¿Sientes que siempre tienes prisa? ¿Te sientes constantemente desbordado? ¿Siempre tienes la sensación de que tienes que luchar mucho para hacer las cosas bien?
Detente un momento y pregúntate algo importante: ¿es realmente solo por las circunstancias… o es que tu sistema se ha acostumbrado a funcionar en modo supervivencia?
Y es verdad, a veces la vida exige demasiado. Porque el trabajo es intenso, hay responsabilidades y puede que no te quede otra. Pero si siempre tienes una excusa para estar agobiado, o empiezas a sentir que todo pesa, te conviene escuchar tu malestar y preguntarte desde dónde estás funcionando. Desde una base segura: puedo con esto, pasará, etc; o desde una base insegura: no sé si podré, le doy muchas vueltas para intentar controlarlo, tengo miedo constantemente a que vaya mal...
Porque al final, todos operamos como un sistema. Y cuando ese sistema percibe desequilibrio, tiende a compensar. Si me siento inseguro, puedo volverme más controlador para evitar que algo salga mal. Si temo no estar a la altura, puedo exigirme más de lo necesario. No es que seas exigente por naturaleza; es que quizá aprendiste que así estabas más seguro.
No es compensar en sí el problema, más bien la situación se complica cuando éste modo se convierte en la única manera en que sabemos funcionar. Y entonces dejamos de preguntarnos si estamos en equilibrio. Simplemente asumimos que “somos así”.
Cómo se construye la seguridad emocional
Para entender por qué ocurre esto, tenemos que ir un poco más atrás, hasta algo más primario: cómo se construye la seguridad emocional.
Cuando llegamos al mundo no somos seres racionales, somos seres sintientes. Primero sentimos y luego aprendemos a interpretar lo que sentimos. No tenemos todavía un cerebro maduro que filtre la experiencia. No hay pensamiento que relativice. Hay sensación.
Puede que no recuerdes tus primeros años, pero eso no significa que no hayan dejado huella. El bebé registra el clima emocional que le rodea: la tensión, la calma, la disponibilidad o la ausencia. Y aunque no haya palabras ni recuerdos conscientes, el sistema lo registra. Como plantea Van Der Kolk (2014), el cuerpo lleva la cuenta incluso cuando la mente no puede narrar lo que ocurrió.
En los primeros meses no existe una mente capaz de cuestionar o relativizar. Solo existe sensación. Y esa sensación repetida va construyendo una base implícita desde la que el niño empieza a entender el mundo: ¿es un lugar que me acoge cuando me desbordo o es un lugar donde tengo que arreglármelas solo?
No se trata de que los adultos no puedan discutir o sentirse estresados. No se trata de perfección. Se trata de regulación suficiente. El niño no necesita un entorno sin conflicto; necesita un entorno donde el conflicto no suponga desorganización constante. Porque cuando el adulto vive permanentemente desbordado o inseguro, esa falta de estabilidad el niño lo percibe.
Simplemente, el niño va a empezar a organizar su propio sistema desde esa misma inseguridad que percibe.
Ahí empieza a construirse una base que puede ser de confianza… o de alerta.
Apego: base, no etiqueta
La teoría del apego nos ayuda a poner palabras a algo que ocurre antes de que podamos explicarlo. Bowlby describió cómo, a partir de las primeras experiencias relacionales, se forman modelos internos de funcionamiento que organizan cómo nos vemos a nosotros mismos y a los demás (Bowlby, 1969/1982).
Más allá del término técnico, lo esencial es esto: aprendemos qué ocurre cuando necesitamos algo. Aprendemos si podemos sentir, necesitar, incluso reclamar sin perder el vínculo. Aprendemos si somos valiosos tal como somos o solo cuando cumplimos determinadas expectativas.
Si cuando me desbordo alguien me calma, integro que el malestar es tolerable y que la relación permanece. Pero si cuando me encuentro mal recibo crítica, distancia o respuestas imprevisibles, el sistema aprende que debe ajustarse para conservar la conexión.
Podemos creer que un niño que nunca da problemas, o protesta poco, es porque está bien. Pero el hecho de no expresar nunca enfado o tristeza no encaja con un cerebro en desarrollo; puede que no esté explotando, puede que esté ajustándose en exceso.
Y con el tiempo, lo que empezó como estrategia para mantener el vínculo, en este caso, no molestar, guardarse sus sentimientos deja de sentirse como aprendizaje y empieza a vivirse como identidad. El apego explica la base, pero no es una etiqueta que condena.
Soy lo que siento: el estado del sistema también aprende
Pero esos modelos de funcionamiento no solo organizan lo que pensamos, también organizan cómo responde nuestro cuerpo. La regulación emocional durante la infancia depende en gran parte de la co regulación con el adulto (Schore, 2001; Siegel, 2012). Cuando esa experiencia es consistente, el sistema aprende que puede activarse sin quedarse atrapado en la activación. Pero cuando la activación es sostenida, el organismo no se rompe: se adapta.
No es que seas “demasiado sensible”. Es que tu sistema puede haber aprendido que estar en alerta era más seguro. El estrés crónico influye en la atención y en la percepción del riesgo (Sapolsky, 2004). Cuando tú sientes que todo es urgente, puede que no sea el mundo el que te haga sentir así, sino el estado de alerta desde el que lo estás leyendo. Y vivir así es desgastante, así que el compensar, llega un momento en que ya no funciona igual.
Formas habituales de compensar
Cuando la inseguridad se instala como base, el sistema busca estabilizarse.
A veces la estrategia parece adecuada porque te vuelves más responsable, más eficiente o perfeccionista. Pero, obsérvate bien, puede que caigas en la trampa del “nunca es suficiente”.
También, en el otro extremo de compensar la inseguridad puede aparecer la evitación. Por eso procastinar, evitar, pasar de todo, suelen enmascarar sentimientos de angustia y dificultades de afrontamiento emocional. Entonces llenas la agenda de cosas para no pensar, aplazas afrontar ciertas tareas o te desconectas emocionalmente.
Y durante un tiempo funciona. Pero el malestar no desaparece, solo se aplaza. No estás gestionando lo que sientes; estás intentando compensarlo.
Comprender cambia la posición
Porque si te paras un momento, quizá puedas empezar a ver algo distinto: ¿Cómo estás compensando tú ese desequilibrio? ¿Tal vez desde la autoexigencia o el control? ¿O puede que desde el no permitirte parar para no pensar?

María Rojas-Marcos Asensi
María Rojas-Marcos Asensi
Psicóloga General Sanitaria
Y cuando la forma en que aprendiste a sostenerte empieza a desgastarte, ahí es donde aparece una posibilidad distinta. La de no en exigirte más y comprender que puedes empezar a tenerte en cuenta. Que hacerlo todo bien no es lo primero. Que ya llevas demasiado tiempo tirando hacia adelante.
Y que quizá ahora toca otra forma de avanzar: desde la confianza, desde el “puedo”, paso a paso. Con autocompasión cuando no llegas. Con escucha cuando quieres pero no puedes. Y con descanso, porque también lo necesitas.


Newsletter PyM
La pasión por la psicología también en tu email
Únete y recibe artículos y contenidos exclusivos
Suscribiéndote aceptas la política de privacidad














