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Aunque inevitablemente en mi visión del maltrato aparezca la imagen de la mujer maltratada, puesto que socialmente se habla más del maltrato hacia la mujer (su incidencia es innegablemente mayor) que hacia el hombre, que soy mujer y, además, debido tanto a mi trayectoria vital como a la profesional, tiendo a escorar, a emocionarme y a resonar con ello. 

Y pese a que son muchas, demasiadas, las mujeres que se hallan sometidas en manos de sus parejas, quiero hablar de la situación del maltrato psicológico per se, ya que lo entiendo como un tipo de relación que puede afectar tanto a hombres como a mujeres. Me refiero a una relación de pareja con una marcada desigualdad de poder y sometimiento en el trato.

Viviendo el maltrato psicológico

¿Qué hace que una persona decida (porque no deja de ser una decisión) situarse en un tipo de relación como ésta, en la que el otro está en un plano superior, posee la verdad suprema, mueve los hilos de “mi” realidad personal? ¿Qué experiencias “he” debido de pasar para aceptar un trato vejatorio como algo normal, para aceptar que “me” intimide, que “me” cosifique, que “me” degrade, que “me” sobrecargue de responsabilidades, que “me” prive en mis relaciones sociales y familiares, que distorsione subjetivamente la realidad, que solo valga “su” visión de los hechos, creando en “mí” confusión y duda constantes, señalándome como la fuente de los conflictos…, para aceptar incluso la posibilidad de la muerte como una alternativa o resolución natural y a veces hasta atractiva a la realidad que “estoy” viviendo?

Porque lo cierto es que hay un momento en la trayectoria vital de este tipo de relaciones en que la parte sometida siente, intuye y sabe que si al otro “se le va la cabeza” puede acabar con su vida y, dependiendo del momento en el que se encuentra, puede interpretarlo y vivirlo con total naturalidad, incluso hasta con cierto agrado, debido a la paz poética que esa imagen le evoca... hasta que es consciente de que eso no es no es lo que desea vivir, que no mantiene una relación de respeto y amor, que hay límites que no se deberían traspasar y que no tiene por qué morir por ello.

La paradoja está en que cuando reúne fuerzas para retirarse y denunciar, en muchos casos peligra realmente su vida.

Víctima y victimario

Como he mencionado anteriormente, en mi trayectoria me he encontrado que quien busca relaciones de sometimiento generalmente ha vivido situaciones de abuso y malos tratos en la infancia, en su mayoría ejecutados por miembros de su propia familia o por personas muy cercanas a ella. 

Pero lo mismo ocurre con quien termina convirtiéndose en un maltratador. Nos encontramos que ambas personas tienen sus raíces en una infancia marcada por el abuso en cualquiera de sus manifestaciones e intensidades, pero que la personalidad básica de cada uno hace que el desenlace y el desarrollo sean prácticamente opuestos. Son las dos caras de la misma moneda, de un mismo problema, de una misma realidad, resueltos de manera opuesta.

La culpa va en sentido contrario

En el caso de la persona sometida, ella siente en lo más profundo de su ser una necesidad extrema de agradar y complacer al otro, para sentirse aceptada, querida, tenida en cuenta, para sentirse digna, para sentirse persona, para sentirse completa. Para ello llega incluso a desaparecer como individuo, sus gustos se convierten en los del otro, sus inclinaciones, preferencias y razonamientos, son los del otro, al igual que su sentir y su interpretación de la realidad, es la dependencia en su grado máximo; sin embargo, en caso de no poder asumirlos, entonces el sometido se silencia, calla, se reserva, se aparta... con el objeto de, precisamente, no generar conflicto, para no sentirse rechazado, ni juzgado, ni criticado, ni vilipendiado, ni atacado, ni degradado.

No puede defenderse, no puede justificar su discrepancia, no dispone de herramientas ni discurso para ello. Se hace añicos su corazón, todo su ser está sumido en el sufrimiento, en un llanto silencioso, en un desgarrador y mudo bramido… porque ni siquiera puede expresarlo abiertamente, se lo come, se lo traga, anhelando desaparecer, muchas veces anhelando morir. Durante todo el tiempo, el largo y eterno lapso en que el “ser supremo” decide no dirigirle la palabra, ni tocarle, ni mirarle, ni oírle... manteniéndose en su esfera distante y fría como un témpano de hielo, con sus aires de “lobo herido”, de “víctima sufriente”, de “niño abandonado”... hasta que, pasados unos días, y tras los cuidados constantes, minuciosos, maternales y complacientes del sometido, decide que ya ha sido resarcido el daño, volviendo a acercarse en un gesto magnánimo de perdón, indulgencia y aparente compasión.

Esta escena que se mantiene hasta que al cabo de cierto tiempo sobreviene otro suceso que le obliga a repetir ese gesto, debido a su poca tolerancia a la frustración, a su rigidez mental, a su necesidad de control, a su narcisismo, a su inseguridad extrema... manifestado desde una postura de auténtica víctima como una incapacidad del otro de entenderle, por ponerle en la tesitura de tener que reaccionar de ese modo, por sentirse “obligado” a ser tan tajante, tan distante, tan vacío, tan ruín... rompiendo una y otra vez a su pareja, erosionando su autoestima, desintegrando su alma, destruyendo su persona, aniquilando cualquier atisbo de alegría, de autenticidad, de independencia, de autoconfianza, de humanidad.

Círculo que se repite reiteradamente hasta que surge, prende y crece una chispa en el interior del sometido, permitiéndole dar un paso al lado para comenzar a transitar otro camino, a vivir otra realidad, a escoger otro presente y vislumbrar otro futuro.

Referencias bibliográficas:

  • Vicente, J.C., “Manipuladores cotidianos: manual de supervivencia”. Desclée de Brouwer, 2006.
  • Leonore E. A. Walker, “El síndrome de la mujer maltratada”, Declée de Brouwer, 2012.