Viajar a un nuevo país o ciudad nunca es fácil. Ya sea yéndose por porpia voluntad o porque la situación en la tierra de origen es complicada, el migrante tiene que enfrentarse a todo un conjunto de emociones y sensaciones desagradables al buscarse una nueva vida en el extranjero.

El duelo migratorio es un proceso complejo asociado al haber dejado atrás un montón de cosas con las que se ha crecido y vivido: familia, amigos, paisajes, lengua… Se vive como si nos enfrentáramos al fallecimiento de algo, solo que no es algo definitivo y puede reexperimentarse una y otra vez.

A continuación hablaremos en profundidad sobre el duelo migratorio, qué es lo que implica, cuáles son sus signos y qué fases supone.

¿Qué es el duelo migratorio?

El duelo migratorio es todo un proceso de elaboración que se da como consecuencia de las pérdidas asociadas al cambio de país o ciudad de origen, es decir la experiencia migratoria. Este duelo se da independientemente de que la migración haya sido por elección propia, como puede ser buscar nuevas oportunidades laborales o querer aprender idiomas, o si se debe a algún factor externo, como puede ser no encontrar empleo, crisis económicas, políticas y sociales o una catástrofe ambiental en la tierra de origen.

En el lenguaje popular, el duelo está asociado con la idea de la muerte, algo que es para siempre. Sin embargo, en psicología el duelo está relacionado con la idea de pérdida de aquello que más queremos, algo que puede ser temporal. Como seres vivos que somos estamos constantemente ganando y perdiendo cosas, así que es perfectamente normal y común que vivamos duelos. Algunos duelos son especialmente duros, como es la muerte de un ser querido, una pérdida permanente y muy dolorosa, pero en otros casos hablamos de cosas más mundanas, como pueden ser perder el empleo o romper con la pareja.

Entendiendo esto queda claro que la idea de duelo migratorio implica perder algo pero, ¿qué es lo que pierden los que emigran? Pues en verdad muchas cosas. Las personas que se ven forzadas a dejar su tierra natal y van a parar a un país totalmente desconocido sienten como principales cosas perdidas la cultura, la lengua, la familia, los amigos, el estatus, el contacto con el grupo étnico y la tierra.

1. La lengua

El migrante no olvida su lengua, al menos, de forma automática, pero sí pierde a aquellas personas con las que puede usarla. Se siente frustrado porque no consigue expresarse del todo con la gente del nuevo lugar al que ha tenido que ir, o que incluso todavía tiene que aprender muchas cosas del nuevo idioma para poder sentir que se desempeña en la nueva sociedad en la que vive ahora.

Esto a menudo conlleva a sentimientos de inseguridad y vergüenza, puesto que no sabe la persona cómo transmitir sus ideas y sus sentimientos totalmente. También puede pasar que, aun dominando la lengua, hay ciertos matices de ella que no comprende del todo, como son el sentido del humor o expresiones informales y sociales, algo que es exclusivo de cada idioma y es uno de los elementos que más choque cultural implican.

2. La familia y los amigos

Desde luego, la mayor pérdida vivida por las personas migrantes es la de su familia y amigos. Saben que están vivos, saben que los podrán visitar, pero no tenerlos cerca implica un sufrimiento muy intenso. La persona migrante ha dejado atrás todos sus contactos, una red social y de apoyo que se ha ido construyendo a lo largo de muchos años. Aunque pueda llegar a un nuevo país y conocer a nuevas personas,es inevitable sentirse solo, puesto que esas nuevas personas no sustituyen a los amigos de toda la vida.

3. El contacto con el grupo étnico

La identidad de uno está muy relacionada con el grupo étnico en el que se ha criado. Dentro de nuestro grupo de referencia nos encontramos en una situación paradójica pero no negativa. Por un lado, somos iguales compartiendo lengua, creencias, raza u otros aspectos, mientras que por el otro se resaltan las características personales de cada uno como son la personalidad y el estatus.

Con la migración la sensación de ser diferentes se agranda y este equilibrio entre la similitud y la diferencia se rompe. En algún momento de la experiencia migratoria el inmigrante se da cuenta de que por muy integrado que esté en su nuevo país siempre será el extranjero, siempre será distinto, aunque no sufra xenofobia ni sea víctima de racismo. Además, su grupo étnico de origen empezará a verlo como a alguien extranjerizado, alguien que tiene influencias de otras gentes, que no es “tan nuestro como lo era antes”.

4. Los referentes culturales

Quien se marcha pierde los referentes culturales, formas de ser que son propias de su grupo étnico o región natal como lo son las normas sociales, el género musical, el sabor de los alimentos, la forma de pensar y las creencias, aspectos que, hasta el día en el que la persona abandonó su país, le acompañaron a lo largo de toda su vida.

