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Cuando se habla de violencia machista, nos hacemos a la idea de que este tipo de violencia existe, pero que solo afecta a un sector de la población.

¿Qué es exactamente la violencia machista?

Los mitos existentes al respecto nos hacen imaginarnos que este tipo de violencia ocurre de forma esporádica, acontecimientos aislados en el tiempo, y en muchos casos motivados porque la mujer muestra un comportamiento provocador que el hombre debe controlar, o en otros casos, el mito aún victimiza más a la mujer aseverando que “las mujeres que aguantan que les peguen durante tanto tiempo es porque quieren”. 

Pero, sobre todo, uno de los mitos más instaurados es el de pensar que la violencia machista existe solo en sectores socialmente desfavorecidos y en familias que cuentan con escasos recursos económicos.

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La violencia machista en adolescentes

¿Qué pasaría si descubriéramos que ésta no es la realidad cuando hablamos de violencia machista?

Los estudios actuales nos hacen ver que el sector de población más afectado por la violencia machista es el adolescente. Según la macroencuesta española de violencia contra la mujer del año 2015, un 21% de las mujeres menores de 25 años que han tenido pareja ha sido víctima de violencia de género. Así mismo, un estudio realizado por González y Santana del año 2001, informa de que el 7,5 de los chicos y el 7,1 de las chicas reconocen que han pegado o empujado a su pareja en una o más ocasiones (Samaniego y Freixas, 2010). Estas cifras son alarmantes y nos hacen plantearnos a qué se debe esta violencia y qué factores pueden considerarse de riesgo a la hora de sufrirla.

La realidad es que en nuestra sociedad aún persisten los ideales tradicionales con respecto al género. A los chicos se les dota de cierta superioridad, y se da por sentado que son líderes natos, fuertes y sin debilidades, en cambio, las chicas han de ser deseablemente dóciles, sumisas y fácilmente manipulables. Estos estereotipos de género son los que se encuentran en la base de este tipo de violencia, según los estudios, a pesar de que damos por hecho que ya pertenecen al pasado.

Factores de riesgo

Los factores de riesgo asociados al agresor en el fenómeno de la “dating violence”, nombre que adquiere este fenómeno, hacen referencia a los procesos de modelaje adoptados en la infancia, como es el caso de los menores expuestos a violencia dentro del ámbito familiar, que tendrán más posibilidades de reproducir dichas conductas en sus relaciones de pareja, o aquellos menores que están inmersos en un contexto en el que la violencia es la principal herramienta para resolver los conflictos interpersonales.

Prince y Arias apuntan, también, a dos perfiles de personalidad contrapuestos, por un lado, el adolescente con alta autoestima y bajo sentido de control sobre su vida, que utiliza la violencia para sentir que aumenta su control y, por otro lado, aquel adolescente con baja autoestima y bajo control que se muestra violento como forma de manifestar su frustración (González y Santana, 2010).

Factores de riesgo para las víctimas

Por su parte, los factores de riesgo considerados por los autores en relación a padecer dicha violencia son los sentimientos de desesperanza y baja autoestima, un inicio temprano en las relaciones sexuales, mantener relaciones sexuales de riesgo, la necesidad de control y la idea del amor romántico.

El lastre que genera cierta concepción sobre el amor

La idea del amor romántico, “el amor que todo lo puede”, se inculca casi desde el nacimiento a las chicas, con la idea de que necesitan tener una pareja para sentirse realmente realizadas. Un estudio de Barrón y Martínez-Iñigo en 1999 ya apuntaba a las diferencias en la socialización entre chicos y chicas. A ellas se las enseña a tolerar las adversidades que afectan a sus relaciones, a minimizar los problemas, a soportarlos y creer que son capaces de cambiar a sus parejas, algo que no sucede en el caso de los chicos, a quienes se les enseña a ser independientes.

El principal problema que existe en la violencia en parejas adolescentes radica en el hecho de que las agresiones tienen lugar en edades muy tempranas. En muchos casos, esta violencia se desencadena ya desde la primera relación de pareja, lo que supone que la víctima no cuenta con experiencia e información para valorar adecuadamente la situación que vive y, por tanto, no puede darse cuenta de lo que está ocurriendo y cuáles serán sus consecuencias (González y Santana, 2010).

Además, como ocurre con la violencia machista, el maltrato puede ir desde el abuso verbal y emocional hasta la agresión sexual e, incluso el asesinato, por lo que nos encontramos ante un fenómeno que afecta, considerablemente, la salud física y mental del que cualquier persona puede ser víctima, con independencia de la edad, la orientación sexual o el estatus socioeconómico.

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Referencias bibliográficas: