Las bebidas energéticas se han convertido, en relativamente poco tiempo, en un verdadero fenómeno social.

Hoy en día algunas marcas de productos de este tipo cuentan con potentes campañas de marketing y una iconografía que fa forma parte de la cultura popular, y resultan especialmente atractivas para la población joven.

Pero desafortunadamente, el uso de estos productos conlleva una serie de riesgos y de efectos dañinos para la salud a tener en cuenta. Y dentro de este conjunto de riesgos se incluyen aquellos que tienen que ver con el modo de uso de las bebidas energéticas y los hábitos asociados a estas. Y es que algunas personas pueden llegar a generar una relación de dependencia con ellas, que si bien no puede llegar a ser tan potente como la que causan las drogas duras, sí puede resultar un problema.

¿Es posible desarrollar una adicción a las bebidas energéticas?

Todos conocemos, aunque sea de oídas, la existencia de adicciones a las “drogas duras” ilegales, como la cocaína o la heroína, así como al alcohol. Sin embargo, los problemas basados en la dependencia no se limitan al consumo de esta sustancias: en primer lugar, porque también existen las adicciones sin sustancias, tal como ocurre con la ludopatía; y en segundo lugar, porque también es posible “engancharse” a otras sustancias.

Las bebidas energéticas son un ejemplo de productos cuyo consumo está muy normalizado y que, sin embargo, pueden dar lugar a un problema de dependencia debido a que, entre otras cosas, contienen ciertas sustancias que interactúan directamente con nuestro cerebro.

Por ejemplo, la taurina, muy usada en bebidas energéticas populares y que puede llegar a estar presente a razón de 1000 o 2000 miligramos por ración, atraviesa la barrera hematoencefálica (el “filtro” que separa el cerebro de las sustancias que circulan por los vasos sanguíneos que hay en él) e interactúa con las neuronas, influyendo en los procesos psicológicos y fisiológicos de diversas maneras. Si bien esta es una sustancia que se encuentra en una gran cantidad de alimentos saludables, la alta concentración de esta en ciertas bebidas se asocia a problemas de salud significativos.

Algo similar ocurre con la cafeína. Es un psicoestimulante hasta cierto punto “natural” que, sin embargo, es incorporado en grandes cantidades en muchas bebidas energéticas, y también tiene efectos en la mente humana. Aunque a la práctica no es posible morir de intoxicación por esta sustancia simplemente obteniéndola de las bebidas, puede dar lugar a que interioricemos patrones de comportamiento disfuncionales en nuestra relación con estos productos y su uso.

Hay que tener en cuenta que estas moléculas no tienen la capacidad de generar “adicciones químicas” que sí tienen sustancias como la codeína o la nicotina. Eso significa que al consumir bebidas energéticas, sus elementos que pasan a interactuar con el cerebro no hacen que las neuronas empiecen a funcionar de un modo que nos lleve a necesitar cada vez mayores cantidades de esas sustancias para no sentirnos muy mal.

Es por ello que técnicamente, la tendencia a querer estar consumiendo constantemente bebidas energéticas no es, técnicamente, una adicción, sino un problema de dependencia en la que lo neurológico tiene un papel, pero es menos relevante que lo psicológico. Es decir, que al “engancharnos” a estas bebidas estamos interiorizando una serie de patrones de comportamiento y hábitos que nos llevan a no querer desprendernos de ellos (y del consumo de bebidas al que van asociados) y en los que tiene que ver cómo nos hace sentir el beber esos refrescos, pero nuestro cerebro no sufre una transformación radical al cabo de relativamente pocas consumiciones, como sí ocurre en las adicciones químicas.

¿Cómo se plasma la dependencia ante este tipo de bebidas?

Estas son algunas de las maneras en las que puede manifestarse el estar “enganchado” a las bebidas energéticas.

1. Una dependencia a modo de ritual

Algunas personas llegan a desarrollar una especia de superstición con las bebidas energéticas: se sienten mal si no pueden contar con ellas, ya que se supone que les aportan un “extra” ante los retos del día a día (o eso creen ellas).

2. Una manera de gestionar la ansiedad y el malestar general

Algunas personas recurren a estas bebidas cuando se sienten estresadas o ansiosas, porque asocian su sabor a las pausas que realizan para descansar, y a la vez les da una excusa para dejar de exponerse a o centrarse en lo que les hace sentirse mal: es un método de evasión de la realidad.

3. La presión del contexto

No hay que olvidar que muchas veces los problemas de dependencia y adicción tienen buena parte de sus causas en el contexto social al que se expone la persona. Si estamos acostumbrados a socializar con personas que pasan mucho tiempo bebiendo, el simple hecho de no tener una lata o una copa en la mano en situaciones así puede generar malestar.

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