Vivimos en una era donde el celular parece haberse convertido en un miembro más de la familia. Está presente en la mesa, en los paseos, en los silencios y, a veces, incluso entre los abrazos. Sin darnos cuenta, ha reemplazado muchas de las conversaciones que antes nos unían. Durante mis más de 14 años de experiencia profesional, he visto a padres y madres preguntarse con dolor: “¿En qué momento mi hijo dejó de mirarme a los ojos?”. Antes de buscar respuestas, vale detenernos un instante y preguntarnos: ¿qué lugar ocupa hoy la tecnología en nuestros vínculos más importantes? ¿Qué hemos ganado… y qué hemos perdido?
La nueva batalla de los padres
Cada generación de padres ha tenido sus propias batallas: los límites en los horarios para salir, las horas frente al televisor, las amistades, los estudios, pero nunca habíamos tenido que vivenciar una época donde la vida entera, prácticamente, cabe en una pantalla de 6 pulgadas.
Hoy, el celular no es solo un dispositivo: es un espejo, una ventana y, muchas veces, un refugio. En él, los hijos ríen, se informan, crean, se comparan y, a veces, se esconden. La pregunta que más escucho en consulta resume la angustia de miles de padres y madres: —“¿Qué hago si mi hijo pasa todo el día con el celular y no sé cómo hablar con él sin pelear?”.
Detrás de esa pregunta se esconden sentimientos que van más allá del cansancio o la irritación: hay culpa, hay miedo, y también una profunda nostalgia. Los padres no solo extrañan el tiempo que sus hijos pasan sin mirar una pantalla; extrañan la conexión emocional que antes fluía con naturalidad.
El refugio del celular
El fenómeno del uso excesivo de celulares no puede entenderse solo como un tema de “malos hábitos”; en realidad, refleja una transformación profunda en la forma en que los seres humanos nos relacionamos, percibimos el tiempo y construimos sentido. Lo digital ha modificado el ritmo de la vida emocional, especialmente en los adolescentes, quienes se encuentran en pleno proceso de desarrollo de su identidad, autonomía y regulación afectiva.
Como psicóloga clínica, he visto cómo el celular se convierte, para muchos jóvenes, en un refugio frente al vacío, la ansiedad o la falta de reconocimiento. No lo usan solo por ocio, sino porque les brinda una sensación inmediata de pertenencia: cada notificación, cada mensaje y cada “like” libera dopamina —el neurotransmisor del placer— y ese pequeño instante de satisfacción se convierte en una búsqueda constante (Montag & Walla, 2016). Por eso, no sorprende que cuando se les retira el celular experimenten irritabilidad, angustia o tristeza: el problema no es solo el dispositivo, sino lo que representa emocionalmente; el celular les ofrece control, escape y compañía en un mundo que perciben como incierto.
Mientras tanto, muchos padres se sienten desplazados, sin saber cómo “competir” con un aparato que responde más rápido que ellos, que no juzga ni pone límites, pero que tampoco educa ni abraza. La escena se repite en numerosos hogares: un adolescente abstraído en la pantalla y un padre o madre que intenta conectar con palabras que parecen no llegar (“le hablo y no me escucha”, suelen decirme).
Este desafío, además, ocurre en contextos familiares, sociales y educativos cambiantes: largas jornadas laborales, presión económica y sobreexposición a información hacen que muchos adultos lleguen a casa emocionalmente agotados. En ese estado, resulta difícil ofrecer presencia y contención, justo lo que los hijos necesitan para aprender a autorregularse.
¿Una preocupación genuina?
Así, la tecnología llena el espacio que el tiempo y el cansancio han dejado, pero ese alivio práctico puede transformarse lentamente en distancia emocional. Y cuando los padres se dan cuenta, sienten que “han perdido” a sus hijos en un mundo que no comprenden del todo. Hace poco, en consulta, una madre entró con el ceño fruncido y un suspiro profundo. Apenas se sentó, soltó la frase que escucho cada vez más en mi consultorio: —“Licenciada, mi hijo vive pegado al celular. ¡Ya no sé qué hacer! Si no está en TikTok, está en YouTube; si no está jugando Roblox, está chateando. Parece que nada más existe para él”.
Su preocupación era genuina. Detrás de su tono de frustración, se notaba también algo de tristeza: “Antes jugábamos juntos; ahora no sé cómo hablarle sin que se enoje”, me dijo casi en un susurro. Después de escucharla, pensé en cuántos padres viven hoy la misma angustia. Recordé a Camila, una adolescente que me conmovió profundamente cuando me dijo: —“No es que no quiera hablar con mis papás, doctora… es que cuando agarro el celular pierdo la noción del tiempo. Es como si entrara a otro mundo”.
