Uno de los pares craneales más relevantes en la percepción sensorial. Wikimedia Commons.

La vista es uno de nuestros sentidos más esenciales, siendo probablemente el sentido exteroceptivo más desarrollado en el ser humano. No en vano, dedicamos una gran parte de nuestro cerebro al procesamiento de la información visual, siendo capaces de percibir una gran variedad de parámetros tales como color, forma, profundidad o luminosidad con una agudeza y precisión notorias.

Pero para poder procesar toda esa información, y de hecho para poder ver en general, primero es necesario que la información que captan los ojos llegue a los núcleos cerebrales pertinentes. Y ello no sería posible sin la existencia del nervio óptico, sobre el que vamos a hablar a continuación.

Nervio óptico: descripción básica y localización

Damos el nombre de nervio óptico a un tracto o conjunto de fibras nerviosas que van del ojo al sistema nervioso central y cuya presencia permite la visión. Este tracto forma parte de los nervios craneales, concretamente el par II, y consta de más de un millón de neuronas (aproximadamente se calcula que alrededor de un millón y medio) de tipo sensorial, no transmitiendo información al ojo sino únicamente recibiéndola de él.

Este nervio puede localizarse en un espacio comprendido entre la parte posterior del globo ocular, teniendo uno de sus extremos en las células ganglionares de la retina, por un lado, y el quiasma óptico, por el otro. Este pequeño tramo, de entre 4 o 5 cm de longitud, es de vital importancia y sin él no podríamos ser capaces de ver.

A partir del quiasma la mayor parte de las fibras de los nervios ópticos de ambos ojos decusarán (es decir, el del ojo izquierdo pasará al hemisferio derecho y viceversa), formando un tracto que se dirigirá al núcleo geniculado lateral y de ahí a diferentes núcleos de la corteza cerebral.

El nervio óptico tiene la particularidad de que inicialmente las fibras que lo van a conformar (las neuronas que conectan con las células ganglionares) no están mielinizadas hasta que se reunen en la llamada papila óptica o punto ciego, un área donde no hay ni conos ni bastones y a partir del cual las neuronas van a formar el nervio óptico en sí, ya mielinizado de cara a permitir una transmisión rápida y eficiente de la información visual.

Así pues, el nervio óptico, el cual está formado principalmente por axones mielinizados, es principalmente sustancia blanca. Aunque se origina fuera del cráneo (en la retina), una vez adentrado en éste y especialmente en la parte ósea el nervio óptico se ve cubierto y protegido por las meninges.

¿Para qué sirve?

La principal función del nervio óptico, como ya podrá adivinarse, es la transmitir la información visual que captamos a través de los fotorreceptores de la retina al resto del cerebro con el fin de poder procesarla e interpretarla.

En primer lugar el fotorreceptor capta la información exterior, generando una serie de reacciones electroquímicas que a su vez van a transformar los datos en impulsos bioeléctricos que activarán las células ganglionares de la retina, que a su vez viajarán hasta el punto ciego donde las fibras nerviosas se unen para formar el nervio óptico, el cual procederá a enviar el mensaje.

Curiosamente, a pesar de ser el que tal vez sea el nervio que mayor importancia tiene a la hora de poder ver su localización en la retina es la que provoca la existencia de nuestro punto ciego.

Partes del nervio óptico

Si bien el nervio óptico tiene un tamaño relativamente pequeño en su viaje hasta el quiasma óptico, lo cierto es que pueden observarse diferentes segmentos en su viaje entre el ojo y el citado quiasma. Entre ellos destacan los siguientes.

1. Segmento intraocular

Este primer segmento del nervio óptico es el que transcurre aún en el interior del ojo, en el tramo que va desde las células ganglionares hasta el punto ciego para a continuación pasar por la lámina o zona cribosa, la cual atraviesa la esclerótica y la coroides.

2. Segmento intraorbitario

Se trata de la parte del nervio óptico que va desde la salida del ojo a su salida de las órbitas oculares. En esta parte el nervio pasa alrededor de la musculatura que controla el ojo y la grasa posterior a ella.

3. Segmento intracanacular

En este tercer segmento es en el que el nervio óptico llega al fin al cráneo, junto a la arteria oftálmica. Para ello el nervio entrará por un orificio denominado foramen óptico. Esta área es una de las más sensibles y fáciles de lesionar.

4. Segmento intracraneal

El último de los segmentos es el intracraneal, en el que el nervio óptico ya está totalmente dentro del cráneo y viaja hasta el quiasma óptico. Es aquí donde recibe la protección de las meninges.

Patologías y problemas asociados a su lesión

El nervio óptico es uno de los más importantes de nuestro visual y es que sin él, la visión como tal no sería posible. Son múltiples las posibles afecciones que pueden ocurrir en este nervio y causarnos o bien ceguera o bien alteraciones y dificultades en la visión.

Entre ellas podemos encontrar la atrofia del nervio óptico derivada por ejemplo de una neuropatía (por ejemplo derivada de problemas metabólicos como la diabetes), una intoxicación, meningitis (recordemos que las meninges recubren este nervio en algunas porciones, por lo que en caso de inflamación podrían llegar a comprimirlo y dañarlo), accidentes cerebrovasculares o tumores que generen presión o destruyan dicha nervio.

Otra posibilidad es que el propio nervio se inflame, una condición denominada neuritis óptica que suele estar vinculada a infecciones y problemas autoinmunes. También pueden aparecer acumulaciones de sustancias que forman las llamadas brusas, especialmente en la cabeza del nervio óptico (el área en el que se inicia en el punto ciego).

Por último, y probablemente la problemática más conocida y frecuente que puede generar ceguera vinculada al nervio óptico, es el glaucoma. Esta enfermedad viene derivada de un progresivo aumento de la presión intraocular, que va dañando el nervio progresivamente.

Referencias bibliográficas:

  • Miller, N.R. & Newman. N.J. (eds) (2005).. Walsh and Hoyt´s clinical neuro-opthalmology. 6th edition. Baltimore: Williams&Wilkins, 385-430.
  • Sánchez, F. (2001). El nervio óptico y los trastornos de la visión. Medicina Integral, 38 (9): 377-412. Elsevier.