El trauma y los bloqueos emocionales no siempre se experimentan únicamente a través de pensamientos o recuerdos. Para muchas personas, el malestar también aparece en forma de tensión, alerta, miedo o reacciones corporales difíciles de controlar. Esta dimensión ha llevado a diferentes profesionales a interesarse por intervenciones que combinan el trabajo psicológico con técnicas dirigidas a la regulación fisiológica y atencional, entre ellas la hipnosis clínica y otros procedimientos centrados en la conexión entre cuerpo y mente.
Hablamos con Jose David Floriano Lopez sobre hipnosis clínica, trauma y regulación emocional
De esto vamos a hablar con Jose David Floriano Lopez, psicólogo formado en la Universidad El Bosque y especialista en Focalización por Disociación Selectiva.

Jose David Floriano Lopez
Jose David Floriano Lopez
Psicólogo experto en Focalización por disociación selectiva
Existe el mito de que la hipnosis implica quedarse dormido o perder el control. ¿Qué ocurre realmente en el cerebro durante esta técnica?
Realmente, este mito viene del espectáculo. La hipnosis no tiene nada que ver con quedarse dormido ni con entregar la voluntad a otra persona. Desde la neurociencia clínica, se entiende como un «estado de alerta altamente focalizada con hiperreceptividad». Es decir, un estado en el que estamos conscientes, muy concentrados y con una capacidad más alta para procesar información. Igualmente, llegar a este estado pone a prueba nuestra atención, ya que es la focalización la que permite «sumergirnos» en nuestros sentidos.
Para esto, en sesión usamos la neurociencia como base para utilizar los estímulos sensoriales adecuados y así conectar con esta «consciencia plena». Cuando la persona logra conectar y prestar atención a las sensaciones de su cuerpo, se abre una puerta. A nivel cerebral comienza a pasar algo muy interesante: se puede ver, primero, que el ruido mental deja de ser invasivo. Ruido de pensamientos intrusivos: «¿Será que esto sí sirve?», «¿Cuánto tiempo va a durar?», «¡Qué farsa esto!». Voces internas que se la pasan sobreanalizando o criticando todo el día.
Al apagar la alarma mental, se permite que la mente trabaje con más claridad, pueda recordar mejor y mejore nuestra concentración a nivel general. Lo bueno es que puedes parar cuando quieras: nunca pierdes el control, estás despierto, escuchas todo, puedes hablar e identificar lo que sientes.
Para quienes viven con la mente acelerada y en un estado de alta sensibilidad, descubrir este estado suele ser una sorpresa: pasar de tener el cuerpo tensionado a conocer una parte de sí mismos que han querido negarse por miedo a las consecuencias de bajar las defensas. Se puede decir que «es la primera vez que sienten que pueden conectarse con temas sensibles o sentir lo que les duele en el cuerpo sin sacrificar el control».
Muchas terapias verbales tradicionales chocan con un límite: cuando se acerca el recuerdo traumático a través de la palabra, el paciente se bloquea o entra en pánico. ¿Por qué pasa esto y por qué «hablar» no siempre alcanza?
Hay recuerdos muy dolorosos. Esto lleva a que se genere un miedo a sentir pánico, incomodidad o revivir algo que ya habíamos olvidado. Es natural creer que hablarlo puede revictimizarnos. Volver a explicar detalles que evocan olores, lugares, sensaciones físicas, rostros, etc., puede activar reacciones como el quiebre de la voz, ganas de llorar o que comencemos a levantar la voz.
Cuando el recuerdo traumático se toca, la amígdala activa la alarma y el cerebro apaga el área de Broca, que es el centro del lenguaje. Literalmente, perdemos la capacidad biológica de poner en palabras lo que sentimos. Por eso, hablar conlleva una ruleta emocional que se vuelve más volátil en función de lo sensible del tema. Es natural, entonces, que exista una barrera que impida pedir ayuda del psicólogo; se teme que hablar signifique volver a sufrir o que se reviva una experiencia de la que no teníamos consciencia y terminemos empeorando las cosas.
Entiendo por qué preferimos dejar ese pasado atrás. El problema es cuando la herida nos afecta en nuestras relaciones, proyectos, decisiones, la forma en la que nos percibimos, etc. Por eso, resolver estas heridas no es solo jugar con nuestras emociones; requiere parte de nuestra valentía hacer algo para que la realidad cambie.
