El trastorno bipolar tipo I es una de las patologías más severas del estado de ánimo, pues suele manifestarse en forma de oscilaciones afectivas que pendulan entre los extremos de la manía y la depresión.

Ambas formas de expresión clínica ocurren en una secuencia no necesariamente alterna (sucediéndose varios episodios depresivos consecutivamente, por ejemplo), pero con el tratamiento oportuno pueden estar mediadas por periodos de estabilidad.

Por su parte, la manía es fundamental para entender este problema de salud mental. Por ello, ocupará una posición central en el presente artículo.

¿Qué es la fase maníaca del trastorno bipolar?

Los episodios maníacos son periodos en los que la persona experimenta un estado de ánimo anormalmente elevado, lo que se manifiesta como una suerte de euforia desbordada. En ocasiones el síntoma puede adquirir un matiz de irritabilidad, mostrando quien lo padece una actitud crítica hacia los demás o hacia sí mismo, y reaccionando de forma abrupta ante circunstancias del entorno que pudieran hacerle sentir contrariado.

En términos estrictos se requiere que el estado de ánimo se prolongue al menos durante una semana, y que condicione (por su intensidad) la capacidad para desarrollar con normalidad las responsabilidades cotidianas. En este sentido puede comprometer la vida laboral o académica, e incluso requerir un tiempo de hospitalización con el objetivo de evitar posibles daños para uno mismo o para los demás.

La manía es el síntoma de mayor relevancia en el trastorno bipolar tipo I, pues es el único que se requiere para efectuar su diagnóstico (cuya prevalencia asciende hasta el 0,6% de la población mundial). La depresión, por tanto, no ha de estar presente de forma necesaria (aunque es lo más común). La manía no debe confundirse con la hipomanía, una forma menos incapacitante, y que constituye (junto a la presencia de episodios depresivos) el eje del trastorno bipolar tipo II (0,4% a nivel global).

En lo sucesivo detallaremos los síntomas que son propios de los episodios maníacos en el trastorno bipolar, ejemplificando cada uno de ellos para evidenciar su potencial impacto sobre la vida de la persona que los sufre y la de sus allegados.

1. Autoestima exagerada o grandiosidad

Una de las características definitorias de la manía es la inflamación en la percepción que la persona proyecta sobre sí misma, la cual experimenta una expansión que rebasa todos los límites de lo razonable. Puede referirse a sí misma haciendo uso de atributos que sugieren grandeza o superioridad, sobredimensionado hasta el extremo sus cualidades personales. La exageración de la propia valía puede verse acompañada, además, de la devaluación de la de los demás.

Este síntoma adquiere su máxima expresión a través de la sensación de omnipotencia, que alberga creencias irreales sobre las propias aptitudes y que puede asociarse a conductas de riesgo para la vida o la integridad física, así como al desgaste de los recursos físicos o materiales.

Otra circunstancia que puede concurrir en este contexto es la erotomanía, una forma de delirio que se caracteriza por sentirse objeto del amor de otra persona, sin que se aprecie una causa objetiva que pudiera dar sustento a tal razonamiento. Generalmente se trata de una figura de notable trascendencia social, lo que sirve para afianzar algunas creencias de superioridad sobre las que se construye la autoimagen. El síntoma es más habitual en los casos graves.

2. Disminución de la necesidad de dormir

Las personas que transitan una fase maníaca pueden reducir abruptamente el tiempo que dedican a dormir (limitándolo hasta las tres horas diarias o menos), e incluso mantienen la vigilia durante noches enteras. Esto se debe a una necesidad acuciante de implicarse en actividades, y ocasionalmente a la creencia de que el propio sueño constituye una pérdida de tiempo innecesaria.

La sensación de cansancio se desvanece, y la persona dedica todas sus horas nocturnas a mantener un trepidante ritmo de actividades intencionales, las cuales se llevan a cabo de forma errática y excesiva. Al igual que en cierto momento se evidencia un compromiso inflexible hacia cierto tipo de tareas, estas pueden ser abandonadas inesperadamente a favor de otras que suscitan un inusitado interés, lo que implica un uso incesante de la energía.

Bajo este estado se presenta un agotamiento físico y mental obvio, pero del que la persona parece no ser consciente. Existen estudios sugerentes de que semejante reducción en la necesidad de dormir es uno de los síntomas con mayor poder predictivo para la aparición de episodios maníacos en personas con trastorno bipolar que se encontraban hasta ese instante en una fase de estabilidad.

3. Taquilalia

Otra característica de los episodios maníacos es el aumento sustancial en la latencia del habla, con una producción de palabras muy superior a la que es habitual en los periodos entre episodios. Pueden emerger alteraciones tales como el desacarrilamiento (discurso sin un aparente hilo conductor), la tangencialidad (abordaje de asuntos irrelevantes para el tema central que se está abordando) o el habla distraída (cambio de asunto en respuesta a estímulos que se encuentran en el ambiente y acaparan la atención).

En los casos más graves puede irrumpir una alteración de la comunicación verbal conocida como "ensalada de palabras", en la cual el contenido del discurso queda desprovisto de todo atisbo de inteligibilidad, por lo que el interlocutor se siente incapaz de apreciar su significado o intención.

4. Aceleración del pensamiento

La aceleración del pensamiento (taquipsiquia) se conecta, de forma directa, con el aumento en el ritmo de producción verbal. Ambas realidades están firmemente interconectadas, de modo que el compromiso en la integridad de los contenidos mentales se traducirá en un habla afectada. Esta presión del pensamiento desborda la capacidad de la persona para traducirlo en términos operativos para su uso eficiente, observándose lo que se conoce como una "fuga de ideas".