5. El estatus

En la mayoría de los casos, el migrante empieza a realizar trabajos de menor cualificación en el país a donde ha ido a parar que los que hacía en su país de origen. Los motivos detrás de esto suelen ser variados, pero el principal es su estatus legal, con permiso de residencia limitado o sin papeles y el hecho de que muchas titulaciones extranjeras no son reconocidas en otros países, haciendo que legalmente no se reconozca poseer tal título o cualificación.

Si bien la persona migrante puede esperar a que se le reconozca esta titulación en el nuevo país, el proceso suele ser largo y durante ese tiempo se ve obligado a trabajar en lo que sea para poder sobrevivir. Por este motivo el migrante pierde el estatus, puesto que se tiene que “rebajar” y hacer cosas que jamás hubiera hecho en su país. Aun así, aunque no se dé esta circunstancia, el ser extranjero, la falta de dominio o el acento, suelen conllevar una pérdida de estatus por sí misma.

6. La tierra

El duelo por la tierra es la pérdida por los paisajes y el clima. Puede que parezca poco importante, que son simplemente paisajes, sin embargo todo el mundo se ha criado viendo la silueta de su ciudad natal, la forma de las montañas en el horizonte, el mar, veranos cálidos o alguna característica paisajística y climática exclusiva de su país. El trasladarse a un lugar en donde esto no está causa morriña y melancolía.

¿Por qué es un duelo especial?

Lo que diferencia el duelo migratorio de otros duelos, como lo son el fallecimiento de un ser querido o haber roto con la pareja, es que se trata de un duelo múltiple, parcial y recurrente. Múltiple implica que son muchas las cosas que se dejan atrás y que lo motiva. Como decíamos, el migrante se tiene que despedir de su familia, amigos, costumbres, idioma, paisajes… Y como son muchas las cosas que se dejan atrás es muy fácil que en cualquier momento que se recuerde alguna de ellas la persona sienta el duelo migratorio muy intensamente. Parcial significa que siempre existe la posibilidad de volver.

Por ejemplo, cuando muere un ser querido no hay forma humana de reencontrarse con él, puesto que la pérdida es absoluta y no se le puede resucitar. En cambio, en el caso de la migración siempre existe la posibilidad de volver, porque lo que se pierde, esto es la tierra, la cultura, la familia… no desaparece, sigue ahí, pero está muy lejos.

Es un duelo recurrente porque se activa cada vez que se vuelve a la tierra de origen. Suena paradójico, pero lo cierto es que muchas personas al visitar su país de origen para ver familiares o irse de vacaciones cuando vuelven sienten como si estuvieran abandonándolo de nuevo, como si empezaran otra vez. Esto puede pasar incluso aunque hayan construido toda una nueva vida en su nuevo país y les vaya bien. Pero no solo son las visitas las que reactivan el duelo, a veces una simple conversación por videollamada o ver fotos de la familia o del pueblo de nacimiento lo reactivan.

Los signos de este duelo

Antes de explicar cuáles son los signos del duelo migratorio cabe destacar una idea fundamental: no es ni un trastorno ni una enfermedad. Sí bien es cierto que el duelo migratorio es un factor de riesgo para presentar psicopatología, en sí mismo no es un trastorno mental, sino un fenómeno psicológico muy complejo y no necesariamente patológico. Por este motivo, en vez de hablar de síntomas hablamos de signos, entre los cuales podemos encontrar:

1. Sentimientos de ansiedad

La persona se siente triste, irritable, malhumorada... Esto puede sucederle incluso si ha conseguido las metas que quería cumplir en el país de acogida. Es posible sentir aislamiento y soledad.

2. Somatizaciones

El migrante puede sentir molestias físicas como un nudo en la garganta, dolores en el estómago, espalda y cabeza, tics, fatiga mental y física...

3. Dificultades asociadas a la identidad y la autoestima

Es frecuente que cuando el migrante llega al nuevo país no preste gran atención a los sentimientos de tristeza por la pérdida a vivir fuera de su país natal, o incluso las llegue a negar. Es posible que idealice la cultura de acogida e infravalore la de su tierra natal, viendo a su país como un lugar horrible y que nadie debería quedarse a vivir ahí.

El motivo de este pensamiento es fácil de entender puesto que es más fácil adaptarse a un nuevo lugar si pensamos que es el mejor del mundo y nos convencemos de que lo que se deja atrás no vale la pena e incluso nos avergonzamos de venir ahí. Pero pasa que no se deja de ser de ahí, algo que se empieza a ver como muy malo y afecta a nuestra identidad y autoestima. Al final se acaba teniendo un sentimiento de no ser ni de aquí ni de allá.

4. Paralización del proyecto de vida y dificultad para tomar decisiones

Ante la indecisión de quedarse o regresar, muchas personas demoran decisiones personales, como pueden ser comprometerse con una pareja, tener hijos, prosperar profesionalmente, iniciar un proyecto personal importante...

