Tipos de autismo: qué significa hablar de espectro y cómo reconocer sus señales

Qué significa hablar de espectro y cómo pueden manifestarse sus diferentes perfiles.

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Durante años se habló de síndrome de Asperger, autismo infantil o trastorno generalizado del desarrollo como diagnósticos diferentes. Hoy se utiliza principalmente el concepto de trastorno del espectro autista (TEA), que refleja una realidad mucho más diversa. Comprender esa variabilidad ayuda a reconocer sus posibles manifestaciones sin convertirlas en etiquetas rígidas.

Dos personas pueden recibir un diagnóstico de autismo y, sin embargo, parecer muy diferentes. Una puede utilizar un lenguaje complejo, trabajar y vivir de forma independiente, pero sentirse profundamente agotada por las interacciones sociales. Otra puede necesitar apoyo cotidiano, comunicarse mediante pocas palabras o sistemas alternativos y mostrar importantes dificultades para adaptarse a los cambios. Ambas pueden encontrarse dentro del mismo espectro.

Esta diversidad explica por qué resulta engañoso imaginar el autismo como una línea que va simplemente de «leve» a «grave». Las capacidades y necesidades pueden distribuirse de formas muy diferentes: alguien puede tener un lenguaje fluido y, al mismo tiempo, necesitar bastante apoyo para desenvolverse socialmente; otra persona puede presentar discapacidad intelectual, pero contar con fortalezas muy concretas en otras áreas. Actualmente, las clasificaciones diagnósticas intentan describir esos perfiles en lugar de dividir el autismo en unas pocas categorías cerradas.

Romina Paola Giarrusso

Romina Paola Giarrusso

Psicóloga, Directora de Centro de Psicología PSiCOBAi

Profesional verificado
Majadahonda
Terapia online

¿Existen realmente diferentes tipos de autismo?

En clasificaciones anteriores aparecían diagnósticos como síndrome de Asperger, trastorno autista o trastorno generalizado del desarrollo no especificado. Con la llegada del DSM-5, estas categorías se integraron dentro de un único diagnóstico: trastorno del espectro autista. El cambio intentaba reflejar que las fronteras entre aquellos subtipos no siempre eran claras y que las características autistas se distribuyen de manera mucho más continua.

Por eso, decir que alguien tiene «Asperger» puede seguir formando parte de su identidad o de un diagnóstico histórico, pero actualmente no constituye una categoría independiente en el DSM-5-TR. La idea central es que hablamos de un mismo espectro con presentaciones muy heterogéneas.

La CIE-11 de la Organización Mundial de la Salud sigue una lógica parecida, aunque describe diferentes perfiles según dos cuestiones especialmente importantes: si existe o no un trastorno del desarrollo intelectual asociado y cuál es el nivel de lenguaje funcional de la persona. También permite especificar si ha existido pérdida de habilidades previamente adquiridas.

¿Qué características comparten las personas dentro del espectro?

Para diagnosticar autismo no basta con presentar una conducta aislada, como preferir rutinas, evitar el contacto visual o tener intereses muy intensos. Los criterios actuales se organizan alrededor de dos grandes áreas.

La primera es la comunicación e interacción social. Pueden existir dificultades en la reciprocidad durante una conversación, en interpretar determinadas señales sociales, integrar lenguaje verbal y no verbal o ajustar la comunicación al contexto. Esto no significa necesariamente falta de interés por los demás ni ausencia de empatía; la expresión concreta puede variar enormemente entre personas.

La segunda incluye patrones restringidos o repetitivos de comportamiento, intereses o actividades. Aquí pueden aparecer movimientos repetitivos, necesidad de predictibilidad, gran malestar ante determinados cambios, intereses muy intensos o diferencias importantes en la sensibilidad a sonidos, texturas, olores o luces. Para cumplir los criterios diagnósticos, estas características deben comenzar durante el desarrollo y producir una repercusión significativa en el funcionamiento cotidiano.

Los niveles de apoyo no son «tipos» de autismo

El DSM utiliza tres niveles para describir cuánto apoyo puede necesitar una persona: nivel 1, «requiere apoyo»; nivel 2, «requiere apoyo sustancial»; y nivel 3, «requiere apoyo muy sustancial». Estos niveles se valoran teniendo en cuenta tanto la comunicación social como los comportamientos restringidos y repetitivos.

Ahora bien, no deberían entenderse como tres clases perfectamente separadas ni como etiquetas equivalentes a «autismo leve, moderado y grave». Las necesidades pueden cambiar dependiendo del contexto, la edad, las exigencias ambientales y las posibles condiciones asociadas.

