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Los 8 problemas de conducta más frecuentes en adolescentes (y qué hacer)

Un resumen de los principales problemas de comportamiento que suelen darse en la adolescencia.

Adhara Psicología

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Los problemas de conducta más frecuentes en adolescentes (y qué hacer)

La adolescencia trae consigo una serie de experiencias vitales que, para bien y para mal, afectan al modo en el que los más jóvenes interpretan el mundo, se interpretan a sí mismos y desarrollan estilos de comportamiento y de gestión de sus emociones.

Algunos les abren la puerta a experiencias muy enriquecedoras y que les permiten desarrollar su individualidad a otro nivel (por ejemplo, asumiendo más responsabilidades y aprendiendo por su cuenta acerca de temas que ya pueden empezar a comprender bien), pero otros vuelven a los adolescentes más proclives a desarrollar ciertos patrones psicológicos problemáticos en lo relativo a su convivencia con el resto de la familia y las estrategias de crianza de los padres y madres.

Por eso, muchos padres y madres notan que tras varios años creyendo que conocen bien a su hijo o hija, más o menos al llegar estos a la pubertad pasan a convertirse en relativamente poco tiempo en alguien distinto; alguien cuya crianza da lugar a nuevos retos complicados de afrontar. En este artículo haremos un repaso a las complicaciones más relevantes en este aspecto, los problemas comportamentales que aparecen a menudo en la adolescencia, y veremos algunos consejos para darles solución del mejor modo posible.

¿Cuáles son los principales problemas de conducta que se producen en la adolescencia?

La adolescencia es una de las etapas del desarrollo humano más estudiadas en el ámbito de la Psicología debido a la gran cantidad de cambios físicos, cognitivos y emocionales que se producen en ella y a la importancia que esta tiene en la fase de la adultez.

En este sentido, hay varias problemáticas a nivel psicológico que son característicos de los años de la adolescencia; está claro que cada persona es distinta y no siempre experimentamos el mismo tipo de experiencias, pero existen algunas tendencias generales respecto a los problemas de conducta más habituales que se dan en este período. Veamos cuáles son los más importantes, así como varios consejos y estrategias para darles solución desde la educación en casa y la convivencia familiar.

1. Conductas imprudentes

Durante la adolescencia es relativamente habitual que la persona lleve a cabo una serie de conductas imprudentes que atentan no solo contra su propia seguridad sino también con la de las personas que tiene a su alrededor.

Estas imprudencias se explican por la distinta forma de ver la realidad que tienen los adolescentes, y suelen tener que ver con la búsqueda de aprobación social y las dinámicas de competir por atraer la atención que ocurren entre los jóvenes de la misma edad o ligeramente mayores. Son más habituales entre hombres que entre mujeres, y pueden ser vistos como una manera de reivindicar el valor de la rebeldía y la valentía en una etapa de la vida caracterizada por la búsqueda de la individualidad y el cuestionamiento de las normas “formales”.

Por otro lado, por lo general las personas adolescentes carecen de la experiencia suficiente para emitir juicios acertados sobre los riesgos que encierra el mundo que le rodea, así como de los peligros a los que se exponen cometiendo imprudencias relacionadas por ejemplo con deportes de riesgo, peleas, consumo de drogas o incluso “juegos” pensados específicamente para ver quién se atreve a exponerse más a lesiones o accidentes.

Desde las familias, una estrategia que suele resultar eficaz es, más allá de poner reglas muy férreas en casa (esto no evita que cometan imprudencias fuera del contexto doméstico y que se acostumbren a huir del ambiente policial que reina en su casa) es aportarles referentes que puedan llegar a respetar y que les inculque el valor de los autocuidados y la prudencia: personajes de ficción o incluso influencers jóvenes que den buen ejemplo y en los que se puedan reflejar.

2. Explosiones de ira

Las conductas agresivas también son habituales en muchos adolescentes, y esto facilita que se produzcan muchas peleas y discusiones frecuentes entre personas de la misma edad o incluso con mayores. Es fruto de la falta de habilidades para gestionar sus emociones y para canalizar su enojo de una manera constructiva y orientada a la búsqueda de soluciones concretas.

La agresividad puede verse facilitada por una gran variedad de factores, desde los cambios fisiológicos y hormonales propios de la edad, hasta una frustración personal por el estrés vinculado a las tareas de la escuela, la insatisfacción con el propio cuerpo (que cambia rápidamente y a veces de manera “poco ordenada”) el sentimiento de incomprensión ante personas de otras generaciones, etc.

Ante este tipo de problemas, es bueno que como padres y madres les enseñemos maneras de expresar su descontento mediante discusiones constructivas, que no se limiten a exteriorizar la frustración y nada más. Por ejemplo, criticar las acciones que encuentran molestas en vez de a las personas que las realizan, poner ejemplos acerca de lo que les gustaría y lo que no les gusta, mostrarles que si no se comunican bien las personas de su entorno no pueden adivinar lo que ellos quieren, y sobre todo, reconocer y apreciar los avances que hagan al gestionar esta clase de emociones.

