Cuando aparece un trastorno de la conducta alimentaria, sus efectos rara vez permanecen confinados a la relación de una persona con la comida o con su cuerpo. La pareja puede encontrarse también ante cambios en la comunicación, la intimidad y la convivencia, mientras intenta encontrar una manera de acompañar sin asumir un papel terapéutico. Entender estas dinámicas permite mirar los TCA desde una perspectiva más amplia, en la que los vínculos también forman parte del contexto de recuperación.

Blanca Ruiz Múzquiz
Blanca Ruiz Múzquiz
Psicoterapeuta de Familia y Pareja. Psicóloga experta en TCA.
El papel de la pareja ante un trastorno de la conducta alimentaria
De esto hablamos con Blanca Ruiz Múzquiz, Psicóloga General Sanitaria, psicoterapeuta de familia y pareja y experta en trastornos de la conducta alimentaria (TCA), con más de 15 años de experiencia clínica con adultos, parejas y familias. Está especializada también en trauma, teoría del apego y procesos de duelo, y trabaja desde un enfoque integrador que combina terapia cognitivo-conductual, sistémica y EMDR.
¿Puede una relación de pareja influir mucho en la evolución de un TCA, tanto positiva como negativamente?
Sin duda. La pareja no suele ser el origen del trastorno, pero sí puede convertirse en un contexto que facilite la recuperación o que contribuya a mantener determinadas dinámicas. Sabemos que la calidad de las relaciones cercanas influye en la regulación emocional, el estrés y la capacidad de afrontar dificultades.
Cuando existe una relación basada en la seguridad, el respeto y la validación emocional, la persona suele sentirse más libre para expresar lo que necesita, pedir ayuda y sostener momentos difíciles sin recurrir únicamente al síntoma. En cambio, relaciones marcadas por la crítica, la evitación de conflictos, el control, la invalidación emocional o la inseguridad pueden aumentar el malestar y favorecer que el TCA siga funcionando como una estrategia para gestionar emociones o recuperar una sensación de control.
No se trata de culpabilizar a la pareja, sino de entender que ningún trastorno se desarrolla ni se mantiene completamente aislado del contexto relacional.
¿Qué mitos o creencias erróneas suelen tener las parejas acerca de los trastornos de la conducta alimentaria?
Uno de los mitos más frecuentes es pensar que el problema se reduce a la comida o al peso. Aunque esos síntomas son los más visibles, muchas veces el trastorno está relacionado con dificultades para gestionar emociones, una autoestima muy condicionada por la validación externa, experiencias de vergüenza, miedo al rechazo o formas de protegerse del sufrimiento.
También es habitual creer que basta con insistir en que la persona «coma» o «deje de obsesionarse». Esto suele generar frustración en ambos miembros de la pareja porque el síntoma cumple una función psicológica que no desaparece únicamente con fuerza de voluntad. Y me encuentro mucho también en algunas de las parejas de mis pacientes que creen que, como no están hiperdelgadas, como no es visible ni preocupante, entonces no les pasa realmente nada, agudizando la soledad y el malestar en las personas que lo sufren.
Otro error frecuente es interpretar algunas conductas como manipulación o falta de interés por la relación, cuando muchas veces reflejan miedo, evitación o una gran dificultad para expresar necesidades de otra manera.
Cuando una persona desarrolla un TCA, ¿cómo suele verse afectada la relación de pareja? ¿Qué cambios aparecen en la comunicación, la intimidad y la convivencia?
El trastorno suele ocupar mucho espacio dentro de la relación. La vida cotidiana empieza a organizarse alrededor de horarios de comida, rituales, evitaciones o preocupaciones constantes.
En la comunicación pueden aparecer silencios, secretos o conversaciones centradas únicamente en el trastorno. Muchas parejas dejan de hablar de sus necesidades emocionales porque sienten que todo gira alrededor del problema.
La intimidad también puede verse afectada. Es frecuente que exista vergüenza corporal, miedo a ser visto, evitación del contacto físico o dificultades en la sexualidad relacionadas con la imagen corporal y la autoestima.
Con el tiempo, la convivencia puede convertirse en una sucesión de intentos de ayudar, discusiones o sensación de caminar constantemente sobre terreno frágil.
¿Crees que el hecho de que los TCA sean considerados psicopatologías severas hace que predomine el sesgo biomédico?
En los casos de mayor gravedad, el abordaje médico es absolutamente imprescindible. Los TCA pueden comprometer seriamente la salud física y, en determinadas situaciones, poner en riesgo la vida.
Sin embargo, una vez garantizada la estabilidad médica, limitar el tratamiento únicamente a la recuperación nutricional resulta insuficiente para muchas personas. Cada vez existe más evidencia de que comprender la función que el síntoma ha tenido en la historia de vida, las dificultades de regulación emocional, el apego y las relaciones significativas puede ser clave para consolidar una recuperación estable.
No es una cuestión de elegir entre modelo biomédico o psicológico, sino de integrarlos.
¿Cómo suelen sentirse las parejas de las personas afectadas por un TCA?
Muchas describen una mezcla de miedo, impotencia, culpa y confusión. Quieren ayudar, pero no saben cómo hacerlo. Con frecuencia sienten que cualquier cosa que digan puede empeorar la situación.
También es habitual que aparezca agotamiento emocional. Algunas personas viven con la sensación constante de estar vigilando, anticipando problemas o intentando evitar recaídas. Si esta situación se prolonga en el tiempo sin apoyo, la pareja también puede experimentar altos niveles de estrés y desgaste.
Al final, aunque ha mejorado la psicoeducación acerca de los TCA, sigue habiendo muchos mitos, mucha confusión y un deseo de tener respuestas rápidas a procesos que son complejos y que requieren de una variable muy importante, que es tiempo, para que haya cambios y mejoría. Las parejas también lo pasan mal, no solo por ver sufrir a alguien a quien quieren, sino porque muchas de ellas no alcanzan a entender qué es lo que ellas ven que ellos no, y a veces ahí hay mucha fricción y frustración.
Cuando algunas parejas terminan asumiendo un rol de cuidador o terapeuta informal, ¿qué consecuencias tiene eso para la relación?
Es una dinámica muy frecuente y, aunque suele surgir desde el amor, puede terminar siendo perjudicial para ambos.
La relación pierde parte de su horizontalidad. Uno acaba sintiéndose responsable del bienestar del otro y el otro puede experimentar más dependencia, culpa o sensación de estar siendo continuamente supervisado.
Además, desaparecen espacios propios de la pareja, como el disfrute, la espontaneidad o la intimidad, porque gran parte del vínculo queda ocupado por el cuidado. Por eso es importante que la pareja acompañe, pero no sustituya el trabajo terapéutico.
¿Qué características de una relación actúan como factores de protección durante la recuperación?
Las investigaciones muestran que no se trata de ser una pareja perfecta, sino de construir una relación suficientemente segura.
Son especialmente protectores la capacidad para hablar de emociones sin juzgar, validar el sufrimiento sin reforzar el trastorno, respetar la autonomía de la persona, reparar los conflictos y mantener espacios de pareja donde el TCA no ocupe todo el protagonismo.
También ayuda que ambos comprendan que la recuperación suele ser un proceso con avances y retrocesos. Cuando la pareja consigue sostener esa incertidumbre desde la colaboración y no desde el control, puede convertirse en un recurso muy valioso para la recuperación.

Blanca Ruiz Múzquiz
Blanca Ruiz Múzquiz
Psicoterapeuta de Familia y Pareja. Psicóloga experta en TCA.















