La violencia de género, y en particular la violencia contra las mujeres por parte de sus parejas o exparejas, sigue siendo una crisis global de salud pública. Según datos recientes de Organización Mundial de la Salud (OMS), aproximadamente 1 de cada 3 mujeres en el mundo (30%) han sufrido violencia física y/o sexual de pareja o violencia sexual por terceros alguna vez en su vida. Entre 2023 y 2024, en España, se registraron 34.684 mujeres víctimas de violencia de género (casos con medidas cautelares u órdenes de protección), lo que representa una tasa de 1,6 por cada 1 000 mujeres de 14 años o más.
Este contexto revela la magnitud del problema: cientos de millones de mujeres han sido víctimas de violencia basada en género, con efectos traumáticos no solo físicos (heridas, feminicidios), sino psicológicos, sociales y estructurales. Desde el campo de la psicología, la intervención es clave no solo para atender a las víctimas, sino también para prevenir futuros abusos, evaluar riesgos, apoyar la protección y rehabilitar.
Este artículo profundiza en cómo la psicología contribuye, con evidencia científica, a la prevención e intervención de la violencia de género, tanto en víctimas como en agresores.
La violencia de género desde la psicología
La violencia de género no se limita a agresiones físicas; incluye también violencia psicológica, sexual, económica y estructural. Según el Informe Mundial sobre la Violencia y la Salud de la OMS (2002), las consecuencias psicológicas de la violencia de género abarcan trastornos de ansiedad, depresión mayor, estrés postraumático y un aumento significativo en la ideación suicida. Estudios recientes, como los de la Agencia Europea de Derechos Fundamentales (FRA), indican que cerca del 25% de las mujeres europeas han sufrido violencia física o sexual por parte de su pareja.
Desde la psicología, el análisis de estos daños contempla los procesos emocionales, cognitivos y relacionales que sufren las víctimas. La teoría del ciclo de la violencia de Lenore Walker sigue siendo útil para entender cómo la tensión, el incidente violento y la fase de conciliación se perpetúan, dificultando la salida de la relación. Intervenciones psicológicas centradas en autoestima, trauma, dependencia emocional y empoderamiento permiten romper estos patrones y restaurar la autonomía de la víctima.
La importancia de identificar los riesgos de violencia para prevenir
La prevención efectiva requiere detectar señales de riesgo antes de que la violencia escale. En España, el INE ha identificado que más del 70 % de los casos presentan indicadores previos como control excesivo, celos, aislamiento social o antecedentes de maltrato. La detección temprana permite activar rutas de protección y derivación.
En Europa, la evaluación del riesgo se ha convertido en un estándar. Herramientas como la Danger Assessment (DA), ampliamente utilizada en servicios de salud y justicia, identifican factores predictivos de violencia grave o feminicidio (frecuencia del abuso, amenazas, acceso a armas, escalada del control). Su uso facilita intervenciones oportunas y basadas en evidencia.
La prevención también implica actuar en etapas tempranas del desarrollo. Programas escolares promovidos en Europa, como los impulsados por UNESCO y UNICEF, han mostrado reducciones significativas en conductas sexistas y violentas cuando se integran contenidos de igualdad, habilidades socioemocionales y resolución pacífica de conflictos. La psicología educativa es esencial para modificar creencias y actitudes que sostienen el machismo y la violencia.
Terapias para agresores potenciales
La intervención con agresores es clave para romper el ciclo de violencia. Estudios sistemáticos —incluyendo metaanálisis publicados en la revista Aggression and Violent Behavior— muestran que los programas cognitivo-conductuales pueden reducir la reincidencia entre un 30 % y un 50 % cuando se aplican de manera estructurada, con duración suficiente y seguimiento prolongado. Aunque en Europa la evidencia señala que estos efectos son moderados y variables, los mejores resultados se observan en intervenciones con alta adherencia, supervisión constante y componentes psicoeducativos sólidos. Estas terapias se centran en la identificación y modificación de creencias y actitudes machistas, el control de impulsos y el desarrollo de habilidades emocionales y sociales.
Modelos clásicos como el Duluth Model siguen siendo relevantes por su énfasis en la responsabilización del agresor, el cuestionamiento de las dinámicas de poder desiguales y la comprensión de la violencia como un fenómeno social y estructural, no únicamente individual.
Investigaciones europeas recientes también apuntan a que los programas adaptados culturalmente y con enfoque motivacional mejoran la implicación del agresor y reducen la probabilidad de abandono, un factor crítico para evitar la reincidencia. Además, la coordinación interdisciplinar entre psicólogos, servicios sociales, fuerzas de seguridad y sistemas judiciales, ha demostrado ser esencial tanto para la eficacia de los programas como para la protección de las víctimas. Esta colaboración permite supervisar el riesgo, aplicar medidas judiciales adecuadas y garantizar un abordaje integral que, además de sancionar, también facilite la rehabilitación.
Dado que la violencia de género es un fenómeno complejo, la intervención con agresores no puede verse como una solución aislada. Es necesario que los profesionales en psicología cuenten con formación continua y basada en evidencia para evaluar el riesgo, intervenir clínicamente y trabajar en red. La implementación de programas especializados y actualizados (como los que ofrecen centros formativos avanzados en intervención y prevención) constituye un pilar fundamental para avanzar hacia una sociedad europea más segura, igualitaria y libre de violencia.
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