Esa frase resume lo que viven muchas familias: padres que intentan recuperar la conexión con sus hijos e hijos que, sin darse cuenta, se refugian en un mundo digital del que cada vez les cuesta más salir. Lo cierto es que las pantallas ya no son simples herramientas: son escenarios donde se juega buena parte de la vida emocional, académica y social de nuestros hijos. Y como toda herramienta poderosa, su uso puede generar tanto bienestar como daño, dependiendo del equilibrio con el que se maneje.
El cambio que ha transformado la rutina de millones de familias
No se trata de un fenómeno aislado ni pasajero: los cambios tecnológicos han transformado las rutinas familiares en menos de dos décadas. Hoy los adolescentes crecen hiperconectados, con acceso ilimitado a información, entretenimiento y redes sociales que moldean su forma de ver el mundo y de verse a sí mismos.
A nivel internacional, por ejemplo, en España, se ha documentado (desde la mirada parental) el incremento del uso problemático de Internet por parte de menores y cómo cambió antes y después del confinamiento por COVID-19 (Ponce-Gómez, Zych, & Rodríguez-Ruiz, 2023).
Y en Perú, las cifras no son más alentadoras. Según el INEI, más del 86 % de menores entre 6 y 17 años accede a internet desde el celular, y la mayoría pasa entre tres y cinco horas conectadas cada día (INEI, 2022). A primera vista, podría parecer una realidad inofensiva —“todos usan el celular”, “es parte de su época”—, pero cuando ese uso sustituye el diálogo, el juego, el descanso o el contacto humano, algo esencial se pierde.
En consulta, escucho a padres que dicen: —“Antes mi hijo me contaba sus cosas. Ahora le pregunto cómo le fue en el colegio y solo responde con un ‘bien’ mientras sigue deslizando el dedo por la pantalla”. Y a adolescentes que confiesan entre lágrimas: —“Cuando estoy en mi celular me siento parte de algo; cuando lo apago, me siento sola”. Ese contraste emocional es el punto crítico: el celular no solo entretiene; también reemplaza espacios de conexión y contención.
Camila me contaba que se sentía tranquila cuando veía videos o jugaba en línea: “Me olvido de todo”, decía. Y tenía razón. Cada “like”, cada mensaje o notificación activa el sistema de recompensa del cerebro, liberando dopamina, asociada al placer y la motivación (Montag & Walla, 2016). En la adolescencia, este circuito es especialmente sensible. A diferencia de los adultos, los adolescentes no solo buscan distracción: buscan identidad. El celular se convierte en un espejo donde se validan a través de la mirada de los demás; cada publicación, comentario e historia compartida tiene un peso emocional.
Además, es importante recordar que el cerebro adolescente aún está en desarrollo: La corteza prefrontal, responsable del autocontrol, la empatía y la toma de decisiones, madura completamente recién alrededor de los 25 años; eso significa que tu hijo no tiene la misma capacidad para detenerse, evaluar y regular sus impulsos (Casey, Tottenham, Liston, & Durston, 2005).
Lo digital ofrece gratificación inmediata: placer rápido, cero esperas. En cambio, los logros del mundo real —estudiar, conversar, practicar un deporte— requieren esfuerzo y tiempo. Por eso, para un adolescente, desconectarse puede sentirse como perder una fuente de seguridad emocional. En consulta, suelo explicarlo así: “El celular funciona como un caramelo emocional: calma rápido, pero no alimenta de verdad”.
Un día, la madre de Camila me dijo con los ojos llenos de lágrimas: —“Antes, ella me contaba todo. Ahora no sé qué siente… ni siquiera sé si está feliz o triste”.
Este tipo de declaraciones son frecuentes. El problema no es el celular en sí, sino el vacío que deja cuando reemplaza el contacto humano: las familias comparten menos comidas, los padres trabajan más horas conectados y los adolescentes, en lugar de buscar apoyo, buscan distracción.
En Perú, un estudio con escolares de Lima y Arequipa reportó que el uso intensivo de redes sociales se asocia con mayor vulnerabilidad emocional y dificultades para dormir (Fundación MAPFRE, 2022). Asimismo, se ha observado que los adolescentes con mayor dependencia al celular reportan más soledad, peor calidad de sueño y menor rendimiento académico (Velásquez, 2021).
¿Cuál es el impacto en la salud? ¿De dónde viene?
El impacto del exceso de pantalla también alcanza la salud física. Una revisión sistemática halló asociaciones entre mayor tiempo de pantalla y peores indicadores de estado óseo en población infantil y adolescente, recordándonos que no solo está en juego lo emocional, sino también el cuerpo en desarrollo (De Lamas, Sánchez-Pintos, José de Castro, Sáenz de Pipaón, & Couce, 2021).
Detrás del uso compulsivo del celular suelen esconderse emociones no resueltas: aburrimiento, ansiedad, tristeza o miedo a sentirse solo. En muchos casos, el celular se convierte en un refugio emocional para escapar del malestar sin afrontarlo.