Hay casos en los que la experiencia traumática es tan fuerte que el cerebro no logra construir un relato ordenado con inicio y fin, sino que fragmenta la experiencia en diferentes zonas del cerebro. Esto se traduce en miedos y creencias irracionales, dependencias, enfermedades físicas y/o emocionales. Por eso, muchas personas optan por negar el trauma, normalizar la situación o verlo como algo que «debió» pasar. Es una forma de protegerse cuando la herida es demasiado grande.
Intentar procesar esos fragmentos usando solo la palabra requiere gran habilidad terapéutica y existe el riesgo de una reacción emocional que pueda generar una disociación. Hablar del trauma sin preparar el cuerpo es como querer tener una conversación profunda parado al lado de la sirena de una ambulancia.
Entonces, ¿qué pasaría si pudiéramos acceder a estos recuerdos sin tener que sufrir tanto? En la hipnosis clínica, la persona entra en un estado de «consciencia plena» en el que tiene un respaldo a nivel sensorial y una guía en cada parte del proceso.
Es importante aclarar que no tengo objeciones con la terapia conversacional; yo mismo la uso como herramienta para crear el vínculo y la confianza. El orden es lo que hace la diferencia. Primero le enseñamos al cuerpo a sentirse seguro para apagar la alarma física, para así asimilar y darle a las cosas su lugar, reinterpretar el recuerdo y aliviar los síntomas físicos originalmente «programados».
Usted trabaja con un enfoque bottom-up (de abajo hacia arriba) en lugar del top-down tradicional. ¿En qué se diferencian estos dos caminos a la hora de abordar un trauma?
Claro que sí. La diferencia radica en que la vía tradicional, que llamamos top-down (arriba-abajo), se refiere a la información que viaja de arriba, de la cabeza, hacia el cuerpo, mientras que la vía bottom-up (abajo-arriba) va del cuerpo al cerebro.
En la terapia conversacional se usa la vía top-down, pues se va directo al pensamiento, a la lógica, al análisis racional del problema. El terapeuta te ayuda a entender qué pasó, por qué pasó y espera que, al entender racionalmente, puedas generar comportamientos o decisiones que permitan que tu cuerpo se calme. Esto tiene grandes ventajas si necesitas reestructurar una creencia equivocada sobre ti mismo o resolver un conflicto de pareja mediante el diálogo.
Pero cuando el cuerpo guarda la memoria de una amenaza, la lógica no puede apagar esa alarma por sí sola. Por eso, en hipnosis se trabaja bottom-up, ya que se inicia con la regulación de tu sistema nervioso como puerta de entrada para el desescalamiento emocional y la conexión con la memoria.
Usted habla de acercar las manos al rostro para generar calor sin tocar al paciente, en lo que llama Movimiento de Cabeza Inducido (M.C.I.). ¿Cómo se traduce ese estímulo físico en un cambio neurobiológico?
El rostro y la región cervical —el cuello— tienen muchos receptores sensoriales. Lo que hago es acercar mis manos al rostro sin tocar, usando el calor de manera lenta y constante. Ese calor estimula una red de nervios pertenecientes al nervio trigémino, mientras sigues ese calor de forma natural con el movimiento del cuello. Esos movimientos activan receptores en la parte alta de la columna cervical, específicamente hacia el núcleo del tracto solitario en el tronco cerebral, que es la parte más primitiva y automática del cerebro.
Cuando esas señales sensoriales llegan al tronco encefálico, le envían un mensaje al cerebro de «el ambiente es seguro, el peligro no es inmediato, no hay que temer». El cerebro interpreta eso como un mensaje confiable al provenir del tronco cerebral, lo que permite que el cuerpo tenga menos incertidumbre y pueda sintonizar la memoria psicosomática. Al no haber alarma, se desarrolla más capacidad de concentración para distinguir aquello por lo que está atravesando nuestro cuerpo y mente de manera más consciente.
¿Qué es el SARA y cómo se conecta con la Teoría Polivagal para calmar el cuerpo antes de trabajar con las emociones?
Una forma de explicarlo es que el SARA y la Teoría Polivagal forman un equipo de regulación cuerpo-mente. El SARA es el motor eléctrico que controla cuánta energía y alerta hay en el cerebro, mientras que la Teoría Polivagal explica en qué estado de supervivencia se encuentra el cuerpo según el estado del nervio vago —se llama «vago» porque vaga por todo el cuerpo—.
