Un resumen sobre las características de la fobia de impulsión. Wikimedia Commons.

Las personas mantenemos una actividad mental continua. Somos seres racionales que construimos nuestra realidad a través del pensamiento, por lo que este no cesa en su esfuerzo por dotar de significado a lo que nos rodea.

Toda obra humana, sin excepción, fue un pensamiento antes de hacerse tangible. Por ello debemos apreciar su importancia en el proceso creativo, así como su íntima relación con la conducta y la emoción.

La fobia de impulsión supone el acento sobre este vínculo indivisible entre pensar y actuar, pero adoptando una naturaleza perniciosa que genera un gran malestar en quienes la viven.

En este artículo revisaremos el concepto, así como sus características y sus consecuencias sobre la salud y la calidad de vida, junto a las modalidades terapéuticas de las que hoy en día disponemos para abordarla con éxito.

La fobias: características y síntomas

Las fobias son trastornos de ansiedad que se caracterizan por la aparición de una respuesta de miedo desproporcionado ante la presencia de estímulos o situaciones muy concretas, las cuales activan los mecanismos naturales de alarma con el fin de responder ante lo que se percibe como una amenaza. Para entenderlas podemos recurrir a la metáfora de las alergias, que se erigen como reacciones excesivas del sistema inmunológico ante sustancias u otros elementos generalmente inocuos (pero que se afrontan como un peligroso patógeno).

Es importante tener en cuenta, además, que su inicio y su mantenimiento dependen de mecanismos explicativos distintos. Se forman a partir de la experiencia directa y adversa con el objeto que posteriormente se temerá, o por aprendizaje vicario/social (ver a otra persona exponiéndose al estímulo o escuchar historias negativas sobre el mismo), pero la continuidad del problema tiene su raíz en los intentos por evitarlo o escapar de él. Estos últimos motivan una equívoca sensación de alivio, pues acaba extendiendo el problema en el tiempo.

En este sentido, la persona afectada articula estrategias cognitivas y conductuales dirigidas a evitar cualquier coincidencia con aquello que le da miedo, pues cuando lo hace experimenta una sucesión de sensaciones (hiperactivación autónoma) y cogniciones que resultan difíciles de soportar. El abanico de situaciones u otros estímulos que pueden asociarse a este temor irracional es casi infinito, motivo por el cual se crean tantas etiquetas para definirlo.

Las personas que padecen fobias específicas raramente acuden a un psicólogo para tratar el problema, pues si el estímulo detonante es infrecuente o puede ser evitado sin mayores consecuencias para la vida, la adaptación a los cambios que propicia resulta sencilla y no afecta ni a la autonomía ni al bienestar. En cambio, cuando aquello que se teme no puede ser obviado, el miedo se convierte en una emoción omnipresente e invalidante, que genera síntomas vinculados a la ansiedad: sudores fríos, irritabilidad, tensión muscular, etc.

Esto último convierte a la fobia de impulsión en un problema realmente severo, pues como veremos seguidamente, constituye un miedo intenso hacia un estímulo del que escapar puede resultar realmente difícil: pensamientos intrusivos y sus posibles consecuencias conductuales (impulsos).

La fobia de impulsión

La fobia de impulsión es una forma concreta de miedo que no se proyecta hacia un objeto externo, sino hacia el interior. Concretamente, las personas que la padecen sienten un temor intenso a cierto tipo de pensamientos, lo que supone un hecho que les resulta muy difícil de compartir. Se trata de contenidos mentales en apariencia inocuos, pero que son entendidos en términos de amenaza y que irrumpen inesperadamente.

Para ejemplificar el problema, lo dividiremos en partes más pequeñas y abordaremos cada una de ellas separadamente. Distinguiremos así entre el pensamiento, la interpretación y la conducta.

1. El pensamiento

Todas las personas hemos experimentado en algún momento un pensamiento que surgía de forma automática, sin la mediación de nuestra voluntad. Con mucha frecuencia podemos ser capaces de observarlo y descartarlo, pues no reconocemos en él nada que pueda servirnos de utilidad, o por entenderlo como una palabra o imagen inofensiva que se desvanecerá tan pronto como decidamos centrar la atención en otras cosas que nos rodean.

En otros casos es posible que surja una idea que nos genere un severo impacto emocional, pues la interpretamos en términos de perjuicio o peligrosidad. Puede tratarse de cuestiones relacionadas con actos de violencia dirigidos a nosotros mismos u otras personas, conductas sexuales que juzgamos como profundamente aborrecibles o expresiones que atentan contra valores profundos (blasfemias en personas que alberguen hondas creencias religiosas, por ejemplo).

Se trata de un contenido mental que aparece súbitamente y que puede estar o no asociado a una situación que estamos viviendo. Así, sería posible que paseando por un acantilado surgiera de repente la idea de lanzarse al vacío, o que estando acompañados por una persona (con la que mantenemos un vínculo estrecho) brotara una escena sangrienta en la que ella fuera la protagonista. En otros casos, no obstante, puede suceder sin que exista un detonante ambiental evidente.

El hecho mismo de ser receptáculo de estas ideas puede alertar a la persona sobre los posibles motivos subyacentes, puesto que se oponen frontalmente a lo que haría en su vida cotidiana (jamás se suicidaría o dañaría a un ser querido). Es en este preciso momento en el que tales contenidos mentales alcanzan el terreno del riesgo psicopatológico, puesto que precipitan una disonancia cognitiva entre lo que creemos ser y lo que los pensamientos parecen sugerir que somos.