Además, hablar únicamente del nivel puede ocultar información importante. Una persona puede necesitar relativamente poco apoyo para comunicarse, pero mucho para organizar la vida cotidiana, manejar cambios inesperados o afrontar entornos sensorialmente intensos. Otra puede necesitar apoyo en prácticamente todas las actividades diarias.

Por eso resulta más útil preguntar en qué áreas necesita apoyo una persona y qué fortalezas posee que intentar resumir toda su experiencia mediante un único número.

¿Cómo puede reconocerse el autismo durante la infancia?

Algunas características pueden aparecer durante los primeros años. Por ejemplo, puede observarse poca respuesta al nombre, un uso reducido de gestos para compartir intereses, diferencias en el juego social, retrasos o peculiaridades del lenguaje, movimientos repetitivos, gran insistencia en determinadas rutinas o reacciones sensoriales especialmente intensas.

Sin embargo, ninguno de estos comportamientos aislados permite concluir que un niño sea autista. Algunos también aparecen en niños no autistas o pueden relacionarse con otros trastornos del desarrollo. La evaluación debe considerar el patrón completo y la trayectoria evolutiva.

La Academia Estadounidense de Pediatría recomienda realizar cribados específicos de autismo durante las revisiones de los 18 y 24 meses, además del seguimiento general del desarrollo. El CDC recuerda, además, que una herramienta de cribado no establece un diagnóstico: cuando existen señales relevantes, se necesita una evaluación más profunda realizada por profesionales especializados.

Cuando el autismo pasa desapercibido hasta la adolescencia o la edad adulta

No todas las personas muestran características evidentes durante la infancia. Algunas aprenden, de forma consciente o inconsciente, estrategias para adaptarse socialmente: observar cómo actúan los demás, ensayar conversaciones, imitar gestos, forzarse a mantener determinadas expresiones faciales o esconder conductas que podrían llamar la atención.

A este fenómeno se lo denomina camuflaje o enmascaramiento social. Varias revisiones han encontrado que puede dificultar la identificación del autismo y que se ha estudiado especialmente en mujeres, aunque también aparece en hombres y personas de otras identidades. La investigación sigue teniendo limitaciones importantes, porque muchas muestras incluyen, sobre todo, adultos con buenas capacidades verbales y determinados perfiles sociales.

En adultos, algunas pistas pueden aparecer retrospectivamente: sensación persistente de no comprender intuitivamente ciertas reglas sociales, necesidad de preparar interacciones, agotamiento después de socializar, intereses especialmente intensos, fuerte necesidad de estructura o sensibilidad sensorial. Pero estas características pueden aparecer también en personas no autistas y solaparse con TDAH, ansiedad social u otras condiciones.

Reconocer señales no significa realizar un diagnóstico

No existe un análisis de sangre, una prueba cerebral o un cuestionario aislado capaz de diagnosticar autismo. La evaluación combina información sobre el desarrollo, entrevistas, observación clínica y, cuando corresponde, herramientas estandarizadas. En niños suele contar también con la información de padres, cuidadores y otros profesionales; en adultos puede ser especialmente importante reconstruir la historia del desarrollo.

Precisamente porque el espectro es tan diverso, reconocer el autismo exige evitar dos errores opuestos. El primero consiste en imaginar un único «aspecto autista» y pasar por alto a quienes no encajan en ese estereotipo. El segundo es interpretar cualquier dificultad social, preferencia por las rutinas o sensibilidad sensorial como prueba suficiente de autismo.

Hablar hoy de diferentes «tipos de autismo» resulta, por tanto, menos preciso que hablar de diferentes perfiles dentro del espectro. Dos personas pueden compartir los rasgos nucleares necesarios para el diagnóstico y, al mismo tiempo, tener capacidades, dificultades y necesidades de apoyo profundamente distintas.

El concepto de espectro intenta reflejar precisamente esa diversidad. No significa que «todos seamos un poco autistas», sino que el autismo puede expresarse de múltiples maneras entre quienes cumplen sus criterios. Reconocerlo implica mirar menos las etiquetas antiguas y prestar más atención a cómo se comunica, se relaciona, procesa el entorno y necesita apoyo cada persona concreta.

Romina Paola Giarrusso

Romina Paola Giarrusso

Psicóloga, Directora de Centro de Psicología PSiCOBAi

Profesional verificado
Majadahonda
Terapia online
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Romina Giarrusso. (2026, octubre 5). Tipos de autismo: qué significa hablar de espectro y cómo reconocer sus señales. Portal Psicología y Mente. https://psicologiaymente.com/psicologia/tipos-autismo-que-significa-hablar-de-espectro-y-como-reconocer-sus-senales

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