La Polivagal no habla de niveles de volumen, sino de tres modos de respuesta: el estado vagal ventral, que es la luz verde de la calma y la conexión; el sistema simpático, que es la luz amarilla de lucha o huida; y el estado vagal dorsal, que es la luz roja de congelamiento y colapso.
Este estado fisiológico cambia en cuestión de milisegundos, por lo que es indispensable que el cuerpo se trabaje antes que la emoción, porque la biología determina lo que sientes. Si tu cuerpo está en estado simpático de alarma, cualquier pensamiento generará pánico o rabia. No puedes sentir paz emocional mientras tu biología está atrapada en una respuesta fisiológica.
Para trabajar esta comunicación cuerpo-mente, se usa la técnica M.C.I. para enviar una señal de seguridad que en pocos segundos activa el tono vagal ventral, que, a su vez, funciona como el freno natural del cuerpo. Al registrar esa calma corporal, el SARA ajusta la energía del cerebro a un nivel óptimo. Desde ese lugar seguro, la persona puede explorar sus emociones y recuerdos sin que la alarma se vuelva a disparar.
Una vez que el sistema nervioso está en calma, ¿qué cambia en el paciente que le permite acceder a recuerdos o sensaciones que antes tenía bloqueados, sin perder el control ni volver a traumatizarse?
Cuando el cuerpo se siente seguro, el filtro protector de la mente se vuelve flexible. La persona puede mirar recuerdos que antes le daban terror sin que su cuerpo reaccione como si el evento estuviera sucediendo hoy. Ahí ocurre lo que llamamos un error de predicción. Es como si sonara la alarma de incendios, pero, al salir de tu habitación, notas que no hay fuego.
En sesión pasa igual: el cerebro evoca la memoria traumática esperando sentir pánico, pero, simultáneamente, experimenta que el cuerpo presente está cálido, tranquilo y a salvo. Esa incoherencia vuelve el recuerdo moldeable y permite la reconsolidación de la memoria: el hecho no se borra, pero se guarda de nuevo en el cerebro sin la carga de dolor somático. Es como si viéramos una película de terror, pero con las luces prendidas.
¿De qué manera permite esta técnica «desbloquear» recuerdos o secuestros emocionales sin que la persona sufra un ataque de pánico en la consulta?
Evitamos las crisis emocionales gracias al orden y la preparación. Muchas terapias van directo al trauma cuando el paciente no está listo, lo cual es como lanzar a alguien a mar abierto sin enseñarle a flotar. Nosotros usamos la titulación: acceder al recuerdo en microdosis. Es como probar una sopa hirviendo con la punta de la cuchara en lugar de tomarte el plato de un solo trago. Primero abordamos la sensación física, luego la emoción y, al final, la historia.
Además, mantenemos la doble conciencia: el paciente tiene un pie en la seguridad del presente —sintiendo la silla, mi voz y el calor en su rostro— y el otro observando el pasado. Si en algún momento la activación sube demasiado, el M.C.I. permite reducir la respuesta del sistema nervioso antes de que se transforme en pánico. El cuerpo tiene herramientas para regularse a sí mismo en tiempo real.
Menciona también la Técnica U, de vinculación emocional. ¿Cómo ayuda a que el paciente observe un recuerdo doloroso sin revivirlo como si estuviera ocurriendo en el presente?
Cuando alguien está atrapado en un miedo o una rabia intensa, responderle de inmediato con un «tranquilo, no pasa nada» o mostrar una calma forzada suele sentirse como una falta de empatía o una invalidación. La Técnica U evita ese choque emocional acompañando a la persona en una transición, en la que validamos el malestar para que no se sienta sola y luego abordamos lo que le ocurre con verdadera curiosidad y respeto, demostrándole que su reacción tiene todo el sentido del mundo según lo que vivió.
Solo cuando la persona nota que su emoción ha sido comprendida sin juicios empieza a abrirse a la serenidad que se le transmite desde la propia actitud firme y tranquila. De este modo, en lugar de imponerle un cambio brusco o falso, se guía de manera natural desde su tormenta emocional hacia un estado de calma y seguridad real.
Mientras se observa desde ese lugar seguro, el cerebro reescribe cómo se guarda ese recuerdo. La memoria no desaparece, pero su carga emocional cambia. De ser algo que le dominaba, se convierte en un recuerdo con perspectiva histórica: «Eso pasó y fue terrible, pero ya no me amenaza ahora».
¿Para qué tipo de bloqueos, fobias o traumas está especialmente indicado este enfoque y en qué casos no sería el más adecuado?