5. Culpabilidad

Se siente culpable por haber dejado a personas significativas atrás, en el país de origen. Se siente como que podrían haber hecho más esfuerzos y habérselas traído consigo o que podría haber intentado otras opciones estando en su tierra natal, aunque eso supusiera tener un nivel de vida muy malo. Se tiene la sensación de haber dejado a su suerte a familiares y amigos, y se preocupan por no saber qué pasará con ellos si no se vuelve nunca al país de origen.

Las fases del duelo migratorio

Durante el duelo migratorio se pueden pasar por diferentes fases, muy similares a las que se dan con otros duelos. Como en todo período de pérdida, estas fases no tienen por qué seguir un orden distinto, de hecho, se pueden experimentar varias veces y de forma cíclica.

1. Fase de negación

El migrante trata de actuar como si nada hubiera cambiado ni fuera distinto. Es como si no le diera mucha importancia el haber ido a un nuevo país ni tuviera que procesar la pérdida de nada. Esta fase también se da cuando el migrante no se permite construir de verdad una nueva vida en el lugar adonde ha ido a parar, sino que intenta mantener lo más posible el mismo estilo de vida que tenía en su tierra natal, algo muy difícil.

2. Fase de racionalización

Se toma consciencia de la decisión que se ha tomado. El migrante se vuelve consciente de donde está, de lo que ha dejado atrás y los motivos que lo han hecho viajar. Es en esta fase en la que se toma contacto de uno mismo y la que da pie a las demás fases emocionales del proceso migratorio, además de permitir al individuo ser realista y consciente de qué es lo que va a necesitar y qué pasos debe hacer para intentar prosperar en su nuevo país de acogida.

3. Fase de rabia o protesta

En caso de que la decisión de cambiar de país o ciudad sea por presiones externas, es normal que la persona migrante sienta enfado hacia aquello que lo ha obligado a irse. Pero aunque la decisión de migrar haya sido voluntaria, también se puede pasar por esta misma fase. Es normal sentir rabia por lo difícil que está siendo el cambio y como le cuesta adaptarse al nuevo lugar puesto que no conoce de antemano todo lo relacionado a cómo funcionan las cosas en su nuevo hogar ni tampoco sabe cómo de amigables son las personas autóctonas.

4. Fase de tristeza

La tristeza es la emoción más fácil de identificar en el duelo migratorio, pero no por ello es la más fácil de gestionar ni la que menos efectos tenga. Esta tristeza puede ser enorme y puede afectar profundamente al buen funcionamiento de la persona en su nuevo país, durando años incluso. Esta emoción surge del constante recordatorio de lo que se ha perdido y puede estar acompañada de una profunda sensación de desarraigo, sensación de estar en tierra de nadie o de no tener país, ni el de nacimiento ni el de acogida.

5. Fase de miedo

El miedo está presente durante todo el proceso migratorio, tanto antes de viajar como una vez ya se ha asentado. Esto es totalmente normal, puesto que lo desconocido y nuevo asusta. Son muchas las preguntas que se hace la persona migrante y que no tiene ninguna certeza de si va a conseguir resolverlas: ¿se va a adaptar?, ¿aprenderá el idioma?, ¿sabrá usar el transporte público?, ¿hará amigos?, ¿encontrará trabajo?...

Si no se gestiona bien, esta fase puede causar un profundo sentimiento de indefensión, de no saber qué hacer una vez se ha llegado ahí y temer que nunca se vaya a prosperar ni tampoco a alcanzar el proyecto migratorio.

6. Fase de aceptación

En esta fase se acepta tanto racional como emocionalmente el proceso migratorio, es decir, la persona es capaz de decir de verdad adiós sin sentir deudas por lo que se deja atrás o miedo a perderlo para siempre.

7. Fase de perdón y gratitud

En esta fase la persona se permite conectar con lo bueno y lo malo que ha vivido antes de irse de su país y, también, con respecto a la decisión tomada. Perdona a las cosas y personas que han hecho daño al migrante, y se agradece a aquello que se ha conseguido llevar consigo, aquello que le ha hecho crecer personalmente. Se valoran todas las cosas buenas que se han aprendido durante el proceso.

8. Fase de nuevos apegos

En esta fase se establecen nuevos vínculos, nuevas raíces y una nueva vida. Es el momento en el que se ha realizado y finalizado el duelo migratorio, siendo esta la que confirma que la persona se ha sabido adaptar al nuevo lugar de residencia, pero sin sentir que ha perdido sus raíces ni aquello con lo que ha crecido.

Referencias bibliográficas:

  • Achotegui, J. (2000) Los duelos de la migración. Jano. Psiquiatría y humanidades.nº2.
  • Achotegui, J. (2002) La depresión en los inmigrantes: una perspectiva transcultural. Ed. Mayo. Barcelona.
  • González-Calvo, V. (2004) Materiales sobre Duelo Migratorio. Experto en Políticas Migratorias. Univ. Pablo de Olavide. Sevilla.