3. Evitación de responsabilidades

Otro de los problemas de conducta más habituales asociados a la etapa adolescente es la evitación de todo tipo de responsabilidades propias de su edad, ya sea por miedo a no saber llevarlas a cabo y a fracasar, o simplemente por una falta de interés o de preocupación.

Huir de cualquier actividad que ponga a prueba su rendimiento también puede ser un signo de que el adolescente se siente desorientado en un período a caballo entre la infancia y la etapa adulta. Por ello, es importante darles apoyo para que, a partir de nuestras instrucciones y ejemplos, vayan siendo capaces de aprender nuevas tareas del hogar o incluso del cuidado de sus hermanos.

Pero lo más importante no es mostrarles las “instrucciones” acerca de lo que deben hacer para ponérselo fácil; es mostrarles que la adquisición de responsabilidades es el camino de la maduración psicológica, y que esto se plasma en el tipo de respeto que mostramos ante ellos: los chicos y las chicas capaces de ir asumiendo nuevos roles que los acercan a la adultez también son tratados cada vez más como jóvenes adultos, algo que la mayoría de adolescentes aprecia mucho.

Problemas en la adolescencia

5. Conductas demasiado erráticas

La conducta errática y poco coherente es una de las características clásicas de la adolescencia, y se explica porque la persona está intentando crear su propia personalidad y al mismo tiempo lidiar con la desorientación y la falta de referentes que muchos jóvenes experimentan. Por eso, no es raro que de una semana para otra pasen a comportarse como si fuese el personaje de una obra de ficción, lo cual encorseta su libertad y desorienta a sus familias.

Estos cambios de conducta y de rumbo constante en el día a día del adolescente suelen generar confusión o malestar en sus padres y a la larga puede acabar en discusiones o conflictos habituales entre padres e hijos.

Para ayudarles ante este tipo de fenómenos, es bueno que como padres y madres les ayudemos a darse cuenta de los elementos de su identidad, expresando lo que nos parece su manera de comportarse, de desarrollar aficiones, de relacionarse… Todo ello, haciendo referencia a sus acciones y tratando de evitar ponerles “etiquetas”. De este modo, en su mente se irá generando un autoconcepto más completo y rico en matices y no sentirán la necesidad de ir dando volantazos para ver qué tipo de estilo de comportamiento les aporta más aprobación o llama más la atención del modo deseado.

6. Conflictividad generacional

Los conflictos entre padres e hijos adolescentes son un clásico en esta etapa del desarrollo humano y se producen generalmente porque el adolescente está construyendo su propia personalidad al margen de sus padres y normalmente adopta la actitud de ir a la contra de ellos sistemáticamente, dado que asocia la figura de los mayores a todo un sistema de restricciones que limitan su libertad.

Al mismo tiempo, es común que las discusiones sean concebidas por el adolescente como conflictos personales y luchas de ego, ya que aún no sabe gestionar bien los desacuerdos ni sabe regular bien sus emociones.

Ante este tipo de problemas, la herramienta más útil es la comunicación asertiva: mostrarle que es posible mostrar el desacuerdo desde la empatía y a la vez sin morderse la lengua, y siempre con respeto. Esto le permitirá comprender mejor la manera de pensar de generaciones anteriores y estar en desacuerdo con algunas de sus ideas, pero entendiéndolas como lo que son y sin interpretarlas a través de caricaturas.

7. Desafío a las figuras de autoridad

Además de desafiar a los padres, las personas adolescentes tienen cierta tendencia a desafiar cualquier otra figura de autoridad que se interponga en su camino, ya sean profesores, otros familiares e incluso a policías.

Este fenómeno posibilita en algunos adolescentes la aparición de conductas contrarias a las normativas básicas de convivencia y civismo, de absentismo escolar e incluso de actividades delictivas.

Este es uno de los problemas más complejos de abordar, y por eso, en líneas generales, se recomienda que las familias recurran a los psicólogos expertos en terapia infanto-juvenil para evitar que estas dinámicas lastren el desarrollo de sus hijos y les lleve al fracaso escolar.

8. Aislamiento social

Durante la adolescencia es habitual que existan algunos problemas de autoestima que afecten de manera significativa al estado de ánimo de la persona.

Este fenómeno, asociado al miedo al rechazo o al fracaso que sienten la mayoría de adolescentes, puede facilitar que exista una tendencia a aislarse socialmente y encerrarse en sí mismos durante un largo período de tiempo.

Ante esto, desde las familias se puede, además de recurrir al psicólogo (pues esta clase de problemas generan mucho malestar en los jóvenes), hacer lo posible porque el chico o chica pueda conocer a otros jóvenes de su edad con aficiones similares; no hay motivo por el que deba restringir su vida social a la escuela.

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