Este enfoque es muy efectivo para el estrés postraumático, duelos congelados y fobias con una respuesta física intensa, como el pánico a volar o a los espacios cerrados, donde la persona sabe lógicamente que está a salvo, pero su estómago dice lo contrario. También ayuda a pacientes con ansiedad crónica o somatizaciones que no han avanzado en terapia verbal.
Existen casos en los que debemos esperar o adaptar la técnica. No se aplica en episodios psicóticos activos, esquizofrenia descompensada o momentos de manía, porque el juicio de realidad está alterado. Tampoco se usa bajo intoxicación activa o abstinencia severa, donde lo prioritario es la atención médica, ni en déficits cognitivos graves que impidan seguir instrucciones sensoriales simples. En el resto de los casos, ir directo a la regulación del sistema nervioso acorta enormemente el camino.
Una vez que el paciente libera ese bloqueo emocional del pasado, ¿cómo ayudan las terapias de tercera generación —ACT, DBT, mindfulness— a mantener el cambio en su vida cotidiana?
Aquí es donde muchos terapeutas cometen un error: liberar el bloqueo en sesión y pensar que el trabajo terminó. Pero es solo la mitad del proceso. Cuando reconsolidamos el trauma en la sesión, liberamos la carga emocional del pasado. Eso es real y es importante. Pero si vuelves a tu casa y repites los mismos patrones de conducta, los mismos hábitos de evitación y la misma forma de relacionarte con el estrés, el problema regresa por otra vía. Es como limpiar un vaso, pero seguir llenándolo del mismo veneno.
Con la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) le enseñamos que los pensamientos ansiosos son simplemente pasajeros ruidosos en un autobús: él sigue al volante hacia sus valores sin pelear con ellos ni salirse de la ruta. Mediante el mindfulness y la Terapia Centrada en la Compasión, que te enseña a tratarte con amabilidad en lugar de crítica, se desactiva la hipervigilancia del sistema de amenaza para activar el sistema de calma. A la par, la Terapia de Esquemas nos permite intervenir sobre las necesidades emocionales no cubiertas, ofreciendo contención al modo infantil vulnerable a través de un reparentamiento sano.
Complemento esto con herramientas clásicas de terapia: resolución de problemas, activación conductual —es decir, moverte y hacer cosas aunque no tengas ganas al principio— y ejercicios de respiración. Todas estas herramientas ayudan a tu sistema nervioso a desarrollar nuevas formas de regularse.
También recomiendo ejercicios sensoriales y actividades que fomenten la tolerancia a la frustración, la creatividad y la introspección. Aquí es donde entran los productos de Distrito Catarsis —mi tienda de salud mental—. Cada herramienta está diseñada neurobiológicamente para apoyar este proceso. Si te interesa, puedes buscarme en redes.
Para cerrar, ¿qué le diría a alguien que quiere probar este enfoque, pero le genera desconfianza o miedo la palabra «hipnosis»?
El temor que despierta la palabra «hipnosis» es perfectamente comprensible, pero nace de la ficción y del espectáculo, no de la práctica clínica. Lo que desarrollamos en la Focalización por Disociación Selectiva (F.D.S.) es un procedimiento neurobiológico riguroso basado en la arquitectura natural del cerebro.
Todos experimentamos estados de focalización natural a diario, por lo que no es algo místico, sino algo muy común. Lo vives cuando conduces por una ruta habitual y llegas a tu destino sin recordar minuciosamente cada metro o cuando te metes tanto en un libro que el ruido del entorno se desvanece. No es magia o manipulación; es simplemente un estado donde la mente reduce su ruido defensivo y focaliza la atención de manera selectiva.
Durante toda la sesión, la persona mantiene el control absoluto, está consciente y conserva la libertad de pausar el proceso en el momento que lo desee. No hay trances psicodélicos, pérdida de voluntad ni manipulación; es un acompañamiento guiado para que el propio sistema nervioso acceda a sus recursos de autorregulación y reorganización.
Si el término «hipnosis» genera alguna desconfianza, puedes llamarlo focalización neurobiológica o terapia para la reconexión del sistema nervioso. El nombre es lo de menos; lo verdaderamente importante es que le devuelve al cuerpo su capacidad natural de recuperar la paz.

Jose David Floriano Lopez
Jose David Floriano Lopez
Psicólogo experto en Focalización por disociación selectiva