2. La interpretación

La interpretación de los pensamientos intrusos es un factor esencial para precipitar esta fobia. Si la persona los desposee de todo sentido de trascendencia, se diluyen y dejan de generar un efecto pernicioso sobre su vida mental. En cambio, si se les atribuye un significado más profundo, este adopta una nueva dimensión que afecta al autoconcepto y promueve una sensación de desconfianza hacia uno mismo y hacia su propia actividad cognitiva.

Uno de los fenómenos característicos de esta fobia es la conexión que se forja entre el pensamiento y la conducta potencial. De esta manera, cuando accede a la conciencia, la persona teme perder el control de sí misma y verse arrollada por el impulso de llevar a cabo los actos que se relacionan con él. Siguiendo el ejemplo previo, sentiría un temor irresistible a precipitarse desde una gran altura o a dañar al familiar que la estaba acompañando. Surge, por tanto, una fusión entre el pensamiento y la acción.

Esta conexión puede llegar a generar dudas sobre si el pensamiento es un producto de la imaginación o si se trata del recuerdo de un hecho que realmente sucedió en un momento del pasado. Todo ello provoca emociones muy difíciles de tolerar y una confusión importante, que además fuerza dudas sobre el motivo que pudiera estar a la base de pensar como se piensa (considerarse una mala persona, estar perdiendo el juicio, padecer impulsos ocultos o ser una ofensa ante los ojos de un Dios en el que se cree).

Por este motivo, la fobia de impulsión no solo se vincula a un miedo intenso a pensamientos que pudieran precipitar una pérdida de control, sino que acaba condicionando la autoimagen y deteriorando severamente el modo en el que la persona se percibe a sí misma. Es por este motivo que hablar sobre lo que ocurre puede ser extremadamente doloroso, demorándose el abordaje terapéutico del problema.

3. La conducta

Como resultado del miedo que generan estos pensamientos y sus posibles consecuencias, la persona intenta evitarlos haciendo uso de todos los medios que están a su disposición.

Lo más común es que, en primer lugar, trate de imponerse la voluntad ante el discurso de la mente (que parece fluir automáticamente), buscando una deliberada desaparición de los contenidos mentales que generan la emoción. Este hecho suele precipitar el efecto contrario, a través del cual su presencia se hace más frecuente e intensa. Al tratarse de un objeto fóbico puramente subjetivo, la persona siente la fuente de sus miedos como omnipresente y erosiva, surgiendo rápidamente una sensación de pérdida de control que conduce hasta la indefensión.

Otras conductas que pueden tener lugar son las de reaseguración. Consisten en indagar de forma persistente respecto a si los hechos sobre los que se ha pensado han ocurrido o no, lo que implica comprobaciones que llegan a adquirir la severidad de un ritual compulsivo. Además, puede surgir también la tendencia a preguntar continuamente a los demás sobre estos mismos hechos, persiguiendo el juicio de otros para extraer las propias conclusiones al respecto.

Ambos tipos de conducta, la evitación de la experiencia subjetiva y la reaseguración sobre los propios actos, constituyen los elementos básicos para el agravamiento y mantenimiento del problema a largo plazo. Asimismo, pueden articularse de un modo progresivamente más complejo, de forma que acabe entorpeciendo el desarrollo normal de la vida cotidiana (evitar situaciones o personas que se han asociado a la aparición de pensamientos, por ejemplo).

Tratamiento

La fobia de impulsión puede ser tratada con éxito. Para ello existen intervenciones tanto farmacológicas como psicoterapéuticas. En el primer caso suelen usarse benzodiacepinas de modo puntual y durante un breve periodo de tiempo, mientras se suceden los cambios requeridos para que un antidepresivo empiece a generar su efecto (unas dos o tres semanas aproximadamente). Suelen usarse inhibidores selectivos de la recaptación de la serotonina, los cuales contribuyen a reducir la presencia de pensamientos automáticos negativos.

En cuanto a los tratamientos psicológicos, que resultan absolutamente necesarios, se suele hacer uso de estrategias concretas de corte cognitivo y conductual, dirigidas a modificar el modo en el que se perciben los pensamientos y las sensaciones asociadas (exposición un vivo, reestructuración cognitiva, etc.). También es útil la terapia de aceptación y compromiso, pues acentúa la importancia de la evitación experiencial, un fenómeno clave en la fobia de impulsión.

Por último, será necesario descartar la presencia de otros trastornos mentales que pudieran expresarse de un modo similar a como lo hace este tipo particular de fobia, como el Trastorno Obsesivo-Compulsivo, y descartar patologías del estado de ánimo en las que también puede concurrir su aparición (especialmente la depresión mayor).

Referencias bibliográficas:

  • Coelho, C. y Purkis, H. (2009). The Origins of Specific Phobias: Influential Theories and Current Perspectives. Review of General Psychology, 13(4), 335-348.
  • Vallejo, J. (2007). Trastornos neuróticos secundarios a situaciones estresantes y somatomorfos (III). Trastornos obsesivos. Tratado de Psiquiatría. Marbán: Madrid