Esta fuga de ideas supone la desorganización evidente en la jerarquía de prioridades del pensamiento, de forma que el discurso con el que se inició una conversación (y que albergaba una clara intención comunicativa) se ve interrumpido por un cúmulo de ideas secundarias que se superponen entre sí de forma caótica, y que acaban diluyéndose en un caudal trepidante de contenidos mentales que desembocan en un océano embravecido de palabras inconexas.

5. Distraibilidad

Las personas que viven una fase maníaca del trastorno bipolar pueden ver alteradas ciertas funciones cognitivas superiores, en particular los procesos atencionales. En circunstancias normales estas son capaces de mantener una pertinente atención selectiva, dotando de una mayor relevancia a los elementos del entorno que son necesarios para un funcionamiento adecuado basado en claves contextuales. Así, se inhibiría la proyección del foco sobre lo que resultara prescindible o accesorio para la ocasión.

Durante las fases maníacas puede apreciarse una alteración en este proceso de filtrado, de modo que los diversos estímulos ambientales competirían por acaparar los recursos de los que la persona dispone, dificultando que la conducta se exprese en términos adaptativos. Por esto, suele resultar extremadamente difícil mantener la vigilancia sostenida sobre un estímulo cualquiera, oscilando la atención de un punto a otro sin que esta pueda encontrar una referencia clara.

6. Aumento de la actividad intencionada

En el contexto de un episodio maníaco suele producirse un incremento peculiar en el nivel de actividad general de la persona. Así, puede dedicar la mayor parte de su tiempo a realizar cualquier tarea que despierte su interés, implicándose en ella de modo tal que pareciera no sentir fatiga alguna pese al tiempo transcurrido. Es posible que esta circunstancia concurra junto a la poderosísima sensación de sentirse creativo y constructivo, inhibiendo el resto de responsabilidades.

En ocasiones este flujo incesante de actividad es resistente a los intentos de los demás por forzar su detención, ante la preocupación por las posibles consecuencias del sobreesfuerzo sobre la salud de la persona (que puede permanecer noches enteras enfrascada en sus quehaceres). En estos casos puede surgir una respuesta de abierta oposición a los intentos de disuasión, acompañados de cierta irritabilidad y percepción de agravio.

7. Impulsividad

La impulsividad es la dificultad para inhibir el impulso por emitir una conducta concreta ante la presencia de un estímulo detonante (físico o cognitivo), y que a menudo implica también la imposibilidad de detenerla en el momento en que se encuentra en marcha. Este síntoma se erige como uno de los que tiene mayor poder descriptivo en los episodios maníacos del trastorno bipolar, pudiendo ser también uno de los que mayor perjuicio genera sobre la vida personal y social.

No es infrecuente que, en el contexto de la fase maníaca del trastorno bipolar, la persona asuma decisiones arriesgadas cuyas consecuencias impliquen un menoscabo profundo de sus recursos económicos o fiduciarios, como inversiones desproporcionadas en empresas cuyo pronóstico de éxito es pobre o dudoso. Se producen como consecuencia pérdidas irreparables del patrimonio personal o familiar, que incrementan la tensión relacional que pudiera haberse instaurado en el círculo íntimo de personas de confianza.

La implicación en otro tipo de actividades de riesgo, como el consumo de sustancias o las conductas sexuales sin el uso de estrategias profilácticas adecuadas, puede generar nuevos problemas o incluso incrementar la intensidad de la sintomatología propia de la manía (como ocurriría en el caso del consumo de cocaína, que actúa como agonista de la dopamina e incrementa las dificultades por las que la persona está atravesando).

Neurobiología del trastorno bipolar

Muchos estudios han encontrado que los episodios agudos de depresión y manía, que se suceden en el transcurso del trastorno bipolar, incrementan el deterioro sobre las funciones cognitivas que acompañan a esta psicopatología con el devenir del tiempo. Todo ello ha puesto de manifiesto la posibilidad de que puedan existir mecanismos estructurales y funcionales en el sistema nervioso central que se hallen a la base de su particular expresión clínica.

En lo relativo a la manía, se ha encontrado evidencia empírica de una reducción en el volumen total de la sustancia gris en la corteza prefrontal dorsolateral; que contribuye a funciones como la atención, la inhibición de los impulsos o la capacidad de planificación a medio y largo plazo. También se han descrito hallazgos similares en la circunvolución frontal inferior, la cual participa en los procesos de formación de palabras (pues tiene estrechas conexiones con el área motora primaria).

Por otra parte, se han detectado alteraciones en las áreas del cerebro que se encargan de procesar las recompensas, especialmente en el hemisferio cerebral izquierdo, que pueden encontrarse en situación de hiperactividad. Este hecho, junto a la citada perturbación de las áreas corticales frontales, podría construir los cimientos de la impulsividad y la dificultad atencional de las personas con un trastorno bipolar.

Es importante que la persona que padece un trastorno bipolar intente buscar una ayuda especializada, pues el uso de estabilizadores del estado de ánimo es clave para equilibrar los afectos y facilitar una adecuada calidad de vida. Estos fármacos, no obstante, requieren un control minucioso por parte del facultativo debido a su potencial toxicidad en caso de consumo inadecuado (lo que podría requerir cambios en la dosis o incluso la búsqueda de alternativas medicamentosas).

La psicoterapia, por otra parte, también juega un papel importante. En este caso puede ayudar a la persona a conocer mejor la enfermedad que padece, a detectar con antelación la aparición de los episodios agudos (tanto depresivos, como maníacos o hipomaníacos), a gestionar el estrés subjetivo, a optimizar las dinámicas familiares y a afianzar un estilo de vida que redunde en la conquista de un mayor bienestar.

Referencias bibliográficas:

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