que hacemos. No es tan natural que nos saltamos pasos que consideramos innecesarios, hacemos las cosas más rápidamente, actuamos como por inercia...

El experto tiene tantos conocimientos que puede percibir cosas que las personas no expertas en esa materia no aprecian, y puede reflexionar de una forma mucho más crítica y profunda acerca distintos conocimientos que se relacionan con lo que ha aprendido. Puede ver fácilmente relaciones entre distintos aspectos de lo que es experto, puesto que al tener un amplio dominio puede encontrar sus similitudes y diferencias de forma más automática. Su percepción, imaginación, razonamiento y memoria operan de una forma distinta

Irónicamente, en esta fase se da justo el efecto contrario al efecto Dunning-Kruger: el síndrome del impostor. La persona sabe mucho, tanto que, como decíamos, piensa de forma automática y por inercia y, debido a ello, no es consciente de lo muchísimo que realmente sabe. Pese a ser experta se siente insegura en situaciones en las que se requieren sus conocimientos.

¿Qué relación tiene todo esto con el punto ciego del experto?

Pues la verdad es que mucho. Como hemos visto, a medida que nos vamos volviendo expertos en una determinada materia hay un momento en el que nuestros conocimientos y habilidades se convierten en algo muy interiorizado, tanto que ni somos conscientes de todos los procesos y acciones que realizamos relacionados con ellos. A más práctica y conocimientos más fácil nos resulta hacer las cosas. Algo que antes podía costarnos bastante tiempo hacerlo ahora apenas tardamos unos minutos.

Volvamos al ejemplo del principio. Todos los que somos hablantes de español ¿estamos todo el rato pensando en cómo debemos estructurar las frases gramaticalmente de forma correcta? ¿estamos pendientes de cómo debemos pronunciar cada fonema de cada palabra? Cuando decimos “casa” ¿decimos literalmente “c-a-s-a”? Quizás un niño pequeño sí que esté pendiente de no hacer mal las frases o equivocarse en los sonidos, pero desde luego un adulto nativo hablará de forma mucho más natural y fluida.

De mayores nos saltamos todos esos pasos puesto que rara vez nos equivocamos en la pronuncia o hacemos una frase gramaticalmente extraña. Tenemos interiorizado el habla. No obstante, debemos entender que en algún momento de nuestro aprendizaje del idioma tuvimos que pasar por estos procesos puesto que de no haber sido conscientes nunca los hubiéramos interiorizado ni hubiéramos aprendido a hablar adecuadamente. El problema es que esto no lo tenemos en cuenta de mayores y, aunque con buena intención, a la hora de enseñarle el idioma a un extranjero no sabemos cómo hacerlo.

Todo esto nos permite reflexionar acerca lo importante que es para cualquier persona que quiera enseñar algo no únicamente saber ese algo, sino también saber cómo enseñarlo. Por ejemplo, los profesores de idiomas no únicamente deben saber hablar el idioma que imparten, sino que además deben saber cómo enseñarlo a unos hablantes de lengua extranjera en concreto, la edad y el nivel del hablante en cuestión y si tiene alguna dificultad en la pronunciación asociada a su idioma materno.

Esto, naturalmente, es extrapolable a otras materias. Una de las cosas que se ha criticado en la enseñanza es que muchos profesores expertos en sus materias como matemáticas, ciencias sociales, ciencias naturales… sobreestiman la capacidad de sus alumnos para aprender el temario. Estos docentes tienen tan interiorizados los conocimientos que imparten que no le dan la debida importancia a algunos pasos pensando que los alumnos ya lo saben o lo van a entender rápidamente. Puede pasar que vea a sus alumnos como “pequeños expertos” y el profesor acabe omitiendo pasos que, en realidad, son cruciales.

Teniendo en cuenta todo esto es fundamental que a la hora de diseñar el currículo educativo se tenga en cuenta el ritmo real de aprendizaje del alumnado, no presuponiendo nada y cerciorándose de que los profesores, además de ser expertos en el contenido que imparten, sean también expertos en compartirlos. El sesgo del punto ciego del experto es como una maldición del que mucho sabe, que sabe tanto que no lo sabe explicar, y un buen profesor es, ante todo, quien sabe compartir sus conocimientos.

Referencias bibliográficas:

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  • Dunning, D. (2011). The Dunning–Kruger effect: On being ignorant of one's own ignorance. In Advances in experimental social psychology (Vol. 44, pp. 247-296). Academic Press.
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