Sin embargo, ese escape puede agravar el problema: la desconexión del entorno real intensifica la soledad, y esa soledad lleva a usar más el celular, generando un ciclo difícil de romper. No es raro ver, además, síntomas físicos como insomnio, irritabilidad, tensión ocular o dolores de cabeza, y fenómenos como el miedo a “perderse algo” (FOMO), que mantiene al adolescente en alerta constante. Ante todo lo mencionado, surge la pregunta que más escucho en consulta con padres de adolescentes: —“Licenciada, ¿qué hago?”
Lo primero es no abordar el tema desde la culpa —ni la tuya ni la de tu hijo—. Nadie nace sabiendo usar la tecnología, y todos —padres e hijos— estamos aprendiendo a convivir con ella.
¿Qué puedo hacer?
Estrategias que funcionan:
- Establece rutinas claras. Los adolescentes necesitan límites, aunque los cuestionen. Define horarios para el uso del celular, especialmente en las noches. Dormir con el aparato bajo la almohada interrumpe el descanso y aumenta la ansiedad.
- Promueve alternativas reales. No basta con prohibir: hay que ofrecer opciones que conecten emocionalmente. Cocinar, pasear, hacer deporte o ver una película juntos sustituyen la gratificación digital por conexión real.
- Sé un modelo de autocontrol. Si los hijos ven que los adultos también viven pendientes del celular, difícilmente entenderán el valor del equilibrio. Empieza por observar tu propio uso.
- Crea zonas y momentos sin pantallas. Establece espacios donde el celular no entra (mesa del comedor, dormitorio, conversaciones familiares). Estas reglas fortalecen la presencia y la escucha.
- Escucha sin juzgar. Antes de imponer límites, pregunta qué siente tu hijo al usar el celular. ¿Qué busca? ¿Qué le ofrece? Comprender su mundo emocional permite acompañarlo con empatía.
- Reconoce sus esfuerzos. Cada vez que tu hijo decida desconectarse voluntariamente, felicítalo. Refuerza el cambio con afecto y confianza, no con control o castigo.
- Fomenta la autorreflexión. Conversen sobre cómo se sienten después de estar mucho tiempo en línea: “¿Te sientes descansado o más cansado?”
- Evita usar el celular como castigo o premio. Eso aumenta su valor simbólico. Enséñale que es una herramienta: ni refugio ni moneda de cambio.
Cuándo buscar ayuda profesional
Si el tema ya te sobrepasa —si hay discusiones diarias o tu hijo se aísla demasiado—, la terapia psicológica te puede ayudar a identificar la raíz emocional del problema. A veces, el exceso de celular no es el problema principal, sino el síntoma de algo más profundo: ansiedad, inseguridad, falta de pertenencia o tristeza no expresada. No estás sola ni solo: criar hoy implica navegar un mundo que cambia mucho más rápido de lo que podemos procesar.
Por eso, el desafío no es solo tecnológico, sino relacional. Formar en la era digital implica aprender a estar presentes sin invadir, acompañar sin controlar y guiar sin romper la confianza. La educación emocional es clave: enseñar a los hijos a identificar lo que sienten, a esperar, a tolerar la frustración y a buscar gratificaciones reales fuera de la pantalla. Eso no se logra con sermones, sino con presencia y coherencia, cuando los padres realmente se involucran, el impacto es enorme: la supervisión afectiva y el diálogo constante son factores protectores frente a la dependencia tecnológica.
El equilibrio se construye paso a paso, con límites firmes, pero desde el amor. Camila y su madre no resolvieron el problema de la noche a la mañana, pero poco a poco comenzaron a crear momentos sin pantallas: cocinar los domingos, pasear al perro, ver una película. Un día, la madre me dijo sonriendo: —“Doctora, ayer apagó el celular sola. Me abrazó y me dijo: te extrañaba”.
Esa escena me recordó que el vínculo siempre puede reconstruirse, incluso cuando parece roto. El celular no es el enemigo; es una herramienta poderosa, pero el poder está en cómo lo usamos. La tarea no es prohibir, sino enseñar a convivir con la tecnología sin perder la humanidad. Si notas que tu hijo se irrita fácilmente, duerme poco o se aísla, no lo tomes como rebeldía: es una señal de que necesita acompañamiento emocional. Buscar ayuda profesional no es rendirse: es cuidar con amor.
Y aunque parezca difícil, el cambio empieza con un gesto pequeño: guardar el celular durante la cena, mirar a los ojos, escuchar de verdad. Son actos simples que devuelven lo que la tecnología no puede ofrecer: presencia, calidez y conexión real. Porque, al final, más allá de las pantallas, lo que tus hijos más necesitan sigue siendo lo mismo de siempre: tu presencia, tu mirada y tu cariño sin distracciones.
Si deseas que te pueda guiar a formar adolescentes sanos emocionalmente aquí estoy para apoyarte, durante mis 14 años de experiencia profesional se ha logrado grandes resultados con los adolescentes, asi que cuando gustes aquí estoy para guiarte en tu proceso de maternidad/paternidad.
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