En tiempos complejos como los actuales, las crisis externas —sociales, ambientales y económicas— reflejan una oportunidad que nos invita a revisar no solo lo que ocurre fuera, sino también cómo estamos funcionando internamente frente a la realidad que vivimos. ¿Cómo estamos pensando, sintiendo y actuando en nuestra vida cotidiana? ¿Qué tipo de energía sostenemos a lo largo de los días y cómo influye esto en quienes nos rodean? Estas preguntas nos llevan a considerar no solo comportamientos aislados, sino también estados más profundos que resultan fundamentales para el bienestar personal y colectivo.
Uno de los marcos más conocidos para comprender esta dimensión interior es el Mapa de la Conciencia propuesto por David R. Hawkins en su libro El poder frente a la fuerza. El modelo ofrece una escala numérica que permite calibrar estados internos desde los más reactivos hasta los más constructivos. Esta perspectiva ayuda a comprender por qué ciertas actitudes, como la compasión, la coherencia o la paz interna, no solo benefician al individuo, sino que también generan un efecto significativo en el entorno.
Fuerza y poder: el umbral de los 200
La conciencia, según Hawkins, se representa en una escala logarítmica de 1 a 1000, en la que cada nivel refleja una forma de percibir la vida, una emoción predominante y una manera característica de relacionarse con la realidad. Un punto clave de esta escala es el nivel 200, vinculado al coraje y la integridad. Todo lo que se sitúa por debajo de este umbral se considera “fuerza”, con carácter reactivo y limitado, mientras que lo que se encuentra por encima se define como “poder”, con una influencia constructiva y expansiva.
Los niveles por debajo de 200 incluyen estados como vergüenza, culpa, apatía, miedo, deseo o ira, que se caracterizan por la reactividad, la sensación de impotencia y acciones que tienden a desgastar o fragmentar. A partir del nivel 200 comienzan a desplegarse estados más saludables: coraje, neutralidad, voluntad y aceptación, que favorecen la responsabilidad personal, la estabilidad emocional y la coherencia interna. En niveles superiores se encuentran la razón, el amor, la alegría, la paz y la iluminación, reflejando una percepción más integrada y constructiva de la experiencia humana. Cuando una persona vive predominantemente por encima del nivel 200, su enfoque vital cambia: la vida deja de percibirse como algo reactivo y comienza a entenderse como un proceso que puede abordarse con más profundidad y conciencia.
El significado de los valores numéricos
La escala de conciencia es logarítmica, lo que significa que incrementos relativamente pequeños representan saltos cualitativos profundos en percepción y capacidad de acción.
El nivel 200, asociado al coraje, marca el inicio de una actitud proactiva ante la vida.
El nivel 310, vinculado a la voluntad, implica compromiso y disposición al crecimiento.
La aceptación, alrededor del nivel 350, representa una comprensión realista y menos defensiva de la experiencia.
A partir del nivel 400, relacionado con la razón, la mente se vuelve más clara y objetiva, facilitando la toma de decisiones éticas y coherentes.
En el nivel 500, identificado con el amor, se desarrolla una actitud estable de respeto y compasión, mientras que los niveles de alegría y paz, situados entre 540 y 600, reflejan estados de coherencia interna y serenidad profunda.
Hawkins sitúa por encima de 700, la iluminación, a figuras históricas cuya influencia positiva y duradera sobre la humanidad ha sido y es excepcional.
El impacto colectivo de los estados elevados de conciencia
La distribución social de los niveles de conciencia nos permite comprender mejor el contexto de este impacto. Según describe el autor, aproximadamente el 85 por ciento de los humanos se sitúa por debajo del nivel crítico de 200, mientras que el nivel promedio de conciencia de la humanidad se encuentra actualmente alrededor de 207. Solo un pequeño porcentaje alcanza niveles más elevados, y es precisamente el poder de estas personas lo que contrarresta la tendencia descendente de las masas y eleva la media global, haciendo posible que el efecto positivo se propague y trascienda al individuo.
Más allá de los números, el mensaje es claro: los estados emocionales y las actitudes internas se contagian. Una persona que actúa desde la calma, la claridad y la coherencia genera contextos más seguros, reduce la conflictividad y favorece relaciones más sanas. Según Hawkins, por ejemplo, alguien que se mantiene aproximadamente en el nivel 300 puede contrarrestar la influencia de unas 90.000 personas situadas por debajo del nivel 200, mientras que una persona en el nivel 500 puede equilibrar la energía de alrededor de 750.000 individuos por debajo de 200, y alguien en el nivel 600 puede contrarrestar la influencia de cerca de 10 millones de personas por debajo de 200.
Estos números son estimaciones del efecto energético que cada nivel puede ejercer sobre el entorno, y muestran cómo cada avance hacia estados más elevados de conciencia multiplica de manera tangible el impacto positivo que generamos en nuestra vida, nuestras relaciones y la sociedad en general.
Conclusión
Los estados elevados de conciencia representan una forma más madura, responsable y coherente de estar en el mundo. El umbral entre fuerza y poder, simbolizado por el nivel 200, actúa como una invitación a pasar de la reacción automática a la respuesta consciente.

Blanca Garcia Grau
Blanca Garcia Grau
Psicóloga, Coach, Inteligencia Emocional, PSYCH-K®. Nº colegiado: 28216
Cultivar valores y cualidades esenciales como la paz, el amor, la aceptación, la honestidad y la compasión no es una aspiración abstracta, sino una manera concreta de mejorar la vida propia y la de quienes nos rodean. Cada paso hacia un estado más elevado de conciencia multiplica su efecto en el entorno y contribuye a un mundo más equilibrado, armónico y humano, mostrando que la verdadera transformación comienza desde dentro hacia afuera.


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